ROMAN POLANSKI
Cronista Cinematográfico Demoníaco del Holocausto
Por Andrew Gumbel New York Times 01 el marzo de 2003
Pregunte a muchas personas lo que el nombre Roman Polanski significa para ellos y probablemente le dirán que es el director de películas polaco chiquito que Ud.
estaría loco de dejarlo solo con su hija adolescente.
Hay muchas razones mejores para insertarlo en la conciencia pública.
Están sus películas, para partir, misteriosamente cómicas, exploraciones absurdas de los escondrijos más bajos de la experiencia humana que con la excepción de su hábiles éxitos Hollywoodenses el Bebé de Rosemary y Chinatown, no reciben tanta atención como merecen.
Después está su vida extraordinaria, un cuento épico de lucha y supervivencia cargada con cambios semi demoníacos de fortuna, junto a su proclividad sexual por mujeres mucho más jóvenes, que ciertamente debe mirarse como algo menor y progresivamente irrelevante (tiene, después de todo, casi 70 años).
Éste es un hombre que, siendo un niño se separó de sus padres, sobrevivió en el barrio judío de Krakow viviendo completamente de su ingenio; que, después de la guerra, fue echado de la casa por su propio padre y forzado a mantenerse por si mismo; que, en el pináculo de su éxito Hollywoodense, sufrió un revés demasiado oscuro, igual que sus propias películas, cuando su embarazada segundo esposa, Sharon Tate, fue asesinada salvajemente junto con tres de sus amigos por el pelotón de Manson.
Polanski es alguien para quien la vida demasiado a menudo se presenta como una broma metafísicamente enferma.
Está a su favor que tan a menudo ha encontrado maneras convincentes y complejas de pasar la broma a nosotros, su público.
Por justicia debemos ahora maravillarnos por su valor en sobrepasar el horror experimentado en su niñez y usarlo para prestar autenticidad y patetismo emocional a la historia de Wladyslaw Szpilman, el héroe de la vida real de El Pianista, que soportó casi seis años de la ocupación Nazi y genocidio en Varsovia.
Exceptuando una sucesión muy breve en su cortometraje de estudiante Cuando los Ángeles se Caen, que hizo en 1959, ésta es la primera vez que Polanski ha retratado la guerra -cualquier guerra- en una película.
El sentimiento de uno, al ver las escenas de catástrofe y destrucción, de pena violenta, acérrimamente poco sentimentales que tienen así muchos ecos de la propia experiencia de Polanski, es que es un cineasta que recurre a cada recurso de técnica e imaginación para relatarle a uno una historia que ha guardado dentro de si por más de 50 años.
Ciertamente es digno de reconocimiento mayor.
Pero la extraña verdad (llámenla otra broma enferma) está en que todo el barullo más reciente y la atención que se enfocó en Polanski, que es la razón, de hecho, de porqué no se consideró El Pianista para nominarse a la mejor película merecedora del Oscar, siendo descartada inicialmente y vuelta a poner después, nos devuelve a otra causa de su brillante notoriedad: el caso de la violación que destruyó su carrera Hollywoodense y lo hizo huir de los Estados Unidos hace más de hace 25 años.
El episodio que nadie puede olvidar concierne a una niña de 13 años con pretensiones de ser modelo, con una mamá actriz, muy ambiciosa, que fue llevada por Polanski a la casa de Jack Nicholson en Mulholland Drive para una fotografía para Vogue Hommes en el verano de 1977 (dice algo sobre la reputación de Polanski que aun antes de su arresto que el tema de su tarea era "muchachas pequeñas del mundo.") Polanski dio a la muchacha champán y parte de un Quaalude (droga), la hizo quitarse sus ropas y, ella cuenta por lo menos, esencialmente fue forzada por él.
Nadie ha sugerido siquiera alguna vez que la conducta de Polanski no fuera menos que reprensible.
Pero nada habría ocurrido de los incidentes si no fuera por la madre de la muchacha, que fue demasiado impaciente como para esperar el consejo de su abogado y, en una actitud impulsiva, llamó a la policía.
De ninguna manera el asunto se habría desarrollado tan rápidamente en los medios de comunicación causando tanto estrago en las vidas de todos los implicados.
El juez ignoró las peticiones de ambas partes por un arreglo amigable que habría evitado un juicio y mantenido a Polanski en América, dejando al director la opción de permanecer 50 años en prisión o salir del país.
Salió.
¿Por qué sale todo esto a la luz nuevamente ahora? Los murmullos empezaron cuando El Pianista y Polanski postularon como candidatos en la lista por los Premios de la Academia.
¿Se permitiría a Polanski mostrarse en la noche de los Oscares, los expertos se preguntaban? ¿O, fracasado eso, la Academia arreglaría un video con París para que él pudiera participar por lo menos a distancia? La respuesta a ambas preguntas era no: La oficina del fiscal del Distrito de Los Ángeles todavía considera a Polanski un fugitivo de la justicia, y la academia, por lo menos hasta ahora, no está dispuesta a hacerle concesiones.
La chismografía fue recogida en serio, cuando El Pianista fue el ganador sorpresa del premio Bafta y Polanski no acudió.
Se recordó a todo el mundo que no ha estado en Gran Bretaña desde el caso de la violación, por miedo de extradición a los Estados Unidos (lo que explica porqué, en su película Tess de 1980, recreó el país de Hardy en Normandía).
Aun más remarcable, la muchacha del centro de la controversia, de ahora 38 años, madre de tres hijos, de repente apareció en los medios de comunicación para decir que es la hora de consignar el episodio al pasado, que todo el mundo había sufrido lo suficiente, sobre todo por la sobre exposición en los medios de comunicación, y que la academia debe juzgar a Polanski por los méritos de su trabajo sin miradas moralísticas a su conducta del pasado.
Y así, por todas estas razones incorrectas, el enfoque está de vuelta en El Pianista.
Es una película de verdad tan resonante sobre la naturaleza de la guerra, de la crueldad humana y supervivencia.
Pero Hollywood es implacable en su persecución de lo superficial.
No hace mucho tiempo, El pianista fue descartado porque su funcionamiento lento de taquilla le hizo poco prometedor como para otorgarle el premio de la Academia.
Eso, por supuesto, fue otra manera de decirles a las personas que no se molestaran en verla.
Ahora que la ven por fin, también es una oportunidad de reevaluar al hombre detrás de ella.
Y él tiene realmente una historia.
Polanski tenía sólo seis años cuando los Nazis invadieron Polonia.
Dos años más tarde, su madre lo lanzó del camión que la llevaba al campo concentración.
Nunca la vio de nuevo.
En cambio, se volvió un contrabandista en y fuera del gueto judío de Krakow, aprovechando su tamaño diminuto para encogerse y salir y entrar por los agujeros en la tapia del barrio judío (una variante trágica de esa experiencia, que involucra a un muchacho más grande se presenta en El pianista.)
Su padre fue apresado brevemente después de su madre, y el joven Raymond como había sido llamado desde su nacimiento, se hizo pasar como un joven católico, Roman Wilk y pasó el resto de la guerra bajo el cuidado de varias familias adoptivas.