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Entrevista con Catherine Dolto, pediatra, terapeuta infantil y docente de haptonomía

Nora Bär. LaNacion.Ar


"No poner límites es una especie de abandono por parte de los adultos"
 
La hija de la célebre psicoanalista francesa Françoise Dolto estuvo en Buenos Aires
 
* La especialista practica una terapia psicológica que emplea el contacto físico
* La semana última presentó dos libros y dio dos seminarios en el Liceo Franco Argentino 
 
 
Ser hija de la psicoanalista que cambió la idea que muchos padres del siglo XX tenían de sus hijos no debe ser fácil.

Sin embargo, la sencillez y dulzura de Catherine, hija menor de Françoise Dolto -que de ella se trata- hablan muy bien de su madre.


La semana última, Catherine Dolto -miembro de un comité de Unicef, Caballero de la Legión de Honor y Comandante de la Orden de Mérito del gobierno francés- estuvo en Buenos Aires invitada por la Fundación Creavida y la embajada de Francia, para dar dos seminarios y presentar sus libros "Haptonomía pre y post-natal, por una ética de la seguridad afectiva", e "Infancias" (Libros del Zorzal, 2005), cuyo prólogo le pertenece y donde su madre revive los primeros años de su vida.


Catherine estudió actuación y sociología antes de convertirse en pediatra y, luego, dedicarse a la haptonomía, una psicoterapia basada en la afectividad creada por Franz Veldman.


-Doctora Dolto, ¿qué es la haptonomía?


-Es una ciencia que aborda al ser humano sin separarlo en cuerpo y espíritu, y que se aprende y se transmite por la experiencia.

Ese es el límite de la transmisión universitaria, porque hay que comenzar por un largo desaprendizaje de todo lo que uno ha aprendido en la facultad de medicina, que considera al paciente como un objeto.


-¿Qué tipo de patologías o estados psicológicos trata?


-Es particularmente útil para las personas que han vivido pruebas muy precoces, antes de hablar.

Cuando hay una profunda inseguridad afectiva, la situación psicoanalítica, muy distante, es imposible.

Allí el trabajo haptonómico ayuda.

Por eso tengo pacientes que son muy buenos psicoanalistas, pero llegan a mi consultorio diciendo: "Me quedan síntomas y sé que no son alcanzables con el psicoanálisis".


-¿El contacto físico puede curar?


-Bueno, uno puede estar en contacto con alguien sin tocarlo.

Pero para tener, verdaderamente, una confirmación afectiva, un sentimiento de seguridad, es necesario el contacto.

En la haptonomía, siempre hay un contacto y también está la palabra.

Ocurre que cuando uno está en un cierto tipo de contacto, las palabras resuenan en nuestro interior de manera diferente.


-¿Qué opinaba su madre de esta terapia? ¿Discutían madre e hija?


-Sí, claro.

Antes de su muerte, yo trabajaba sobre todo en la vida prenatal y los bebes.

Eso la apasionó totalmente.

Organizamos un pequeño curso para ella, para que pudiera ver por sí misma.

Lo raro es que yo ya era docente de haptonomía y ella hacía preguntas más pertinentes que yo...

(Se ríe.) En cuanto a la terapia de los adultos, estaba muy interesada, aunque tenía menos experiencia.

La haptonomía no está en guerra con el psicoanálisis? Pienso que si Freud estuviera vivo se hubiera abierto a cosas nuevas.


-Siendo hija de Françoise Dolto, tanto usted como sus dos hermanos deben haber sido absolutamente sanos desde el punto de vista psicológico...


(Vuelve a reírse con ganas.) -Mi mamá jamás, jamás funcionaba con nosotros como psicoanalista.

Siempre decía: "Cuando no estoy en mi consultorio, soy como la portera".

Una vez, cuando yo tenía 18 años, le dije: "Mamá, quiero que me ayudes a interpretar un sueño".

Entonces ella me contestó que no quería, que yo no era su paciente.

Pero yo insistí e insistí.

Después de tres semanas accedió y me dijo algo que yo le ocultaba cuidadosamente desde hacía meses.

Como me puse colorada, enseguida me tranquilizó: "Pero también puede ser otra cosa totalmente distinta".


-¿Por qué considera tan importante la vida prenatal?


-La vida prenatal puede dejar huellas muy profundas, buenas y malas.

