La industria cultural ha hecho de la fiesta un producto esencialmente desacralizado, intentando vaciarla de su sentido mítico.
Se ha convertido en un producto de consumo, en el que el público ya no es participante sino que está relegado a su condición de desenfrenado observador.
Al parecer, es el rol más relevante que le ha otorgado esta era de Cultura Visual.
Los rituales religiosos, como todos los rituales, son polisémicos, no sólo comunican mensajes relacionados con lo sobrenatural, sino también con lo económico, lo social, lo lúdico, lo étnico, la identidad cultural y todo el sistema cultural.
Como la fiesta del espectáculo ha sido sustituida por la espectacularización indiferenciada de la feria, el espectador de los medios atribuye características festivas a su consumo.
Se trata de una fiesta que renuncia a la instancia comunicativa y que se resuelve en la gratificación de un espacio individualista.
La fiesta es solitaria, más cercana de la evasión o del viaje de la sobredosis, mas que de cualquier forma de ritual religioso o profano" (1).
Casi todas las fiestas emergen desde el mundo rural.
Desde el inicio de los tiempos, el verano sustenta el tiempo de cosechas, el tiempo donde se multiplican los alimentos que salvaguardan la vida.
De esta forma el verano, inaugurado con el solsticio que alza al sol se en lo más elevado, corona la fertilidad es vida.
La fiesta comúnmente ha sido asociada al fuego .Consagrado como purificador todopoderoso es el Invencible Renovador del Tiempo. La raíz terminológica "fas", de la que deriva la voz "fiesta", remite a los actos lícitos consagrados por lo divino, y se contrapone a "ius" y a "mos", en donde lo lícito es autorizado por la institución política y por las costumbres; por la tradición ética (2 )
En la cultura popular, las fiestas prosperaban en un espacio abierto, indefinido, en el que excesos, desbordes grotescos y obscenos pactaban el acceso a un inmemorial fantástico y transgresor.
Ajeno al actual sentido utilitario, la fiesta conjugaba lo cómico con el realismo grotesco.
El rebajamiento de lo sublime, de lo sagrado, se desplegaba en imágenes hipertrofiadas de la vida terrenal.
En el espacio de la fiesta, todo lo divinizado era reencantado por su trasfondo carnal.
El mundo de la risa redimía las formas más diversas de groserías, licenciando rebajamientos burlescos de ritos y símbolos religiosos, invocando travestismos paródicos de cultos oficiales" (3).
Con el advenimiento del mundo burgués, la noción de fiesta ha cobrado un nuevo matiz.
Sin desaparecer plenamente, se ha reducido y desnaturalizado.
El recinto, antes abierto (solía extenderse a toda una ciudad), se ha acorralado en un club, un salón o un estadio, es decir se ha convertido en fiesta privada y aislada.
Aunque se ha debilitado y empobrecido, la fiesta popular aún mantiene su naturaleza verdadera: el espíritu insolente y desvergonzado.
Actualmente agrupaciones de celebración exclusivamente artísticas como las bandas, las comparsas y otras hermandades artístico-humorísticas congregan este ánimo ambivalente y regenerador; verdadero sentido mítico de la celebración.
La fiesta popular en su carácter profano, invoca la estructura y la función mítica.
La repetición periódica de la creación, es su condición redentora.
¿Acaso la fiesta popular y las celebraciones carnavalescas no asocian la destrucción con el renacimiento y la renovación con la ilusión y la esperanza de que el mundo se renueve? (4).
La muerte de lo antiguo es el nacimiento de lo nuevo.
El carnaval romano reunía en la fiesta del fuego, la amenaza de muerte.
Pero este deseo de muerte, de injuria y de alabanza, es deseo ambivalente: de combustión y de resurrección (5).
Morir para renacer, es un tema persistente en la naturaleza de las fiestas populares de distintas culturas.
El sacrificio humano, real, o simbólico, refleja la presencia en diversos mitos en los que la creación aparece como signo de un nuevo inicio.
En estas narraciones, la muerte de un dios concede la vida al género humano.
Al poner fin a la inmortalidad, inviste la mortalidad humana.
