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Nos lanzamos siempre hacia lo prohibido y deseamos lo que se nos niega...

Ps. Eduardo Caulier Lillo, Dr. Daniel Martínez Aldunate,

 


El objetivo de este artículo es considerar el problema de las adicciones desde un punto de vista no abordado suficientemente, ampliando su marco de comprensión.

El abordaje del problema de las adicciones y de su tratamiento, tendrá como eje el planteamiento de la tríada Dolor-Goce-Prohibición, como dimensiones diferentes involucradas en las adicciones.

Se intenta destacar la relación entre las adicciones y el ámbito de lo prohibido, para poder reflexionar en torno a otros factores involucrados en el abuso de sustancias, lo que posibilita un modo de comprensión distinto al clásico modelo de "dependencia".

En el mismo sentido, también es revisado el papel que cumple la dimensión de la prohibición a nivel del trabajo terapéutico sobre las adicciones.

A partir de ello, se postula la relación entre Dolor-Medicina, Goce-Psicología y Prohibición-Sociedad, lo que permite analizar el enfoque Bio-Psico-Social, poniendo énfasis en las contradicciones de su plena integración.

Por último, el trabajo concluye con la crítica a la homogeneización del enfoque de las adicciones, planteando la importancia de considerar distintos tipos de dinámicas adictivas.


 


 


El Big Bang: "El paraíso y el Fruto Prohibido"


 


A pesar que la Historia de las Drogas nos conmueve en los Tiempos Modernos, desde los orígenes del Ser y la Nada la seducción de ciertas sustancias ya se encontraba presente.

La tradición Cristiana nos cuenta del Fruto Prohibido y del Paraíso: "La Mujer vio que el árbol era Apetitoso, que atraía la vista y que era muy bueno para alcanzar la sabiduría".

Esta conceptualización del Jardín Secreto es reinterpretado por el mito cosmogónico de la cultura Sumeria y por los frescos Románicos de la Capilla de Plaincourault, 1 donde el árbol de la Vida es representado por el Hongo Amanita muscaria, cuyos frutos visionarios acercaban al hombre al paraíso.


 


Esta metafórica lectura de las Adicciones nos conduce a la pregunta ¿Qué es lo que busca el Hombre a través de las Drogas en su Historia? ¿Será el Goce del Paraíso, lo Prohibido de la Transgresión o la necesidad, tras la expulsión, de anestesiar el Dolor de la nueva Vida?


 


Esta trinidad ontogénica de Dolor, Goce y Transgresión que acompaña la evolución de muchas personas con problemas de abuso de sustancias, se ve ritualizada por la canonización de ciertos enfoques terapéuticos bajo el principio de el bien y el mal, donde el deber y el reeducar socialmente como objetivos del tratamiento se elevan en la búsqueda de un super-Yo todopoderoso, inalcanzable terrenalmente.

Es así como la rehabilitación se puede convertir en una salvación, sentenciando la biografía del adicto con un nuevo pecado original.

                                                                                                                                    Frente a esta aprisionada resurrección, afortunadamente Mario Benedetti nos recuerda que "Lo más grave no es el pecado original, sino las fotocopias",2 que nos pueden conducir a repetir la misma historia, como aquellas profecías autocumplidas de la Cultura de la pobreza.


 


De esta forma EVA doblemente culposa -como Mujer y como el Efecto de Violación de la Abstinencia, planteado por Marlatt3-, durante su proceso de rehabilitación debe negar muchas veces su Dolor y su Goce, no permitiéndose ni el por qué de su pregunta ni el por qué de su respuesta.

Si, más aún, el coqueteo con la droga la lleva a un desliz de consumo (lapsus), la suma de sus propias culpas y la de su familia, del equipo tratante, la vecina y la sociedad, la sentencian apocalípticamente en una recaída o en un colapso terminal.

Surge así la pregunta, si el titubear no es parte de los procesos de cambio de cualquier conducta humana; lamentablemente el siempre y para siempre se ha sembrado de separaciones, que tal vez fueron en parte responsables de la clausura, por falta de garantías, del infierno y el paraíso.


 


Aunque el problema principal no es la droga, a alguna demanda ha de responder aquel misterioso objeto del deseo.

La Hipótesis de la automedicación farmacológica propuesta por Kantzian, 4 da protagonismo a aquellos segmentos del Self oxidados que necesitan de la droga como una prótesis para respirar existencialmente.

Tal vez la función no sólo cree el órgano, sino también la droga que la interprete.

Así, en los tiempos Modernos, las drogas de diseño resucitaron a Adán y Eva, como las drogas del Amor y el Éxtasis, buscando tal vez ambivalentemente aquel mágico Soma del Mundo Feliz, de Huxley, quien amó y odió en el límite inseparable entre el placer y el dolor provocado por la droga: "Pero yo no quiero confort.

