...
Y EN EL COMIENZO ERA EL HAMBRE :
1º MOVIMIENTO
«...y en el comienzo era el hambre»
En la dimensión paradisíaca del Edén, si no fuera la presencia de un acto dietético, el hombre no conocería los rincones de la tierra, en los moldes descriptos en la expulsión de la pareja primogénita de los límites del Paraíso.
La referencia explícita en los comienzos de la creación, presente en la expresión «...
Y en el comienzo era el verbo», alcanza una consistencia de Ley, a partir del momento que el Creador indica la existencia, en el centro del Paraíso, de un árbol de la ciencia del bien y del mal.
Significa decir que la armonía de la pareja primera no seria viable, si en un determinado momento el saber no hubiera sido mediatizado por una dieta que quedó conocida como la ingesta del fruto prohibido.
Los cuerpos que habitaban y que parecía un sinsentido, pasan a ser revestidos con las hojas del árbol prohibido, exhibiendo un trazo de humanización traducido por la vergüenza relacionada con las partes ignominiosas.
Con ello, comienza una estrecha relación entre el verbo y el hambre.
Se deduce la hipótesis que el verbo para poder imperar en aquel que nace para ocupar el lugar del hombre, operará la travesía del mandato desde una sensación primitiva, bruta, que conocemos por el hambre.
Sin embargo, el verbo adquiere fuerza en la dimensión del hombre, cuándo el hambre encuentra un paradigma similar al saber.
Es ese el primer punto de nuestra construcción de trabajo, que se vuelve importante en la tarea de mostrar que la necesidad de comer cede espacio a una otra cosa distinta, a algo que se equipara a la voluntad de saber.
Hemos de traspasar esta barrera y buscar un paso importante en la construcción de un lugar subjetivo, con lo cual el hombre se enfrenta, como condición esencial para su humanización.
Aliada a la premisa de que el hambre sufre una torsión en el principio del mito de la creación, aparece un otro apoyo, oriundo de la noción de construcción de un saber, representado por la posibilidad del hombre definirse por un movimiento de sexuación.
De esa forma, el hambre, el saber y la sexualidad, aparecen como tres dimensiones que desencadenan una posibilidad de humanización que demarca una diferencia respecto a la vida existente hasta entonces.
Desde punto de vista dietético, podemos preguntar: ¿cuál el primer conocimiento que ocurre tras la ingesta del fruto prohibido? La respuesta puede ser constatada en el Génesis 3,7, en el momento que Adán y Eva abrieron los ojos y se vieron desnudos.
Esa parece ser la propia constatación de la presencia de la sexualidad en el hombre.
Una primera referencia a la existencia del hombre y de la mujer, a través de la ocupación del lugar de lo masculino y de lo femenino.
Es el momento preciso en que los cuerpos, afectados por un sentido de masculinidad y feminidad, comienzan a exhibir una sensualidad.
Es una invitación al terreno del deseo, es decir, es el momento en que, por primera vez en el mito de la creación del hombre, se declara la presencia del erotismo.
Esa capacidad de percibir lo que antes era imposible, aparece en la narrativa del Génesis con el título de «La tentación de Eva», representando la serpiente, como la protagonista de la acción, una especie de mentora del desarrollo enigmático de la trama.
Es ella un personaje que tienta a la pareja, representando a la vez, la condición de acceso al saber; una forma de promesa de discernimiento que vendría tras la ingesta del fruto prohibido y que aparece con un cambio significativo de la percepción del hombre sobre las cosas, considerando que antes no existía diferencia entre el hombre y todo lo demás.
Encontramos aún, como una referencia a la sexualidad y al Paraíso, el dato que la sexualidad pasa, obligatoriamente, por la construcción de un saber.
Antes, existían dos seres a los que el Creador bautizó de macho y hembra, pero, sin encadenarse a un erotismo.
Así, el erotismo, además de aparecer tras la desobediencia de una Ley, se muestra como algo derivado del juego formalizado entre los miembros de la pareja.
Un juego que enlaza la acción de comerse el fruto del árbol prohibido, que fuera presentada por el Señor como un límite a la inconmensurable posesión paradisíaca, y la figura de la serpiente, que irrumpe simbólicamente como el cuarto personaje y que proporciona el desarrollo de la acción cargada de erotismo, en el espacio sin sexualidad, que conocemos como el Edén.
La ley, el bien, el mal, el saber, el juego y el erotismo, aparecen como los principales elementos que destacamos del libro del Génesis, para la construcción del concepto de sexualidad.
Los otros dos momentos importantes a tenerse en cuenta son el antes y el después de la acción que concluye con la sexuación de los cuerpos de Adán y Eva.
De los análisis realizados hasta ahora, podemos deducir que antes de la sexuación de los cuerpos de la pareja primogénita, existían la ley y la referencia del bien y del mal.
En contrapartida, el erotismo se funda cuando trasgrede la primera etapa y surge el saber que la serpiente utiliza como una forma de acceder a la sapiencia divina.
¿Qué tipo de Paraíso caracteriza la existencia del Edén, antes de la sexuación de los primogénitos? El Edén, además de sus encantos, es el sitio en que prevalecía una especie de relajación de las tareas arduas, y tuvo que encarar tras su caída en la tierra.
