¨Sé muy bien lo que dice de mí la gente, pues no se me oculta la mala fama que tengo, aun entre los más necios.
Pero yo soy la única, sí, la única que, cuando quiero, hago reír a los dioses y a los hombres.
Y prueba de evidente de ello es que tan pronto como he comenzado a hablar ante esta numerosa audiencia vuestros rostros se han iluminado con nueva y no acostumbrada alegría.
Habéis desarrugado el ceño, acompañando vuestros aplausos con una risa franca y amable (...) apenas me habéis visto aparecer, se os ha dibujado un nuevo semblante.
Algo así como cuando un nuevo sol muestra su rostro resplandeciente a la tierra; o como cuando la primavera, empujada por un blando céfiro, renueva la faz de las cosas, les da un color distinto y les devuelve su juventud.
Mi sola presencia ha logrado ya lo que apenas consiguen los grandes oradores con sus largos y cuidados discursos, esto es, disipar las pesadas molestias del espíritu (...) como veis, soy aquella manirrota distribuidora de bienes llamada Stultitia, en latín, y Moría, en griego1 (...) ¿quién mejor capacitada que yo para definirme? (...) a no ser que alguien diga que me conoce mejor que yo misma (...) en fin, yo para mí, acepto aquel conocido refrán: bien se alaba, quien no encuentre otro que lo haga (...) a mí siempre me ha gustado decir lo que se me viene a la boca (...) todo el mundo sabe que la edad más feliz y, con mucho, la más alegre, es la infancia.
¿Qué hay en los niños que nos empuja a besarlos, abrazarlos y acariciarlos (...) ¡y qué decir de la juventud que sigue a la infancia! ¡Qué risueña es para todos! ¿De donde viene ese encanto sino de mí? (...) cuando más se distancian de mí, menos viven, hasta dar con la molesta vejez, tan mal vista para sí misma como para los demás (...) así yo, cuando veo a alguien cercano al sepulcro, lo devuelvo en cuanto me es posible a la infancia.
De ahí lo acertado de la expresión popular que llama a la vejez segunda infancia (...) añádase a esto el no despreciable testimonio del refrán popular: sólo la estulticia es la única que detiene el paso fugaz de la juventud e impide el avance molesto de la vejez.
Pues, ¿no se parece un poco a la estulticia, la convivencia, el disimulo, la alucinación y debilidad, esa especie de admiración y cariño por alguno de los defectos de los amigos como si fueran virtudes? ¿Qué es sino estulticia ese beso en el lunar de la amiga, o el deleitarse en la verruga nasal de su corderita? ¿O cómo calificar ese estrabismo del padre que ve a su hijo levemente tuerto? Dígase dos y tres veces que es pura necedad y, no obstante, reconozcamos que es la única que une y mantiene unidos a los amigos (...) os diré, resumiendo, que sin mí no existiría algún tipo de sociedad ni relación humana agradable y sólida.
Sin mí, el pueblo no aguantaría por mucho tiempo a su príncipe, ni el amo al criado, la criada a la señora, el maestro al discípulo, el amigo al amigo, la mujer al marido, el casero al inquilino (...) ciertamente no podrían aguantarse si no se engañaran mutuamente, adulándose unas veces, condescendiendo otras, y finalmente, untándose con la miel de la estulticia¨2.
Erasmo de Rótterdam en ¨Elogio de la locura¨ (Siglo XVI)
¿La locura de la que hablaba Erasmo, es semejante a la que vivimos en la actualidad?
Capítulo I: Evolución histórica del concepto
Tanto el término salud como el de enfermedad mental, han sufrido avatares terminológicos, políticos y científicos a lo largo del tiempo.
La sociedad misma, según se vio afectada por acontecimientos favorables o no, modificó la definición de estos conceptos.
De esta forma, en un primer momento, en el siglo XV, surgió una idea que se convirtió en un símbolo de la imaginación popular: ¨La nave de los locos¨; errantes por el río, un grupo de parias (persona excluida de las ventajas de que gozan los demás) es trasladado en una nave, de ciudad en ciudad, siempre rechazados.3
Luego de esto, la concepción de la locura continuó variando y las actitudes de la sociedad con respecto a estas personas, también.
Hasta que en el siglo XVIII, fuera de toda previsión, sobrevino la Revolución Francesa que, propiciando los ideales de igualdad, fraternidad y libertad, impulsó el desalojo de los enfermos mentales de las cárceles, ya que resultaba humillante para los presos comunes estar encerrados con ellos.