Yo quiero a Dios, quiero la poesía, quiero el verdadero peligro, quiero la libertad, quiero la bondad.

Quiero el pecado".5 De esta forma el problema del goce como aquel principio más allá del placer, se puede ejemplificar dolorosamente cuando el adicto endovenoso se juega la vida, en ese instante fugaz donde el orgasmo y la muerte comparten sábanas.


 


Dimensión de lo Sagrado


 


La relación entre droga y prohibición nos conduce hacia una dimensión siempre presente en el uso de sustancias psicoactivas, pero que se hace necesario volver a recordar y revisar una y otra vez.

Se trata de la dimensión de lo Sagrado.


 


Desde el inicio de su Historia General de las Drogas, A.

Escohotado nos recuerda el carácter de trascendencia que refleja para el ser humano los efectos de tales sustancias.

Citando a K.

Lewin, explica: "A caballo entre lo material y lo inmaterial, lo milagroso y lo prosaico, por el juego de un mecanismo puramente químico "ciertas sustancias permiten al hombre dar a las sensaciones ordinarias de la vida y a su manera de querer y pensar una forma desacostumbrada" (Lewin)".6                                                                                                 Efecto de embriaguez o de éxtasis, el consumo de estas sustancias permite que la conciencia ingrese a un ámbito de experiencia que deja atrás las limitaciones e impotencias inherentes al mundo profano, al mundo del trabajo y del sudor; abre un ámbito de ausencia de límites, de exceso, propio de lo sobrenatural: elemento esencial, vinculado a lo divino.


 


Esa experiencia del más allá de los límites de lo cotidiano, en consecuencia, favorece que el ser humano le otorgue a las drogas un papel fundamental en la búsqueda de comunicación con lo divino.

En la historia de la Humanidad, aparece un uso sistemático de sustancias psicoactivas en los ritos y ceremonias que buscan alcanzar o escenificar el establecimiento de una unión con el mundo de lo divino.

Esta unión sería vehiculizada por la embriaguez o el éxtasis, entendido como estados psíquicos de posesión divinas, y que son alcanzados a través del uso de ciertas sustancias con virtud "enteogénica": es decir, que engendran dentro de sí al dios.

La ebriedad, con su mezcla de desinhibición y olvido de sí, reflejaría ese trance orgiástico -"orgía", en sentido etimológico: confusión- de posesión divina: "Lo sacro es la estupefacción y el olvido, un trance sordo y mudo aunque físicamente muy vigoroso que concluye en un reparador agotamiento".7                                                                                           Las experiencias de éxtasis, por su parte, dan cuenta de un viaje de excursión hacia el Otro mundo, hacia las "alturas" visionarias de lo divino, que posibilita la superación de las limitaciones humanas para adquirir poderes sobrenaturales, regalo de los dioses.

La figura del chamán es el prototipo de este uso religioso.


 


A partir de este carácter divino de la droga, vinculado también al uso curativo de otras sustancias y a las prácticas curativas chamánicas, la droga adquiere no sólo un valor inofensivo sino además beneficioso.

Actualmente, la relación entre el uso de drogas y prácticas sagradas está, en términos generales, perdida.

Es una de las razones que a veces se cita para dar cuenta de la degradación en que ha caído dicho consumo hasta convertirse en un "flagelo social", en la medida en que la búsqueda de la embriaguez o del éxtasis ya no tiene un sentido trascendental sino individual y mundano.

Sin embargo, ya en esta idea clásica aparece un tema central: lo "mundano" alude a la dimensión del pecado y, por lo tanto, de la transgresión.

En segundo lugar, se olvida aquí un factor esencial, aunque oscuro: lo sagrado se vincula con la transgresión.


 


"Una fiesta [sagrada] es un exceso permitido, más bien obligatorio, la violación solemne de una prohibición",8 asevera Freud en relación al sentido del carácter de desenfreno propio de estas ceremonias religiosas antiguas.

Rasgo paradójico de la conducta religiosa, lo sagrado, sin embargo, se presenta ante todo como lo prohibido -a pesar que la conciencia religiosa moderna ha tendido a minimizar este carácter.

Una de las diferencias entre el mundo profano y el mundo sagrado reside en que la conducta frente a lo que adquiere un carácter sagrado se transforma radicalmente; ya no es posible relacionarse con él de modo familiar, no se puede utilizar libremente: se presenta como algo prohibido.

