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Identidad, alteridad y violencia

Esteban Ferrández Miralles. Centro Psicoanalítico de Mad

Si bien no podemos pensar la violencia desde una perspectiva unidimensional, abarcar en un trabajo como este la multitud de factores que concurren en el fenómeno de la violencia resulta materialmente imposible, más aún teniendo en cuenta la limitación necesaria de la intervención. 
 La violencia que me interesa no es la pública sino la privada1[1], no es la gratuita y excesiva de los media, es la violencia que se instila en las relaciones, la que forma parte de las fuerzas psíquicas que componen ese extraño equilibrio que llamamos self.

Una violencia presente desde los inicios en las relaciones intrapsíquicas e intersubjetivas.

Una violencia que se mueve entre dos polos, la identidad, la alteridad; ninguno de los cuales podemos olvidar en una aproximación que no se pretenda sesgada.  
  Desde la identidad las tesis instintivistas, en las cuales la violencia tiene un origen genético u hormonal, con la testosterona como fundamento explicatorio.

Desde la alteridad,  la violencia viniendo del otro: sea de la sociedad, sea de los padres, etc.  Ahora bien, aunque la construcción de la identidad es un proceso relativamente secundario, y al mismo tiempo prematuro.

Es secundario si participamos de las tesis de Laplanche sobre la prioridad del otro, la consecuencia principal de la aceptación de esta tesis, es que el sujeto, para existir, tiene que desprenderse del otro, desgajarse del otro, individuarse o separarse.

Tesis similares, con formulaciones ligeramente diferentes, son compartidas por autores como Winnicott, Lacan, Mahler, etc.
 La prioridad del otro tiene consecuencias extraordinarias en la construcción del psiquismo humano, por no señalar más que una de ellas, como sostiene Silvia Bleichmar2[2], lo ambiental precede a lo constitucional, en el desarrollo ontogenético.   El origen de esa identidad, explicitado por Lacan en el estadio del espejo, nos sitúa con precisión en una contradicción irresoluble.

La identidad surge y se apoya en una identificación al otro, es decir, descansa en un préstamo; la mirada del otro que devuelve al sujeto una unidad que no posee, en definitiva una ilusión, toda identidad3[3] por tanto es una ilusión, un gigante con pies de barro. El sujeto humano está aquejado de tensiones irresolubles: entre la exigencia de autoafirmación del self, y el reconocimiento de la dependencia de otro.

Estas tensiones han sido
formuladas por diversos autores, por ejemplo Pascal Bruckner4[4] propone que el individuo contemporáneo se debate entre "el desprecio aparente por los demás [y] la búsqueda ansiosa de su aprobación".

Gilles Lipovetsky, por su parte, prefiere confrontar las "exigencias de "autosuficiencia con la "insoportable necesidad del otro; por fin, Jessica Benjamin5[5] sostiene que existe una tensión entre las "aspiraciones de independencia" y las necesidades de establecer un "vínculo seguro con el otro".


 Lo que recorre a todas estas definiciones es ese carácter contradictorio, tensionado, del ser humano, que otros prefieren denominar como "ser de conflicto", en el cual ocupa un lugar fundante la alteridad, el otro.

El lugar del otro es destacado como crucial en la constitución del psiquismo humano de formas diferentes, por no citar sino las que encuentran más eco en la comunidad analítica citemos: el otro constitutivo del espejo en Lacan, el otro de la seducción originaria ?origen del inconsciente y del trauma ?, en Laplanche; el otro responsable de la violencia fundamental constitutiva del psiquismo humano en Piera Aulagnier; o el otro a destruir para acceder a la realidad en Winnicott.  Sea como sea, ese otro, esa alteridad presente en el núcleo del psiquismo del individuo, se llama Inconsciente; lo denominamos inconsciente y legitima nuestra práctica.

Pensar al otro en mí, sería una manera de decir el proceso analítico, la experiencia de un análisis.


II
   Decíamos que la violencia, desde el punto de vista psicoanalítico6[6], encontraba estos dos grandes ejes para pensarla, esos dos referentes no son sino identidad y alteridad.

