Síntesis Capítulo I, DE LA TRISTEZA A LA DEPRESION (pp.
15-43), del libro "NIÑOS TRISTES.
LA DEPRESION INFANTIL"
JEAN-CLAUDE ARFOUILLOUX, 1983, editorial Fondo de Cultura Económica, México.
¿Se puede hablar de la tristeza del niño?
Podría pensarse que los niños se muestran tristes, sobre todo porque están separados de su familia y se sienten rechazados por sus seres queridos.
Hay casos, en los que esta tristeza existe desde antes de la separación, la cual, paradójicamente, la alivia.
Sólo cuando la tristeza deja de ser un afecto que se experimenta de manera más o menos fugitiva y se convierte en un estado permanente, en un componente estable de la personalidad, hay que intervenir terapéuticamente.
En algunos casos esa tristeza, expresada por el niño en su comportamiento y sus dificultades personales, es menos la suya propia que la de su entorno y que el niño en cierta forma se ha identificado con ella.
La tristeza del niño puede no ser aparente, sino permanecer oculta tras una excitación engañosa y una falsa jovialidad que engañan, y tiene una función defensiva contra la depresión.
Miles de pequeños sufrimientos marcan inevitablemente la vida de un niño y exigen consuelo inmediato.
La rabia resulta más soportable, porque justifica la respuesta mediante la cólera o la indiferencia, sin ver que a veces encubre la tristeza.
Pero un niño que parece desdichado o que "pone mala cara" hace sentir al que está cerca desarmado y culpable.
Eso no excluye irritación y agresividad reprimida frente a este niño, porque no responde a las expectativas del adulto.
Un niño está obligado a mostrarse alegre o no es tal, al menos en la mente del adulto.
¿Por qué resulta tan molesta la tristeza del niño?
¿Por qué se intenta hacerla desaparecer o trivializar?
Pareciera ser que al niño no se le reconociera el derecho elemental a estar triste sin tener que rendir cuentas, como si el adulto no pudiera encontrar normal que un niño se muestre desdichado sin sentirse obligado a intervenir a falta de poder controlar, eso que contradice la racionalidad del adulto.
Mitos tales como la niñez es la edad de la felicidad y la despreocupación; y el de la inocencia infantil.
Ese niño mítico e idealizado, eternamente sonriente, concentra todas las proyecciones con fines reparadores del adulto.
En este niño en que se contempla, el adulto intenta recuperar la imagen del niño que nunca logró ser para otros adultos, sus padres, y frente a sus propios ideales.
Quizá, sea esto lo que permite a los padres "cargar" al niño como objeto verdaderamente narcisista, pero eso se logra a costa de rechazar al niño triste y lo que éste viene a impugnar en el adulto.
La tristeza, como la risa, es contagiosa.
Por eso cuesta trabajo soportarla en los demás.
Se comprende así que pueda transmitirse al niño: a padres tristes, hijos tristes.
Así se presentan estos niños: abrumados por una tristeza que no es la suya y que arrastran como un traje demasiado grande que se les obliga a llevar a cuestas contra su voluntad.
El diccionario habla de un estado afectivo doloroso, tranquilo y duradero, de un dolor o malestar que invade la conciencia y cuya causa se desconoce.
Definición vaga y que comprende toda una gama de sentidos cercanos o derivados: sufrimiento, hastío, depresión, melancolía, nostalgia, entre otras.
Pero, la experiencia clínica no abarca todo lo que indica el uso del diccionario.
Aun cuando la tristeza sea claramente un afecto en el sentido que la teoría y la práctica psicoanalítica le han dado a ese término, no tiene exactamente la misma tonalidad que el hastío, el dolor o el duelo, pese a que esos diferentes estados afectivos pertenecen al mismo registro: el de la depresión .
El aburrimiento, ese hueco en el pensamiento, ese sentimiento de inmovilidad y de pesadez del mundo, implica en cierta forma la idea de una espera.
Pero, el hastío puede ser también espera de nada, espera blanca, en ocasiones agria y colérica y, en otras, muda y desesperada.
Espera de una espera.
Espera interminable, estancada en la eterna repetición de los mismos gestos, las mismas respuestas, los mismos automatismos, el mismo vacío.
Espera de algo que no llega nunca o llega siempre demasiado tarde.
El hastío está en total acuerdo con la muerte: en ese aniquilamiento del deseo, en esa extinción de la excitación que provoca el hastío, se reconoce el efecto de la pulsión de muerte, tal como la definió Freud.
El sufrimiento es muy diferente.
Es una reacción del organismo vivo ante aquello que lo afecta.
Remite a la vida, por más doloroso que resulte soportarlo, y mueve al sujeto a ponerle fin.