Ámbito del tabú, las prohibiciones provocan que algo del mundo profano se aísle de él y adquiera un carácter distinto, a la vez temible y precioso, tentador y al mismo tiempo amenazante: "lo sagrado es siempre, más o menos "aquello a lo que no puede uno aproximarse sin morir""9 Curiosamente, encontramos aquí rasgos que también se observan en la relación de los sujetos hacia el mundo de las drogas.


 


Las prohibiciones permiten que lo sagrado se constituya en la medida en que impiden su mezcla con el mundo profano.

Sustentando esta idea se encuentra el tema de lo puro y lo impuro.

Una definición primera de lo sagrado sería aquello puro, sin mancha, en oposición a lo profano como lo impuro.

Sin embargo, R.

Caillois nos advierte de la dialéctica sutil entre uno y otro término.

Sacer, del latín, significa: "El que, o lo que, no puede ser tocado sin mancharse o sin manchar": prohibición de acercarse por temor a mancharse, este designio se vincula tanto con el respeto a lo santo, lo puro, como con el temor a contaminarse.

Lo impuro también tiene un carácter de tabú, también se diferencia de lo profano: es el ámbito de lo sacrílego.

Lo sagrado aparece, así, con dos polos, lo santo y lo sacrílego.

Cada uno por separado provoca las mismas reacciones ambivalentes, de atracción y repulsión; ambos expresan el poder, ya sea de mancharnos o de salvarnos.

Ambos polos se transforman en intocables.

Descubrimos, de este modo, que el ámbito de lo sagrado refleja una ambigüedad esencial, donde los campos opuestos de lo prohibido y de la transgresión manifiestan una misma raíz.


 


A la base de este carácter de lo sagrado, por otro lado, se encuentran otros dos elementos, poco vislumbrados: el exceso y la violencia.


A.

Escohotado destaca dos modelos de actos sacrificiales: el sacrificio propiamente tal, a saber, el ofrecimiento expiatorio; y el banquete sacramental.

En el acto sacrificial -en el ofrecimiento de una víctima o en la renuncia de un placer o comodidad- se encuentra la creencia en una violencia divina dirigida hacia los hombres, la amenaza del castigo.

Esta violencia se hace necesaria aplacar a través de renuncias y prohibiciones.

Prohibiciones del goce y del exceso.

A la vez, el mismo acto de la prohibición refleja esta violencia divina: si bien se prohibe todo exceso, la exigencia misma de la prohibición participa a su vez de tal exceso.

En el otro polo, es el exceso lo que define como tal a las fiestas sagradas, exceso de vida por un lado, que se fundamenta en la transgresión de las prohibiciones.

Así, también aparece vinculado a la violencia: "El erotismo orgiástico es en su esencia exceso peligroso [...] Se trata de comprometer la totalidad del ser en un deslizamiento ciego hacia la pérdida, que es el momento decisivo de la religiosidad".10 De este modo, se pierde la diferencia entre lo sagrado y lo sacrílego, entre lo prohibido y la transgresión: una misma dimensión de exceso, que atrae y repele, que nos salva y nos hace perder, une indeleblemente estos dos polos que constituyen lo sagrado como tal.


 


Embriaguez o éxtasis, el consumo profano de estas sustancias "enteogénicas" en el mundo secular actual no deja de presentar estos rasgos propios de lo sagrado y su ambigüedad fundamental.

Al parecer, se está aquí en presencia de algo que va más allá de la significación particular que se le pueda dar.

Aunque la conducta de consumir sustancias psicoactivas busque sólo el placer puntual y efímero, persiga la embriaguez o el éxtasis sin ningún fin trascendental, hay una lógica propia del placer que, independiente de la intención del sujeto, se pone en juego en su actividad.

Se trataría de una trascendencia que coge al individuo y que, por sí misma, lo conduce a la dimensión de lo sagrado y lo prohibido.


 


Exceso que seduce a la vez que atemoriza; elemento de purificación o de perdición, veneno o remedio, la búsqueda de la plenitud del ser que finalmente representa lo sagrado parece estar condenada a alcanzarse a través de una transgresión, con la amenaza de un peligro.

La droga y su consumo no expresa sino esta condena, esta fatalidad que no es otra que la del goce pleno; es esto lo que nos permite, por lo menos, abrir otra perspectiva acerca de las adicciones, más allá de la noción de "dependencia".

Bataille lo expresa claramente: "Sólo llegamos al éxtasis en la perspectiva, aunque lejana, de la muerte, de lo que nos destruye".11 El exceso nos plantea la insostenible relación entre el goce y el horror, entre el goce y la muerte: "porque el ser en nosotros ya no está ahí sino por exceso, cuando coinciden la plenitud del horror y la del goce".12


 


Fármakon y droga


 


A pesar de que el uso de sustancias psicoactivas pierde su vinculación con las prácticas sagradas, secularizando su sentido, como una herencia indeleble, la doble polaridad de su poder se mantiene, lo cual se va a ver reflejado en un concepto que llega hasta nuestros días: el fármakon.13


 


El concepto de fármakon alude tanto a la noción de remedio como de veneno.

