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Narcisismo, agresividad y antisemitismo

Bela Grunberger, Paris (Francia). Centro Psicoanalítico de Madr

NARCISISMO, AGRESIVIDAD Y ANTISEMITISMO  -[1]


 
Introducción (Jan Stensson):


La religión y las ideologías étnicas son utilizadas para la justificación del odio, la violencia y la destructividad que en la actualidad vemos en todo el mundo.

Los psicoanalistas no han contribuido de forma significativa en el esfuerzo por entender y destruir la estructura y funcionamiento de estas ideologías que son causa de muerte y sufrimiento de muchos seres humanos y amenazan con disolver el sentido humano de las gentes.

La Declaración de la Sociedad Psicoanalítica Alemana sobre la violencia, odio a los extranjeros y el racismo (publicada en International Forum of Psychoanalysis, vol 2, nº1, 1993), se mueve en la dirección de tomar más responsabilidad de nuestra parte.

Los psicoanalistas debemos tener elementos que aclaren estos fenómenos basados en nuestra experiencia, en el trabajo con los procesos inconscientes.

Uno de ellos es Béla Grunberger que abre un camino en el conocimiento del fenómeno racista.

En este corto trabajo diseca las rutas narcisistas de la violencia social y religiosa de una forma viva y valiente.


  Al comienzo de mi formación como psicoanalista fui lo bastante audaz como para intentar analizar a algunos de los criminales que habían sido confinados en Sainte-Anne en calidad de enfermos mentales.

Comencé por un hombre que había matado a varias personas, incluido su padre.

Naturalmente, cuando me acerqué a él me preguntó cuál era la finalidad del análisis que yo le proponía.

Con toda inocencia le dije que el propósito era producir un cambio profundo en su psiquismo.

No podía creer lo que estaba oyendo y le dio un gran ataque de risa que rápidamente degeneró en una risilla incontrolable.

No tardó mucho en informarme que era completamente feliz y que recordaba los asesinatos que había cometido con nostalgia; le habían proporcionado momentos de excitación inolvidables y un indescriptible sentimiento de alegría.

En ningún momento hizo mención de aspectos orgiásticos sexuales.

Por razones teóricas a las que me referiré más adelante, insisto en la necesidad de separar el componente narcisista del posible componente sádico sexual. 
           Los cazadores que han estado en análisis conmigo, incluida una mujer, me hablaban del placer –o quizá debería decir alegría o felicidad- que obtenían matando.

Todos ellos habían dejado claro que el momento supremo emocional coincide con el momento en el que repentinamente el animal cae fatalmente herido a tierra, preferiblemente derribado por un único disparo –en otras palabras, por una intervención reducida al mínimo estrictamente ideal.1[2] El placer del cazador no proviene de la ilusión de omnipotencia, que tendría que ver con una fantasía del narcisismo primario, sino de una realización del deseo de omnipotencia, de la absoluta superioridad que le otorga el componente energético adicional que le permite realizar su deseo, aunque de forma narcisística.

La afirmación del poder absoluto del cazador sobre su objeto le permite participar en una omnipotencia absoluta, en una total reafirmación narcisista; como Dios, tiene poder sobre la vida y la muerte.2[3]
           El placer narcisista de absoluta superioridad, entendido en el sentido de actuar bajo una fuerza energética, equivale a sentirse el único amo del universo.  Pero la ilusión que el entusiasta (y esta palabra alude de forma muy directa a dios) sostiene a costa de un simple objeto que representa a todos los objetos explica el halo romántico que rodea a los transgresores, a los fuera de la ley, a los grandes criminales, e incluso a los pecadores en ciertas sectas ortodoxas.

Por eso llegan a ser figuras carismáticas y se trazan leyendas en torno a ellos, de la misma forma que embellecemos la imagen de las estrellas de cine, también soportes del narcisismo proyectado.

Esto también explica el incremento del número de ‘accidentes’ fatales o de excesos desafortunados, etc.

El inconsciente de los narcisistas persigue el placer de tal forma que no pueden resistir la tentación de sentir, aunque sea solamente por un momento (un momento que ofrece la promesa de eternidad), que disfrutan de los privilegios de la divinidad.

Se trata de un ‘instinto de supremacía, de dominio’ al servicio de un narcisismo cósmico.

 
           Volviendo a la relación entre cazar y la tercera palabra de mi título, señalaría que los judíos no cazan (aunque hay excepciones).

