Frances Tustin realizó un trabajo psicoterapéutico durante 30 años con niños autistas en los cuales le parecía probable que el autismo fuera predominantemente psicógeno.
No se había comprobado daño orgánico en ellos.
Según Tustin, la evidencia clínica repetida constantemente, indica que el niño autista que ella denomina psicógeno ha tomado conciencia de su separación corporal respecto de la madre demasiado pronto y demasiado súbitamente, antes que su aparato psíquico esté preparado para sobrellevar esta pérdida.
La percatación traumática de la separación se produce antes que la madre amamantadora y todo lo que esto supone, se haya consolidado como experiencia psíquica interna y antes que se haya desarrollado un sentimiento seguro de "continuidad-de-existir".
Entonces estos niños son asediados por terrores tan elementales como los de disgregarse, "caer en un abismo" (Winnicott), estrellarse, esparcirse, explotar.
Es una angustia pre-verbal, de naturaleza indescriptible, una angustia aniquilante, "angustia sin nombre".
El niño, para protegerse, desarrolla entonces reacciones autosensuales patológicas que nublan o niegan una conciencia angustiosa de separación corporal.
Pero pierde contacto con la realidad y su desarrollo psíquico queda detenido.
La madre que había sido experimentada como la parte del cuerpo del niño que da alivio, parece desaparecer de repente.
Los pacientes describen esto como una sensación de ser un pedazo de piedra desgajándose de la roca madre.
Han experimentado la pérdida en un tiempo en que la sensación lo era todo.
El niño experimenta la separación corporal respecto de la madre como haber quedado con un agujero.
En el desarrollo normal, las diferenciaciones e integraciones sensoriales básicas, particularmente entre sensaciones de duro y blando, aportan una infraestructura al sí-mismo naciente y permiten la transposición de experiencias sensoriales de una modalidad a otra.
Para el niño autista que carece de esta infraestructura básica, la conciencia de la madre "no-yo" incide de una forma que produce violencia al sí-mismo experimentado corporalmente.
En este estadio precoz, el malestar es dureza y aspereza, el confort es blandura y suavidad.
El niño experimenta un yo suave, vulnerable y blando y un no-yo duro y áspero que es malestar.
Tustin ha descubierto que las rabietas en los niños autistas es un signo de buen pronóstico puesto que indica que han hecho algún intento por integrar duro-blando.
El niño autista ha desarrollado objetos autistas duros y objetos confusionales blandos.
La delusión consiste en que los objetos duros bloquean el "agujero" e impide que las sustancias enemigas entren o salgan.
También son algo a lo que se pueden agarrar en momentos de peligro.
Tapa el agujero con objetos duros para proteger su cuerpo blando.
Siente que su supervivencia depende de su fijación a estos objetos duros, y, en esta fijación, siente que tanto sus ojos como sus manos están agarrando objetos.
Encerrados en este caparazón, estos niños son impenetrables a las influencias de la crianza y su desarrollo queda detenido.
Los objetos confusionales blandos parecen servir para envolver al niño y mantenerlo a salvo.
Siente que se funde con estos objetos y que ellos se han fundido con él.
De esa manera, la dura realidad exterior es borroneada y suavizada.
Se siente disperso y desparramado como nieve blanda.
Para el niño autista, estos objetos tienen valor de supervivencia pues parece que mantienen a raya la amenaza de "muerte" y lo compensan por el miembro que creen haber perdido, pero son un obstáculo para el desarrollo psicológico.
Sin embargo, debe respetarse la importancia que tienen para el niño hasta que su poder de mantenerlo esclavizado pueda disminuirse.
Es importante darse cuenta de la inhabilidad del niño autista para tolerar el hecho de la pérdida proviene de haber experimentado ese malestar angustioso acerca de la aparente pérdida de una parte de su propio cuerpo y no como la pérdida de la madre y su pecho.
Es esta situación lo que los ha llevado a la utilización obsesiva de objetos que se experimentan como partes del cuerpo.
El estado dominado por las sensaciones del niño autista es muy diferente del nuestro.
Viven en un mundo aprehendido globalmente.
Las modalidades sensoriales no están claramente diferenciadas.
Muchas veces el niño condensa el ver y el escuchar con el tacto, de manera que siente que los sonidos y lo que ve tocan su cuerpo.
Esto refiere a la naturaleza concreta de su experiencia.
Las palabras pueden ser objetos-sensaciones u objetos autistas.
(Ejemplo: la ecolalia) También el terapeuta puede ser utilizado como objeto autista si es indebidamente pasivo y maleable.
Cuando el niño comienza a echar de menos a su terapeuta, significa que se ha progresado en el tratamiento.
Hasta que eso ocurre, el niño lo reemplaza con objetos autistas.
Estos niños no pueden ser conscientes de necesidades anhelos o deseos porque tienen poco o ningún material psicológico que los ayude a soportar la frustración que estos sentimientos comportan.
En su lugar, los objetos autistas les sirven para evitar el suspenso de la espera.
