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El Trabajo de Duelo tiene como Efecto Asegurarle al Niño su Identidad cuando el Padre Muerto no está m&aac

Ps. Cecilia Taborga

Síntesis capítulo II, El Duelo Imposible, en "NIÑOS TRISTES.

LA DEPRESION INFANTIL, de JEAN-CLAUDE ARFOUILLOUX, 1983, Fondo de Cultura Económica, México


La pérdida irremediable que provoca la muerte de una persona cercana, constituye siempre una dolorosa prueba que sólo puede superarse a costa de un largo y penoso trabajo sobre uno mismo.
Freud en "Duelo y Melancolía" lo describe como trabajo del duelo, en el sentido de que uno es trabajado por el duelo, por la falla que introduce en uno la ausencia definitiva del objeto de amor.

Pero, para que ese trabajo no "trabaje" en el vacío, es necesaria una elaboración psíquica, que cada quien realiza con los medios que le son propios y que Freud describe así: "La prueba de realidad dicta la exigencia de retirar toda la libido de los lazos que la atan a ese objeto?Cada uno de los recuerdos, cada una de las esperas mediante las cuales se ligaba la libido al objeto se reconsidera, se sobrecarga y sobre ella se realiza el desprendimiento de la libido".

Trabajo extraordinariamente doloroso que no siempre se efectúa según el proceso ideal indicado por Freud.

Mediante defensas y resistencias, el yo que se rebela contra las exigencias de la realidad intenta negar la pérdida y hacerse ilusiones de haber recuperado la presencia del objeto.

Estos mecanismos de defensa actúan en la mayoría de los sujetos, por lo que resulta extraño encontrar un trabajo de duelo que no incluya elementos supuestamente patológicos.


Varios elementos hacen particularmente difícil en el niño la realización del duelo provocado por la desaparición de uno de sus parientes cercanos.


Primero, la inmadurez de su aparato psíquico que lo vuelve dependiente de los adultos durante mucho tiempo en cuanto a sus necesidades vitales y afectivas.

La pérdida de un ser amado e indispensable, amenaza con dejarlo en un estado de desamparo si los adultos sobrevivientes no adoptan las actitudes adecuadas.


El desarrollo de su inteligencia y sus conocimientos sólo le permiten aprehender el carácter irreversible de la muerte a una edad relativamente tardía.

A menudo ese reconocimiento se atrasa aún más debido a los mecanismos de defensa y negación, más activos que en el adulto, que desvían al niño de la dura realidad.

En "La interpretación de los sueños", Freud dice que "un niño no distingue entre las razones de la ausencia, ya se trate de un viaje, un despido, un disgusto o la muerte".


En cambio, para un niño, hasta los 3 ó 4 años, una ausencia prolongada de sus padres viene a ser como una pérdida definitiva, como su muerte.

Lo importante es el estado de profundo desamparo que pueden provocar las separaciones prolongadas en edad temprana.

La capacidad de hacer frente a una separación condiciona la de superar un duelo.

El que los niños muy pequeños no hagan distinción no significa que se deban confundir las dos situaciones: la de separación y la del duelo, como lo sugiere Bowlby, según el cual intervienen los mismos mecanismos.

Decir que para un niño pequeño alguien que ha partido es alguien que ha muerto, sólo tiene un alcance metafórico y no implica de ninguna manera el contenido que el niño es capaz de dar a este término: muerte, palabra e idea de adulto que, de acuerdo con Freud, no posee representación en el inconsciente.


Hay que distinguir dos grupos de hechos:
" el estado de sufrimiento, las consecuencias morales y afectivas ocasionadas por la pérdida del objeto de amor, y
" el trabajo de renuncia al objeto perdido, tal como lo exige la prueba de realidad, "el proceso doloroso, gradual, de desprendimiento de la libido respecto a una imagen interiorizada", citando a A.

Freud.


De acuerdo a la descripción de los afectos, separación y duelo parecen producir los mismos efectos.

Pero, no es evidente que el trabajo psíquico que acaba con ese sufrimiento y hace soportable esa renuncia sea idéntico en los dos casos.

Ese trabajo sólo puede llevarse a cabo si se logra el reconocimiento de los objetos internos y externos, la ambivalencia se integra al ello y el yo está suficientemente formado.

Un muerto y un vivo no tienen la misma significación para la actividad imaginaria o para la de los fantasmas.
En "La interpretación de los sueños", Freud escribe "que el trabajo del sueño logra transformar su materia en una realización de deseo, mientras que el afecto que forma parte de él permanece sin cambios, incluso en el estado de sueño".
El inconsciente freudiano ignora la idea de la muerte, como ignora el tiempo, la contradicción y la negación.

Durante mucho tiempo la mente del niño no razona de otra forma.

No conoce más que el sufrimiento causado por la ausencia de sus seres queridos.

Sólo cuando se prolonga la separación puede desaparecer la esperanza, dejando en su lugar una grave laguna en la experiencia afectiva.

Poco a poco el niño aprenderá que hay ausencias debidas a la desaparición irreversible e irrevocable del cuerpo y de la persona.
Desde el punto de vista del conocimiento y del pensamiento conceptual se considera que la idea de la muerte sólo se adquiere a la edad de ocho o nueve años.

Implica la integración progresiva de los conceptos de inmovilidad del cuerpo y luego, los de irreversibilidad y universalidad de la muerte.

Pero, esas adquisiciones son necesarias, pero resultan insuficientes.

Muchos otros factores condicionan en el niño la capacidad de efectuar un trabajo de duelo.

