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Síndrome del comedor selectivo

Benito Cristóbal. https://www.elmundo.es/magazine/

Pollo para desayunar, pollo para comer y pollo para cenar


Su enfermedad es difícil de detectar.

Los afectados no la suelen reconocer y se resisten a ir al médico.

Pero este trastorno crece tan deprisa que algunos expertos lo comparan ya con la anorexia.

Es una verdadera adicción...

a los alimentos.

Pueden ser los dulces, como el café o la pasta.

Muchos buscan consuelo en determinados nutrientes y su vida gira en torno a ellos.

Cuatro de estos comedores selectivos han accedido a contar su odisea.

Sepa si usted es uno de ellos y conozca los últimos estudios sobre la dieta ideal.


   
 Hay quien adora el chocolate y quien, como Elvira, consume a diario más de una tableta, o quien no perdona el cafelito y quien, como Sol, toma más de 12 al día.

"Comer selectivamente o tener una adicción a determinados alimentos es un fenómeno poco estudiado", explica la doctora Dasha Nicholls en su informe sobre comedores selectivos.

"La selectividad en la alimentación se presenta por primera vez, generalmente, en la niñez.

Sobre todo, en niños sanos, con un desarrollo físico normal, pero que son considerados malos comedores.

El 70% de los que lo padecen tuvieron problemas de nutrición en la introducción de alimentos durante la más tierna infancia.

Generalmente, está asociado a otros trastornos alimenticios".


Esta médica inglesa ha sido la primera en realizar un estudio epidemiológico sobre la enfermedad: "Llamamos comedor selectivo a aquel individuo que se nutre, exclusivamente, de menos de 10 alimentos durante un mínimo de dos años".

Se trata de un nuevo trastorno de la alimentación.

"Realmente, tenemos noticias de ello desde hace menos de 10 años.

Pero es una enfermedad tan seria como la anorexia o la bulimia", explica la endocrinóloga infantil Cristina Azcona, de la Clínica Universitaria de Navarra, que ha tratado bastantes casos en España.


Las adicciones a determinados alimentos pueden presentarse a cualquier edad y, muchas veces, son resultado de problemas psicológicos e incluso de carencias afectivas.

Los comedores selectivos suelen curarse, aunque siguen presentando esta tendencia de adultos, quizás no de forma tan estricta.

"Es difícil saber si vuelven a recaer.

El trastorno selectivo es una enfermedad de reciente aparición y no existen trabajos que estudien la evolución del problema", explica Azcona.


"A los tres años mi madre ya me quitaba el chocolate porque me gustaba mucho y ella creía que me salían granitos.

Cuando empecé el instituto fui consciente de que todas las chucherías que compraba giraban en torno al chocolate", cuenta Elvira Hernández, una valenciana que sufrió durante más de 20 años una fuerte dependencia del chocolate.

Tomaba más de 10 tabletas a la semana.


"Psicológicamente, las adicciones a la comida presentan casi los mismos síntomas que las del alcohol o el tabaco; pero físicamente son menos fuertes.

Si alguien deja de fumar o de beber, será fumador y bebedor toda su vida, tiene un serio peligro de recaer.

La persona que sufre una dependencia de un alimento puede ir dejándolo poco a poco; e incluso, una vez superada, se permite probar ese alimento de vez en cuando", explica el doctor Juan José Rodrigáñez, médico biológico especializado en adicciones.

"La dependencia a un alimento está asociada a una causa emocional o a algún trauma.

Quien la sufre se refugia en un alimento para solucionarlo.

Van a intentar tomar más algunas comidas para sentirse mejor", añade.

Algo que corrobora Elvira, que fue una de sus pacientes: "Notaba que cuando me sentía triste, tenía ansiedad o algún problema, intentaba compensarlo con el chocolate".


De hecho, es una verdad científica que algunos alimentos, sobre todo los carbohidratos (dulces, pastas?) actúan directamente sobre nuestro cerebro porque estimulan la secreción de serotonina, un neurotransmisor que ayuda a mejorar el estado de ánimo.

"Cuando el hombre tiene ansiedad, está determinado genéticamente a demandar alimentos dulces (la leche materna lo es).

De hecho, si acostumbrásemos a nuestros animales de compañía a tomar dulces, no pedirían ninguna otra cosa", asegura el doctor José María Vázquez Roel, psiquiatra y director de la Clínica Capistrano, especializada en adicciones.


Todos los especialistas están de acuerdo: los carbohidratos (pan, dulces, patatas, bebidas azucaradas?) son los alimentos que más enganchan y a los que más recurren los comedores selectivos.