Por el derecho de disfrutar de todo a su alrededor, menos del fruto del árbol del bien y del mal, y de la mujer generada a partir de su existencia, el hombre pasa a identificar una faceta tremendamente aburrida, motivo que provocó el desarrollo de la trama del segundo acto de la historia del Paraíso.
Es como si en esa extrema bondad que el Creador ofrece, que hizo desaparecer el esfuerzo de la supervivencia del hombre en El Paraíso, existiera paralelamente un Paraíso del tedio, en la medida que en su generosa oferta, la mujer aún en forma de materia bruta, era semejante a todo lo demás, incluyendo una semejanza al propio Adán, pues no la percibía desnuda.
Con ello, emerge el tedio o la apatía típica de la ausencia de alteridad.
Podemos señalar ese primer momento de la vida del hombre y de la mujer, como la cúspide de la apatía generada por la mismidad que el Edén imprimía a los primogénitos, ubicados en el Jardín para dominar a las demás especies.
Sin embargo, ¿cómo dominar a lo mismo? Se les faltaban recursos para que pudiera cumplir el mandato divino.
Fue dentro de ese universo de la mismidad que el Creador puso a la disposición de Adán y Eva, elementos para que el proyecto de humanización fuera llevado a cabo, es decir, mediante la ruptura de esa perfección insoportable.
Los elementos que aparecen ahora son: la ley, la referencia dicotómica del bien y del mal y, finalmente, el índice de un saber que el Creador sugiere a la pareja, cuando funda una vía para que el hombre rompa con la mismidad.
La importancia de la diferencia entre la mismidad y la alteridad, surge como un punto de inflexión destacable y más significativa en la comprensión de la eclosión de la sexualidad, cuando aparece bajo la forma de percepción erótica y sensual que Adán y Eva experimentaron, tras la acción que realizaron, cargada de una impresión dietética.
El acto dietético, representado por la ingesta del fruto prohibido, trae consigo una serie de trazos que caracterizan los vicios humanos: la vergüenza, la envidia, la gula, o sea, aquello que entre tantos adjetivos, nos acerca de los siete pecados capitales.
Para que se desarrolle ese acto es necesario destacar la presencia invariable de la trasgresión dentro del espacio de humanización de la pareja primogénita.
Sin ella, nada hubiera existido.
Eso implica en admitir que el proyecto de humanización realizado dentro de los muros del Edén, demuestra una dimensión fallida, pues la conciliación entre la pareja y las demás especies se hizo imposible.
Aunque hubiera sido creado para dominar, la proximidad armónica que prevalecía en el Paraíso promueve una tremenda confusión entre los seres, exigiendo un acto fundante que invente el proceso de diferenciación entre las especies y, sobre todo, del hombre respecto a su semejante.
La ley funciona como reparo frente a la idea de que, a pesar de la mujer haber sido creada a partir del hombre, el Creador no se hacia disponible todos los días para ejercer la tarea de soplar en los tabiques nasales de su descendiente, ni tampoco le correspondía extraer, continuadamente, la criatura mujer de las costillas del hombre.
El reparo que se instaura, colma con el aparecimiento de una sexuación, abre una vía hacia la reproducción humana y transforma un trabajo de artesanía del Creador en la posibilidad de multiplicación del hombre.
Con ese cambio, que resulta en el proceso de reproducción sexuada, se vuelve más fácil cumplir con el mandato divino de crecer y multiplicar la especie humana.
Una posibilidad que se viabilizó mediante la creación de una ley abierta a la trasgresión.
Una trasgresión que fue mediatizada por la vía dietética, simbolizada en un árbol dicotómico, fundador de una división sobre la armonía del Paraíso y sobre el hombre.
Una división que lanzó el hombre en un lugar; un malugar, es decir, un conflicto.
Las consecuencias por ocupar ese lugar, propiciado por un movimiento dietético, implica deducir que el proceso de sexuación se encuentra representado allí como una derivación de un mal encuentro.
Desencontrarse de la aburrida condición armoniosa paradisíaca, implica ocultar el mal encuentro de la sexuación, el placer, el displacer, el sufrimiento, el trabajo, la duda.
Esas condiciones, ahora inherentes al hombre, le reclaman una respuesta que le permita soportar y conducirse con los límites de su nueva condición.
Esta nueva condición con la que ha de enfrentarse y que repercute en su condición de humanizado, reclama un soporte a la sexualidad, es decir, ¿cómo llevar adelante esa nueva condición de malestar si no se inventa un soporte? De esa manera la sexualidad, como un malestar, indica una respuesta que incide sobre la morada que el hombre pasó a vivir.
Responder a esa morada es una tarea posible cuando se piensa una articulación realizada por la vía de las creaciones fantasma ticas que el hombre engendra.
Creaciones fantasma ticas que significan una forma lúdica que el hombre construye como respuesta a lo insoportable hábitat de la sexuación.
Esa respuesta lúdica hacia la condición de malestar, se configura como una salida artística, recreadora, en fin, una vía que el hombre articula por la esfera del juego.
Jugar con el mal, con un estado, con una condición, siempre en busca de un soporte.
Si el juego de nuestra pareja se presenta como una condición de alteridad, su implicación es entendida a través de la multiplicidad.