Así por ejemplo Thierry Hentsch7[7] abunda en la tesis ya citada de Piera Aulagnier, del otro como violencia primaria y fundamental que se impone al sujeto, una violencia que nos constituye, pero que cuando tiene un resultado feliz, se borra de la conciencia.

Esa presencia de la violencia ?consciente o inconsciente ? en la constitución del sujeto reaparece en bastantes autores que se ocupan del fenómeno en los últimos tiempos.
 Peter Fonagy, un autor prolífico en los últimos años, de neta orientación hacia las teorías del apego, sostiene que la violencia es el resultado de una falla en la constitución del narcisismo8[8].

Se trataría de sujetos con una capacidad inadecuada para representarse ? mentalizar dice el autor ?, los estados mentales, tanto propios como ajenos.

En última instancia, Fonagy plantea el origen de la violencia como un fracaso de los padres a la hora de proporcionar al niño un apego seguro.

Ese fracaso se explica por el excesivo valor social que se da a la individuación.

Esta individuación el autor la contrapone al valor del apego, de la vinculación al otro.

Podemos constatar en estos desarrollos las críticas explícitas a las tesis de Margaret Mahler, imperantes en el psicoanálisis estadounidense durante años.

Esa misma revuelta contra la ideología de la individualidad y la separatividad, la encontramos en autores como Heinz Kohut o Jessica Benjamin.
 Las tesis de Fonagy presentan coincidencias parciales con las de Philippe Jeammet, quien también destaca el papel central del narcisismo.

Para Jeammet9[9], que se ha ocupado mucho del fenómeno de la adolescencia, la violencia es una respuesta del sujeto, una reacción del sujeto que siente su identidad en peligro. 
 Según el psiquiatra y psicoanalista francés, el sujeto violento no percibe su necesidad del otro, en su lugar lo que siente es que ese otro tiene un poder insoportable sobre su integridad, su necesidad del otro se convertirá entonces en una dependencia intolerable, por lo cual reaccionará violentamente.

La necesidad del objeto, negada o reprimida, se transforma en la presencia de un objeto intrusivo e invasor. 
 Un ejemplo clínico nos mostrará brevemente algo de lo que estamos describiendo.

Se trata de un paciente en tratamiento hace un año aproximadamente, es un hombre de 50 años, con mucho mundo a sus espaldas, que tuvo ? como tantos otros ?, que dejar su país muy joven a causa de las convulsiones políticas y sociales.

Hombre inteligente y de recursos, siempre ha sabido sobrevivir, sin embargo tiene un carácter irascible que le ha llevado a conservar muy pocos amigos ? siempre lejanos ?, y a sentirse desarraigado donde quiera que ha ido.

Nunca ha tenido una pareja estable hasta hace muy pocos años en que conoce una mujer en Madrid, mujer con la que decide trasladarse a Murcia donde conviven y trabajan juntos, en un espacio que él considera insuficiente.

Este hombre despliega una violencia verbal intolerable sobre todo aquello que le rodea, aunque principalmente sobre la mujer, la cual es evidente para mí, y para él cuando está sereno que le quiere, y le quiere bien.

Por otra parte es la única relación con la que cuenta, su familia está muy lejos, y los lazos están impregnados de ambivalencia.

Pues bien, toda esa violencia verbal, acompañada de frecuentes crisis asmáticas y otros síntomas de tipo alérgico, representa el drama de este paciente, un drama de raíces infantiles cuya aparición parece situarse en el nacimiento de su hermanita, nacimiento que produjo un estallido de cólera y un rechazo frontal.

La pérdida del lugar central que ocupaba en la familia produjo una envidia que ha tintado de modo indeleble su relación con el otro desde entonces.

La hermana no sólo le desplaza sino que luego le robará parte de su herencia.

Otra paciente en la primera entrevista, y hablando del hermano que vuelve a casa tras separarse de su mujer lo relata así: nos destronó a mi padre y a mí, porque era el preferido de mamá, su ojito derecho.
 Volviendo al paciente mundano podemos darnos cuenta que la relación con su mujer, a medida que se afianza, queda sometida a los influjos de la envidia infantil y la reacción persecutoria.