El dolor físico es fácilmente identificable y localizable, pero no sucede lo mismo con el dolor psíquico.
¿Cómo explicar que una representación, una idea, un recuerdo
puedan producir efectos comparables a los de una lesión corporal?
A Freud en "Duelo y Melancolía" le sorprende el carácter "tan doloroso" del trabajo de duelo, sin poder dar una respuesta satisfactoria desde el punto de vista económico.
Años más tarde, en "Inhibición, síntoma y angustia" se esfuerza distinguir la angustia del dolor.
La primera se considera un "afecto-señal" que se experimenta en las situaciones de peligro, las cuales se remiten en su totalidad al temor a la castración, prototipo de cualquier forma de angustia, ya sea de separación o incluso de muerte.
Respecto al dolor, Freud piensa que es una reacción propia de la pérdida del objeto, mientras que la angustia sería la reacción al peligro que implica esa pérdida (insatisfacción de las necesidades, pérdida de amor), y tras un desplazamiento suplementario, la reacción al peligro de la pérdida del objeto en sí.
¿Cuándo produce angustia la separación del objeto?
¿Cuándo produce duelo y cuándo solamente dolor?
Sólo sabemos que el dolor y el duelo (que tienen la misma etimología) son los afectos mediante los cuales se reacciona ante una separación.
Freud remite el problema del dolor psíquico a la temática del objeto perdido y le asigna a ese objeto la misma función del traumatismo en la producción del dolor físico: "La carga del objeto ausente (perdido) en nostalgia, carga intensa y que, debido a su carácter inextinguible, no deja de aumentar, crea las mismas condiciones económicas que la carga en dolor concentrado en el lugar del cuerpo lesionado?.La representación del objeto, fuertemente cargado por la necesidad, desempeña el papel del sitio corporal cargado por el aumento de la excitación".
Freud emplea el término nostalgia como equivalente psíquico del dolor físico.
La nostalgia, ese sentimiento mezcla de añoranza y espera dolorosa, "se carga" en el recuerdo, en la representación del objeto perdido, al que vuelve cruelmente presente debido a su misma ausencia.
Tristeza, hastío, duelo, dolor, nostalgia: es el núcleo del problema depresivo.
La idea de que un niño pueda sufrir de depresión parece violentar el entendimiento del adulto.
¿Un niño no puede sentirse triste, deprimido o culpable?
B.
Penot (1973) estima que ese desconocimiento prolongado de los estados depresivos del niño está ligado, por una parte, a su sintomatología engañosa y, por otra, a la gran reticencia de los adultos a admitir su realidad, e insiste en la unidad estructural de esos estados en todas las etapas de la vida.
Se reconoce sin problemas la autenticidad de los síndromes depresivos en los dos extremos de la infancia: el lactante y el adolescente.
Los trabajos de Spitz, A.
Freud y Bowlby confirman el hecho de que un bebé privado de la presencia y los cuidados de su madre se hunde en un profundo estado de marasmo y tristeza.
Y, los adolescentes se quejan de la incomprensión de los adultos e incluso pueden llegar a suicidarse.
Joffe y Sandler consideran que la pérdida del objeto (de la persona) significa siempre la pérdida de un aspecto del ello (que junto con el Yo y el Superyo son las instancias psíquicas de la mente) complementario de ese objeto.
La "sobrecarga" dolorosa del objeto perdido es causa de tensión entre el estado actual del ello, privado del objeto, y el "estado ideal", representación de la "integridad" del ello con el objeto.
Diferentes trabajos coinciden en un enfoque genético del fenómeno depresivo.
Una línea continua une, en el plano psicopatológico, los hechos obtenidos de la observación directa del lactante y los hechos clínicos verificados en la edad adulta.
La depresión se constituye como reacción casi fisiológica a la separación, al duelo, a la carencia.
De acuerdo con M.
Klein y Winnicott se considera que la experiencia depresiva forma parte del desarrollo normal de cualquier individuo.
Simples variaciones cuantitativas en la distribución de las frustraciones y en la intensidad de las respuestas instintivas orientan la depresión madurante, estructurante, hacia la depresión enfermiza.
Como señala D.
Widlöcher, una de las objeciones que pueden hacerse a la utilización genética del psicoanálisis es su afán por descubrir en el pasado formas que permitan prever el estado futuro.
Pretender explicar al adulto con ayuda del lactante o viceversa, es ignorar que el camino que lleva de uno a otro está formado por una sucesión de rupturas y recuperaciones, es desconocer la interacción, imprevisible muchas veces, entre el sujeto y el medio.
El concepto de área transicional, tal como lo define Winnicott, tiene la ventaja de dejar un sitio a la subjetividad creadora del niño en la interpretación de los hechos objetivamente comprobados.