Jugar con el otro, tras la constatación de que no mas existe armonía similar a la mismidad, que aniquila la construcción fantasma tica.
Como condición humana, el juego aparece en el espacio dicotómico.
Y ello implica un gran esfuerzo para comprenderse que es precisamente en el espacio creado por la trasgresión y que se instala en un malestar, donde podemos imaginar la presencia del juego.
Así, si la nueva condición que humaniza lo que antes era armónico, demuestra la presencia de una sexuación, se concluye que el juego se monta sobre dicho espacio.
Jugar con ese lugar implica, por lo tanto, valerse de Eros.
Erotizar ese estado de malestar, emerge como la primera condición de soporte simbólico de la sexuación como un lugar de morada.
De esa forma, el erotismo aparece como una condición venida del estado anterior a la humanización.
Significa decir que en el Paraíso no había lugar para Eros.
El erotismo no se instaura bajo el mando de la armonía, sino que aparece como una creación, una forma de respuesta construida por el hombre en su condición de artífice de salidas sobre el malestar.
En esa línea es válida la hipótesis de que no hay posibilidad de existencia de sexualidad en el Paraíso.
Allí, por cultivarse el estado de la mismidad, se reserva a los que no viven en sus dependencias, la posibilidad de los encantos sensuales y eróticos, cuando no registra ningún tipo de alteridad.
En la mismidad que domina, tampoco hay la posibilidad de existencia del placer, pues la vida monótona que caracterizaba al Paraíso no permite la existencia del displacer, es decir, ¿ como señalar la existencia del placer, si no existía el displacer como el contrapunto? Ese es un principio reconocible para los que abandonaron sus dependencias.
Cuando aparece un hombre ubicado en un malestar, derivado de un proceso de sexuación, es cuando podemos admitir la posibilidad de disfrute del placer.
Es aquí que algo pasa a existir mas allá de un principio del placer, que sostiene una meta referente a una salida del malestar.
El precio pagado por el hombre, inherente a su nueva condición humanizada, implica en la búsqueda por lo perdido; un movimiento que lo empuja a construir un saber sobre la felicidad.
En definitiva, no hay lugar para el hombre dentro del espacio delimitado por los muros del Paraíso, toda vez que no está reservado a los seres que no poseen la capacidad de elección.
A partir del momento que fue atravesado por dicha capacidad, prefiere pagar cualquier precio para salir del estado monótono existente en el Paraíso.
Ese primer movimiento dietético, ubicado en el mito de la creación, trae consigo su contrapunto.
El hombre que paga muy caro para trasladarse a la tierra, sometiéndose a la lógica de los pares de opuestos, es el mismo que nombra de paradisíaco a sus influjos de goce, cuando busca la felicidad.
Si la tierra es el espacio que posibilita las experiencias contradictorias, descompletas, parcializadas y que permite incluir el placer y el displacer, la vida y la muerte en el campo existencial del hombre, entonces cualquier asociación respecto a la construcción del saber sobre el árbol del bien y del mal, exhibe el deseo de reencontrarse con un placer que adquiera cualidades de totalidad, semejante a la hipótesis de armonía plena del Paraíso.
La felicidad se asemeja a esa hipótesis del Paraíso perdido.
Como una experiencia hipotética - la de que el hombre abandonó el Paraíso por no suportar la idea de un gasto igual a cero -, en contrapartida, alimenta una utopía de reencuentro con lo que, supuestamente, fuera perdido, por ser un consuelo a su condición de habitante del malestar.
Es ese un punto importante de nuestra construcción.
El hombre dietetizado con el fruto del saber del bien y del mal, pasa a exhibir trazos de la existencia, a través de los impulsos que dirige hacia las cosas que el Creador le enseñó.
La monotonía es el adjetivo que el hombre no sostiene en su existencia, cuando recibe la tarea de construir un saber sobre su nueva condición.
El saber que se despliega con la experiencia dietética de la ingesta del fruto prohibido, se presenta como la causa del fracaso del proyecto paradisíaco y, a la vez, se muestra como la gran meta utópica que cada sujeto intenta alcanzar, bajo los auspicios de la felicidad.
La felicidad, como suposición de reencuentro con el placer total, es la propia insistencia sobre la vertiente monótona del Paraíso.
Ella diferencia la experiencia dietética que el árbol del bien y del mal propició.
Es un intento de extradición a posteriori de lo que, nunca existiendo, articula la humanización del proyecto del hombre.
El hombre del placer total siempre estuvo muerto para nuestra realidad terrena, hecho que implica en una deducción lógica: el placer total se reserva a la dimensión de la muerte.
Para el hombre afirmarse como tal, se hizo necesario cometer una huída de la monotonía del Paraíso.
Una salida de los reinos de los muertos; lugar de lo armónico, hacia la tierra, lugar de la sensualidad y del erotismo, proporcionado por la alteridad.
El lugar del placer y del displacer pasa a existir, sin cualquier posibilidad de eliminación de su presencia, al menos que el hombre se depare con la muerte.
En definitiva, el Paraíso se reserva a los muertos, mientras la tierra se destina a los vivos y, a estos se reservan pequeños influjos paradisíacos, incompletos, siempre que al disfrutar del placer, se acercan al máximo del.