Una de las festividades más ilustrativas es la que se daba en la antigua Grecia.
Dionisos, dios del vino, aludía a la muerte y a la resurrección.
Moría como el grano de uva y resucitaba en forma de vino nuevo. Embriagaba a sus fieles, con bebida, danzas y las drogas que se consumían en sus celebraciones.
En Roma las festividades llamadas Bacanales, eran realizadas en honor al dios Baco, símil romano de la divinidad festiva griega.
En estas celebraciones, como así también en los festines romanos, los sacerdotes y las congregaciones sacerdotales portaban máscaras correspondientes a su deidad.
Estos apasionamientos creados en medio de alegres bailes, desbordaban licencia.
Aunque ya no sean fácilmente reconocibles, por haber experimentado un largo proceso de laicización, ciertos temas míticos sobreviven en las sociedades actuales.
La repetición periódica de la creación, de la muerte y la resurrección, suele verse en innumerables ceremonias festivas: la quema del muñeco de fin de año a manera de despedida del viejo tiempo y bienvenida del nuevo.
Es una práctica que refunde esa evocación mítica, también lo son las despedidas de solteros, los festejos del nacimiento de un niño, las vacaciones, etc.
(6)
Además de estas reminiscencias míticas, la fiesta popular debilita el poder existente y la verdad oficial.
Se sitúa por fuera de la estructura dominante; no se atiene a sus normas.
Más bien las altera e invierte: recorre el camino del exceso y lo irracional.
Al menos durante un lapso de tiempo _ el establecido, institucionalizado, oficializado _ el desenfreno y el delirio asestan un golpe mortal a las reglas y al sistema de apreciación de ese mundo oficial.
Un tiempo mágico, mítico, primordial.
"El mito del paraíso perdido sobrevive aún en las imágenes de
La fiesta popular alude, forzosamente a ese paraíso en el que todo está permitido, donde el hombre es dueño de su absoluta libertad y donde las barreras jerárquicas están definitivamente suprimidas.
Los viejos dioses no han muerto, perdura la grosería, la obscenidad, la lujuria, la liberación total de la formalidad.
El cuerpo es el responsable del desborde afectivo, pertenece a un tiempo mítico de renovación individual.
Es la fuerza del pasaje de un mundo colectivo y remoto, a una época de redención, de felicidad por el inicio de un nuevo tiempo.
El individuo que participa del Gran Tiempo y del Gran Espacio de las fiestas ceremoniales, se transfigura.
Deja de ser el individuo común de la vida cotidiana; y se convierte, en cierto modo, en un héroe mítico, en el Gran Personaje
El integrante de las "scolas do samba" en el carnaval brasileño y el colla disfrazado de diablo en el carnaval de
La exaltación de la alegría, los delirios y enmascaramientos, el éxtasis colectivo del tiempo carnavalesco impide la perpetuación de lo antiguo y engendra lo nuevo y lo fresco (8).
El contacto físico de los cuerpos está dotado de un cierto sentido: el individuo se siente parte indisoluble de la colectividad, miembro del gran cuerpo popular.
En ese todo, el cuerpo individual cesa, hasta cierto punto, de ser él mismo: se puede cambiar mutuamente de cuerpo, renovarse (a través de disfraces y máscaras).
Con todas estas imágenes, escenas, obscenidades e imprecaciones afirmativas, el carnaval representa el drama de la inmortalidad e indestructibilidad del pueblo asociado a la de relatividad del poder existente y la verdad dominante" (9).
En Tótem y tabú, Freud alude al éxtasis liberador que provoca: ....
"Una fiesta es un exceso permitido y hasta ordenado, una violación solemne de una prohibición.
Pero el exceso no depende del alegre estado de ánimo de los hombres (...), sino que reposa en la naturaleza misma de la fiesta, y la alegría es producida por la libertad de realizar lo que en tiempos normales se halla rigurosamente prohibido.
El diablo del carnaval
Las antiguas tradiciones carnavalescas fundamentan muchos aspectos que simbolizan ese espíritu alegre, transgresor e ilícito del carnaval: el diablo.