Esta polaridad brinda un primer aporte al problema de las adicciones, en términos de obligarnos a atender hacia funciones distintas que puede cumplir el consumo, más allá de la dependencia.

La droga como remedio es algo que está aludido en la teoría, ya citada, de Kantzian sobre la automedicación.

El adicto busca en la sustancia paliar su dolor, y es eso lo que lo tiene tomado a la droga.

A manera de un nuevo Paraíso artificial, su carácter efímero -¿condición quizá de todo paraíso?- obliga a buscar su efecto una y otra vez.

Paraíso inalcanzable, condena de lo prohibido, "aún ese goce perfecto de la sustancia tiene una falla [...]: su propia desesperación, su tormento de desintoxicado".14


 


Este tormento marca la condición de veneno de la sustancia; en vez de dar placer provoca dolor.

Pero también aparecen otros tipos de adicción, donde el juego entre placer y dolor, placer y muerte testimonian de ese exceso que es necesario prohibir, o como compulsión al fracaso en donde el adicto no parece perseguir un paraíso sino su propia condena.

Ya sea esa heroína mortífera o las angustias de la pasta base, nos topamos con el vínculo sagrado, proscrito, entre exceso y muerte.


 


Pero es también el carácter de reversibilidad lo que se quiere destacar en este concepto de fármakon.

S.

Le Poulichet -tomando en cuenta un análisis de J.

Derrida sobre el concepto de fármakon y escritura en el Fedro de Platón-, retoma nuevamente dicho concepto para replantear la manera en que actualmente se conceptualiza el problema de las drogas.

S.

Le Poulichet resume: "[Escritura y tóxico] representan dos medicinas ocultas que transgreden las leyes de los dioses.

Inventan filtros y trazos que son ora remedios, ora venenos.

Estos dos procedimientos artificiales fabrican "excesos" en el cuerpo del discurso y en el cuerpo de los órganos: magia de las letras y de los filtros que secretan "cuerpos extraños"".15 Fármakon alude a la vez al veneno como al remedio.

En un sentido, esta oscilación de la droga se podría explicar en términos simples, como si un efecto u otro dependieran de la cantidad de dosis usada; pero también alude a algo más enigmático.

Derrida advierte que el fármakon no es un compuesto de dos sustancias, una curativa y la otra mortal; el mismo elemento es las dos cosas.

No es posible atribuir a una parte el efecto benéfico, y a otra distinta el factor mortal.

Esta ambigüedad pareciera dar cuenta de una exigencia extraña, como si la curación necesitase de cierta dosis de mal, como si estos opuestos de "remedio" y "veneno" no pudieran mantenerse en una segura distancia.


 


Vemos retornar e insistir la ambigüedad propia de la separación entre lo puro y lo impuro, ya vislumbrada en relación a lo sagrado, en este concepto reversible del fármakon.

Su "ambivalencia" excede las diferencias, excede las oposiciones.

Lo que es alivio al dolor se transforma en un retorno del mal, sin poder anticipar su cambio.


 


Todo el discurso del "bien" y del "mal" se mantiene en torno al tema del fármakon, aunque ahora secularizado en términos de "cura" y de "intoxicación", lo que posteriormente devendrá en "independencia-dependencia".

Sin embargo, los conceptos de "remedio" y "veneno" facilitan el ingreso del tema de las drogas a un ámbito supuestamente más neutro y técnico, permitiendo ocultar y olvidar su origen sagrado y su vínculo con lo prohibido.


 


Por otra parte, otro aspecto que queda en el olvido es esta ambigüedad propia del fármakon -lo mismo que la ambigüedad de lo sagrado.

Como resultado de una doble negación, el discurso actual sobre la droga no sólo encubre su vínculo con lo prohibido y la transgresión, sino también con la ambigüedad de la diferencia entre lo puro y lo impuro.

El resultado de ello, como lo plantea S.

Le Poulichet, es un discurso homogéneo y lineal sobre las adicciones, sin captar el entrelazamiento de diferentes dimensiones en juego, y sin poder explicitar otras funciones, menos técnicas, que ejerce el discurso sobre las drogas, tanto pseudocientífico como social.

El vínculo no dicho entre "lo prohibido" y lo que "enferma" favorece el entrelazamiento de los campos médico, jurídico y sociológico.