Eso si tenemos en cuenta el hecho de que las tensiones que soportan disminuyen a un punto máximo, cuando disfruta de dichas cualidades.
El sujeto, al no morirse durante una experiencia de placer, disminuye sus tensiones a un nivel muy pequeño, que le hace pensar en la hipótesis de reencuentro con el Paraíso.
Así, es comprensible cuando uno experimenta algo que dice haber sido del orden de lo paradisíaco.
Lo que se revela a partir de esa dinámica de la ingesta del fruto prohibido es que los movimientos que el hombre realiza hacia la comprensión de su existencia, quedan directamente ligados a la dietética.
Habría que pensar el hombre, no más mediante las dietas concretas, sino a partir de los límites fundados con la parcialidad.
Se funda en ese espacio de humanización promovida por la parcialidad, una dimensión ética que la dietética ostenta.
Ese movimiento dietético demuestra la verdadera referencia ética del sujeto, en la medida que admite la emergencia de una sexuación, a través de la presencia de una Ley.
Así, la sexuación se relaciona con la cadena que se construye como suplemento a la monotonía reinante dentro de los límites del Paraíso.
La mayor de las lecciones éticas que se puede extraer de la experiencia del Génesis, a través de la óptica de la sexuación, es que entre el supuesto placer paradisíaco monótono y la realidad terrena sensual y erótica, existe una ruptura que ningún saber puede dar cuenta.
Ese será un lugar inherente al malestar.
2º MOVIMIENTO
«...
y en el comienzo era el verbo»
El segundo movimiento que la dietética impone a la existencia del hombre sometido al lugar del malestar, típico de quien perdió la convivencia con la soportabilidad de una armonía predominante, indica algo que el hombre puede recuperar como un posible índice reductor de malestar.
Si se hizo presente una demanda de construcción de saber a partir de la sexuación, el segundo movimiento es aquel que atiende a un ideal de justa medida en relación a los objetos que son convocados para eliminar la transparencia del mal que el malestar introduce.
Cualquier objeto puede servir ahora a una dupla dimensión de cura y/o veneno.
No hay mis plenitudes viables, desde que el hombre fue lanzado en los rincones de la tierra.
Como ocupante de un malestado, el hombre ensayará salidas alternativas con vistas un regreso a la morada paradisíaca perdida.
Es así que un gran paso es dado con el intento de construir una respuesta a ese malestar, cuando se piensa en la invención del Pharmakon, como algo del orden de lo imposible de ser definido como referencia al bálsamo o veneno.
Nuestro Creador es aquél que, imbuido en hacer valer la premisa de que «...y en el comienzo era el verbo», se enfrenta con la invención de la escritura.
El Padre del verbo, rechaza la invención del hijo al decir que si la escritura fue inventada objetivando el alcance de la memoria y de la instrucción, los efectos recogidos serán contrarios porque el acento cargará los aspectos externos de la memoria, es decir, una rememoración, distinta de los objetivos internos de la memoria del Padre.
Con eso, el Pharmakon encarna una referencia a la dietética, bajo la forma de escritura, evocando una connotación moral.
Derrida dice que es la moral que está en juego tanto en el sentido de oposición del bien y del mal, del bueno y del malo, cuanto en el sentido de las costumbres, de la moralidad pública y de las conveniencias sociales.
Se trata de saber lo que se hace o no.
Esa inquietud moral no se distingue de ningún modo de la cuestión de la verdad, de la memoria y de la dialéctica (op.
cit., p.
17).
Todo converge hacia la pregunta sobre la conveniencia de la escritura.
Eso, abre una nueva perspectiva sobre la creación del hombre y su hábitat cultural del malestar.
El hombre tirado en los rincones de la tierra y sometido al malestar, tiene que crear ahora una forma de registro de la memoria, con la finalidad de pasar sus impresiones al prójimo.
Theut es considerado en la mitología egipcia como el Padre del juego y de la escritura.
En su invención, los caracteres de la escritura tenían la finalidad de aprehender un aspecto importante en la tarea de significación de la existencia humana o en la articulación de la cultura humanizada, es decir, el papel de perpetuar lo memorable.
Ese segundo movimiento de la dietética se dirige hacia los que se ubican entre los espacios del bien y del mal y que están preocupados en alcanzar la memoria que le faculte el acceso a la felicidad.
Como habitante del lado humanizado, quien persigue tal meta mediante la escritura, se lo va a identificar como una medicina/veneno frente a los olvidos.
Ese fue el artificio de Theut creado para hacer frente a la desmerorización del hombre.
El Padre, Thamous o Amón, por no necesitar de registros, condena la invención de la escritura.
Sin embargo, tal y cual en el mito de la creación, en que surge un artificio relacionado al saber del Creador, se presenta aquí una técnica a los que, por no ser Padre, pretendían acceder a la memoria.
Es así que en el Pharmakon se hace presente una cierta medida de subversión del lugar del Padre, como el que detiene el saber, mediante la memoria.
En el Pharmakon, se presenta un deseo muy fuerte de matar aquel que se basta con el verbo.
Hay un deseo parricida que se muestra en la escritura y que hizo Derrida preguntarse si el Pharmakon no seria un criminoso o un regalo envenenado, identificado en la ofrenda de la escritura al Padre, como algo que permitía acceder su memoria.