Hay muchas razones para explicar esto, pero la principal es que su religión les prohíbe hacerlo (‘No matarás’, y los animales permitidos pueden ser comidos sólo si han sido ritualmente sacrificados).

Permítasenos decir simplemente, de manera tan escueta como provisional, que el asesinato cinegético narcisista e inocente enmascara una representación del asesinato edípico-totémico, con su sustrato profundamente regresivo, y que la función de la religión judía es trabajar directamente la culpa que lleva asociada.

Es esencialmente una religión edípica, opuesta al cristianismo, que es más narcisista.


             El paganismo, ya sea considerado como expresión del dominio del animismo o expresión del politeísmo, es esencialmente narcisista.

Los dioses son emanaciones especulares de diversas funciones humanas que han sido ‘deificadas’ –es decir, que adoptan una forma perfecta, magnífica, una forma que es, narcisísticamente, más satisfactoria.

Al mismo tiempo, el pagano es presa de profundas ansiedades primitivas proyectadas sobre terribles imagos maternas e intenta apaciguarlas mediante automutilaciones y sacrificios humanos, por no hablar de los ritos mágicos de fertilidad (orgías y actos a menudo incestuosos o contra natura) que la Biblia de los judíos preserva en forma de prohibiciones.


           Este es el contexto en el que comienza lo que podría ser denominado como la Revolución Abrahámica.

Abraham, de hecho:
1.    Ataca la idolatría destruyendo los dioses-fetiches a los que su padre servía (‘Un judío es aquél que lucha contra los ídolos’; la expresión es de Emmanuel Berl, pero la definición es mucho más antigua);
2.    Entrona al padre, cuyas intervenciones le sirven de guía constante;
3.    Introduce la simbolización al remplazar el sacrificio humano por el sacrificio de animales (el lugar de Isaac es ocupado por un carnero), entrando así en conflicto con las poblaciones circundantes;
4.    Utiliza el padre para ‘inventar’ el superyó;
5.    Utiliza el narcisismo primario, en el que el hombre y el universo se fusionan en uno, para crear el Dios Único, invisible y omnipresente; por tanto, descubre el narcisismo cósmico absoluto, inmaterial y libre de conflictos, pero desde el cuál el hombre es castrado.

Una de las características más importantes del judaísmo es el havdalah o la estricta separación entre lo sagrado y lo profano.

En su forma incorpórea, el narcisismo es la preservación de Dios, puesto que es amor narcisista proyectado.

Dios es abstracto, inefable e incognoscible, y Su nombre (el tetragrama) no puede ser dicho (un tabú que claramente expresa la necesidad de conservar el Santo Nombre puro de cualquier elemento de sentido; de ahí el mandamiento que prohíbe esculpir imágenes de Dios).

Dios, además, no-existe en el sentido moderno del término, puesto que escapa a los criterios evolutivos; las leyes que gobiernan la vida en toda su extensión (y que Adonai legisla) emanan de una dimensión muy diferente y mucho más prosaica, y el manual que las resume es conocido como la Shulchan Aruch: literalmente, ‘La Mesa Lista’.

La religión judía no es una forma de misticismo, sino un marco de instrucciones de vida.

Dios es el contable que guarda el gran libro y quien determina, una vez al año, el destino de los individuos en base a sus méritos (este aspecto de la Ley Mosaica es a menudo ridiculizado como ‘sórdido materialismo’, ‘tópicos’, ‘falto de elevación’, y cosas así, porque esta postura merma la ilusión de verla como enemiga; en mayo del 68 había un eslogan que rezaba: ‘Vosotros vomitasteis sobre nuestras esperanzas’.

Aquellos que se aferran a la ilusión proyectan de esa forma sobre la Ley Judía toda la agresión arcaica que deriva de su frustración narcisista.

Tales críticas pueden ser dirigidas a la Ley Judía, pero también son aplicables de forma más general al orden edípico y sus derivados).


 Este segundo aspecto de la divinidad es elaborado por Moisés, el segundo fundador del monoteísmo judío.

Moisés es un héroe más que un profeta y libera a los esclavos –los descendientes de Abraham.

Los organiza y llega a ser su juez y su líder en tiempo de guerra.

Les confina dentro del marco de una ley estricta y obsesiva que les protege y asegura su supervivencia.

Tras la destrucción del Templo, los rabinos trabajaron y refinaron enormemente este código.

El yugo de la Torah es severo, pero aquellos que aceptan sus constricciones deben encontrar ventajas, puesto que permanecen fieles a pesar del precio que pagan.