Debido a la inexistencia de hospitales, éstos fueron enviados a sus casas.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que volvieran nuevamente a las cárceles, ya que causaban demasiados trastornos en sus hogares.
De esta forma, locos y criminales eran estrictamente discriminados, ante lo cual se creó un mito alrededor de los dos grandes ¨libertadores de los locos¨; hombres nobles y sabios que humanizaron el tratamiento de la demencia: Philippe Pinel y Samuel Tuke.
Pinel, fue considerado el gran libertador de la locura durante la Revolución Francesa.
Recorría las prisiones y lograba que se les quiten las cadenas a los enfermos.
Al ser interrogado, respondió:
¨Ciudadano, estoy convencido de que estos locos son tan intratables sólo debido a que han sido privados del aire y la libertad¨4
Por otro lado, Tuke funda un ¨retiro rural para los locos¨: sin rejas ni cadenas; parecido a una granja en un contexto de familia.
Tanto Pinel como Tuke, creyeron que lo fundamental era la presencia de una gran autoridad moral y ambos contrataron doctores para los hospicios creados.
Los doctores fueron definidos como hombres nobles y sabios legitimados; lo que provocó que muchas veces, ante el olvido de esta categorización, el poder del doctor pareciera cada vez más mágico: consideraban que la medicina era una ciencia dura y que su lugar en el hospicio era el de un científico.
Por lo tanto, la Revolución Francesa fue un elemento clave en la creación de ¨la clínica¨5.
Existieron dos grandes sueños de la Revolución:
- Un orden nacional y casi religioso de doctores que debían interesarse en el cuerpo, como los sacerdotes se habían interesado antiguamente en el alma.
- Un orden social perfeccionado, en el que las enfermedades fueran erradicadas por completo.
¨Las enfermedades de los pobres son producto de las terribles condiciones en las que viven, y las enfermedades de los ricos son el resultado de sus excesos.¨6
A grandes rasgos, los sucesos nombrados fueron modificando la historia de ¨los locos¨, en el marco de un análisis sobre hechos considerados de importancia global.
Sin embargo, cada etapa de la historia provocó una evolución particular del concepto ¨locura¨.
De esta forma, distinguimos varias formas de concepción respecto de la locura, distinguidas por las características de las sociedades pertenecientes a distintos momento de la historia.
Concepción mágico-animista
Las antiguas civilizaciones tenían una concepción mágico-animista o demonológica de gran parte de las enfermedades, en especial de los trastornos psíquicos.
Es así como en Mesopotamia los primeros médicos babilonios fueron los sacerdotes de Assipu, que se ocupaban de las enfermedades internas y, especialmente, de las afecciones mentales, que eran consideradas como posesiones demoníacas y tratadas con métodos mágico-religiosos.
Más adelante aparecieron los médicos "no sacerdotes", que se ocupaban de las manifestaciones patológicas externas, como curar heridas, utilizando formas más naturales de tratamiento.
Concepción Egipcia
Los egipcios, mucho antes que los griegos, establecieron en sus templos un tipo de medio ambiente en el cual se estimulaba a los pacientes a entretenerse con actividades recreativas, como excursiones, conciertos, danzas, pintura y dibujo.
Los dos papiros egipcios más importantes referentes a medicina datan de 1550 a.C.
y son el papiro de Ebers y el de Edward Smith; en este último se reconoce, por primera vez en la historia, al cerebro como "localización de las funciones mentales".
Los egipcios describieron el trastorno emocional denominado luego como "histeria" por los griegos, atribuyéndolo a una malposición del útero, por lo cual fumigaban la vagina como tratamiento, con la intención de devolverlo a su posición original.
Concepción Griega
Los griegos fueron los primeros en estudiar las enfermedades mentales desde el punto de vista científico, separando el estudio de la mente de la religión, es decir, atribuyeron las enfermedades psíquicas a un origen natural, lo cual subsistió hasta fines del siglo XVIII.
La medicina griega buscó leyes universales que pudieran constituir la base de una ciencia real de la enfermedad, investigando a fondo las leyes que gobiernan las enfermedades y buscando la conexión entre cada parte y el todo, la causa y el efecto.
Además de los tratamientos somáticos de la escuela hipocrática, los griegos emplearon tres tratamientos psicológicos: inducción del sueño, interpretación de los sueños (a cargo de sacerdotes) y el diálogo con el paciente.