Ante todo, la calidad de su desarrollo afectivo, la manera en que haya elaborado las anteriores experiencias de separación que el duelo reactiva después del hecho.

El ambiente cumple aquí un papel esencial.


No porque el niño tenga un conocimiento intelectual bien construido sobre la muerte, quiere decir que al enfrentar a la prueba de realidad se refugiará en ese conocimiento.

En esto no difiere mucho de sus mayores.

El yo lucha con todas sus fuerzas contra la angustia y el sufrimiento.

Puede llegar a escindirse, dejando coexistir en él dos actitudes contradictorias:
1.- reconoce la realidad de la pérdida y su carácter irremediable, y
2.- mantiene la ilusión de un regreso posible e incluso de una presencia imaginaria del objeto perdido.


Este mecanismo de defensa, reconocido por Freud en el fetichismo perverso como repudio a la castración, es también importante en el duelo, y el niño recurre a él con frecuencia.

Es una etapa necesaria en la realización del trabajo de duelo.

Despedirse es siempre abandonar una parte de sí mismo.


Freud insistió en la idea de que el inconsciente no posee representación de la muerte, en que la angustia de muerte no es más que una "analogía" de la angustia de castración, ya que toda pérdida de objeto sólo puede simbolizarse a partir de una experiencia vivida o imaginada sobre el propio cuerpo.

Pero, la afirmación de Freud no podría concebirse sin su corolario, que es la hipótesis de la pulsión de muerte.

El estado de muerte, de aniquilación, de desaparición, no puede tener representación en el inconsciente, pero las fuerzas oscuras que tienden a él son efectivamente, junto con las pulsiones de vida, lo que fundamenta la dinámica inconsciente.

La pulsión de muerte está presente en todo lo que apunta a desunir, a separar, a suprimir las tensiones, por lo que es posible deducir su posible función en el trabajo del duelo.


La ausencia de aflicción visible en los casos de duelo no es rara en el niño, pero resulta que el efecto de estupefacción se extienda al conjunto de la vida afectiva.

Lo más frecuente es que las emociones dolorosas sean desplazadas hacia otras personas, reales o ficticias e incluso animales.


Se observa a menudo en los niños enlutados inhibición intelectual, cuando no encuentran entre los adultos de su entorno los elementos que les permitirían elaborar los efectos de la pérdida súbita.

Corresponde a los adultos hacer expresable mediante palabras todo lo referente a la persona del desaparecido y a las circunstancias de su muerte a fin de que la incorporación no sustituya a la introyección de las representaciones, etapa necesaria que permite cierto grado de identificación con el muerto, antes de que el trabajo de duelo lo entierre por segunda vez.
No siempre es posible mantener esta presencia del muerto en el discurso de los vivos, como puede ser el caso de un suicidio.

Los secretos sobre la muerte de uno de los progenitores a menudo tienen las mismas consecuencias sobre el funcionamiento intelectual que los referentes a la filiación.

Paralizan el pensamiento.

Lo no-dicho se confunde con lo indecible y de lo indecible a lo impensable hay sólo un paso, sobre todo para el niño que conoce apenas la restricción mental.

Ese consenso implícito, no dicho, del silencio en torno a la identidad del progenitor perturba la organización del pensamiento, crea una especie de laguna mental que sólo puede equipararse a la prohibición de pensar.

Esa prohibición se trata de un bloqueo interior muy diferente a la represión, la cual no impide nunca el regreso de lo reprimido.

No sólo los pensamientos se ven obstaculizados, sino los afectos mismos, al menos los ligados al duelo.


Esta descarga del tiempo y de la memoria se presenta simultáneamente como un mecanismo de defensa contra el dolor y como una carencia en el desarrollo de las funciones intelectuales.

Lo que parece buscarse con esa perturbación es afectar la capacidad de evocar el hecho traumático y los afectos ligados a él.

Este mecanismo puede equipararse al que describió Freud en la neurosis obsesiva como anulación retroactiva: se suprime en forma mágica la realidad de los hechos y pensamientos contra los que se protege el individuo, se anula el tiempo que lo separa de ellos, de manera que parecen no haber ocurrido nunca.

Es la insensata tentativa de "convertir en no sucedido" lo que ya ocurrió en el pasado, intentando volverse dueño del tiempo mediante la omnipotencia del pensamiento o manteniéndose en desconocimiento de ello.


La inhibición intelectual que se traduce por un bloqueo en el aprendizaje de la lectura no es propia de las situaciones de duelo o separación.

Es un síntoma bastante común en niños que viven en condiciones que ponen a prueba su desarrollo afectivo.


Los secretos más determinantes para el funcionamiento intelectual de un niño son los que se refieren a alguno de sus progenitores.

El secreto exhibe lo que pretende ocultar y lo convierte simultáneamente en objeto de curiosidad y objeto perdido.

La inhibición es el precio por mantenerlo cuando la amenaza que se esconde tras su revelación es la pérdida de amor e incluso la muerte.

La prohibición no sólo recae sobre el secreto, sino también sobre el instrumento que permite su revelación.


No puede haber duelo si se escamotea el cuerpo del difunto en su realidad física, perceptible, si se suprimen los signos que remiten a la existencia del muerto.

Y de todos esos signos, los del lenguaje son los más determinantes.

Poder hablar del desaparecido es una condición necesaria en todo trabajo de duelo.

Por ello en el niño no puede haber duelo propiamente dicho antes de que aparezcan las funciones simbólicas
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