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Reflexión en torno al individualismo contemporáneo desde Gilles Lipovetzky Entierro de Joselito

Fabián Orozco. Revista electronica de psicología social

                                                                                    


¿ESTAMOS ANTE LA ERA DEL VACÍO?


Intentar aproximarnos a una descripción a fenómenos actuales de la sociedad afirmada como posmoderna, implica reconocer algunos asuntos.

Uno de ellos es un principio: El Estallido de lo social, es decir, ¿el individuo es el rey y maneja su existencia a la carta?
Este análisis lo han realizado varios autores, entre ellos, Pascal Bruckner en su texto “La Euforia Perpetua”, André Comte Sponville en “Felicidad desesperadamente”, Eveline Pewzzner en “El hombre Culpable” y Safransky en su texto “El mal o el drama de la libertad”, y por supuesto, Lipovetzky en “El crepúsculo del deber”.

De hecho, la crítica reconoce a este último como uno de los más representativos.


En el análisis que haré, tendré en cuenta tres referentes: La «seducción continua», la «indiferencia pura» y narciso o la «estrategia del vacío».

Desde la concepción de seducción, se ha definido la sociedad posindustrial como una sociedad de servicios, pero de manera más directa, es decir, de autoservicios; pero no por las fuerzas de la revolución sino por las olas radiantes de la seducción.

Esta seducción ha venido a regular el consumo, las organizaciones, la información, la educación.

Ha desbancado las relaciones de producción por relaciones de seducción.


Pero para hablar de seducción indiscutiblemente hay que partir del mundo del consumo.

Con la profusión lujuriosa de sus productos, imágenes y servicios; con el hedonismo que induce, con su ambiente eufórico de tentación y proximidad, la sociedad de consumo ha posibilitado la estrategia de la seducción.

La seducción se identifica con la sobremultiplicación de las elecciones que la abundancia hace posible, cada vez más abierta a las opciones, ofreciendo más y más combinaciones a medida que se permite una selección y circulación libres de dichas opciones.


Pero, ¿qué es la seducción? Es una persecución.

Esta conlleva algo de engaño o falsedad para que el persuadido haga algo.

Se define además como una cautivación para que el otro se anime y acceda, para que se sienta atraído.

En el mundo de las comunicaciones, por ejemplo, la televisión por cable, ofrece cientos de canales especializados, sin contar los canales a petición.

Esa es la sociedad posmoderna, caracterizada por una tendencia global a reducir las relaciones autoritarias y dirigistas y, simultáneamente, a acrecentar las opciones privadas, a privilegiar la diversidad.

Se trata de un modelo sistemático de personalización que consiste esencialmente en multiplicar y diversificar la oferta, y la opción de combinarla para que el sujeto elija.

Incluso una de las resistencias que encontraba esta propuesta de seducción, era la del mundo del trabajo.

Dichas resistencias se vencieron con los horarios a la carta y la incursión de la vía virtual como alternativa de laborar en lo que Lipovetzky denomina la “casa electrónica”, es decir, la seducción del mundo tecnológico con la computadora personalizada, que hace de nuestro mundo un referente cada vez más “privático”, fuera de las organizaciones rígidas y del cumplimiento de horarios exigidos por las estructuras o convenios pactados.


En el orden psicoterapéutico, han aparecido nuevas técnicas seductoras, como el análisis transaccional, la bioenergética, las esencias florales, la aromaterapia, las técnicas de biodanza, las cuales aumentan la personalización, que ya era evidente desde hace un siglo con el surgimiento del psicoanálisis, considerado hoy por algunos como “intelectualista”.

Se da prioridad a las terapias humanistas de grupo, a la liberación directa del sentimiento de las emociones, o como diría Lipovetzky, al software del desahogo primitivo.


La medicina homeopática gana terreno, asumiendo la concepción holística de la salud por el propio sujeto y donde no debe sufrir pacientemente en los hospitales; él también es el responsable de su salud gracias a los potenciales de su autonomía psíquica.

El culto a la espontaneidad estimula al ser a liberarse de complejos.

La educación, antes autoritaria, se ha vuelto enormemente permisiva.

Los estudiantes pagan para no ir a clases presenciales o a actividades especiales.


El lenguaje hace también eco de la seducción con los usos discursivos posmodernos, por ejemplo: Ya no hay ciegos, hay no videntes; no hay sordos, existen los que oyen mal; no hay lisiados, hay discapacitados; los amigos son parceros y los viejos son de la sabia tercera o cuarta edad; ya no hay seres humanos feos, hay es feos sin plata, que no tienen acceso a la silicona, los centros Spa o los sitios de gimnasia y estética.

Los malos alumnos hoy son hiperactivos, deficitarios atencionales o con dificultades de aprendizaje; el aborto es connotado como una interrupción voluntaria del embarazo.

Incluso los estudiantes son profesionales, los analizados analizantes, y los psicólogos se creen sanos.


Por otro lado, estamos viviendo una formidable explosión musical: la seducción posmoderna musical es de primera necesidad.

Hacemos deporte, deambulamos y trabajamos con música, conducimos con el estéreo en una oreja y el celular en la otra.