Hipócrates (460-370 a.C.) sostuvo que las enfermedades se producían por un desajuste de los cuatro humores esenciales: flema, bilis amarilla, bilis negra y sangre.
Así, el exceso de bilis negra causaba demencia; el de bilis amarilla, ira maníaca, y el de flema, melancolía.
Pequeños excesos de estos tres humores y de sangre daban lugar a personalidades flemáticas, coléricas y sanguíneas.
Hipócrates ubicó en el cerebro la capacidad para pensar, sentir o soñar.
También fue pionero en describir y clasificar racionalmente enfermedades como epilepsia, manía, paranoia, delirio tóxico, psicosis puerperal, fobias e histeria.
Más tarde Aristóteles (384-322 a.
De C.) continuó con las concepciones hipocráticas acerca de las perturbaciones de la bilis, mientras que su maestro Platón (427-347 a.C.) consideró que los trastornos mentales eran en parte orgánicos, en parte éticos y en parte divinos, clasificando la locura en cuatro tipos: profética, ritual, poética y erótica.
Concepción Romana
Los romanos siguieron directrices similares a las griegas y postularon que las pasiones y deseos insatisfechos actúaban sobre el alma produciendo enfermedades mentales.
Entre sus máximos exponentes en ésta área se encuentra Celso (25 a.C.
- 50 d.C.), conocido como "Hipócrates latino", quien dividió las enfermedades en locales y generales; dentro de estas últimas incluyó las enfermedades mentales, que a su vez las dividió en febriles (delirios) y no febriles (locura).
Areteo (50-130 d.C.), que hizo descripciones clínicas de diversas enfermedades y se preocupó por el bienestar de los pacientes, encontró que la manía y la melancolía podían presentarse como parte de una misma enfermedad.
Fue el primero en hablar de personalidades pre-psicopáticas; así, concluyó que las personas propensas a la manía eran irritables y violentas, en tanto que las propensas a la melancolía eran de carácter depresivo.
Adelantándose a Kraepelin, sostuvo que el pronóstico es determinante en la naturaleza de la enfermedad.
El médico romano Galeno (130-200) hizo una síntesis de los conocimientos existentes hasta ese entonces, convirtiéndose en un sumario, o más bien un epílogo del período grecorromano, pues a su muerte comenzó la era del oscurantismo.
Concepción durante la Edad Media
Con la caída del Imperio Romano, las prometedoras ideas de las culturas griega y latina sufren una involución.
La Iglesia excluyó a la psiquiatría de la medicina, pero no pudo abolirla, pues reapareció bajo el nombre de demonología.
Así pues, las enfermedades mentales fueron consideradas como posesiones demoníacas, y la demonología debía estudiar los signos o estigmas de posesión diabólica.
La actitud hacia los enfermos variaba entre el rechazo y la tolerancia, renació el primitivismo y la brujería, con lo que reapareció el modelo extranatural de la enfermedad mental.
En este tiempo se destacaron algunos médicos árabes como Razés (865-925), conocido como el "Galeno persa", quién se opuso a las explicaciones demonológicas de las enfermedades.
Concepción durante el Renacimiento
El Renacimiento, que se originó tras la toma de Constantinopla por los turcos, ofreció la promesa de un nuevo espíritu de humanismo y conocimiento, pero terminó por convertirse en uno de los capítulos más nefastos en la historia de la psiquiatría.
En 1486, los teólogos alemanes Heinrich Kramer y Johann Sprenger, con el apoyo del papa, publicaron el Malleus maleficarum (El martillo de las brujas), referente a una conspiración contra el cristianismo, dando lugar a una cacería de brujas que condujo a la muerte a miles de personas, la gran mayoría mujeres, atribuyendo a la vez la causa de todas las enfermedades mentales al demonio.
El "tratamiento" prescrito para la enfermedad mental fue entonces la tortura, aún si se llegaba a la muerte, y la cremación como un acto de piedad, para "liberar el alma" del "desdichado".
En este periodo acontecen también algunos hechos muy positivos, es así como ocurre la Primera Revolución Psiquiátrica, consistente en la fundación del primer hospital psiquiátrico del mundo, en Valencia en 1409, por el sacerdote Fray Juan Gilbert Jofré.
Luego desde 1412 a 1489 se fundaron en España cinco centros similares y en 1567 se formó el primer centro mental en el Nuevo Mundo (México).
