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Sexualidad y educación afectivo-sexual durante la adolescencia

Alfredo Oliva Delgado

La adolescencia suele ser considerada como el periodo en el que se produce el inicio de la actividad sexual y, por lo tanto, el momento en el que la educación en este área parece más necesaria.

Conocer cuáles son los conocimientos, las actitudes y los comportamientos sexuales de chicos y chicas resulta imprescindible de cara a definir los objetivos a alcanzar y  las estrategias  a seguir por una educación afectivo-sexual que ambicione algo más que transmitir una serie de ideas referidas al funcionamiento del sistema reproductivo humano.

En esta presentación expondremos las características y las necesidades afectivo-sexuales de nuestros y nuestras adolescentes y, por lo tanto, algunos de los contenidos que a nuestro juicio debería incluir una educación afectivo-sexual de carácter integral.


 


            La adolescencia es una etapa del ciclo vital en la que se producen importantes cambios físicos, psíquicos y sociales, y representa un momento crítico para el desarrollo posterior, ya que muchas de las actitudes y conductas que se instauran durante estos años van a acompañar a hombres y mujeres a lo largo de sus vidas.

Entre todos los cambios que los adolescentes van a experimentar, hay que reconocer que los físicos son bastante llamativos y van a tener una gran repercusión sobre su comportamiento.

Los cambios físicos asociados a la pubertad van a ponerse en marcha por una serie de mecanismos hormonales iniciados por la actividad del hipotálamo que envía señales a la hipófisis para que ésta comience a segregar hormonas gonadotróficas, que a su vez estimularán el desarrollo de las gónadas sexuales que iniciarán la producción masiva de hormonas sexuales.

Estas hormonas sexuales serán las responsables de los cambios físicos que chicos y chicas comienzan a experimentar al final de la niñez.

También serán las responsables de la intensificación del deseo sexual, que va a acompañar al ser humano durante la mayor parte de su vida, y que le va a proporcionar muchas alegrías, aunque también algunas insatisfacciones.


 


            Aunque siempre se ha situado en la pubertad el momento del surgimiento del deseo sexual, hoy día existen datos que ponen de manifiesto que a pesar de que las gónadas sexuales de encuentran aún inmaduras antes de la pubertad y no son capaces de producir andrógenos y estrógenos, las glándulas suprarrenales van a iniciar una ligera producción de hormonas sexuales en torno a los 9-10 años de edad, con lo que la pubertad sería un proceso mucho más gradual de lo que parece (McClintock y Herdt, 1996).

Esto coincide con algunos estudios que sitúan en esa edad el inicio de la atracción sexual y de la actividad masturbatoria .

Como puede observarse en la figura 1, elaborada sobre datos de un estudio realizado sobre jóvenes andaluces (Oliva, Serra, y Vallejo, 1993), muchos adolescentes se inician en el autoerotismo unos años antes de la pubertad.

Un dato que este estudio puso de relieve tiene que ver con las diferencias que aparecen entre chicos y chicas, que no sólo hacen referencia a las distintas tasas de incidencia, sino también a los sentimientos que esta actividad genera en unos y otros.

Entre los chicos ha quedado atrás la imagen negativa que en épocas pasadas se asociaba a la masturbación, y es una práctica generalizada y aceptada de la que hablan con sus amigos sin generar  sentimientos de culpa, como queda reflejado en las siguiente afirmación de un chico de 15 años: â??Dicen los médicos que no es malo, al revés, que puede ser en un momento dado hasta bueno porque desahoga y relajaâ?.

Sin embargo, entre las chicas la cosa es diferente, ya que el autoerotismo es una actividad clandestina y poco aceptada, sobre todo en la adolescencia temprana y media, de la que se habla poco porque no se quiere reconocer su práctica y que causa bastantes sentimientos de culpa.

â??Si alguien te dice que una chica ha hecho eso, te parece escandalosoâ? â??Yo me tachaba de guarra por eso, incluso pensaba que era anormalâ?.

Aunque también hay que decir que entre las chicas aparecen diferentes actitudes ante la masturbación: las que niegan su práctica, las que no reconocen como masturbatorias ciertas prácticas autoeróticas (â??yo cruzaba las piernas y las frotaba una contra otra apretando los músculosâ?), quienes sienten importantes sentimientos de culpa tras su práctica, y , por último, quienes tienen una actitud positiva y de aceptación ante la masturbación.