Esta breve narración me parece  ilustrar con claridad el conflicto entre la necesidad del otro, y su carácter invasor, que se hace intolerable  para el sujeto y que provoca sus reacciones violentas.
 Estoy de acuerdo con Jeammet en que el conflicto se sitúa entre la necesidad del otro y la imposibilidad de tolerarla.

No tanto con la idea de que la violencia de la que hablamos, solamente ocurra en sujetos con unas bases narcisistas débiles o deterioradas. 
 Me interesa rescatar de este autor la idea de que a menudo, tales reacciones son la única manera que encuentra el individuo de sentir que él existe, sobre todo cuando se trata de niños que han sufrido severas carencias en los primeros años.

La violencia como defensa para sentir la existencia tiene una clara resonancia winnicottiana. 
 Cabe plantearse si toda la violencia se puede pensar, como proponen estos autores, como una respuesta yoica narcisista, ante lo que el sujeto presiente como una amenaza.

Y si no estaríamos así volviendo a reintegrar al psicoanálisis en el paradigma conductual estímulo ? respuesta.

Según Marie-Claude Thomas ese intento de parasitar al psicoanálisis con modelos conductuales tiene sus orígenes en Spitz y en Bolwby.

Recordemos una cita célebre de Spitz, de 1965:
 Deprived of the affective nourishment to which they were entitled, their only resource is violence.

The only path which remains open to them is the destruction of the social order of which they are the victims.

Infants without love, they will end as adults full of hate.

?R.A.Spitz (1965)


 De manera que si nos atenemos a la tesis del autor, el niño maltratado se convertirá a su vez en un adulto maltratador.

No sólo la tesis es incierta, no se cumple en la mayoría de los casos,  sino que además, sirve de coartada para dar lugar a las peores aberraciones eugenésicas, de las cuales las novelas y el cine han dado algunos ejemplos últimamente.
  Otra corriente dentro del psicoanálisis propone pensar la violencia como un instinto, en una tradición en la cual Bergeret es un punto de referencia obligado, y su idea de la violencia fundamental, una recurrencia constante en los textos.

Sin embargo buscar un asidero en lo biológico para la violencia parece poco pertinente si recordamos que la presencia de lo natural en el hombre es ínfima, comparada con el poder que tiene el orden simbólico y representacional.


 Una defensa del carácter eminentemente pulsional del psiquismo humano la podemos encontrar en Gutiérrez Terrazas, discípulo de Laplanche, que rechaza el carácter instintivo de la violencia, del mismo modo que se opone a considerarla una respuesta yoica narcisista. 
 Rechazando el eje narcisista ? objetal para definir el psiquismo humano, Gutiérrez Terrazas propone pensar la  violencia como una consecuencia de la pulsión.

La violencia se origina en una "variante violenta de la implantación", concepto que toma de Laplanche, y que se refiere al fracaso del sujeto en la metabolización de los mensajes parentales10[10].

Así es como el sujeto no puede enfrentarse con las exigencias pulsionales sino a través de actuaciones, actuaciones que tienen un carácter meramente evacuativo de la tensión interna. 
 El fracaso de la capacidad de representar, interiorizar y simbolizar, conduce al sujeto a la evacuación auto y heterodestructiva de las pulsiones.

El carácter destructivo de esta pulsión no metabolizada viene dado por la destrucción del psiquismo, de la capacidad para simbolizar, y por ende, para tomar en cuenta la existencia del otro. 
  Probablemente parte de las dificultades acerca de la definición de la violencia provengan de su frecuente confusión con la agresividad.

No nos parece posible equiparar agresividad y violencia, por el contrario la discriminación de ambos conceptos probablemente contribuya a aclarar la cuestión.