Ejemplo de ello, quizás no sea casual el actual discurso de la toxicomanía como "flagelo social".


 


 


Enfoque BioPsicoSocial


 


Este recorrido por las relaciones entre las Drogas, lo Sagrado y el Paraíso Perdido, nos permiten abrir nuevas perspectivas de análisis, tanto de los factores en juego en las adicciones como del propio quehacer terapéutico.

La clásica explicación de la adicción en términos de "dependencia", ya sea fisiológica o psíquica, no da cuenta de la complejidad del problema, quedando sólo a nivel de una primera descripción de éste.

Desde el mito del Paraíso hasta la ambigüedad del fármakon, tres dimensiones se van enlazando de diversas maneras, dando cuenta de los diferentes aspectos en juego en las adicciones.

A partir de la tríada Dolor, Goce y Prohibición, es posible desarrollar un constructo teórico que nos acerca no sólo a la realidad conceptual de las adicciones, sino también a nuestro enfrentamiento terapéutico diario.


 


Es así que esta Trinidad ontogénica de Dolor, Goce y Prohibición puede enlazarse dialécticamente con el enfoque comprensivo terapéutico BioPsicoSocial, trasformándose la Sanación en un baile de parejas: El Dolor y la Medicina, el Goce y la Psicología, lo Prohibido y la Sociedad, donde fácilmente es posible pisarse los talones.


 


Para poder profundizar y precisar estas relaciones, conviene detenerse en ciertos aspectos no explicitados dentro de esta perspectiva BioPsicoSocial, justamente aquellos que apuntan a las contradicciones inherentes a dicha integración.


 


El tema de las adicciones se caracteriza por ser uno de los problemas en que más manifiestamente se plantea la dimensión Biológico-Psicológico-Social, no sólo en cuanto los tres factores aparecen fuertemente comprometidos, sino que pone en juego el tema de la coordinación e integración de las líneas terapéuticas que de cada uno de los factores pueden desprenderse.

Si bien "suena" interesante la fórmula de un enfoque integral de tratamiento, esta intención es más bien una apuesta, que abre un campo lleno de complicaciones y de elementos que no necesariamente ensamblan armoniosamente en forma espontánea, que no son necesariamente coincidentes.

Al parecer, no es claro que la dimensión BioPsicoSocial en el ser humano implique una unidad integrada y complementada.


 


La fácil aceptación de un enfoque que se presente con un carácter bio-psico-social refleja esta tendencia a concebir al ser humano y sus diversas dimensiones como una unidad orgánica, en que cada una de sus partes se integran.

Ello supone un avance de perspectiva en la medida que implica una superación de modelos causalistas y lineales, que conducen siempre a un reduccionismo limitante.

Así ocurre con las visiones biologicistas, psicologicistas o sociales de los fenómenos humanos, que quedaban en una imagen parcial y aislada de él.

El enfoque sistémico, por ejemplo, en este sentido, significó un modo de superación de las limitaciones de los enfoques anteriores, favoreciendo el planteamiento de relaciones más amplias y más complejas entre los distintos factores posibles de estar involucrados en los fenómenos estudiados.

Sin embargo, el prejuicio que pasó de un enfoque al otro, del modelo causalista-lineal al sistémico-integral, es el de la unidad del fenómeno en cuestión -ya se entienda que la causa sea del mismo nivel que el efecto o que los distintos elementos conformen un sistema coordinado de relaciones.


 


En la práctica, tal integración de enfoques no resulta tan sencilla, cayendo por lo general en modelos donde prima uno de los enfoques, a los cuales los otros dos se subordinan -dejando fuera, justamente, sus discrepancias frente al modelo principal.

De lo cual resulta que los enfoques agregados sólo tienen una participación parcial, y presentan una alteración y una limitación en la orientación propia de cada uno, sin obtenerse, por lo tanto, un modelo más enriquecido sino más bien un nuevo reduccionismo -o, en el mejor de los casos, una lucha entre los enfoques por lograr imponer las particularidades de cada uno.


 


Las dificultades de integración expresan en el fondo diferencias en cuanto a la manera de entender tanto la causa del problema como diferencias en cuanto a la orientación terapéutica, es decir, a los valores a los que apunta el tratamiento.

En este sentido, no es casual el hecho de que las Comunidades Terapéuticas rechacen la farmacoterapia como un tratamiento complementario: ello da cuenta de esta dificultad de integración.

Es decir, lo que aquí se pone en juego son filosofías contrastantes de tratamiento.

Saltarse estas diferencias de perspectiva, pasarlas por alto a partir de alguna premisa pragmatista, sería, por otro lado, evitar profundizar en los problemas que dicha interacción Bio-Psico-Social conlleva; sería quedarse con una técnica anquilosada, incapaz incluso de poder evaluar, de poder percibir sus propias deficiencias.