Estas últimas suelen ser las chicas de más edad y mayor nivel educativo.


 



 


            Por lo tanto, la masturbación es uno de los contenidos que debería incluir la educación afectivo-sexual, pues resulta inaceptable que en la sociedad actual muchas chicas se sientan culpables y sufran por realizar algo que debería ser una actividad natural y gozosa que les ayudase a conocerse mejor a sí mismas.

Evidentemente no se trata de enseñar a los adolescentes a masturbarse, ellos lo suelen descubrir por sí solos, sino de que hacer que tengan una actitud positiva ante el autoerotismo, y lo consideren como una actividad que les va a ayudar a conocerse mejor.

Así, fomentaremos desde el principio una actitud de erotofilia o de aceptación de la propia sexualidad.

Sin duda, siempre habrá aguafiestas que consideren que estamos incitando a la masturbación y pervirtiendo a la juventud, aunque no creemos que aumentar la tasa de incidencia de la masturbación femenina suponga ningún peligro social del que debamos protegernos, sobre todo si con ello evitamos un sufrimiento innecesario para muchas chicas.


 


            No es sólo en relación con el autoerotismo, dónde encontramos que las chicas se encuentran en una peor situación; si analizamos la repercusión psicológica que los cambios puberales tienen sobre los adolescentes, vemos que mientras que ellos suelen beneficiarse de la transformación física que experimentan, entre ellas son más frecuentes las emociones negativas  y el empeoramiento de la autoimagen y de la autoestima.

Además de los cambios en la apariencia física, que suelen conllevar una mayor acumulación de grasa, la primera menstruación no suele ser demasiado bien recibida.

En algunas ocasiones por la falta de información de muchas chicas, y en la mayoría de los casos debido a que en nuestra sociedad se destacan los aspectos negativos  relacionados con la incomodidad y la falta de higiene.

Basta echar un vistazo a algunos anuncios  publicitarios de productos higiénicos para darnos cuenta de que se presenta a la menstruación como una crisis higiénica que debe ser afrontada con la protección adecuada para evitar la vergüenza, la culpa y el mal olor.

O hacer un listado de muchos de los tópicos que aún persisten acerca de las actividades que están vedadas a la mujer durante los días de la regla (tocar plantas, preparar mahonesa, etc.).  Por lo tanto, no parece que esta imagen tan negativa lleve a las adolescentes a sentirse especialmente orgullosas de su nuevo estatus.

Dado este estado de cosas, resulta muy necesario que la educación afectivo-sexual proporcione información objetiva acerca de la menstruación, resaltando sobre todo sus aspectos  positivos y su valor simbólico, aunque sin presentar una imagen demasiado idílica que oculte algunos inconvenientes que puede llevar asociados: dolor, incomodidad, cambios emocionales.

Además, es importante normalizar la menstruación y evitar que sea un tabú del que no se puede hablar y que hay que ocultar (López y Oroz, 1999).


 


            En cuanto al inicio de las relaciones sexuales, si echamos un vistazo a la edad a la que dicen comenzar a dar o recibir caricias genitales, también encontramos algunas diferencias de género, ya que un 27% de chicos dice iniciarse antes de los 14 años, frente a un 20% de chicas.

Diferencias semejantes aparecen cuando preguntamos por la edad de inicio de las relaciones con penetración, ya que aunque la mayoría de adolescentes (70%) declara haber practicado el coito por primera vez entre los 15 y los 18 años, se observa una mayor precocidad entre los chicos.

Sin duda, este es un dato que resulta difícil de explicar, ya que generalmente las niñas maduran antes que los niños, y suelen emparejarse con chicos que son una media de dos años mayores que ellas y con quienes van a iniciarse sexualmente, por lo tanto, lo razonable sería esperar una mayor precocidad en el caso de las chicas.

Sin embargo, la mayoría de los estudios indican lo contrario.

La causa de estos resultados algo sorprendentes tal vez radique en la influencia de la deseabilidad social sobre las repuestas de unos y otras.

Chicos y chicas muestran actitudes bien diferenciadas en su forma de entender y vivir la sexualidad que llevaría a los primeros a exagerar sus actividades sexuales y a las chicas a ocultarla, lo que distorsionaría los resultados obtenidos por las encuestas.