La doctora Cristina Azcona, por ejemplo, ha visto obsesiones "por los petit-suisses, las galletas y las chucherías en los niños".

El doctor Rodrigáñez, por "el chocolate, los dulces, y muchísimas al café y a las colas.

La adicción a esta última bebida es muy curiosa porque, a veces, se cae en ella cuando los pacientes dejan de fumar o se ponen a dieta.

Realmente, hay poca gente que tenga problemas con alimentos salados; porque quien no puede resistirse al queso tiene que pensar que éste contiene mucha lactosa ?un azúcar que se encuentra en los productos lácteos?, aunque se elabore con sal".


En Reino Unido, país donde más se han estudiado estos trastornos, los alimentos fetiche son parecidos a los de nuestro país: el chocolate, los refrescos de cola, las chucherías, dulces.

Los británicos también muestran preferencia por las tostadas de manteca de cacahuete y los sándwiches de jamón.


En el caso de los niños, el trastorno se presenta de forma clara: son los padres los que les llevan a la consulta.

Los adultos, sin embargo, no suelen darse cuenta.

"Normalmente, ellos no son conscientes", afirma Rodrigáñez.

"Cuando, tras la entrevista clínica, les dices que son adictos a cualquier cosa, responden que les gusta mucho, pero no se dan cuenta de la gravedad del problema.

He encontrado a gente que cree que tomar cinco litros de refresco de cola al día es normal, o que alimentarse de carne y arroz es lo más sano".


"Tomar muchas cocas siempre fue algo habitual en casa, todo el mundo las bebía cuando tenía sed", corrobora María Luisa Alcaraz, una madrileña de 77 años que ha pasado 40 bebiendo refrescos de cola y sin probar el agua.

"Cuando trabajaba en el restaurante llegaba a apurar los culillos de las botellas de refresco que dejaban los clientes.

No probaba el agua; es curioso, si la Coca-cola hubiese sido vino, habría estado borracha todo el día".


"Las adicciones también pueden tener una base biológica", dice Rodrigáñez.

"Existe un hongo en la boca que provoca más necesidad de tomar dulce".

Dos tercios de los afectados son hombres, afirma un estudio de la doctora Dasha Nicholls hecho para el Great Ormons Street Hospital de Londres; la mayoría, de clase media-alta.

Si echamos la vista atrás, descubrimos que el rey Carlos III, por ejemplo, sufría este síndrome sin saberlo: todos los días tomaba el mismo menú (chocolate, sopa, ternera, huevo, ensalada y dulce), servido en los mismos platos.


La cura de este trastorno "depende de si el paciente tiene algún otro problema alimentario.

Lo ideal es que se trate de forma multidisciplinar (un endocrino trabajando junto a un psicólogo o un psiquiatra)", explica la doctora Azcona.

Porque, como vemos en el caso del soberano Carlos III, este síndrome casi siempre va unido a una conducta algo maniática.


En el caso de las adicciones, sin embargo, ocurre lo contrario.

"Según mi experiencia, se dan más en mujeres; sobre todo, en aquellas que son amas de casa y no realizan una actividad profesional fuera del hogar, o en las que se encuentran solas.

Cuando la persona está ocupada tiene menos tendencia a elaborar una adicción", afirma Rodrigáñez.

Algo que siempre ha corroborado el catedrático de Psiquiatría y Psicología Médica Francisco Alonso: "Las adicciones al alimento y a la compra son las conductas adictivas femeninas más genuinas".


DAÑOS COLATERALES.

El individuo está preparado para alimentarse de una variedad de nutrientes.

Aunque en situaciones límite el cuerpo se pueda acostumbrar a sobrevivir con muy pocos alimentos, lo cierto es que varios órganos resultan "tocados".

"Los pacientes que vienen a la consulta con el síndrome de comedor selectivo suelen tener carencias de vitaminas y minerales.

Cuando se trata de niños, se puede comprometer el crecimiento", dice la endocrinóloga Cristina Azcona.

Esto es lo que pasaría con nuestro cuerpo si suprimiéramos los siguientes alimentos.


Frutas y verduras.

Habría carencias en vitaminas y minerales que harían que las reacciones metabólicas del organismo se ralentizaran y provocasen problemas de estreñimiento.

Un estudio del "British Medical Journal" confirmó que el consumo diario de fruta reduce en un 70% el riesgo de padecer cáncer en el aparato digestivo.