Paracelso (1493-1541, médico y alquimista suizo) se opuso duramente a las creencias médicas de su época, rechazando la demonología y así también lo hizo Vives (1492-1540), considerado como el padre de la psiquiatría moderna y primer psiquiatra.
Concepción Barroca
Ocurren en este período grandes avances en múltiples áreas de la medicina (Histología, fisiología, anatomía, etc), pero la psiquiatría no presentó grandes cambios.
Los pacientes psicóticos permanecían recluidos en asilos, pues se les consideraba una especie de "alienados".
Surgen aquí dos médicos ingleses, Sydenham (1624-1689) y Willis (1621-1675), quienes plantean que la histeria no sería una enfermedad del útero, sino del cerebro, y que existe también la histeria masculina.
Concepción durante la Ilustración
Aunque los enfermos mentales ya no eran quemados en la hoguera, su suerte era aún lamentable durante la Ilustración.
Si no eran internados en los hospitales, vagaban solitarios, siendo objeto de desprecios, burlas y maltratos.
En 1656, un edicto en Francia estableció asilos para insanos, cuyos directores estaban autorizados para detener personas indefinidamente, y en los cuales se llegó a encerrar enfermos mentales junto con indigentes, huérfanos, prostitutas, homosexuales, ancianos y enfermos crónicos, a lo que se sumaba que debían soportar los inhumanos tratamientos: eméticos, purgantes, sangrías y torturas.
Alrededor de 1800 comienza en Francia la Psiquiatría Científica, con la obra del médico y reformador francés Philippe Pinel (1745-1826).
Su contribución fundamental fue cambiar la actitud de la sociedad hacia los enfermos mentales para que sean considerados como seres humanos merecedores de un tratamiento médico.
A cargo de la Bicêtre, liberó a los pacientes de sus cadenas en 1793; dos años después hizo lo mismo en la Salpêtrière.
Pinel llamó a su labor "tratamiento moral", y muchos de sus principios conservan su valor hasta hoy.
En su obra ¨Tratado de la Insanía¨ (1801), clasificó las enfermedades mentales en cuatro tipos: manía, melancolía, idiocia y demencia, explicando su origen por la herencia y las influencias ambientales.
Con la obra de Pinel y sus seguidores, como Esquirol, la psiquiatría se libera de las interpretaciones demonológicas y se sustituye la especulación por la observación empírica, originándose así la Segunda Revolución Psiquiátrica.
Concepción Romántica
Esquirol (1782-1840), discípulo de Pinel, fue el psiquiatra más influyente de esta época.
Continuador de la terapia moral, consideraba al asilo como el arma más poderosa contra la enfermedad mental, siendo autor de una ley, en 1838, que estableció la construcción de un asilo en cada departamento de Francia.
En su libro ¨Enfermedades mentales: un tratado de insanía¨ (1838), acuñó el término "alucinación", que diferenció de la ilusión.
Además, clasificó las insanías en "monomanía" (insanías parciales, como la paranoia) y "manía general" (similar al delirium); a la monomanía asociada con depresión la llamó "lipemanía".
Inauguró el primer curso de psiquiatría.
Entre sus principales seguidores tenemos a Jean Pierre Falret (1794-1870) y Jules Baillarger (1809-1890), que describieron la "insanía circular", y Jacques Joseph Moreau de Tours (1804-1884), que fue el primero en describir un cuadro psicótico inducido por una droga (el hashish).
El cirujano inglés James Braid (1795-1860) descubrió que los estados de trance no son por magia ni magnetismo, sino por exceso de fatiga muscular debida a prolongados periodos de concentración, acuñando el término "hipnosis".
Este procedimiento lo utilizó en cirugía para disminuir el dolor.
El neurólogo francés Jean Martin Charcot (1825-1893) diferenció entre las pacientes con lesiones orgánicas y aquéllas cuyos síntomas eran de origen psicológico o "histérico".
Fue también el primero en estudiar la función del trauma psicológico en el origen de la histeria, suponiendo que los recuerdos traumáticos se almacenan en el inconsciente, separados de la conciencia, y dan lugar a los síntomas físicos.