El segundo movimiento dietético anuncia, sabiamente, que el intento de matar el Padre resulta en algo que vivifica al hijo y mantiene la referencia al Padre.
El Padre es indicio de un bien, una metáfora económica de un capital, de una deuda que el hijo se hizo.
Es esa deuda que entra en la economía del movimiento dietético que la escritura, en tanto Pharmakon, presenta como una medicina o veneno, en la tarea de rememorar lo que tan solo se permite el Padre.
Es el auténtico movimiento dietético que justifica decir que «...
y en el comienzo era el verbo», cuya importancia reside en el hecho del hijo desear construir un saber que es propiedad del Padre, con fines de eliminar el olvido, a través de la perpetuación de la escritura.
De hecho, Derrida resalta, tras trabajar con las variantes de los hijos de Thamous, que ellos son tantos, cuantos sea necesarios para formalizar el juego de la escritura.
Pueden ser Theuth y Thoth.
Se confunden en si mismo, evocando la escritura y la medicina, forzando una apertura hacia el Pharmakon, como posible droga o veneno.
El dios de la escritura es, pues, un dios de la medicina.
De la medicina: a la vez ciencia y droga oculta.
De las medicinas y del veneno.
El dios de la escritura es el dios del Pharmakon.
Es la escritura como Pharmakon que el hijo presenta al rey del Fedro, con una humildad inquietante y como un reto. (op.
cit.
p.
38).
Ahora, podemos retomar el primer movimiento de la dietética en el Libro del Génesis y señalar que a partir de la eliminación de lo armónico insoportable y con la implantación de las ranuras dicotómicas, se percibe en el 2º movimiento, un empuje hacia las alternativas de construcción de sentido que el hombre detecta como una respuesta a su estado de penuria o malestar a que está sometido en la tierra.
Significa decir que, en su estado de humanización, el hombre hay de trabajar arduamente como habitante de la morada existencial.
Es con ese desarrollo que surge innumerables posibilidades combinatorias de sentido a la existencia humana.
Es el nuevo precio que la dietética, en su otra versión, impone al hombre mediante la escritura.
Una dieta de signos, una comilona de letras, que provoca la articulación de sentido a la memoria del Padre.
La dietética, en el 2º movimiento de la creación del hombre, deja entrever que fiarse en el discurso implica en caer otra vez en la insoportabilidad del saber que el Padre insinuó.
Como consuelo, la escritura aparece a los humanizados como un índice a sumar.
Y Thoth, además de ser el inventor de la escritura y del juego, creó el número.
El malestar que se instala en el hombre, como causa de la imposibilidad de hacerse dios, desvela la existencia de un significante que se eterniza en una cadena combinatoria.
Sin embargo, hay una actitud de Amón, semejante a la desaprobación del Creador en el Edén, cuando manifiesta su desencanto con la invención del hijo.
Para Amón, la técnica de la escritura va a relajar el poder de lo que se dice, y, reprochando la osadía del invento que pretendía acercar el hijo de su omnisciencia, proclama un pronóstico de que el hombre, pese a su nueva invención, pagará un precio muy alto por acceder al saber de su propia existencia.
Un precio que no se relaciona solo con la supervivencia de la manutención del cuerpo, sino que mediante la lucha que el hombre va a establecer al intentar utilizar los signos creados con la escritura.
Además de la incesante lucha por una combinación significante, el hombre tiene que arreglarse con las incertidumbres que el saber construido con su invención, le someterá, pues hay una variación muy grande de sentido, proporcional al fin y a los objetivos que cada hombre establece en su vida.
Así, el hombre crea la escritura bajo los auspicios de un auténtico acto dietético, en que el hijo, además de intentar acceder al verbo paterno, se depara con un mimetismo del orden del significante que cura y mata, a través del sentido construido.
Eso va depender de como cada un estableció su relación con el acceso al saber paterno.
En este sentido, la escritura ahora es una medicina y va trabajar dentro de la dimensión de exceso, de la falta, del gasto desmedido, de la muerte y del renacimiento.
El segundo movimiento de la dietética en la creación del hombre, destaca otra dimensión ética dentro del espacio de humanización.
El sentido de combinación jeroglífica sugiere algo que se ubica mas allá del registro.
Ese dato implica que al leer lo que fue dicho, el sentido extraído de una lectura, sitúa el hombre en el lugar que él significa.
Como consecuencia, las decisiones que el hombre procesa, lo ratifica en el lugar del sujeto del malestar.
En el segundo movimiento, no más se come del fruto prohibido en los moldes alegóricos del Paraíso.
Ahora, el centro del Paraíso indica que no hay una ingesta tan objetivada, como en el primer movimiento, pues, el hijo se presenta con una invención, cuyos efectos van afectar a todos sus actos.
Si en el Edén lo insoportable fue lo armónico, en el mundo de la memoria, lo insostenible será el olvido.
La escritura es el artificio que faculta al hombre la rememoración de lo que un día fue anunciado.
De esa manera aparece un otro aspecto demasiado humano.
El verbo en su condición de locución es muy aburrido.
Algo tiene que ser elaborado sobre la esfera de lo que se oye, como una condición de acceso a lo prohibido.