 


Para los chicos, las relaciones sexuales son vividas como una fuente de prestigio que les hace mejorar su estatus frente al grupo (â??Yo pensaba: esta gente está follando y yo todavía no lo he probado.

Y me cortaba.

Sin embargo, ahora me siento mejor�.).

Por ello, no es extraño se muestren más preocupados por la cantidad que por la calidad, y sean poco exigentes a la hora de elegir pareja.

No necesitan estar enamorados: buscan placer y prestigio (â??¡Que carácter ni carácter!.

Cuando se te presenta la oportunidad te da igual el carácter.â?).

En el caso de las chicas, la situación es bien distinta, ya que ellas esperan que el coito sirva para profundizar en su relación emocional con su pareja, por lo que la búsqueda del placer por el placer no es un objetivo tan importante.

Ellas se muestran mucho más selectivas (â??Es como si dos personas se unieran en una misma.

Después de hacerlo sientes muchísimo más cariñoâ?.

Yo no lo hago hasta que esté segura de que me gusta alguien de verdadâ?).


 


            Uno de los resultados más llamativos de los estudios que hemos llevado a cabo tiene que ver con estas diferencias tan significativas que aparecen en función del género que delimitan dos patrones de comportamiento sexual, uno masculino y otro femenino.

El masculino estaría definido por una mayor precocidad, promiscuidad y una mayor valoración del coito, que representa una importante señal de prestigio ante el grupo de iguales.

El patrón femenino muestra una actividad sexual más reducida, menos gratificante, y que genera más sentimientos de culpa.

Además, en las chicas la conducta sexual está más integrada con otros componentes socioemocionales, por lo que hay una mayor vinculación entre sexualidad y afectividad.

Como Pierre Chordelos de Laclos expuso en su obra epistolar Las amistades peligrosas, â??Las mujeres desean a los hombres de los que se enamoran y los hombres se enamoran de las mujeres a las que deseanâ?.Estas diferencias de género son muy acusadas durante la adolescencia temprana, probablemente porque chicos y chicas se encuentran en un periodo crítico en cuanto a la construcción de su identidad sexual y necesitan mostrarse muy estereotipados en sus actitudes y conductas sexuales.

Sin embargo, en la medida en que chicos y chicas crecen y culminan este proceso, las diferencias van desapareciendo, y muestran unos patrones más andróginos y parecidos entre sí, sobre todo aquellos adolescentes de mayor nivel educativo (Oliva, Serra y Vallejo, 1997).


 


            En este sentido, creemos que esta educación afectivo-sexual debería  tratar de acercar las actitudes de chicos y de chicas, suprimiendo esas enormes diferencias de género.

Así, es interesante transmitir a los chicos la idea de que la sexualidad tiene unos componentes comunicativos y afectivos que la enriquecen, y que la calidad es más importante que la cantidad.

En cambio, ante las chicas habrá que resaltar el componente de obtención de placer de la sexualidad, ya que en ellas el placer está supeditado a lo afectivo o, cuando mucho, al placer de su pareja (â??Yo quería que fuese un día especial.

Se cumplió fue el día de su cumpleañosâ?).

Sin duda, muchas de estas diferencias no son consecuencia exclusiva de los procesos de socialización diferencial, y pueden ser el resultado de un largo proceso de evolución de la especie en el que algunos comportamientos han tenido un claro valor adaptativo para la supervivencia de la especie, y por lo tanto tienen una indudable base biológica.

Pensemos, por ejemplo, en la influencia de la testosterona y la progesterona sobre el deseo y el comportamiento sexual: la primera estimula y la segunda inhibe el deseo sexual.

Como ha señalado Helen Fisher (2000), la testosterona y el cariño no se llevan bien.

También podríamos citar los estudios transculturales de David M.

Buss (1994), en los que se analizan las diferencias entre las preferencias sexuales y la promiscuidad de hombres y mujeres en distintas culturas, encontrando una gran similitud cultural en este aspecto.

Si fuera una cuestión estrictamente cultural no habría tanta homogeneidad entre diferentes culturas.

Sin embargo, el hecho de que las diferencias entre las actitudes y comportamientos sexuales de hombres y mujeres tengan una base biológica porque miles de años atrás resultaron adaptativos, no quiere decir que hoy día continúen teniendo ese valor ya que el contexto actual es completamente diferente al del pasado.