Éstos le aportan una satisfacción casi instantánea e impiden la demora entre anticipación y realización, la cual, cuando el suspenso puede soportarse, conduce a actividades simbólicas como fantasías, recuerdos y pensamientos.
La no tolerancia a la frustración constituye un elemento crítico de la enfermedad del pequeño.
Según Bion, la tolerancia a la frustración provocada por el pecho ausente es crucial para la formación de una imagen mental de aquel, y ello pone en marcha la actividad mental.
La utilización patológica de determinados objetos perpetúa la falta de confianza básica del niño, porque le impide tener experiencias de que sus necesidades son satisfechas por otras personas que puede reconocer que están fuera de él.
Estos objetos lo ayudan a impedir la comprensión de la separación corporal y a estimular la falsa ilusión de que se evitan los asaltos del mundo exterior focalizando la atención en sensaciones corporales familiares.
Estos objetos son una barrera ante la realidad.
Sólo cuando el cuidado comprensivo logra penetrarlo, adquiere la capacidad de ir dejando de lado estos objetos.
Para algunos profesionales resulta incomprensible que un niño que tiene poca o ninguna capacidad para relacionarse y que con frecuencia parece vacío, puede evidenciar sentimientos angustiosos de pérdida.
Detrás de la aparente falta de temor, hay un terror tan grande que no puede ser expresado.
Para comprenderlo, debemos darnos cuenta de que su sentido de pérdida es muy diferente de nuestras propias experiencias emocionales de pérdida.
Él ha experimentado la pérdida en un tiempo en que la sensación lo era todo.
La separación de la madre significa para ellos la pérdida de partes del cuerpo, por lo general conectadas con la boca.
Esta experiencia es preverbal y preconceptual.
Los objetos autistas producen el engaño de una perfecta completud.
Una impresión sensorial que habían dado por sentada inconscientemente había desaparecido de pronto, asociándose con el advenimiento de un extraño "no yo" que le chocó y parecía dañarlo, y, como tal, fue experimentado como una presencia enemiga y siniestra.
Parece posible que las amenazas "no-yo" se combinen con el temor atávico a los depredadores de nuestro ancestro animal sobre el que han llamado la atención los etólogos.
Otros trabajadores de la salud mental confirman esta experiencia elemental de pérdida.
Michael Balint (1958) la llamó "la falta básica".
Edward Bibring (1953) la denominó "depresion primaria".
Margaret Mahler la describe como "pérdida del objeto de amor simbiótico."
Como lo han demostrado Bergman y Escalona, "el escudo materno" no ha resultado adecuado para algunos niños.
En una situación, una madre puede encontrar difícil "estar para" o empatizar con su hijo.
Puede no estar "emocionalmente preparada".
En otras situaciones, puede estar deprimida, o el padre puede estar lejos de casa, o el padre y la madre pueden estar atravesando un período en el que no se lleven bien o puede darse una crianza inconsistente en la cual el niño se siente incluido en un estado casi uterino y otras veces arrojado fuera de él.
La protección maternal puede perturbarse por diversas razones.
A veces las situaciones descritas pueden llevar al autismo; dependerá de factores constitucionales o un rasgo genético del niño.
Estas y otras situaciones se interconectan y producen lo que para el niño parece ser una "catástrofe psicológica" en la raíz de su ser.
Esta catástrofe habrá de ser re-experimentada y elaborada, si la psicoterapia posteriormente tiene que revertir los procesos autistas patológicos.
Durante el tratamiento, la eliminación de las maniobras protectoras de estos niños hace surgir la amenaza de una repetición de la "catástrofe psicológica" (concepto de Bion para llamar a un nacimiento psicológico prematuro o mal manejado), a partir de la cual el niño se ha retraído.
La amenaza es la de una catástrofe cataclísmica que sienten haber experimentado antes, una repetición que deben evitar a toda costa.
Es una capacidad indispensable para realizar una terapia con estos niños poder tolerar y comprender el terror agudo.
El objetivo de la terapia es ayudar al niño a internalizar el cuidado y la crianza protectores y a ponerse en contacto con el mundo común.
Se debe ayudar al niño a desarrollar su capacidad de ajuste y adaptación a través del estímulo insistente para que lleve a cabo acciones simples, como por ejemplo, ordenar y decir adiós.
Esto permite hacer notar que el terapeuta es distinto de las cosas.
Pero detener sus actividades repetitivas de una manera torpe y brusca es tan dañino como permitirle continuar con ellas, o incluso más.
La tarea principal es diferenciar los estadios del crecimiento y ayudar al niño a pasar por ellos de una manera normal y ordenada.
El terapeuta debe entrar en contacto con los estados en que el niño vive.
La comprensión de la situación nos ayuda a seguir adelante para encontrarlo y alentarlo a ir dejando de lado sus protecciones autistas.
Parece ser que el crecimiento psicológico significa dar un paso hacia la impenetrable oscuridad en la cual caerá interminablemente hacia su destrucción.