Cuando el hombre experimenta la combinación jeroglífica, emerge una otra referencia que habita los espacios de lo engañoso y de la certeza, es decir, dos categoias que evocan la interpretación sobre lo que el Padre dijo, cuando esté ausente.
Es así que surge una otra dimensión ética ubicada en el espacio de la creación del hombre a través de la escritura.
La cuestión ética se instala en los interdictos, en consecuencia de la ruptura que se opera sobre la armonía de lo que fue dicho por el Padre.
Es ese el malestar que se instaura en la dimensión del hombre que crea los registros.
Con ello, se abre un espacio que rompe con lo insoportable interlocutor que dice todo o que de cara a la posibilidad de interpretación, responde anticipándose al engaño.
En esa composición notamos la presencia de Thoth como el hijo-dios, el que congrega y desagrega letras y pharmacea.
Es así que el Pharmakon, escritura, droga y medicinas, no se define más como ni uno ni otro, pudiendo representar los extremos de la odisea humana.
Respecto a la promesa de felicidad, todo lo que ocupe el lugar de recuperación del discurso del Padre, señalara como un retorno viable.
Si en el Edén la promesa de lo menor esfuerzo, indicaba un movimiento dietético insoportable para el humanizado y a posteriori permanecía como índice del Paraíso perdido, en el mundo del verbo, cualquiera interpretación permitida por la combinación de significantes y, sobre todo, que implique el hombre en la construcción de un saber, será sinónimo de felicidad.
Es algo semejante a la verdad.
Lo curioso es que a partir del segundo movimiento, las cosas, los objetos, pasan a tener fuerza de verdad, cuando afectados por la interpretación.
Así, las drogas se dejan atravesar por la escritura y se dejan prescribirse por un saber constituido, alcanzando el poder de cura y de veneno.
La medicina se presenta aquí como el arte dietético por excelencia.
El artífice, lugar ocupado por quien practica las artes médicas, prescribe regímenes y dietas al hombre con vistas al alcance de un cierto ideal perdido.
La salud es la gran meta que mueve el hombre hacia el Paraíso perdido, aunque lo que aparezca en las preocupaciones de la medicina sea el contrapunto de la enfermedad.
El Pharmakon prescrito puede alcanzar, conforme el objetivo del hombre, el lugar de cura o de veneno.
De la dieta de la escritura, bajo la forma de prescripción, a la dieta de la ingesta, el paso establecido es muy estrecho.
El sentido de la ingesta puede ser mortífero.
Aniquila, restablece, estimula, entristece.
La droga como promesa de felicidad, traducida en la trivialidad de la acreditado, alcanza un más allá del acto de la ingesta y proclama lo armónico de lo real del cuerpo, a través del reencuentro con el Padre de la memoria.
Un Padre que ejerce su memoria sin necesitar rememorar como el hijo; por eso ratifica la referencia de algo perdido.
De esa manera, la dietética es considerada en el movimiento de creación de la medicina, como la que yendo más allá de lo valores de la prescripción de la droga, alcanza los límites del arte de vivir.
Con eso se deflagra un movimiento ético que indica una referencia a la dieta como una categoría fundamental a través de la cual se puede pensar la conducta humana; ella caracteriza la manera por la que se conduce la propia existencia y, permite fijar un conjunto de reglas para la conducta.
(...) El régimen es todo un arte de vivir (Foucault, 1984, 92-93).
Como algo inherente a arte de vivir, que filtra las costumbres y la propia conducta humana, lo que aparece en ese segundo movimiento, abre espacio para el análisis de un otro movimiento ubicado en un mito que sugiere la reformulación de un dato que se presentó en el Paraíso, mediante la presencia del erotismo en cuanto juego.
3º MOVIMIENTO
«...y en el comienzo era el amor»
Nuestro Padre ahora no es más el Creador del universo; Aquél que tuvo de inventar el hombre a partir de la materia bruta.
Ese Padre, como hemos visto, encontró, mediante la institución de la prohibición, un movimiento dietético que colmó con la expulsión del hombre de la categoría de la mismidad.
Tampoco es el Padre de la memoria, aquél que condena la creación de la escritura, por su semejanza con Pharmakon, símbolo máximo de las dietas de las costumbres, del exceso y del gasto.
El Padre aquí es aquél que aplica sobre la humanización, algo que se sitúa más allá del hambre y del verbo, es decir, una referencia que se planta en la dimensión del amor, mediante la presencia de una ley.
Es un Padre que causa una diferencia a los hijos.
Opera una diferencia desde el lugar que ocupa en los rincones de la tierra.
Es un Padre humanizado, cargado de exceso y exhibidor de vicios que se dibuja por el lado del amor.
Es sobre el amor, bajo la forma de erotismo, que el tercer movimiento dietético hincará sus bases en la creación del hombre.
Los padres que le anteceden son distintos en dos aspectos: un que se caracteriza más allá del hambre y del amor, es decir, el verdadero Padre de la Unicidad, punto de derivación de las cosas y de la vida; el otro se diferencia por la condena a la escritura, en defensa de su memoria.
Nuestro padre ahora, el de la horda, se incluye en el índice de sexuación, cuando exibe un deseo erotizado en las relaciones de pose con las mujeres.