Aceites y grasas.

Ayudan a la transmisión de los impulsos en el sistema nervioso.

También se encuentran en la membrana de las células y en las hormonas.


Prescindir de ellas es peligroso para las mujeres, pues su déficit puede llevar a inhibir la ovulación.

La falta de grasa, además, causa agresividad y desequilibrios psicológicos.


Carne, pescado y huevos.

Proporcionan proteínas, el nutriente que el cuerpo utiliza de muchas formas (genera tejidos, órganos, hormonas, anticuerpos, músculos).

También existen proteínas en el reino vegetal, por lo que muchos vegetarianos, asesorados por un nutricionista, prescinden de la carne sin que suponga un riesgo grave para la salud.


Cereales.

Son nuestra principal fuente de hidratos de carbono y, por tanto, de energía.

Si no los incluyéramos en nuestra dieta, el cuerpo debería obtener la energía necesaria de otras sustancias (las grasas), por lo que aumentaría la toxicidad de nuestra sangre.

También nos aportan fibra, lo que ayuda al correcto funcionamiento del sistema digestivo, previene la obesidad, enfermedades del corazón y cáncer de colon.


Leche, queso y yogur.

Según la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria, los productos lácteos previenen enfermedades cardiovasculares, óseas y metabólicas.

Hoy por hoy, un 35% de los niños y un 40% de los adultos españoles toman una dosis menor de la recomendable.


SOL ANTÓN | 60 AÑOS | ADICTA AL CAFÉ DURANTE CINCO AÑOS
Diagnóstico: antes de conseguir vencer la adicción, Sol tomaba más de 12 cafés diarios (de los de cafetería, bien cargados).

El primero, hacia las cinco de la mañana; el último, después de cenar y antes de irse a la cama.

"El café era mi consuelo, mi estimulante para seguir trabajando y funcionando en una época de mi vida muy dura psicológicamente".


Consecuencias: acidez en el estómago, hipertensión, molestias gástricas, problemas en la piel, bolsas en los ojos, dolores musculares...


Decidida, activa y muy contenta.

Parece imposible pensar que hace tres años Sol estuviera hundida en una depresión que le llevó a una dependencia alimentaria: el café.

"Cuando me separé de mi marido empecé a alternar tanto con la gente que, sin darme cuenta, poco a poco, tomaba cada vez más café.

De una cantidad normal, dos, tres tazas al día, en menos de un año me planté en 12.

Me sentía un poco depre y necesitaba hablar con la gente de mi separación? ¡Y qué forma tan sencilla era hacerlo delante de un café?!".


Cuando Sol llegó a la consulta del médico biólogo Juan José Rodrigáñez, realmente no sabía que tenía un problema; ella simplemente se quejaba de acidez de estómago, alteraciones gástricas, dolores? "Empezamos haciendo depuración porque, realmente, no sabíamos por qué tenía estos síntomas.

Cuando el médico investigó un poco en mis costumbres se dio cuenta de que lo que me estaba perjudicando era mi dependencia".

Para Sol fue difícil reconocer su problema porque la cafeína no afectaba a su sueño.

"Incluso creía que hacía que mi cuerpo funcionase regularmente.

Yo necesitaba actividad y creía que la fuerza para seguir el ritmo diario sólo la podía encontrar en el café".

Cuando empezó el tratamiento se notaba cada día más activa, eso fue lo que la animó a dejarlo definitivamente.


Las pacientes de la Clínica Capistrano, especializada en este tipo de trastornos, suelen tener otras motivaciones para superar sus enfermedades.

"Lo que mueve a alguien a dejar una obsesión por la comida es que se va dando cuenta de que le supone mucho esfuerzo en tiempo y dinero.

Además, ve cómo disminuye su autoestima y su imagen corporal se deforma, por lo que cae en la depresión y, al fin, llega a la conclusión ella sola de que es mejor dejarlo", cuenta el doctor Vázquez Roel.


"El proceso de deshabituación fue muy largo, casi un año de trabajo: me hicieron hidroterapias de colon, tomé flores de Bach contra la ansiedad e hice técnicas de relajación y de control mental", explica Sol.

"En el caso de esta paciente era igual de importante la desintoxicación como que superase su depresión", dice su médico.

Al principio, sustituyó el café por té y vitaminas; ahora toma zumo de tomate, infusiones, descafeinado y, de vez en cuando, se permite alguna taza.

"Fui dejándolo poquito a poco, con fuerza de voluntad.

Lo más difícil de abandonar el hábito era no pensar en ello.