Otros autores importantes de esta época fueron: Johann Reil (1759-1813), alemán, creador de la psicoterapia racional, fundador de la primera revista psiquiátrica y fue también el primero en utilizar la palabra "psiquiatría"; Benjamin Rush (1745-1813), reconocido como el "padre de la psiquiatría norteamericana"; Joseph Adams (1756-1818), inglés, sostuvo que se hereda la susceptibilidad a la enfermedad y no la enfermedad en sí, con lo cual permitió pensar en prevención y curación; Johann Christian Heinroth (1773-1843), alemán, el primero en utilizar el término "psicosomático"; James Cowles Pritchard (1786-1848), inglés, dijo que la actitud antisocial es una forma de enfermedad mental, describiendo lo que luego se denominó psicopatía; Wilhem Griesinger (1817-1868), alemán, proclamó que las enfermedades mentales son patologías cerebrales; Carl Wernicke (1848-1905), alemán, seguidor de Griesinger, intentó localizar fenómenos psiquiátricos en estructuras cerebrales; Walter Cooper Dendy (1794-1871), inglés, introdujo el término "psicoterapia", al que definió como prevención y remedio mediante influencia psíquica; John Conolly (1794-1866), inglés, en su obra ¨Tratamiento de la insanía sin restricciones mecánicas¨ (1856) insistió en la eliminación de los tratamientos coercitivos; Daniel Hack Tuke (1827-1895), bisnieto de William Tuke, fue autor, junto con John Charles Bucknill (1817-1895), del primer texto completo de psiquiatría.
Concepción Positivista
En esta época es donde comienza la decadencia de la psiquiatría francesa con la "teoría de la degeneración" de Morel (1809-1873), quién en su ¨Tratado de enfermedades mentales¨ (1860) postuló que algunas enfermedades mentales podían heredarse de padres con afecciones similares y que la predisposición podía sufrir una activación lenta hasta convertirse en una enfermedad debido a transmisión vertical repetida o bien a una activación repentina por eventos externos (como traumas sociales, alcoholismo o infecciones).
Introdujo la denominación de "demencia precoz" para referirse a la actual esquizofrenia.
Otros exponentes de esta teoría fueron: Valentin Magnan (1835-1916), francés, uno de sus iniciadores; Richard von Krafft-Ebing (1840-1902), alemán, en su obra ¨Psicopatía sexual¨ (1886) describió varios casos de perversiones sexuales y los atribuyó a degeneración, siendo considerado como el fundador de la sexología; Cesare Lombroso (1836-1909), italiano, autor de ¨El hombre delincuente¨ (1876) y ¨La mujer delincuente¨ (1893), sostuvo que la criminalidad representa un fenómeno biológico producto de la degeneración, identificable a partir de la fisonomía, induciendo la creación de una escuela de antropología criminal, de donde se desarrolló la criminología.
A mediados del siglo XIX ocurre la Tercera Revolución Psiquiátrica, con las concepciones de Kraepelin (1856-1926): ¨Hay que acercarse al lecho del enfermo y observarlo¨, y de S.
Freud (1856-1939): ¨Hay que escuchar al enfermo y comprenderlo¨.
Así Kraepelin valoró especialmente la investigación clínica, por sobre la especulación teórica y la anatomía patológica, dando especial valor al estudio del curso completo de la enfermedad.
Y Freud, por su parte, descubre que el ser humano tiene algo más que la mente conciente, creando en 1896 el "psicoanálisis" para referirse a su técnica de asociaciones libres e interpretación de sueños con el propósito de traer a la conciencia los recuerdos traumáticos del pasado almacenados en el inconsciente.
Fue el creador también de la teoría de la personalidad y describió los mecanismos mentales de defensa del yo.
Capítulo II: Michel Foucault, un hito en la conceptualización de la locura
Michel Foucault nace el 15 de Octubre de 1926 en Poitiers.
Dentro de su extenso y variado campo de estudio, se destacan: su Licenciatura en Filosofía (1948) y en Psicología (1949); su trabajo como Asistente en la Universidad de Upsala (1952) y en la Facultad de Letras de la Universidad de Lille (1955-8); y además, el dictado de distintos cursos y conferencias sobre temas que representan la base de sus obras: locura, enfermedad, criminalidad, sexualidad pervertida; de las cuales se desprenden ¨El nacimiento de la clínica¨ (1966), ¨Las palabras y las cosas¨ (1975), ¨Vigilar y castigar¨ (1977), ¨Historia de la locura en la Epoca Clasica¨ (1979), ¨Historia de la Sexualidad¨ (tomos I -1985-, II -1986- y III -1987-), entre otras.