Este punto cobra mayor importancia en el hecho -que a veces se olvida- de que la manera de comprender un problema se relaciona con la manera de tratarlo e incluso, también, con la manera de evaluar la eficacia del tratamiento.


 


Muchas veces el modo de entender un problema, de evaluar un problema -y por lo tanto, la manera de evaluar el proceso de tratamiento y sus resultados- están determinados de antemano por las posibilidades teórico-técnicas que disponemos.

Todo marco teórico -y el enfoque terapéutico que de él se puede desprender- supone no sólo posibilidades y limitaciones en su comprensión, sino también valores e intereses a la base.

La investigación teórica está de la mano de las posibilidades e intereses técnicos, es decir, terapéuticos o valóricos.

En este sentido, toda investigación tiene algo de tautológica, sólo encuentra lo que puede buscar.

La tendencia a simplificar la visión de un problema se acompaña tanto de la simplificación de la intervención terapéutica como de la reducción de los posibles resultados esperables.


 


En la medida en que la medicina estudia el problema de las adicciones exclusivamente a partir de mecanismos biológicos, el problema de los factores subjetivos en juego queda fuera de su consideración.

En consecuencia, tampoco tienen un papel importante a la hora del tratamiento, incluso se minimiza la responsabilidad del sujeto en su adicción; la responsabilidad recae en la fuerza del tóxico y su dependencia fisiológica.

Cierta perspectiva psicológica no aparece sino como complemento del modelo médico: a saber, la idea de una dependencia psíquica como consecuencia de la dependencia fisiológica.

La responsabilidad del sujeto no va a residir, tampoco aquí, en su adicción sino en el cumplimiento o no de las reglas de la abstinencia para evitar las recaídas.

Como ya se advirtió, la violación de éstas conlleva una culpa que -nuevamente lo sagrado- favorece aún más la violación (efecto EVA, de Marlatt).


 


En el mismo sentido, cuando se explica el problema de las adicciones en términos de una deficiencia en el proceso de internalización de los valores sociales, la apelación a factores psicológicos o biológicos sólo sirven para desresponsabilizar al individuo.

La explicación de la adicción a partir de una dependencia biológica o psicológica pasa por alto la transgresión de los ideales sociales que hay detrás del abuso de sustancias.

Pasar por alto esta situación, quedarse únicamente en las consecuencias nocivas, de sufrimiento, de la adicción sin aludir al problema de la transgresión, puede a veces mantener estancado el tratamiento, sin que el sujeto salga de su dependencia: la adicción muchas veces es una forma de no enfrentar el problema de la prohibición, de negar las exigencias sociales.


 


Sin embargo, poner en primer plano al ideal social como guía de la terapia favorece el olvido de los elementos individuales en juego.

Si bien la adicción no se concibe como una enfermedad, el énfasis no está puesto en las motivaciones subjetivas de su adicción, particulares en cada sujeto, sino en la relación de cada individuo con el ideal social; lo crucial es la falta por la transgresión del ideal.

Finalmente, también aquí continúa la idea de la dependencia fisiológica: es la deficiencia en la internalización del ideal social lo que favorece que el individuo no pueda evitarla.

La abstinencia sigue siendo un problema de adquirir los hábitos que reflejen los "valores sociales".

Hasta qué punto esta situación también permite que el problema del sujeto y su acto, involucrado en su adicción, quede olvidado detrás de este ideal social, que es lo único que su conducta debe manifestar.


 


Tanto en ciertos modelos terapéuticos, médicos como psicosociales, encontramos en general una misma meta, la abstención total, como síntoma de la reducción del problema a un solo elemento: la droga y su poder de dependencia.

Curiosamente, esta concepción científica del tóxico coincide con el modo en que los mismos adictos hablan de su adicción, sin cuestionarla; la adicción no expresa sino el poder de la droga, sustancia que es preciso eliminarla.

S.

Le Poulichet señala que la fuerza de evidencia que ha adquirido la idea de "dependencia" impide pensar las adicciones en sus diferentes formas.

Ambas perspectivas, continúa Le Poulichet, presentan las mismas consecuencias.

Primero, de sustancializar el problema de la toxicomanía y homogeneizar su conceptualización, terminando por hablar del "adicto" como categoría singular, incluso hasta de una "personalidad adictiva".

Pero el hecho más grave de esta perspectiva consiste en excluir al sujeto de su acto.


 


Si la meta es la abstinencia total, tanto para este discurso teórico como para el de los adictos, es porque el problema de la adicción ofrece un espejo al discurso social de la epidemia y del "flagelo social".