Esta distinción evidentemente discutible, merecería una reflexión en la que no nos podemos extender por razones de espacio11[11].
 Sin embargo, no puedo estar de acuerdo con Gutiérrez Terrazas en que la agresividad corresponde al orden de lo autoconservativo, es decir de lo biológico o instintivo, mientras que la violencia pertenecería al orden pulsional o sexual.

Las raíces narcisistas de la agresividad, y su contribución al mantenimiento de la tensión con el otro, interiorizado o externo, me parecen contradecir abiertamente la suposición de una agresividad natural en el ser humano.

Coincidiría en este punto con las tesis de Jessica Benjamin que considera la agresividad un polo necesario de la relación con el otro, necesario para promover el orden de las identificaciones.

A este propósito baste mencionar las tensiones agresivas que se dan en la relación madre hija, precisamente con ocasión de los procesos identificatorios que se juegan en la primera infancia.

Por otra parte, el componente agresivo de multitud de juegos eróticos que forman parte del encuentro sexual no parece compadecerse demasiado con la idea de una agresividad destinada a la supervivencia.

Más bien la incluye en el campo especular de las relaciones impregnadas de imaginario.
  Otra tentativa de gran peso en los escritos psicoanalíticos ha sido la de equiparar la violencia a la pulsión de muerte, entendida esta como un proceso destructivo y mortífero.

Así, en una generalización tosca se identifica como manifestación de la pulsión de muerte todo lo que tenga un carácter destructivo o mortífero.

Y aunque tampoco podemos desarrollar la vasta polémica, de nuevo reactualizada, sobre la pulsión de muerte, señalaremos la contradicción de atribuir a la pulsión de muerte todo acontecimiento dramático que rechaza la conciencia, y la afirmación nuclear de Freud de que la pulsión de muerte opera en silencio. 
 La pulsión de muerte, cuyo componente destructivo puede aparecer en determinadas circunstancias, también forma parte, en opinión de Bernardo Arensburg, del retorno a un estado de no tensión, estado ataráxico cuyos ejemplos más preclaros serían el deseo de dormir, o el estado post-coital.

La pulsión de muerte, desde su punto de vista, formaría parte de la modalidad regresiva del deseo, componente fundamental del mismo, que permite lo que él denomina, para mostrar su carácter no patológico, regresiones con garantía de retorno.

 
Y si bien no podemos negar el carácter mortífero y destructivo de cierta violencia, habría que puntualizar que no toda.

No toda la violencia pretende la destrucción del otro.

Por el contrario, como bien nos demuestra Jessica Benjamin en su espléndido análisis de la Historia de O, el dolor que inflige el amo es el instrumento para preservar su identidad separada del otro.

En la mejor tradición hegeliana, Benjamin nos recuerda que la violencia sobre el otro no pretende tanto su destrucción como su sometimiento, su cosificación  
          En una línea discursiva diferente, el propio Winnicott, que rechaza de plano la idea de una pulsión de muerte, sin embargo nos muestra una de las paradojas cruciales del psicoanálisis, cuando describe el paso de la relación de objeto al uso de un objeto, un paso que el niño da a través del despliegue de su destructividad, precisamente para construir la realidad del otro, una realidad que va más allá de su representación mental de ese otro. 


  III    
 Si bien los diferentes modelos presentes en psicoanálisis provocan a veces la sensación de estar en una especie de babel, podemos intentar sintetizar nuestras reflexiones con vistas al debate:  
 Tenemos un modelo que propone leer la violencia como respuesta narcisista inadecuada del sujeto, debido a causas variables, frente a lo que presiente como un peligro.

Según algunos ello obedece a un déficit de la relación de apego fundamental, mientras que para otros proviene de la imposibilidad del sujeto de aceptar su dependencia, en definitiva su deseo.

Una tercera corriente de autores piensa la violencia en un contexto más cercano al trauma, es decir, a la imposibilidad de metabolizar las pulsiones, por lo general a causa de un evento traumático infantil. 
 La violencia es equiparada por otros a la agresividad, agresividad de origen natural, biológico o autoconservativo según tales autores.