Es una figura de contenido religioso, que en ciertas representaciones artísticas medievales, corrían por las calles de la ciudad y de los pueblos.
Enfermos, brujas, insensatos vestidos de demonios avivaban callejones de las aldeas.
En estos perturbados grupos generalmente arribaban a los pobres que se calificaban excluidos de las leyes habituales, que violaban a menudo el derecho de propiedad y cometían desmanes.
Se entregaban también a otros excesos, por lo que ciertos decretos especiales prohibieron que se les diera libertad fuera de sus personajes artísticos a los diablos.
Pero, aún cuando permanecían dentro de los límites del rol asignado, esos diablos conservaban una naturaleza profundamente extra-oficial.
Injurias y obscenidades formaban parte de su repertorio: actuaban y hablaban en sentido opuesto a las concepciones oficiales cristianas pues, además, el rol mismo lo exigía.
La representación del vaivén de la vida social cotidiana, es el desenfreno.
El diablo ha sido investido con el poder de Dios, por lo tanto es el encargado de otorgar a la festividad el tono de exceso y desenfreno propios del personaje. El diablo es el hombre común, es cualquier habitante ansioso por divertirse.
La mascara estipula un cabezal con dos cuernos arqueados de colores vivos, una capa multicolor chispeante de espejos, cascabeles y lentejuelas, una blusa combinada en rojos, amarillos y verdes, un pantalón de matices primarios de cuya parte posterior destaca una cola larga de casi tres metros, que el diablo bate con picardía cuando baila.
El piropo soez del Diablo no es rechazado sino festejado con desfachatez; la exagerada ingestión de bebida alcohólica ya no es un vicio sino una gracia..
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La sociedad acepta exorcizar las manifestaciones de inversión sexual, quizá porque sabe que es transitorio, necesario y vivificante.
La presencia del diablo del carnaval alude al mítico descenso a los infiernos, la caída evoca el sacrificio humano para salvar al hombre de la aniquilación.
Hoy la sociedad productora consolida una sociedad consumidora, anulando costumbres e implantando patrones de conducta que sólo admiten como disyuntiva única trabajar o morir.
Ser pobre en una sociedad de consumo, es no tener acceso a una vida normal, es ser un consumidor frustrado.
La fiesta como dimensión fundamental de la cultura, inscribe una experiencia inconmensurable de la temporalidad.
Glorifica trascendentales significados de una comunidad.
Remite a un no-tiempo, nos concierta a probar algo de la eternidad de los dioses.
Sobrellevamos una existencia cautiva del consumo, pero la fiesta nos invita a conjeturar precepto y prescripción.
¿Si la categoría articuladora de nuestra existencia es lo cotidiano, diablo es lo que el hombre quiere ser?
Bibliografia
1.
Gianfranco Bettetini: "La desaparición del sujeto en el teatro de lo cotidiano" en La conversación audiovisual.
2.
G.
Bettetini: ob.cit.
3.
Gilles Lipovetzky: "La sociedad humorística.
Metapublicidad", en La era del vacío.
4.
Mircea Eliade: Mitos, sueños y misterios.
5.
Mijail Bajtin: La cultura popular en
6.
Mircea Eliade: Mitos, sueños y misterios
7.
Mircea Eliade Mitos, sueños y misterios
8. María Teresa Román y Ana Vázquez : El tema del exceso o del desborde es intrínseco al carnaval: la ingestión de bebidas alcohólicas o drogas en forma abusiva (al parecer, ya entre los griegos se suponía que los hongos eran alimento para los dioses, y Porfirio los llamó la "nodriza de los dioses"; muchos han descrito sus visiones y éxtasis provocados por la ingestión de estos alcaloides, uno de los cuales se encontraba en el cornezuelo de centeno y es similar al moderno LSD)
9.Mijail Bajtin: La cultura popular en
10.Gabriel Darío Cocimano: El sentido mítico y la metamorfosis de lo cotidiano en el carnaval
11.
Rubén Pérez Bugallo: "El carnaval de los Indios: una advertencia sobre el conflicto social", Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano, Nº 14.