Es el Padre que posee a todas las mujeres y que potencia excepción.
Igual al Padre de la memoria, invoca un parricidio.
Por esa vía, funda la unicidad en la humanización, a través de la vertiente del deseo.
Es el Padre más reciente; es quien evoca aires de civilización.
Como mito fundante del hombre y creado en plena modernidad, es el que crea lazos mediante el sufrimiento y la culpa, pero distintos de los que exhiben Adán y Eva, traducidos por la vergüenza de la desnudez y de la sensualidad.
Ese Padre funda un movimiento dietético antropofágico, invita a la degustación de la carne y trabaja con la concupiscencia.
En ese movimiento, a pesar de parecer a nuestros ojos como el más brutal de todos, es donde se presenta, tal vez, una mayor sutileza, por incluir los dos anteriores y prestar cuentas de la dietética en la actualidad.
Sobre esa sutileza, dice Lacan en el Seminario VII, cuando comenta sobre La muerte de Dios: (...) para que algo del orden de la ley sea trasladado, es necesario que pase por el camino del drama primordial, que se articula en Tótem y Tabú (p.
213).
Esa sutileza, indica que en el movimiento dietético antropofágico se revela la presencia de la ley, es decir, algo estructurante de la existencia humana.
El hombre se estructura por la boca, podríamos decir, en la medida que al masticar los trozos del Padre asesinado, el sabor que resta de la rumiadura que impone al hijo un sentido al crimen, muestra, sutilmente, el lugar que pasa a ocupar en relación al Padre.
Será a partir de una comida totémica, que nada tenemos de cuestionar si fue real o no, donde la carne paterna fue usurpada y retirada de la relación real con todas las mujeres, que el hijo va potenciar un sentido para su propia carne.
Es aquí donde hay que situar como su propia carne va a temblar, arder y finalmente, padecer en el goce que el cuerpo experimenta.
Es en ese movimiento dietético, debido las implicaciones que el sentimiento de culpa imprime en el hombre, que el postre indica a los comensales otra lógica: al revés del primer plato servido como acceso al disfrute de la potencia del Padre, limita y deja implícito en la digestión, una interdicción.
El hombre ahora va prohibir aquello que se comió.
El 3º movimiento es sabio porque indica que la ley se articula con el amor.
La interdicción produce fantasmas, cuando el hijo produce sus salidas frente al goce limitado, a través de la ingestión totémica.
Las salidas posibles que el hijo encuentra para potenciar su existencia son retiradas del 3º movimiento.
En la articulación fantasmagórica, que se construye a posteriori, se presenta el juego erótico, como una característica del 1º movimiento, cuando el hombre condenado a trabajar para garantizar su supervivencia, mezcla juego y trabajo, en la tarea de soportar el acto.
Así, no existirían los actos sin una articulación fantasmagórica; y esa, a su vez, seria imposible en el caso que el amor no fomentase el cumplimiento de una promesa de felicidad.
Esa es la peculiaridad del 3º movimiento.
Si es en el amor que la promesa de felicidad se anuncia en la existencia del hombre, el malestar va a significar el principal punto del construto freudiano acerca del mito del Padre-poderoso, como una forma de articular el malestar en la cultura.
El amor mueve el mundo en la busca del hombre por la felicidad.
Es a través del amor que se mata, se aniquila...
Sin embargo, es a través del amor que el sujeto entra en contacto con el lugar que ocupa.
Aquí se revela que a cada encuentro del sujeto con el otro, el amor revela una interdicción, como esencia del malestar.
Y esa imposibilidad no quita al sujeto el deseo de invertir siempre en el otro.¿Por qué?
Porque insiste un mandato, un imperativo de goce que nace a partir del 3º movimiento dietético y que, après-coup, puede servir a un análisis sobre los otros movimientos anteriores.
El 3º movimiento deja explícito que el hombre prohibido del goce pleno, sale a su encuentro, encontrándose en cada intento, con el límite inscrito mediante la degustación del Padre.
La dieta que el Padre somete a los hijos indica que concomitante a ley, se percibe la presencia inexorable de un mandato hacia la trasgresión.
¿Para que trasgredir? Para sentir el sabor que la interdicción insinúa.
Así se dice del imperativo que indica un goce al sujeto.
Todo imperativo de encuentro con la felicidad somete el hijo a la fantasía de encontrar la condición exhibida por el Padre.
Podemos retomar el mito del Génesis, para mostrar el deseo que el hombre manifiesta en encontrarse otra vez con el acto dietético que le funda.
En cada acto del hombre limitado, se hace presente una reedición dietética.
Para elucidar esa cuestión comprendamos mejor el paso que se aplica entre la comida totémica y lo que se inscribe en el hombre, como consecuencia de ese acto.
Lo que se constata con la fundación de la ley instituida por el mito de la horda primitiva es que la prohibición de goce es estructurante para los movimientos del hombre en su vida.
Esa lógica encuentra en Freud un tratamiento estético, distinta de la estética de la existencia promulgada por los griegos.
La estética de la existencia, que aparece en el campo freudiano, evoca una economía que podemos situar en el 2º movimiento, cuando se coloca en juego la dimensión de la significación que la relación significante/significado representa para la vida del sujeto.