Además, el hecho de que muchos comportamientos tengan una posible base biológica, no excluye la posibilidad de ser modificados por la cultura o la educación, aunque tal vez los esfuerzos deban ser mayores.


 


            Es evidente que los adolescentes sostienen relaciones sexuales, y lo hacen a una edad cada vez más temprana, ya que en los últimos años se ha producido un adelanto en la edad de inicio estas relaciones.

Según los datos del Informe juventud en España de 1992, un 34% de jóvenes de menos de 18 años habían sostenido relaciones coitales.

En 1996, los datos de este mismo informe indican que la cifra es de un 43% (Martín y Velarde, 1996).

Si la edad media de inicio de las relaciones sexuales son los 17 años, y la mayoría de los adolescentes se estrenan entre los 15 y los 18 años, es evidente que parece imprescindible que reciban algún tipo de formación en este terreno si queremos que vivan sus relaciones de pareja de forma gratificante y sin riesgos.

Los datos de que disponemos nos indican que esta primeras relaciones con frecuencia son poco gratificantes, en gran medida debido a la falta de información (â??Cuando le fui a meter caña, decía yo: bueno y ahora ¿por dónde se la meto?.

Yo no sabía.â?.

â??Yo me imaginaba que me iba a quitar la ropa despacio, que iba a acariciarme poco a poco, que todo iba a ser muy lento.

Sin embargo, me tuve que desnudar yo sola, deprisa y corriendo, y no hubo preámbulo.

Cuando todo pasó me harté de llorar, ¡qué chasco!â?).


           


            Uno de los argumentos más frecuentemente esgrimidos por quienes se oponen a que se impartan contenidos de educación sexual en los centros escolares, o por quienes optan por una educación moral o del carácter que basándose en datos supuestamente científicos rechazan las relaciones prematrimoniales y apuestan por la castidad,  es el de que dar información sobre sexualidad contribuye a adelantar la edad de inicio de las relaciones sexuales.

Este argumento dista mucho de estar apoyado en datos empíricos, ya que algunos estudios muestran más bien lo contrario.

Además, pretender que los adolescentes y jóvenes pospongan su actividad sexual hasta el matrimonio es poco realista, e incluso estaríamos atentando contra un derecho básico como es la posibilidad de decidir libremente sobre el acceso a la intimidad sexual con otra persona.


 


            Creemos que hay muchas otras variables implicadas en este adelanto de la iniciación sexual: sociedad muy erotizada, alta permisividad en horarios y estilos de vida, menor influencia de la moral religiosa sobre el comportamiento individual, menor grado de compromiso en las relaciones personales, etc.

También hay determinados aspectos del funcionamiento familiar implicados en el inicio precoz, especialmente el grado de control o supervisión que los padres realizan de la conducta de sus hijos.

Así, nosotros mismos hemos encontrado una menor experiencia sexual entre aquellos adolescentes cuyos padres se caracterizan por mostrar un estilo disciplinario democrático, en el que se combinan la comunicación y afecto con el control de la conducta.

Por contra, la experiencia sexual era más precoz entre los chicos y chicas que tenían padres indiferentes, es decir que manifestaban poco afecto y poca supervisión en su estilo educativo.

Así pues, parece que el control democrático ejercido por los padres sirve para retrasar algo la iniciación sexual, aunque en determinadas ocasiones un control excesivo puede tener el efecto contrario al esperado, ya que los adolescentes pueden reaccionar rebelándose contra ese estilo tan estricto.


 


            Aunque hay otros muchos factores que contribuyen a hacer de las relaciones sexuales un comportamiento de riesgo, una iniciación sexual muy precoz puede convertirse en un factor de riesgo.

Por lo que pensamos que, sin ser este el principal objetivo de cualquier tipo de intervención en este área, puede resultar positivo retrasar esta edad de inicio.

Y para ello, la educación afectivo sexual debería ofrecer a los jóvenes una imagen de la sexualidad más completa, destruyendo la asociación mantenida hoy según la cual la sexualidad se asimila necesariamente a coito.

Reconocer que la sexualidad puede ser vivida de forma plena no sólo a través del coito sino también mediante otras múltiples formas, es posibilitar que chicos y chicas aprendan a disfrutar de ella plenamente con ciertas prácticas que son menos arriesgadas que la penetración, y que podrán sustituir de forma satisfactoria al coito en aquellas ocasiones en que no se disponga de anticonceptivos.