Y también se la subsume en la problemática de la pulsión de muerte, caracterizada de modo tautológico como lo mortífero y violento presente en el ser humano. 
 Por fin, en los últimos años han aparecido una serie de trabajos agrupados como estudios de género, en cuya vertiente psicoanalítica encontramos algunos desarrollos sobre la violencia imprescindibles si queremos recoger las teorías más influyentes.

Las tesis de Mabel Burin, Irene Meler,  Luis Bonino, Jessica Benjamin, Emilce Dio-Bleichmar, Luce Irigaray y un largo etcétera, conforman un corpus teórico diverso y contradictorio, que no obstante, y a mi modo de ver, aporta elementos valiosos para pensar la violencia. 
 
 Son estudios que han hecho hincapié en el falocentrismo de este orden patriarcal en que vivimos, señalando algunas de las aporías principales del psicoanálisis, fundamentalmente en lo que concierne a su concepción de la sexualidad femenina.

Las teorizaciones sobre la sexualidad femenina de Freud y sus más influyentes discípulos están plagados de ideologismos que se proponen como teoría.

 
En cuanto a discípulos de primera generación, podemos citar la idea de la princesa Bonaparte que apostaba por una cirugía que amputara el clítoris, como medio de acceder a la verdadera condición femenina, cuando la sexualidad clitoridiana lo impedía.

El clítoris era el órgano al que se le hacía responsable de la dificultad que padecía la mujer para ser y disfrutar como una auténtica mujer.

El clítoris la retenía en un placer masculino  que le impedía un verdadero acceso a la feminidad, pues la sexualidad de la mujer había de ser inequívocamente vaginal.

La polémica pues, en primera instancia se situó en torno al carácter masculino del clítoris, a la envidia del pene, y al conocimiento más o menos tardío de la existencia de la vagina. 
 Precisamente la princesa Bonaparte fue, durante un cierto tiempo, aliada de Lacan en las luchas internas del psicoanálisis francés, como se puede constatar tanto en las referencias del propio Lacan, como en la bibliografía monumental y polémica de Roudinesco.

Cuando aparece Lacan, las filas del feminismo psicoanalítico creen encontrar un adalid y una formulación subversiva.

La fascinación, que para muchos persiste, para otros pasó pronto.

No basta sustituir pene por falo para alterar la discusión, y las declaraciones provocadoras del tipo "la mujer no existe" o es "no toda", más allá de convocar la polémica, no han demostrado ir más allá en la cuestión difícil de la diferencia de sexos.

No obstante es preciso decir que, al calor de la obra lacaniana, han aparecido multitud de trabajos sobre la cuestión de género, si bien en  Francia el término no ha tenido la misma aceptación que en otras latitudes. 
 Vamos a citar solo dos ejemplos recientes de los desarrollos que los discípulos lacanianos nos brindan, y podemos observar el ejercicio de funanbulismo necesario para salvar la dignidad cuando se tienen que repetir ciertas consignas.

El texto del que entresacamos en primer lugar se titula "El ser y la sexualidad femenina" y pertenece a Monserrat Puig, una psicoanalista catalana que escribe en la red, en una página de género de la Asociación Mundial, de la cual he perdido lamentablemente la referencia  :  
  
 "Ser mujer sería, en consecuencia, inventarse un ser con la nada, y ello a partir de la falta introducida por el lenguaje allí donde no es posible recubrir dicha falta por la mediación fálica que le otorga una significación de castración.

Castración que da un sentido a la falta en ser y sitúa a la causa en el Otro.

No hay objeto que pueda colmar esa falta en ser e incluso el falo deja ver su ser de semblante respecto al goce". 


 En la misma línea, un discípulo lacaniano recientemente fallecido, y de prestigio indudable, gran conocedor y exegeta de la obra lacaniana, Joel Dor, dice: "No se hace comprensible la sexuación de las mujeres si no es a partir de la de los hombres"12[12].

Esta afirmación no es falocrática, es cierto, sino que responde a la lógica fálica.