Cuando un niño ha vivido un sentimiento de seguridad antes de nacer y también en los primeros años de su vida, tiene dentro de sí una seguridad increíble.

Cuando un chico tiene como primera experiencia la separación, una vivencia difícil, violenta, puede ocurrir que repita a lo largo de su vida la misma receta.


-¿Ocurre lo mismo con el parto?


-El nacimiento y el parto son dos cosas diferentes.

La madre puede tener un parto maravilloso, y el niño un nacimiento terrible.

Es mi caso: creo que me interesó tanto el nacimiento porque casi muero al nacer sin que mis padres lo supieran.

Nací en el campo; el obstetra fue genial y me reubicó, pero lo hizo bromeando, y sólo él y yo lo supimos.

Guardé huellas de angustia de muerte a pesar de once años de psicoanálisis, pero en dos sesiones de haptonomía desaparecieron.


-¿No es el parto siempre una situación violenta?


-No.

Es una experiencia fuerte, intensa, pero no necesariamente violenta.

No hay que olvidar que la cabeza del bebe está adormecida por endorfinas, y el cerebro tiene ondas lentas, ondas de sueño.

Lo que es violento es toda separación de un pequeño y su madre, y sobre todo si su padre no puede ocuparse.

A veces es necesario, pero hay que hablarle al bebe.

Incluso los bebes más pequeños necesitan que les hablemos.

Porque si no, están abandonados.


-Hay quienes piensan que las madres actuales son poco espontáneas con sus hijos.

¿Usted coincide?


-Sí, es terrible.

Uno se olvida de que los padres tienen una gran sabiduría.

Sin embargo, la labor muy técnica del embarazo y el parto se transformó en un acontecimiento más médico que natural.

La tarea de nuestra generación y de la que viene es devolverles al embarazo y al nacimiento su importancia para evitar que en nombre de la seguridad médica hagamos cosas patogénicas.


-¿Hay que rescatar las prácticas tradicionales?


-No todo lo tradicional está bien, porque en muchas poblaciones lo que rodeaba al nacimiento era muy violento.

Algunos teorizan que era para seleccionar seres agresivos en las sociedades guerreras.

No lo sé, pero puedo decir que los occidentales somos el producto de una selección negativa que dura desde hace siglos, por la que sólo los más rudos, los menos sensibles quedaron vivos.

Por ejemplo, el hecho de confiar los chicos a nodrizas era de una extrema violencia que generaba una agresividad residual.

Después vinieron los progresos técnicos que permitieron salvar muchas vidas.

Pero ahora habría que preguntarse si está bien salvar bebes de 500 gramos? Tenemos que preguntarnos qué se podrá hacer con todos estos progresos técnicos para que se preserve lo humano dentro del ser humano, y no el mamífero, el primate, que siempre sabe sobrevivir muy bien.


-En la educación de los chicos, ¿está a favor o en contra de la permisividad de los padres?


-Sucedió algo terrible y es que el discurso de los psicoanalistas se entendió mal.

Françoise Dolto dijo que no hay que culpabilizar, sino dirigirse al chico como un ser humano responsable, pero todo lo que quedó fue lo primero.

También dijo que el hijo debe estar en la periferia de la pareja, no en el centro.

Sin embargo, por diversas condiciones sociales, el niño se transformó en un objeto raro alrededor del cual uno se centra, que da sentido a la vida, en lugar de ser periférico.

Por otro lado, nunca en la historia de la humanidad se vieron en tan poco tiempo tantos cambios.

Lo que recibimos de nuestros padres, y que ellos a su vez recibieron de los suyos, no nos sirve para nada.

Ahora tenemos que preparar a los chicos para una vida que no conocemos.

Antes estaba instalada una educación dirigista, que trataba a los chicos como si fueran pequeños primates.

Y de allí se pasó a una especie de abandono del niño, porque no decir que no es una especie de abandono por parte de los adultos.

Eso produjo una catástrofe de gran perversión y ahora se quiere volver al rigor.

Pero el ser humano es un mamífero muy particular, de modo que no tiene que educarse como un animal ni abandonado a sí mismo.

Actualmente, somos el único mamífero que no les da a sus pequeños los códigos para vivir en sociedad.

Como si el hecho de nacer de un hombre y una mujer fuera suficiente para hacer de nosotros un ser humano.

No...

la humanización se construye.

Pensamos que es suficiente amar, pero no lo es.

Hay que amar...

bien.