 


            Uno de los contenidos más frecuentes de la educación sexual, fundamentalmente de un modelo médico o preventivo, es el referido a los riesgos de sostener relaciones sexuales sin protección.

El aumento de la incidencia de embarazos no deseados y la aparición del SIDA, supuso un argumento de peso para aumentar el nivel de información de los adolescentes.

Tal vez como consecuencia de esta información, la cifra de embarazos entre adolescentes ha experimentado un descenso continuado durante la década de los 90, aunque hay que destacar el aumento del número de abortos.

Sin embargo, aún sigue siendo escaso el uso de anticonceptivos, como lo demuestra el 33% de adolescentes que declaran no haber usado ningún método anticonceptivo en su primer coito, o el 31% que dicen haber empleado la marcha atrás.

Además, el riesgo es especialmente grave entre los más jóvenes (15-16 años), ya que un 33% de quienes sostienen relaciones sexuales con penetración no usa nunca preservativos, y un 29% lo hace pocas veces (Figura 2).

Son muchas las justificaciones que pueden darse de este escaso uso de anticonceptivos, entre ellas se puede señalar la escasa información sobre métodos anticonceptivos y sobre embarazo, probablemente como consecuencia de la ausencia de una educación sexual en los colegios.

Así, los chicos y chicas ignoran muchos aspectos relacionados con la anticoncepción y sostienen algunas ideas erróneas como pensar que no puede haber embarazo la primera vez que se hace el amor, o que la marcha atrás es un método muy eficaz, o que si se hace el amor de pie no puede haber embarazo porque el semen se escurre (â??Yo creo que si no la metes entera la chica no se puede quedar embarazadaâ?).

Además, determinadas características del pensamiento durante la adolescencia, como la fábula personal, pueden llevar al chico o a la chica a pensar que, a pesar de la información que tienen sobre las más que probables consecuencias negativas derivadas del escaso uso de anticonceptivos, se trata de algo que nunca le pasará a ellos, como si tuviesen algún tipo de protección mágica.

El no haber previsto que iban a sostener una relación sexual es otro argumento dado por los adolescentes para no usar anticonceptivos (â??Para una vez que se te presenta la ocasión, no vas va preocuparte de esoâ?).

O las dificultades para conseguirlos (â??El farmacéutico me dijo: yo soy católico, apostólico, romano.â? Otro aspecto importante tiene que ver con las actitudes hacia su uso.

Así, es frecuente entre los jóvenes un cierto rechazo por pensar que el preservativo limita el placer o rompe la espontaneidad de un contacto sexual que debería ser natural y no planificado (â??Yo no lo haría nunca con un preservativo.

El sexo es una cosa natural, y hay que hacerlo de forma natural hacerlo con preservativo es la cosa más antinatural del mundoâ?.

â??Con un condón parece que está embalsamao, que está con papel albal.

No es lo mismo con un plástico por medio.

Hay que hacerlo a pelo.�).


 



           


            Por lo tanto, no cabe duda de que unos de los objetivos de la educación afectivo-sexual debe seguir siendo aumentar los conocimientos sobre métodos anticonceptivos desterrando las ideas erróneas existentes, y mejorar las actitudes hacia su utilización, ya que ambos aspectos influyen de forma decisiva sobre su uso, y como ya hemos comentado aún son muchos los adolescentes que hacen un uso escaso de ellos.


 


            Si tenemos en cuenta que muchos adolescentes manifiestan muchas lagunas en sus conocimientos sobre sexualidad, tiene mucho sentido analizar cuáles son las fuentes de información que utilizan.

Si echamos un vistazo a la figura 3  podemos observar cómo los amigos representan la principal fuente de información, seguida de las revistas o libros.

Resulta evidente que ni la escuela ni la familia parecen proporcionar mucha información sobre sexualidad, ya que sólo la cuarta parte de los jóvenes afirma que sus educadores les han informado sobre esta materia.

Cuando se trata de los padres, el porcentaje es aún más bajo.


 



 


            En la tabla I se presenta un listado con los temas más frecuentes de conversación entre padres e hijos, y puede observarse claramente que la sexualidad, tanto a nivel general como lo referente a la propia conducta del chico o de la chica, no figura entre los principales temas de conversación.

