Por Graciela Livovsky de Seppi (*)
La adolescencia, y sobre todo su problemática, constituyen un fenómeno que nos atraviesa, como padres, como educadores, como profesionales en fin como sociedad.
Es de gran preocupación para este Programa de Salud Mental, observar los grandes esfuerzos, que tratan de realizar distintos sectores de la comunidad, para el abordaje de esta problemática, sin embargo las patologías, tales como bulimia, anorexia, adicciones e intentos de suicidios aumenta, considerablemente día a día.
¿Quien es este adolescente que no nos deja en paz? ¿Qué le pasa que hace que no podamos ignorarlo, que nos despabila, que nos conmueve nuestra propia existencia, que nos interroga, que nos hace reflexionar sobre qué sociedad le construimos para que crezca?, ¿quién es? ¿Qué le pasa? ¿De qué sufre? ¿Por qué las patologías que revisten más gravedad aparecen justamente en este periodo? No podemos seguir adormecidos, es necesario despertar, para analizar, para responder desde donde podemos, este interrogante fundamental.
Se puede comenzar opinando que nuestra sociedad contemporánea, se caracteriza por reducir a los individuos a verdaderos objetos de consumo.
La globalización, es una revolución que afecta la relación de las personas, perturba el nivel de comunicación, tales como "cualquiera puede constituirse en mi prójimo".
El lema es vivir el "hoy" hay un empuje al olvido, ya sea por medio de las drogas prohibidas, para adormecer o exaltar de un modo artificial, hasta las prótesis farmacológicas que prometen una vez más una felicidad química universal a cambio de una dócil y tonta resignación frente al aplastamiento de la singularidad, y a cambio de desposeer a las personas de sus coordenadas histórico políticas.
La adolescencia, es inseparable de ese descubrimiento extremadamente angustioso, que esa sociedad para la que quería ser grande, para acceder con mayor libertad, esa sociedad perfecta no existe, y esos grandes, ese padre y esa madre no existen, apenas si encuentra adultos, a los que llama con justificada ambivalencia "mis viejos".
Pocos descubrimientos como estos son tan desilusionantes y tan llenos de consecuencias.
Por otro lado podemos decir que la caída de la imagen paterna es una característica de la modernidad.
El padre, en muchos casos se ha convertido en un hombre angustiado, que no toma la iniciativa en el campo sexual, un hombre pasivo que espera que la mujer haga por ellos.
El padre, cuando es un hombre sin trabajo o un hombre que no decide absolutamente nada, afecta radicalmente al adolescente.
En este contexto social, político y familiar emerge un sujeto conmovido por un empuje hormonal, por la modificación de su cuerpo, a quien le falta un saber sobre el sexo, frente a todo esto tiene que encontrar una respuesta y esa respuesta es lo que llamamos adolescencia.
En ella tiene que encontrar un punto de salida, es decir un punto en el que va poder estabilizar una respuesta que puede ser válida para la continuación de la existencia.
En un cierto número de casos no lo logra y aparecen fenómenos como las adicciones, la bulimia y la anorexia.
Estos nuevos síntomas ponen en evidencia los límites de nuestra práctica, de nuestra sociedad, ya que su extensión y el fracaso en el control de éstos provocan un escepticismo generalizado en lo que como Estado, (desde el Ministerio de Salud, Ministerio de Educación, Secretaría de Desarrollo Social, etc.), debemos responder.
¿Cuáles son los tratamientos posibles? En primer lugar, es necesario respetar la singularidad de cada adolescente más allá de todas las clasificaciones.
El poder escuchar el uno por uno esta problemática en particular, en un encuentro con un terapeuta, produce un alivio fundamental y de la que puede esperarse importantes consecuencias en su vida, ya que en este encuentro, el sufrimiento subjetivo se pone "en forma" de modo tal que puede ser problematizado; porque abre el camino de buenas preguntas, más allá del dolor inútil; porque uno se hace responsable del lugar que le cabe en el desorden del que se queja; porque percibe en fin que se trata de su vida y que no hay peor engaño que suponer -por más joven que sea quien padece- que se tiene todo el tiempo por delante.
También el abordaje en la familia y en la institución constituye una de las claves del que el tratamiento sea posible.
Más allá del contexto social al que el joven pertenece, la experiencia con un terapeuta permite al que sufre, volverse un activo protagonista en la búsqueda de una solución que sólo a él le conviene, más allá de la técnica del profesional, es la eficacia de un principio ético, que no victimiza ni clasifica, ya que apela a la responsabilidad de cada sujeto.
Muchas veces los jóvenes no pueden encontrar cómo organizarse frente a la demanda de los padres, de la sociedad, de la escuela y simplemente la posibilidad de la ayuda de un tercero podrá restablecer la relación con su entorno, encontrar una salida a sus múltiples presiones y poder entender que en la convivencia con los demás existen reglas de juego que es necesario aceptar.
En los centros primarios de salud San Vicente y San Martín, y próximamente en el Centro Primario del Bº Antártida, y en el Servicio de Adolescencia del hospital Vera Barros, el Ministerio de Salud, ofrece un lugar donde profesionales de la Salud Mental atienden la demanda de los adolescentes.
En el interior de la provincia, la atención se realiza en los hospitales de Villa Unión, Chilecito, Chepes, Chamical y próximamente en Aimogasta y Famatina.
(*) Jefa del Programa de Salud Mental
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