Para el hombre disciplinario-autoritario de la edad media, la música se circunscribía a sitios o momentos precisos.

El hombre posmoderno oye música en la mañana y en la noche como si necesitara estar desrealizado, transportado, y todo ello acompañado con el uso de algún estimulante o depresor de moda.

La personalización se traduce entonces en una necesidad de vivir el momento; de volar, vivir intensamente, vibrar, en una especie de inmersión sensorial y pulsional.


La política no se mantiene tampoco apartada de la seducción en las sociedades occidentales: Es la simplicidad ostentosa, donde el hombre político se presenta humildemente con sus limitaciones y debilidades, exhibe su familia, sus propiedades y su terruño.

La política personalizada de nuestros gobernantes corresponde a la emergencia de esos nuevos valores que son la cordialidad, la proximidad y por supuesto “trabajar, trabajar y trabajar”.

Si bien es cierto, que existe un marketing político programado y cínico, también es cierto que las estrellas políticas no hacen mas que conectarse con un hábitat postmoderno, una sociedad deseosa de contacto humano.


Por otra parte nos encontramos con la “sexducción”, la cual promueve una denuncia unánime que pretende reconciliar a los feministas, a los moralistas, a los homosexuales, que pretende destruir el orden arcaico de la ley y de la prohibición del incesto, y abolir el orden coercitivo de la censura y de la represión, en beneficio de un “verlo todo”, “hacerlo todo”, “decirlo todo”.

Donde se corrobora el “aquí está todo permitido”, con el kit que ofrece la tienda de productos eróticos y que formula a los seres humanos las formas y ejercicios de la sexualidad, olvidando la pulsión y el deseo sexual como asuntos constitutivos del sujeto.


Otro de los aspectos a analizar es el asunto de la indiferencia pura: los desplazados por la violencia, la desnutrición de los menores, el maltrato infantil, la destrucción de los pueblos se constituyen en formas de aniquilación que reproducen el desierto del nihilismo posmoderno, en tanto que ocupa un extraño silencio en la existencia cotidiana y en el corazón de las ciudades.

Aquí, como en otras partes el desierto, crece la indiferencia pura.

El saber, el poder, el trabajo, el ejército, la familia, la iglesia, los partidos, etc., ya han dejado globalmente de funcionar como principios absolutos.

El ausentismo en el trabajo se ha modificado por los “weekends”, por el ocio en las esquinas de los jóvenes del barrio, como si la jubilación se convirtiera en una aspiración de masa o incluso en un ideal.

La familia evidencia altos índices de divorcio, las parejas se vuelven libres, el aborto y la esterilización son legalizadas y la clonación es una evidencia posmoderna: La decadencia occidental reconoce entonces como actual el nihilismo nitzscheano en tanto depreciación mórbida de los valores morales, y acentúa el reconocimiento psicoanalítico de la tendencia tanática de la pulsión de muerte del ser humano.


Finalmente, el narciso o la estrategia del vacío como tercer componente de la posmodernidad, reconoce y encuentra su identidad en la gran figura mitológica y legendaria de Edipo, hoy narciso.

Es a los ojos de un importante número de investigadores, el símbolo de nuestro tiempo.

Mientras, el texto las tiranías de la intimidad de Senté se ha convertido en un best-seller en Europa y en los Estados Unidos aparece el narcisismo como un estado del individualismo que designa el surgimiento de un perfil del individuo en sus relaciones con el mismo y su cuerpo.

El capitalismo autoritario cede su lugar a un capitalismo hedonista y permisivo; la modernidad que considera el espíritu de empresa y esperanza de futuro pasa a ser una posmodernidad con indiferencia y narcisismo.


Cuidar la salud, preservar la situación material, desprenderse de los complejos, esperar las vacaciones: vivir sin ideal, sin objetivo trascendente, ello resulta posible.

Las películas de Woody Allen son el propio éxito de esa hiperinvención en el espacio privado, es decir, el surgimiento del bienestar.

Vivimos para nosotros mismos.

El terrorismo internacional, la angustia nuclear, los desastres ecológicos, la amenaza de ataque a Irak, han provocado una crisis de confianza hacia los líderes políticos, un clima de pesimismo y de catástrofe inminente que explican precisamente el desarrollo de estrategias narcisistas de supervivencia, que facilitarían la salud física y psicológica.


La sensibilidad política de los años sesenta ha dado paso a una sensibilidad terapéutica; incluso los líderes mas contestatarios han sucumbido al los encantos de la examinación del yo.

El consumo de conciencia se convierte en una nueva bulimia: psicoanálisis, yoga, meditación trascendental, canalizar las pasiones sobre el yo promoviendo el rango de ombligo del mundo, lo que genera una figura inédita de narciso.

Un narciso obsesionado por él mismo.

Por el desconocimiento radical que instituye sobre la verdad del sujeto, el neonarcicismo se constituye en una amenaza para la psicología social.


El narcisismo ya no encuentra obstáculos y puede realizarse en toda su radicalidad.

Esta es pues la connotación posmoderna de un sociólogo que pretende intentar describir la llamada posmodernidad.

Una radiografía desde otra disciplina que, lejos de asustarnos, se constituye en una referencia de los fenómenos sociales para los psicólogos sociales.