
En estos días, las autoridades han entregado cifras macroeconómicas que son alentadoras, dan cuenta de un proceso de reactivación en curso y permiten avizorar con optimismo el futuro.
Al mismo tiempo se constata -no sin alguna sorpresa- que, además de la ciudadanía, prácticamente todos los sectores políticos exteriorizan su preocupación por el tema de las desigualdades de nuestra sociedad, particularmente en relación con la distribución del ingreso, pero también -con distintos grados de énfasis según la procedencia de los actores sociales opinantes- respecto del correlato de inequidad que ello significa en términos de oportunidades en todos los ámbitos.
Así, por ejemplo, se ha sostenido que una distribución del ingreso desigual es un modo de expresar que al interior de la economía existen sistemas educacionales de calidades muy diferentes, afirmación con la cual la mayoría de los chilenos no podría sino estar de acuerdo.
Independientemente de los motivos que pudieran explicar esta convergencia de opiniones, el posicionamiento del tema de la desigualdad en el primer plano del debate público es esperanzador.
Entre otras, una de las implicancias insoslayables de este bienvenido nuevo vigor de la economía chilena es, sin duda, el potencial impacto deletéreo que puede tener en algunos aspectos de la salud mental de la población toda y, en especial, de los grupos más desamparados, en particular si el esfuerzo se centra únicamente en el crecimiento económico y la acumulación de bienes.
Así como la pobreza se asocia a peores índices de salud en general, el crecimiento económico no está exento de nuevos riesgos para la salud y tampoco se debe desestimar el impacto psicológico de la desigual distribución de la riqueza.
Si ya en años recientes las autoridades sanitarias señalaron que en concomitancia con el avance de los índices macroeconómicos -aunque no necesariamente por ese motivo- se había producido un incremento de las enfermedades mentales, cabría esperar algunos efectos negativos en este sentido y, con mayor razón, en la vida cotidiana de los chilenos.
Al respecto, es pertinente tener presente la experiencia de Irlanda, que en poco más de un decenio pasó de ser una de las naciones más pobres de Europa Occidental a una de las más ricas del mundo.
Si bien casi nadie discute que dicha nación está mejor que hace más de 20 años, algunos irlandeses han comenzado a sostener que la riqueza sin introspección no necesariamente trae la felicidad.
Pese a haber sido declarada hace algunos meses el país con la mejor calidad de vida en el planeta por la revista "The Economist", en un estudio reciente la mayoría de los irlandeses reportó que no sentía que su estilo de vida hubiese mejorado.
Otro trabajo similar indicó que los niveles de estrés se habían disparado.
Por doquier, hoy Irlanda hace introspección en forma retrospectiva.
Sin desconocer los logros alcanzados, la población se pregunta si acaso las tasas récord de suicidio de los años recientes pudieron ser evitadas.
El acceso de los jóvenes al alcohol y las drogas ha aumentado.
La evidencia sugiere que las cifras de depresión actuales son las más altas de su historia, sin olvidar que atributos con los cuales algunos solían asociar a los irlandeses -muy ligados a la antigua precariedad económica-, como la solidaridad y el sentido del humor frente a la adversidad, están siendo sustituidos por un materialismo creciente, un consumismo desatado, grados nunca antes vistos de violencia, un franco deterioro del lenguaje y una predominancia de la cultura de la gratificación inmediata.
Sin duda, mirada la coyuntura actual desde la psiquiatría, la introspección prospectiva nos puede ayudar, desde el punto de vista de la patología, a evitar sufrimiento psíquico innecesario y a frenar nuestras ya altas tasas de enfermedades mentales y, desde el punto de vista de la salud mental en general, a favorecer que en Chile más personas sean felices.
Eso pasa, eso sí, por aprovechar los conocimientos derivados de la psicología del bienestar que indican que son más felices aquellas personas que sienten que tienen poder sobre sus vidas y que en alguna medida controlan sus circunstancias.
De allí que el crecimiento económico, si bien es necesario, resulta insuficiente si no se acompaña de la debida consideración de la subjetividad de las personas y de las desigualdades sociales que aún subsisten en nuestro país.