El "toxicómano", aquél transfigurado por su contacto con la droga, necesario de excluir, de expurgar del mundo de lo profano, no hace sino suspender en su hálito de proscrito, de im-puro, aquella dimensión de lo sagrado que no es otra que la del goce.

Detrás del afán de condenar toda amenaza de retorno al consumo de sustancias, se evidencia el temor a ese acceso prohibido hacia el exceso de goce.

No es sino pasión de goce lo que alude ese concepto neutral, secular, de "dependencia".


 


Dolor, Goce, Prohibición


Si se ha hecho este recorrido por las relaciones entre Dolor-Goce-Prohibición, es porque se pretende, finalmente, enriquecer el cuestionamiento acerca de nuestra propia práctica terapéutica.

Las dificultades en que se cae, quizás tengan relación con la falta de profundización en estas dimensiones propias del goce y del sujeto, por un lado, y en la equivalencia que se ha producido entre cierto discurso científico, el social y el de los propios adictos en torno a lo que está en juego en la adicción.

Esta colusión entre los diversos discursos es algo que puede conducir a callejones sin salida a nivel de las intervenciones terapéuticas y de la orientación de la cura, de lo que se entienda por cura.


 


Otro elemento fundamental que nos proporciona la tríada Dolor-Goce-Prohibición es cuestionar la imagen simplificada y homogeneizante de "la adicción" y del "adicto".

Permite, a nivel de las conceptualizaciones como a nivel de la orientación terapéutica, poner en juego otros factores, otras dimensiones, tanto de la persona como del entorno social.

Pero ello, como se advirtió en el párrafo anterior, puede implicar una revisión de la forma en que se enfrenta el problema de la relación del sujeto con su goce en la dirección de la cura.


 


Esta diversificación en la manera de visualizar el campo de las adicciones surge, hay que remarcarlo, en la medida en que se abre la pregunta por el sujeto: el dolor, el goce, la prohibición son factores propios de la dimensión subjetiva, por ello es que no se perciben fácilmente al considerar únicamente los factores biológicos o sociales implicados.

Desde la perspectiva del sujeto y su goce vemos formarse las parejas de Dolor-Medicina, Goce-Psicología, Prohibición-Sociedad.

El hecho de que se haya producido esta especialización da cuenta que las adicciones no son un campo homogéneo, y que cada situación de dependencia apela a distintos factores subjetivos.


 


Si hay algo siempre implicado en el problema del exceso de goce es la prohibición.

Sin embargo, frente al tema de las adicciones dicha dimensión no se percibe, se nos escapa, al estar nuestra atención desviada por el discurso que pone énfasis sólo en el tema de la "dependencia".

Concepto impersonal, que responde al objetivo de obnubilar el compromiso del sujeto en su adicción.

De este modo, alcanzamos una primera función que cumple el consumo de sustancias: hacer desaparecer la conciencia de nuestra dimensión subjetiva.


 


Ya sea como búsqueda del Paraíso perdido, en que no hay conciencia de sí, ni vergüenza o culpa, ni dolor; ya sea para acercarse a la omnipotencia divina, anulando nuestras propias limitaciones: se pretende disminuir el Dolor de existir, el dolor de nuestra existencia individual, consecuencia de la expulsión del Paraíso.

Es lo que traduce la fórmula de automedicación, de Kantzian, que da cuenta de la ascendencia divina de la medicina.

Además la "adicción" cumple el objetivo del olvido de sí al ubicar en ella, en la toxicomanía o el alcoholismo, la causa y la responsable de nuestros males.

A la vez, permite la ilusión que, con sólo la expiación del mal, se acabarán las limitaciones y los fracasos.

Tanto el discurso de los adictos como el discurso social recurren a esta racionalización.

La imagen de la adicción como "flagelo social" condensa en la droga la responsabilidad de las tensiones y consecuencias nefastas de la estructura económico-social.


 


Pero el terreno en donde se impone de manera más convincente la hipótesis de la "dependencia" es en los casos en donde la adicción, al contrario de lograr una automedicación, tiende a aumentar el dolor de la existencia, cayendo en una continua "repetición del fracaso".

Figura obscena de la adicción, en la medida en que no apunta hacia el placer no queda más que explicaciones a-subjetivas para dar cuenta de ello.

Si hay una limitación de cierto discurso científico, es el de comprometerse en mantener aquel discurso onto-teológico que insiste en impedir que el Bien aparezca confundido con el Mal; que sostiene que el ser humano tiende naturalmente hacia el Bien, hacia el placer, y toda manifestación contraria a ello no es sino reflejo de una anomalía externa a la naturaleza.

