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Paul Ricoeur, el filósofo del perdón y la culpa, falleció a los 92 años

Germán CANO

El pensador francés, que padecía una larga enfermedad de corazón, murió en su casa de Chatenay Malabry



Madrid -.

Por su voluntad de integrar y establecer canales fructíferos de diálogo entre diversas tradiciones y escuelas a simple vista inconmensurables, la obra filosófica del francés Paul Ricoeur (Valence, 1913) ha terminado siendo sin duda una de las más interesantes de la segunda mitad del siglo XX.

Y también más a contracorriente, Ricoeur fue una «rara avis» en el mundo académico que le tocó vivir: humanista entre estructuralistas, hermeneuta entre científicos sociales, filósofo de la historia «sui generis» entre historiadores profesionales, hombre de hondas preocupaciones religiosas entre escépticos o ateos recalcitrantes.

Quizá por ello el reconocimiento de su valía intelectual fue, en comparación con otros colegas de generación, algo tardío —aproximadamente desde mediados de los ochenta— y, todo hay que decirlo, fruto en parte de la propia descomposición interna de la vida intelectual francesa de las décadas anteriores.

Pese a ello, en los últimos años Ricoeur no sólo ha sido considerado, junto a H.

G.

Gadamer y G.

Vattimo, uno de los máximos exponentes de la ontología hermenéutica y de la nueva orientación lingüística y dialógica de la filosofía, sino una especie de Quijote intempestivo presto siempre a defender el papel activo de la subjetividad frente a todo apresurado entierro de lo humano.
   
Primeros pasos.

La posición filosófica de Ricoeur convivió desde sus primeros pasos existencialistas con una clara orientación por los problemas antropológicos y éticos.

La originalidad de este profesor emérito en la Universidad de Chicago y ex-catedrático de la Universidad de París-X (Nanterre), fue apropiarse desde muy joven de los horizontes reflexivos allanados por Jaspers, Husserl y Heidegger para configurar una fenomenología hermenéutica de cuño muy ori- ginal.

Desde aquí Ricoeur desplegó un impresionante abanico de intereses.

Nada escapó a su curiosidad teórica: el valor metafórico del lenguaje (merece destacarse aquí su interesante y agria polémica con Derrida en «La metáfora viva»), la función cognitiva del mito o del símbolo, el significado del concepto de «ideología» o el estatuto de la narración en la forja de la identidad personal y colectiva.

Testimonio de todo ello son obras como «Ideología y utopía», «Sí mismo como otro», «Finitud y culpabilidad», «Del texto a la acción», «Tiempo y relato», o «Historia y narratividad», que ya han alcanzado, incluso para sus detractores, el rango de clásicas.
   Como buen hermeneuta, Ricoeur tampoco dejó de dialogar de manera original con la mayor parte de las tendencias y corrientes de la filosofía contemporánea.

De ahí su privilegiada familiaridad con el estructuralismo, el psicoanálisis, la fenome- nología, la filosofía analítica anglosajona o el «magisterio de la sospecha» (Marx, Nietzsche, Freud), célebre fórmula que él mismo felizmente acuñó.

Por si esto fuera poco, su reflexión además supo nutrirse con acierto de los desarrollos teóricos obtenidos en ciencias como la etnología cultural, la sociología, la pedagogía o la lingüística o en estudios como la teología.
   En 1965 tuvo lugar su conocida interpretación de Freud («Freud: una interpretación de la cultura») como pensador hermenéutico «avant la lettre», donde estudiaba cómo, lejos de consideraciones cientificistas, el descubrimiento del inconsciente por parte del psicoanálisis era inseparable de una actividad de interpretación y un enfoque narrativo.

Precisamente a partir de su obra «El conflicto de las interpretaciones», donde se interesará en términos críticos por el método estructuralista de Lévi-Strauss o Saussure, Ricoeur irá bosquejando poco a poco una teoría sistemática y más amplia de la interpretación, en la que se acentúa la función de «distancia» de todo texto.

Aunque reconoce en la línea de otros hermeneutas que el texto es el objeto privilegiado de la interpretación, no menoscaba el posi- ble interés de métodos explicativos de análisis.

De este modo, Ricoeur también mediará en la célebre discusión en torno a la relación entre comprensión y explicación en las ciencias sociales y extrapolará sus conclusiones hermenéuticas al terreno de la filosofía de la acción.
   
Lenguaje y texto.

Por otro lado, la ubicación especial de Ricoeur en la tradición hermenéutica se cifra además en su tentativa de encontrar un punto medio entre la objetividad del lenguaje y el texto y la función activa del sujeto hablante.

Lejos de confinar su reflexión dentro de los estrechos límites del paradigma her- menéutico, uno de los méritos de su pensamiento radica en su elaborada posición integradora, conciliadora, atenta a las diversas discusiones en liza.

Desde este punto de vista su actualización de la fenomenología corre parejas con su intento de refor- mular desde parámetros más epistemológicos la revolución radical impulsada por la concepción hermenéutica de Heidegger.

De hecho, su última aportación más alabada en el debate teórico de los últimos años fue la aguda respuesta al llamado «conflicto nihilista de las interpretaciones», espinoso asunto que le llevó a mediar en la polémica suscitada entre Gadamer y Habermas en torno al posible valor de la crítica ideológica tras el derrumbe del sujeto ilustrado.

Aquí Ricoeur atenuó la posible contraposición existente en la dualidad gadameriana entre verdad y método, sosteniendo que la rehabilitación de los insoslayables prejuicios no debía implicar necesariamente una aceptación pasiva de la tradición.