El Cristianismo aparece en la historia del pueblo judío allí cuando, de nuevo, la presión de los acontecimientos (la opresión romana) pone a prueba la estricta disciplina de la Ley y reactiva una fe mesiánica.

La posición superyóica llega a ser insostenible y comienza un retorno a la ilusión narcisista.

Inicialmente se produce un intento de sintetizarla con la religión de los Padres.

En el fondo, sin embargo, todos los rasgos más característicos de la religión de Cristo –el amor incondicional de Dios, la deificación del hombre, los misterios, los milagros, la gracia, el Paraíso, la inmortalidad (la resurrección), la Inmaculada Concepción, etc.- obtienen su carga afectiva del narcisismo primario y representan un desafío a la realidad y al orden del Padre.

El Padre, al menos en términos teológicos, está todavía presente, pero esta masiva catexis narcisista toma como objeto al Hijo, y luego a la Madre.

Es importante destacar, finalmente, que la economía del sacrificio humano se reafirma y llega a ser crucial (el sacrificio de Cristo es re-actuado en la Misa).


Estas características pueden ser contrastadas con el ideal judeo-edípico de equidad, justicia y moralidad, los Diez Mandamientos, el temor y el amor de Dios, la Ley, que tiene una lógica intrínseca basada en lo real (la ley del talión es simplemente la institucionalización de una ecuación cuantitativa entre crimen y castigo, o más bien, entre daño cometido y reparación; la reparación es calculada en forma de multas), la rectitud y la perversidad, el respeto a una juventud vivida en tiempo presente, el reconocimiento y la reglamentación de la vida pulsional, la organización planificada de las obras de caridad, la protección de los pobres, asalariados y extranjeros.

La institucionalización del año del Jubileo, cuando los esclavos fueron liberados, prevenía la acumulación de riquezas, protegía el patrimonio familiar y evitaba que la gente pudiera ser arruinada por deudas.

Se trata de un sistema lógico y racional de una ética impecable, pero su estricta aplicación pasa por alto el componente narcisístico y la belleza sublime de ciertas partes de Las Escrituras (los Salmos, los Profetas, el Cantar de los Cantares).

Todo esto constituye un campo separado porque la poesía, en cierto modo, ocupa un lugar secundario en el cuerpo central de los cinco libros de Moisés.

 
El hombre, nacido con una huella en su memoria de la felicidad prenatal (y por tanto, con un derecho a reclamar el Paraíso, dado que realmente una vez vivió en él; es parte de él y debe por tanto volver a él), está destinado a sufrir un trauma (la frustración de su completud), que podría denominarse el ‘trauma existencial’.

Inicialmente, continúa viviendo en un estado en el que puede fusionarse con la madre; eso le permite sostener la ilusión y la seguridad de que la absoluta y espontánea felicidad de esta unión durará toda la vida.

Pero debe desencantarse y aprender a reorganizar su existencia postnatal integrando su narcisismo primario en su vida instintiva y, por tanto, en su yo.

Este es el desarrollo edípico que es rechazado por aquellos que quieren aferrarse a la solución narcisista.

Artificios de todo tipo pueden funcionar como sustitutos de la completud narcisista, pero la religión y la ideología son las únicas que ocuparán ese lugar.

Estas formaciones permiten a los narcisistas identificarse con una fantasía narcisista global y proyectar sobre los otros la agresividad al atribuirles las fisuras aparecen en su completud (cuando hablo de religiones, me estoy refiriendo a religiones no-judías, porque el judaísmo, con su estructura edípica, permite a la perfección que la culpa sea totalmente trabajada de manera interna).


Como hemos visto, el deseo narcisista de omnipotencia es absoluto.

Esta es la razón por la que religiones e ideologías no pueden permitirse ser cuestionadas; son totalitarias y deben hacer uso de la proyección para librarse de cualquier cosa que no se ajuste a su completud.

Por lo tanto, necesitan cabezas de turco.

Y como fue el Padre quien, con sus leyes, prohibiciones y advertencias sobre la realidad, les expulsó del paraíso en el que vivían fusionados con la Madre, atacan al primer heraldo de esa estricta autoridad; es decir, al judío.

No importa quien haya cometido el delito, el judío es el responsable.

Los hijos narcisistas rechazan la responsabilidad porque es ‘obscena’ (un graffiti visto en mayo del 68) y recae sobre el Padre, sus representantes o sus seguidores.