Tal vez, porque los padres no sepan cómo abordar estos temas y se sientan incómodos, o quizá porque cuando sacan el tema son frecuentes los desacuerdos y discusiones por las diferentes expectativas de padres e hijos, y a partir de ese momento tienden a evitar un tema que se presenta como una importante fuente de conflictos.


                       



 


 


            Una de las tareas evolutivas propias de la adolescencia tiene que ver con la definición de una orientación sexual de tipo homosexual o heterosexual.

Las necesidades emocionales y sexuales propias de esta etapa, unida a la estrecha intimidad que chicos y chicas alcanzan en sus relaciones de amistad, provoca que las relaciones homosexuales no sean infrecuentes entre adolescentes.

No obstante, muchas de estas relaciones no van a tener continuidad en la adolescencia tardía o en la adultez.

También vamos a encontrarnos con el caso contrario, es decir, muchos chicos y chicas que a pesar de sostener relaciones heterosexuales, comenzarán a forjar una identidad y una orientación de carácter homosexual.

Se trata de un proceso lento que suele comenzar sobre los 13 años en el que caso de los chicos y sobre los 15 entre las chicas, con la falta de interés por las relaciones heterosexuales y el surgimiento de los primeros deseos hacia otros  adolescentes de su mismo sexo, y que suele culminar al final de la adolescencia con la definición de una identidad homosexual (Savin-Williams y Rodríguez, 1993).

La circunstancia de vivir en una sociedad homófoba que rechaza y ridiculiza este tipo de comportamientos va a hacer que este proceso sea especialmente doloroso para los chicos y chicas de orientación homosexual.

Si tenemos en cuenta que se trata de un  prejuicio dirigido hacia una minoría invisible, ya que la mayoría de los sujetos tienden a ocultar esta condición, serán muchas las ocasiones en que un chiste o una broma despreciativa sean proferidos   en ocasiones en que están presentes sujetos homosexuales.

La mayoría de chicos y chicas que sienten deseos homosexuales tenderán a hacerse pasar por heterosexuales, incluso en algunos casos, en un deseo de compensar sus preferencias, se mostrarán muy masculinos o muy femeninas.

Esta actitud tal vez no sea la más adecuada, ya que puede llevarles a despreciarse y desvalorizarse a sí mismos, con consecuencias muy negativas para la autoestima y la construcción de la identidad personal.

Tampoco parece que la alternativa de asumir la condición de homosexual esté exenta de inconvenientes, ya que estos adolescentes van a sentir en sus carnes el rechazo social en un momento evolutivo muy delicado.


 


            Sin duda, también es este un aspecto que la educación afectivo-sexual debería tratar ya que es otro de los factores que pueden generar mucho desconcierto y sufrimiento en chicos y chicas, para ello será necesario intentar eliminar las actitudes homófobas y los prejuicios negativos asociados a la homosexualidad, dejando claro que la homosexualidad es una opción sexual tan válida o aceptable como la heterosexual.

Por lo tanto, la educación afectivo-sexual debe promover la tolerancia y la aceptación de la diversidad, la idea de que hay muchas maneras diferentes de vivir la sexualidad, todas ellas igualmente aceptables.


 


            Otro cambio significativo que va a tener lugar durante los años de la adolescencia tiene que ver con el claro avance que se produce en el juicio o razonamiento moral.

Como consecuencia de sus nuevas habilidades cognitivas y de sus experiencias con padres e iguales, chicos y chicas van a ser cada vez más capaces de razonar sobre diversos temas morales o sociales y de ser más conscientes de las consecuencias de sus actos sobre los demás.

Por lo tanto, teniendo en cuenta que los comportamientos y prácticas sexuales implican a otras personas y están sujetas a la ética de las relaciones humanas, es muy conveniente que la educación afectivo-sexual incluya entre sus objetivos, la adquisición por parte del adolescente de una ética relacional.  Así, es importante que entiendan que en el ejercicio de su sexualidad deben respetar los derechos de otras personas, como por ejemplo su derecho a decidir con quien mantienen relaciones sexuales.

O que la honestidad y la sinceridad debe presidir estas relaciones, evitando la utilización o instrumentalización de los demás para el propio beneficio.

O, como ya hemos comentado, que comprendan los componentes de afecto, ternura e intimidad que toda relación sexual lleva consigo.