Según Tustin, el encuadre psicoanalítico parece ser una especie de incubadora en la cual el niño "prematuro" psicológico puede lograr las integraciones básicas que no alcanzó antes.
El terapeuta debe perturbar el sistema autista del niño en medida suficiente para permitir el paso de influencias externas, de manera que la envoltura externa que proporciona el contexto terapéutico y la labor y preocupación del terapeuta puedan generar una ilusión interna de un pezón rodeado por la boca.
Tustin se ha dado cuenta que en el momento en que el niño está comenzando a sentirse integrado y uniéndose con otras personas, traza una cruz formada por la intersección de una línea horizontal y una vertical, formando una cruz.
El niño comienza a reunir contrarios sensoriales.
No es el papel del terapeuta dar al niño experiencias sensoriales haciéndole caricias, dándole besos, haciéndole cosquillas o proveyendo golosinas y comida.
Esto interfiere con el papel de los padres.
Muchas teorías referentes a las causas han llegado a la errónea conclusión según Tustin de que la perturbación empezó en el área de las relaciones (no del vínculo) y han desarrollado métodos para "socializar" al niño, sin embargo, los trabajos de esta autora indican que la perturbación comienza en los primeros estados dominados por las sensaciones asociadas con el vínculo primario.
Por lo tanto, es importante no bombardear al niño con intentos superficiales y simplistas de convertirlo en un ser social.
El niño autista necesita desarrollar un sentido genuino de "sí mismo", con la experiencia de integración interior.
En la psicoterapia surgen actividades que pueden considerarse equivalentes a experiencias vinculantes.
Por ejemplo, el cajón en que se guardan los juguetes del niño con frecuencia se convierte en la fuente de donde salen cosas buenas.
El contexto terapéutico, la labor y preocupación del terapeuta constituyen una envoltura externa.
De acuerdo a la experiencia de la Tustin, la primera fase del tratamiento es extremadamente difícil por la limitada vida psíquica del niño.
Debe ayudársele al niño a responder al mundo externo de manera más realista.
Los objetos autistas deben dar lugar a la aparición de objetos transicionales y, finalmente, a la formación de símbolos.
El niño autista debe revivir en la psicoterapia la situación traumática "ese agujero negro".
Hasta que pueda ser ayudado a soportar esa pérdida, nunca experimentará un sentido auténtico de necesidad que lo impulse a dirigirse hacia sus padres, que por lo general están dispuestos y deseosos de satisfacer sus necesidades.
A medida que las reacciones autistas gradualmente se modifican para convertirse en respuestas de ida y venida, comienza a mitigarse el terror que inspira el "agujero".
El terapeuta debe observar la conducta del niño detalladamente, en un intento por entablar contacto con él, experimentando el mundo a su manera.
Al poder soportar nuestros propios sentimientos en relación al niño (impaciencia, hastío, etc.) estamos ayudándolo.
A medida que el tratamiento progresa, el niño comienza a vivir "en su propia mente".
Pero esto causa limitaciones inquietantes.
Primero las alucinaciones, luego los sueños y las fantasías contribuyen a aliviar la tensión.
Las alucinaciones visuales son signo de progreso.
Las interpretaciones de ellas parecen permitir al niño apartar esas imágenes del mundo externo para manipularlas en su propia mente, como imágenes mentales.
En determinado punto, a menudo el niño comienza a sentir miedo de su propia sombra, la que parece ser una ira explosivamente proyectada y experimentada físicamente, que lo amenaza.
La etapa siguiente del tratamiento se produce cuando el niño cobra idea repentina de que puede arreglar las cosas.
Al sentir que puede arreglar los agujeros y roturas que, en apariencia, se han producido en su propio cuerpo, cobra sentido más cabal de la integridad física y mental, y, por consiguiente, de la identidad personal.
Se da otro paso cuando el niño toma conciencia que el terapeuta puede arreglar su problema.
Comienza a tolerar su dependencia de un tercero, una persona de afuera.
Ha desarrollado cierto grado de confianza.
El desarrollo de la confianza en la "situación sostenida" terapéutica constituye un paso de importancia, si bien entraña consigo gran ansiedad en referencia a los estados de dependencia y separación.
El niño comienza a tolerar la toma de conciencia de la clara distinción existente entre él y los demás.
La atención del terapeuta, su pensamiento, tal como lo expresa su conducta, sus comentarios y sus interpretaciones constituyen la parte más importante de la terapia.
Los pequeños que iniciaron el tratamiento a los dos o tres años de edad vivieron existencias relativamente normales, si bien fueron siempre individuos bastante hipersensibles.
Bibliografía
F.
Tustin "El cascarón protector en niños y adolescentes."
Amorrortu editores, B.
Aires, 1992
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Tustin "Autistic objects".
International Review of psychoanalysis, vol.7, pág.
27-38
F.
Tustin " Barreras autistas en pacientes neuróticos."
Buenos Aires, Amorrortu, 1989.