En su trabajo ¨Historia de la locura en la Epoca Clásica¨, Foucault realiza una descripción de los procedimientos empleados en los asilos primitivos: la noción de locura funciona a lo largo de todo el libro para sugerir una fusión de lo súper y lo infrahumano; evoca aquellos poderes mitológicos de una naturaleza indomada.
Si hasta el Renacimiento la locura había funcionado como ¨el signo de otro mundo¨, para la conciencia de la Edad Clásica, argumenta Foucault, ella ¨revelaba una libertad rugiendo en las formas monstruosas de la animalidad¨7.
Sin embargo, la postura de Foucault no intenta ignorar la noción de racionalidad y, menos aún, de verdad.
Intenta, simplemente, señalar que la razón y la verdad no son sustancias eternas y trascendentes, sino construcciones históricas e inmanentes.
No se trata tampoco de defender la irracionalidad, ya que sin parámetros racionales ni siquiera podríamos comprendernos; sin algunos acuerdos básicos, las sociedades no serían posibles.
Pero no se debe olvidar que existieron sociedades cuyo principio de orden no fue la razón sino, por ejemplo, lo mítico religioso.8
De esta forma podemos establecer que, al no existir verdad inamovible que persista a través del tiempo, las prácticas sociales de una época determinada generan saberes considerados sólidos, serios, confiables.
En ¨La arqueología del saber¨ (México, Siglo XXI, 1991), Foucault establece que el saber está constituido por dos formas el ver y el decir; dos formas que no guardan entre sí una correspondencia unívoca pero de la interacción entre ambas surge el saber de una época determinada: es debido a ello, como en distintas épocas históricas se ¨ve¨ de distintas maneras y ¨se¨ dicen diferentes cosas ante referentes que, en sí mismos, permanecen iguales.
A su vez, en la concepción foucaultiana, no hay saber que se sostenga si no está avalado por un algún dispositivo de poder: ¨No hay saber sin poder¨, lo que no significa que el saber es poder (o viceversa).
Los saberes, por más verídicos que sean, no triunfan, no obtienen reconocimiento público si les falta poder.
Y por su parte, los poderes necesitan saberes para sostenerse.
El saber, entonces, es una interacción entre dos formas (el ver y el decir), pero es considerado una relación de fuerzas.
De todos modos, es importante aclarar que, quien posee poder, no puede imponer cualquier cosa como saber.
Para que algo sea considerado verdadero debe responder a las expectativas, es decir, al imaginario social de una época histórica, o ser lo suficientemente creativo para producir un cambio en dicho imaginario.
Finalmente, cuando no hay poderes que sostengan un saber, ese saber no se impone.
Por otra parte, es necesario hacer mención a algunos aspectos desarrollados por Foucault en ¨Vigilar y castigar: el nacimiento de la prisión¨ (Madrid, Siglo XXI, 1992) ya que permiten hacer alusión a puntos que se vinculan con el tema investigado.
En 1972, Foucault visita la prisión de Ática, Estado de Nueva York y relata:
¨Hasta entonces había imaginado la exclusión de la sociedad como una especia de función general, algo abstracta; traté de esquematizar esa función como constitutiva, de alguna manera, de la sociedad, considerando que cada sociedad es capaz de funcionar sólo con la condición de que cierto número de gente sea excluido de ella.
La sociología tradicional (...) presentaba el problema de esta manera: ¿Cómo puede la sociedad mantener juntos a los individuos?.
(...) a mi me interesaba un problema casi opuesto: ¿a través de qué sistema de confinamiento, mediante la eliminación de quiénes, creando qué división, qué juego de negación y rechazo, puede la sociedad comenzar a funcionar?9
Para Foucault, la prisión como medio de castigo representa un estadio en el proceso de normalización de los individuos, necesaria para el gobierno de los procesos vitales.
Investigar la línea divisoria entre lo ¨normal¨ y lo ¨anormal¨ es crucial en una organización social dedicada a administrar la vida.
Es así como se establece que el encierro crea la posibilidad de observar las conductas humanas y que la observación permitió estipular normas, es decir, reglas de comportamiento para cumplir con las finalidades que llevan a la reclusión.
En el caso de los psiquiátricos, el fin es separar al paciente de la comunidad, debido a que no se ajusta a la realidad social, los pensamientos e ideologías reinantes y a las formas de vida que se desarrollan