Ese espacio imaginario, donde se intercambian signos que adquirirán valor de significantes, es el lugar donde cada uno de los dos protagonistas, la madre y el hijo, recibe informaciones y les da un sentido.
Los fenómenos que se desarrollan dentro de esta área transicional, o área de juego, desempeñan un papel esencial en la elaboración de la posición depresiva y en el dominio de las angustias primitivas.
La utilización del objeto transicional, es el precursor del juego propiamente dicho, y se conoce la importancia de esta actividad como medio de defensa contra la soledad, la depresión y el hastío.
Los niños tristes abandonan el juego.
Prefieren entregarse a alguna actividad auto-erótica.
Lo que es indiscutible es la necesidad de amor y protección del niño, necesidad que recibe la madre como una demanda que se le dirige.
Se trata de un reconocimiento mutuo entre la madre y el niño.
Un niño que no es amado tampoco goza de verdadero reconocimiento, y una mujer no puede reconocer plenamente a su hijo si considera que el amor maternal es una trampa en la que quedará atrapada durante gran parte de su vida.
¿Por qué la primera mirada de una madre sobre un hijo
está en ocasiones tan cargada de pensamientos ocultos?
Esa mirada triste puede leerse como: su condición social de mujer, un pasado de niña triste, un conflicto con su propia madre (por la que se siente rechazada), o con su propio padre.
También puede adivinarse en ella el debilitamiento del padre del niño.
Múltiples hechos y observaciones clínicas demuestran que los padres están muy lejos de ser inocentes cuando los hijos se deprimen o cuando manifiestan grandes desórdenes en su conducta.
El debilitamiento en la función y el papel identificador del padre se considera actualmente uno de los principales factores que orientan al adolescente hacia la delincuencia, cuyo significado de escapatoria a la depresión es subrayado por muchos autores.
En el niño triste que muchos sujetos fueron o son aún, encontramos la imagen de un padre que no estuvo a la altura, bien porque él mismo evadiera sus responsabilidades o porque fuera eliminado por la madre, a menudo con la complicidad de su propia madre.
Restaurar los derechos y deberes del padre respecto al niño no equivale a convertirlo en sustituto de la madre.
Aun cuando se compartan las tareas, cada quien debe conservar su papel específico, al menos en el nivel simbólico.
Es el padre sexuado, objeto del deseo de la madre y fuente de identificación masculina para el hijo, niño o niña, al que le permite asumir y elaborar, a través del conflicto edípico, su bisexualidad fundamental.
Aun ausente de la realidad, permanece presente en el discurso de la madre y en su mirada, que es, como ha subrayado Winnicott, un verdadero espejo donde el niño ve la prueba de su existencia y detrás del cual comprueba la existencia de ese otro ser que es su padre.
La mirada de algunas madres es comparable a un espejo opaco o deformante, que no remite al niño a ninguna imagen de deseo donde él pueda reconocerse, que no se ilumina con ningún fulgor debido a la presencia de un padre, sino que sólo parece reflejar el vacío de la depresión.
Freud en "El malestar en la cultura" afirma que ninguna necesidad de origen infantil se revela con tanta fuerza como la necesidad de la protección paterna; la nostalgia del padre, surgida del estado de dependencia infantil, es sobre todo la fuente de la poderosa necesidad religiosa que nada puede hacer desaparecer.
¿Pero, de qué o de quién va a proteger el padre al niño?
Se puede pensar que se trata del peligro que representa la fusión del fantasma con la temible imago de la madre arcaica pre-edípica, peligro de incorporación canibalística, de engullimiento y aniquilación dentro de la abertura del cuerpo materno.
El padre interviene en cierta forma como elemento "para-excitación": desvía sobre sí mismo el deseo de la madre e impide que el niño sienta emociones demasiado intensas frente a esa madre a la vez deseada y temida.
Se acostumbra hacer intervenir al padre en la vida psíquica en el momento de la constitución del complejo de Edipo, es decir, un poco antes de los dos o tres años de edad.
Pero, se puede comprobar a través de la observación que su intervención comienza mucho antes, probablemente desde los primeros meses de vida, como lo dijo M.
Klein.
La división del desarrollo afectivo del niño en etapas sucesivas no es más que una convención sin mucha relación con la realidad, infinitamente más compleja.
Lo único cierto es que algunos tipos de comportamientos y respuestas parecen dominar en ciertos momentos, que se encadenan en el tiempo formando una serie de secuencias, pero eso no significa que no existieran antes en estado latente, ni que desaparezcan en seguida para dar paso a otros.