Justamente lo que hay que oponer a Joel Dor es que, a partir de la sexualidad de los hombres, no se puede entender la de las mujeres. 
 En cualquier caso, la confluencia en los estudios de género del psicoanálisis con el pensamiento feminista, está permitiendo uno de los desarrollos más enriquecedores de la teoría psicoanalítica, en la medida en que está posibilitando la reformulación de las relaciones, más allá de los ideologismos falocéntricos y patriarcales desde los que el psicoanálisis, mayoritariamente, ha considerado la sexualidad femenina.
 Aunque no disponemos de espacio suficiente para una mínima explicitación de los desarrollos de género más interesantes, quiero citar una de las tesis más atinadas sobre los impasses del pensamiento psicoanalítico.

En sus trabajos (Lazos de amor y Sujetos iguales...) Jessica Benjamin se plantea constantemente la contradicción presente cuando consideramos que la presencia del otro, tan necesaria para la constitución del psiquismo humano, es sistemáticamente rechazada y negada.  
 La vinculación con el otro, absolutamente necesaria para garantizar la supervivencia del ser humano, es negada y rechazada en beneficio de los principios de autonomía, independencia y separación, principios que ella atribuye a la hegemonía de lo masculino. 
 Los trabajos de Benjamin tienen un soporte filosófico envidiable, al tiempo que hablan desde la experiencia clínica, no se la puede encasillar fácilmente, su apuesta por el intersubjetivismo no le hace olvidarse del inconsciente, tentación irresistible para otros autores que publican bajo esta denominación.

Su compromiso feminista tampoco le hace sustituir, como ella misma denuncia, el análisis psicológico por la indignación moral.  
  
 Para Benjamin, que se mantiene dentro de un estricto pensamiento psicoanalítico, el hombre sigue siendo un ser de conflicto, ahora bien, ese conflicto se plantea entre la afirmación del self y el reconocimiento del otro.

La influencia de Hegel es evidente en su manera de pensar.

Esa tensión cuando se fractura, cuando no se soporta, da lugar a la dominación que engendra la violencia, fundamentalmente la violencia de género.

Un retrato extraordinario de la dominación y la violencia es el análisis que la autora realiza de la Historia de O. 
 La violencia por lo tanto surge ante la imposibilidad del sujeto de sostenerse en esa paradoja que recorre nuestro trabajo, y que era tan del gusto de Winnicott, la paradoja de la destrucción del otro es el reconocimiento de su existencia.

La paradoja de que "yo es otro". 


 


13[1] Aunque se me podría objetar que existe una continuidad entre una y otra.


14[2] Bleichmar, S.: Clínica psicoanalítica y neogénesis.

Amorrortu, Buenos Aires.

2000.


15[3] Algunos tratan de rescatarla proponiendo una identidad incompleta, no cerrada, abierta, una identidad cambiante en definitiva, pero uno tiene la impresión de estar forzando los conceptos para hacerles decir lo que "per se" no dicen.


16[4] Bruckner, P..

La tentaciónde la inocencia.

Anagrama.

Barcelona....


17[5] Benjamin, J.: "Los lazos de amor.

Psicoanálisis, feminismo y el problema de la dominación".

Paidós.

Buenos Aires, 1996.


18[6] Un punto de vista que no pretende tener la última palabra, pero si pretende aportar una lectura imprescindible. 
19[7] Hentsch, T.: "Violence identitaire, violence instrumentale"- Trans, Revue de psychanalyse.

Internet 
20[8] Fonagy, P.: "Psychoanalysis of violence".

Conferencia pronunciada en la Dallas Society for Psychoanalytic Psychoterapy, el 15 de marzo de 2001. 
21[9] Jeammet, Ph.: "La violence comme réponse a un menace sur l?identité.

Internet 
22[10] Fracaso del sujeto enfrentado con la seducción que viene del otro y que introduce en este lo inconsciente reprimido.


23[11] En resumen diríamos que si la agresividad mantiene al otro como referente necesario en el horizonte de la dialéctica relacional, la violencia conlleva a menudo la supresión física o psíquica del otro.


24[12] Citado por Emilce Dío Bleichmar en Aperturas 11, 2002.

"Sexualidad y género".