Lacan nos recuerda que la estética freudiana debe ser colocada en el punto de partida del problema, para tratar de articular sus consecuencias, en particular el papel de la idealización (op.
cit., 195).
Trabajar con la dimensión económica, desde la perspectiva del significante, es lo mismo que aplicar sobre la invención de la escritura.
Otra dimensión que no más se contenta con el argumento de que la humanización existe por el hecho del hombre trabaja con los signos.
La escritura a que nos referimos dispensa inclusive dicha invención, porque la mayor de las invenciones que abarca el acto de escribir, quedan fundados con el acto de la interdicción.
Si hay una interdicción, una prohibición, es porque algo pasa a funcionar a partir de una escritura que se inscribe en el hombre que busca equipararse no a la memoria de la sapiencia paterna, sino a la potencia exhibida por la capacidad brutal de acceso a las mujeres.
Ese Padre gozador, potente, que se supone ser el Padre de las erecciones, es quien inscribe, mediante la instancia de la letra, algo que ultrapasa las marcas jeroglíficas.
La escritura es importante, pero no más como una condición de hacerse hombre.
La prueba es que, quien intenta hacerlo a través de ella, sin la marca de la instancia de una letra que instaura el olvido, se confunde con los significados que el significante sugiere.
Aquí, si retomamos la cuestión de la estética, como una idealización presente en la creación humanizada, concluimos que el hombre mantiene con la estética una relación de falencia.
Como lugar de falencia, conectamos otra vez con el malestar.
Hay un movimiento del hombre hacia el encuentro con la felicidad que, a partir de una idealización ubicada en el lado de la formación del yo, aparece como algo inherente a la promesa de una unificación.
El yo, formado en la dimensión estética, lleva consigo una carga especular que exhibe una matriz ortopédica y una cadena de ideales como una condición que empuja el sujeto hacia una unificación deseada.
Sin embargo, es la matriz que por si descompleta y que empuja el hombre hacia el encuentro con la felicidad.
De hecho Lacan nos dice que la estética freudiana es una de las fases de la función de la ética (op.
cit., 195) y añade que es muy asombroso que no se discuta eso entre los psicoanalistas.
Destaca, finalmente, que esa cuestión, indica la presencia de das Ding como algo inasible para el sujeto.
Esa Cosa se hace presente en el espacio de falencia de todo ideal estético proyectado por el hombre, en cuanto una promesa de felicidad, e indica el estatuto ético del sujeto del psicoanálisis.
Uno de los aspectos de das Ding, marca de humanización del hombre e indicio de la presencia de la dietética en la vida del sujeto, apunta hacia el concepto de extraño.
Como extranjera a los planes de felicidad a ser concretado por el hombre, la imposibilidad de aprehensión de la Cosa demuestra también la imposibilidad de aprehensión del Otro absoluto.
El Otro es el propio objeto nostálgico para el sujeto; lo que le hará recordar el Paraíso como algo perdido, lleno de felicidad, aunque se sepa que en su pasado el sujeto siempre estuvo suplantado por una condición de malestar.
Aquí aparece una gran referencia dietética del hombre interceptado, como constestación a la ingestión del Padre de la horda primitiva.
Ese movimiento dietético dibujado entre la lucha por la felicidad y la constatación del malestar - denota, sobre todo, la presencia de una alucinación.
De hecho, la alucinación se presenta a lo largo de todo el desarrollo de la historia del hombre y de la humanidad.
Sirve para destacar inclusive momentos cruciales de la construcción de la episteme llevada a cabo por el hombre, en la tarea de articulación de su saber.
Como ejemplo, si tomamos al Quijote, como marco de ruptura con las similitudes del siglo XVI y como instauración de una otra forma de pensamiento, identificamos en la problemática cervantina la presencia de un acto alucinatorio, como índice de mudanzas de una era.
Respecto a la dietética, nos utilizamos de la referencia de la estética freudiana, para destacar en Lacan que el mundo de la percepción que Freud nos da es dependiente de esa alucinación fundamental, sin la que no existirá ninguna atención posible.
Si pensamos un poco sobre ese constructo, tenemos en Freud la base que le inspira trabajar los principios de realidad y del placer, mediante una experiencia dietética de la alucinación sobre el objeto pecho.
Por lo tanto, la presencia de la alucinación en la existencia del hombre es determinante y, sobre todo, de bases dietéticas, cuando se piensa la relación establecida entre la estética y la ética del sujeto.
Es así que la gran referencia de la ética presente en el 3º movimiento, demuestra que hay, a través de la dietética, una forma subjetiva, que el hombre moderno utiliza para insistir en su existencia.
Significa decir que la propia noción de inconsciente se ve afectada por la dietética.
El inconsciente es un constructo dietético, pues, si está estructurado como un lenguaje, y esa, a su vez se sitúa dentro de la dimensión de de los significantes, no hay como refutar esa tesis.
Esa es la presencia inexorable de la dietética, estudiada a partir de tres mitos importantes, por congregar tres movimientos que abarca el hambre, el verbo y el amor, como tres condiciones que lanzan el hombre sobre un lugar de malestar, exigiendo, por consiguiente, la articulación de salidas subjetivas, respecto a la ocupación de dicho lugar.
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Dirigida por JOSÉ ÁNGEL
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