La constante propaganda ha extendido acusaciones que datan de tiempos remotos (abarcando el periodo pagano) y conviven con nosotros, por lo tanto, desde hace 3.5000 años.

Las mismas acusaciones continúan haciéndose constantemente, por lo que el judío ha llegado a ser un símbolo implantado en el inconsciente del narcisista; recurrir a ello es casi un acto reflejo, en particular porque la pereza intelectual anima a usar este cómodo y familiar esquema.

‘El judío’ se convierte, así, en una categoría que puede ser aplicada con bastante naturalidad a cualquier enemigo, real o imaginario (‘judeo-bolchevique’, ‘sionismo-imperialista’): él es el origen del mal y una herida narcisista, y es una fuente de maldad porque es una herida narcisista.


 La propaganda antisemita es producto, por un lado de las religiones, y por otro de las ideologías, por la sencilla razón de que ambas derivan del mismo narcisismo, y porque el enemigo es el despreciable orden paterno simbolizado por el judío.

La división no es entre judíos y no-judíos, sino entre lo narcisista y lo edípico y puede encontrarse en ambas partes, o incluso dentro de una misma familia.

De hecho, resulta obvio que la proporción de no-judíos que obedecen el orden edípico es probablemente la misma que la proporción de judíos.

Los antisemitas son reclutados en grupos marginales, de entre aquellos cuyo narcisismo ha sido seriamente herido; en las filas del ‘narcisismo’ hay, por tanto, muchos judíos que luchan contra el orden del Padre.

El antisemitismo judío es un fenómeno clásico existente en todas las épocas.

Existen razones narcisistas que explican esto, pero también hay razones específicamente edípicas (formaciones mixtas), aunque ninguna razón más válida para ser antisemita que la del judío que debe su existencia judía, con todas las incertidumbres que esto implica, a sus ancestros.

La misma división existe en la religión Católica y en el Judaísmo, ambos son lugares de constante conflictividad entre lo edípico y lo narcisista.

 
Formular generalizaciones precipitadas, llenas de buenas intenciones, pero erróneas, pueden convertirse únicamente en un obstáculo para nuestra comprensión del fenómeno antisemita, que tiene una conexión obvia con el Cristianismo.

Si hubiera algo de verdad detrás de todo lo que se dice de lo Judeo-Cristiano (con guión) o detrás de frases tales como ‘Todos somos hijos de Abraham’, el antisemitismo habría desaparecido hace largo tiempo ya.


Traducido por Jorge Pernia
3[1] Este trabajo fue publicado originariamente como “Brève communication sur le narcissisme, l’agressivité et l’antisémitisme” en la Revue Française de Psychanalyse 4, 1984, y posteriormente en inglés en New Essays on Narcissism, Free Association Books, London, 1989.
4[2] No emprendí un examen estructural de mi asesino.

De haberlo hecho, no dudo que habría descubierto suficiente material inconsciente para analizar sus motivos, pero el material probablemente habría sido banal.

Tampoco investigaré la estructura del cazador; los resultados de tal investigación serían incluso menos específicos, dado que los cazadores no son muy diferentes del resto de la población francesa.

El placer del cazador no es por regla general sádico.

Los cazadores afirman amar a los animales y, una vez hubo ayudado el análisis a mi analizada a integrar su narcisismo primario, dedicó todas sus energías a la cría de animales que antes fueran sus víctimas.

Cazar es una fiesta, un tipo de celebración elegido, antiguamente reservado a la aristocracia y considerado como un noble deporte.
5[3] En el Antiguo Testamento se puede encontrar una posible relación entre el placer de matar y la divinidad.

Lo describe Nimrod, el ancestro de todos los cazadores, en una frase que ha pasado al lenguaje común.

Era “un poderoso cazador ante el Señor” (Génesis 10:9).

Incluso para los creyentes la frase es un sin sentido: todos están ante el Señor.

A menudo la traducción es errónea.

La palabra Liph’né en realidad no significa ‘ante’; significa ‘a causa de’ (por el proceso primario, contigüidad=causalidad), en el sentido expresado por todos los judíos devotos en sus plegarias diarias: ‘A causa de nuestros pecados fuimos expulsados de nuestra tierra’ (Liph’né k’hataénou galinou méartzénou).

La Biblia está aludiendo, por tanto, al poder de Nimrod, cuyas actividades despertaron en él un sentimiento de omnipotencia divina.