De esta manera, como un destino inevitable, la prohibición sobre el vínculo exceso-goce-transgresión opera desde dentro: como elemento ausente a nivel de la teoría; y como prescripción a nivel de la acción legal o terapéutica, es decir, como sanción hacia el adicto.


 


Los enfoques psicosociales, como ya se observó, se han caracterizado por dar énfasis a esta dimensión de ley, de la prohibición y del ideal frente al problema del goce.

Inevitablemente, al parecer, al enfrentar el problema del goce se pone en juego nuestra relación hacia la dimensión de la prohibición.

Los enfoques sociales ponen en primer plano el vínculo entre goce y transgresión, que queda olvidado en el concepto de adicción como dependencia; ésa es su importancia.

Pero también a veces se ven subordinados en sus metas a ese ideal de pureza que excluye toda presencia de Mal, y que conduce a callejones sin salida.


 


Un problema grave al insistir exclusivamente en las sanciones y en las prohibiciones es que se aumentan las dificultades en la terapia.

Al parecer, esta estrategia no logra ser eficaz para dar una respuesta al problema del goce; más aún, no hace sino aumentar su presencia, reforzando el ámbito en que mejor se expresa: la prohibición y el fracaso.

EVA (Marlatt), no es sino un pequeño ejemplo de ello.

El énfasis en las prohibiciones, en las normas, también refleja esa colusión entre el terapeuta, la sociedad y el adicto que deja de lado el cuestionamiento acerca de la propia subjetividad y su goce.

Esta situación exige, por lo tanto, orientar la labor terapéutica hacia la pregunta por el papel del sujeto en su adicción: enfocar su búsqueda de exceso de goce no en una confrontación con cierto ideal social esperado, sino en función de las relaciones conflictivas que el propio paciente mantiene con sus dificultades en enfrentar ya sea el dolor de existir o las exigencias de sus ideales internalizados.


 


La pregunta acerca de la propia subjetividad del adicto implica asumir la paradoja del goce que el ideal social insiste en negar, impidiendo a los sujetos elaborarlo de otra manera que no sea la sanción; implica revisar los valores e intereses que orientan no sólo nuestra práctica sino también las formulaciones teóricas que las guían; implica, finalmente, buscar otras formas de elaborar ese más allá del placer, más allá del Bien, que el goce del adicto demuestra.

Ese Más allá que no es otro que el de lo Sagrado.


 


Notas


 


Escohotado, A., Historia General de las Drogas, tomo 1, Ed.

Alianza, Madrid, 3a ed., 1995, pág.

64 n.4


Benedetti, M., Viglietti, D., A Dos Voces, Ed.

Seix Barral, Bs.

Aires, 1994, pág.

39.


Marlatt, J.

A., "La prevención de recaídas en las conductas adictivas: un enfoque de tratamiento cognitivo-conductual", en Casas, M., y Gossop, M., Recaídas y Prevención de Recaídas, Eds.

CITRAN-FISP, Barcelona, 1993, págs.

137-159.


Ver D?Agnone, D., Adicción a la Cocaína, Ed.

CTM, Bs.

Aires, 1994.


En Las Utopías, Ed.

Salvat, Barcelona, 1979, pág.

127.


Escohotado, A., ob.

cit., tomo 1, pág.

11.


Escohotado, A., ob.

cit., tomo 1, pág.

56.


Freud, S., "Tótem y tabú", Obras Completas, tomo 13, Ed.

Amorrortu, Bs.

Aires, 4a reimp., 1994, pág.

142.


Caillois, R., El Hombre y lo Sagrado, Ed.

F.C.E., México, 2a reimp., 1996, pág.

13.


Bataille, G., El Erotismo, Ed.

Tusquets, Barcelona, 6a ed., 1992, pág.

157.


Bataille, G., "Prólogo" a Madame Edwarda, Ed.

Tusquets, Barcelona, 2a ed., 1988, pág.

25.


Bataille, G., ob.

cit., 1988, pág.

27.


Escohotado, A., ob.

cit., tomo 1, págs.

139 y sigs.


Tarrab, M., "?mírenlos cómo gozan!!", en Sujeto, Goce y Modernidad, Ed.

Atuel, Bs.

Aires, 1995, pág.

41.


Le Poulichet, S., Toxicomanías y Psicoanálisis, Ed.

Amorrortu, Bs.

Aires, 1990, pág 15.

Brevemente, en el Fedro, Platón realiza una crítica a la escritura como un "remedio" al olvido; más bien, dicho beneficio puede invertirse y transformarse en un "veneno" contra el saber.

Ver Derrida, J., "La farmacia de Platón", en La Diseminación, Ed.

Fundamentos, Madrid, 7ª ed., 1997.