Al parecer, esto es lo que sucede con la relación padre-hijo, que en cierta forma está inscrita desde el origen pese a que su implantación sea menos evidente que la de la relación madre-hijo.
Más tarde, el niño se vuelve autónomo separándose de su madre, pero del padre no se separará jamás, pues con él ha tejido el mismo tipo de lazos y, sobre todo, porque el lugar paterno está marcado definitivamente por el apellido que lleva.
Aunque en algunos casos ese apellido se registre en forma de un espacio ("nacido de padre desconocido"), es decir, de una interrogación, el asunto no cambia en esencia, porque si hay secretos imposibles de guardar, son éstos precisamente.
La clínica de la depresión es engañosa en el niño, en la medida en que se intenta reconocerla con ayuda de los elementos constitutivos de la sintomatología en el adulto.
No hay que imaginarse a un niño sumido en ese estado de profundo abatimiento, en ese intenso dolor psíquico, en esas ideas de indignidad y culpabilidad características de la depresión en el adulto.
Las personas que viven con el niño, reconocen intuitivamente cuando un niño entra en fase depresiva por su tendencia a aislarse, su desinterés en el juego, su disminución en el rendimiento escolar o su conducta intolerante e irritable.
La tristeza, afecto dominante en esos estados, no falta nunca.
Si bien no hay depresión sin tristeza no puede decirse que un niño que parece triste esté necesariamente deprimido o que tristeza sea igual a depresión.
La tristeza es un afecto que puede sentirse en las situaciones más diversas.
La depresión, cualquiera sea su grado, produce un estado de abatimiento de las fuerzas vivas del yo que muestra la intensidad del conflicto inconsciente del que es causa, conflicto entre pulsiones (pulsión de vida y pulsión de muerte) y conflicto entre instancias (yo e ideal del yo, yo y superyo).
Por ello, la sintomatología y la estructura de la depresión del niño dependen del grado de diferenciación de su aparato psíquico.
Esta sintomatología se caracteriza por la inconstancia de sus elementos, por su labilidad y por la particularidad de las defensas que utiliza contra el sufrimiento depresivo.
La inconstancia de los síntomas explica por qué esos estados depresivos se ignoran tan a menudo.
Se expresan mediante problemas del comportamiento sin mucha especificidad (inestabilidad, inadaptación escolar, rabietas, etc.), e incluso mediante problemas psicosomáticos diversos (astenia física, insomnio, anorexia, problemas digestivos, retardo del crecimiento, alopecia, etc.).
Al no poder elaborar representaciones y afectos depresivos que lo desbordan y amenazan en todo momento con sumirlo en una experiencia de catástrofe, el niño tiene la tendencia a huir de ellos escapándose en las dos direcciones que se le ofrecen: su traducción en actos del comportamiento y la somatización, que representan mecanismos de defensa relativamente eficaces contra la depresión.
Según Winnicott, "en la defensa maníaca se niega todo lo serio.
La muerte da paso a una animación exagerada; el silencio, al ruido.
No hay ni pena, ni inquietud, ni trabajo constructivo, ni placer reparador.
Es la formación reaccional relativa a la depresión y merece ser estudiada como un concepto en sí.
Su presencia indica en el nivel clínico que se ha llegado a la posición depresiva y que la posición depresiva está en suspenso, negada más que perdida".
En lugar de una realidad que se percibe gris y mezquina, un sentimiento mágico de omnipotencia; en lugar de la tristeza, una euforia paradójica; en lugar de la inhibición, excitación, hiperactividad y dispersión en el juego.
Aquí no hay alternancia, sólo un recubrimiento de un estado tímico por otro, sin que se deba hablar propiamente de inversión del humor.
Pese a las apariencias, el humor de estos niños no tiende a la alegría y la tristeza se asoma por momentos bajo la falsa jovialidad.
El entorno dice que el niño "regresa", lo que significa que busca señas de afección para superar los afectos dolorosos que la defensa maniaca no puede contener más.
Podría pensarse que esa defensa es benéfica y que debe reforzarse.
Pero, la negación de la realidad y el sentimiento de omnipotencia se pagan con grandes dificultades en el funcionamiento intelectual.
Estos niños se muestran estrictamente indispuestos para cualquier aprendizaje escolar, porque creen saberlo todo.
Para desear aprender, primero hay que admitir la ignorancia, reconocer los errores y abandonar la posición megalómana que protege contra la depresión.
Debe guiarse a estos niños hacia una toma de conciencia de su realidad interior y su sufrimiento, a riesgo de verlos deprimirse de verdad.
Pero, esa depresión, que se ha vuelto patente, sólo puede tener, a ejemplo de la posición depresiva, un efecto "madurador" si el niño puede contar con un buen apoyo psicoterapéutico.