Según iba comprendiendo el daño que me hacía, no me resultaba tan sacrificado.

Ahora, cuando pienso en lo mal que me sentaba viajar al extranjero porque no había buen café, me río de mí misma".


JESÚS ÁLVARO | 35 años | 12 MESES A BASE DE POLLO, PASTA Y ARROZ


Estuvo un año combinando esta dieta con algo de fruta y verdura.

Desayuno: café negro con sacarina, 50 gramos de arroz hervido y una pechuga de pollo.

Media mañana: pechuga de pollo.

Comida: arroz hervido y pollo cocido.

Merienda: pechuga de pollo.

Cena: pasta hervida y pollo cocido.

Líquidos: Un cuarto de litro de agua al día.


Consecuencias: perdió 12 kilos y pudo presentarse a una competición de "fitness".

Cuando dejó este régimen engordó siete kilos en una semana (dos de ellos el primer día que comió con normalidad).

Con 1,78 metros de altura, pesa hoy 75 kilos.

Dejó las dietas "bestiales" hace tres años.


Viéndolo parece que su año de restricciones ha merecido la pena: es atlético, fibroso y parece gozar de muy buena salud.

"Pero no volvería a hacerlo.

Cuando estaba a tope con la dieta tuve que pedirme la baja porque estaba agotado.

Ahí me di cuenta de que estaba jugando con mi salud y decidí que no volvería a hacer nunca un régimen tan restrictivo como éste".

Jesús eligió ese plan de comidas para participar en una competición nacional de fitness en la que obtuvo el segundo puesto.

"Cuando los aficionados al músculo llevan la dieta hasta las últimas consecuencias y la vacían totalmente de hidratos de carbono, están tan irascibles que no se les puede ni hablar", asegura el doctor Rodrigáñez.


Los juegos de Jesús con la comida empezaron en la adolescencia.

Era un niño que comía de todo "y lo quemaba, porque siempre estaba moviéndome".

Cuando tenía 14 años empezó a cuidarse más.

¿Primera medida? Fritos fuera.

Su madre no se extrañó porque los impulsos de Jesús eran saludables.

Pero a los 18 años ya había hecho dietas más o menos restrictivas para definir músculos.

Tomaba proteínas, aminoácidos? Y se sentía mal cuando ingería algún alimento inconveniente.

"Esto ocurre porque se salía de sus parámetros de nutrición perfecta", explica el psiquiatra Vázquez Roel, lo que le causaba angustia.

"En gente como Jesús, tan centrada en su cuerpo, pueden darse perfiles obsesivos propiciados por la presión social sobre el culto al físico".


Unos años después, Jesús dejó su Málaga natal para instalarse en Madrid y "conseguir un cuerpo marcado muscularmente.

Lo que le gusta a las mujeres".

Empezó su gusto por la alimentación a base de pollo.

"Adelgazaba, pero estaba apático, había días que me encontraba mal.

Era una sensación rara: ansiedad, hambre? Lo que más me apetecía era el dulce.

Me sentía metido en una espiral que era concentración, entrenamiento, dieta? Había días que no podía ver a mi pareja porque me sentía agotado o irascible".


Pasó de ser ejemplo de vida sana dedicada al deporte y la alimentación, a convertirse en la preocupación de familiares y amigos.

"Los que tenían confianza me echaban la bronca, me decían que estaba loco, que tenía un aspecto horrible?".

¿Y cómo terminó ese círculo vicioso? Pues de forma rápida y radical: "Cuando me presenté a la competición y logré el segundo puesto, empecé a comer y beber normalmente".

¿Y si le invitan a comer pollo? "O me lo condimentan muy bien o me da arcadas.

Ahora es la comida que más odio".


ELVIRA HERNÁNDEZ | 42 AÑOS | DOS DÉCADAS "ENGANCHADA" AL CHOCOLATE



Desayuno: un cola-cao y una napolitana de chocolate.

Media mañana: una palmera de chocolate.

Comida: verdura y carne o pescado y fruta.

Merienda: una tableta de chocolate.

Cena: nada.


Resultado: se encontraba cansada, tenía manchas y granos en la piel y déficit de vitaminas.

Elvira necesitaba tomar chocolate para concentrarse o para superar un mal día.

A veces sentía la necesidad imperiosa de salir de noche a comprar una tableta y presentaba irritabilidad si alguien amenazaba con quitarle su alimento adictivo.


Tras la adicción: la abandonó hace ocho años y ha recuperado su fuerza y una piel estupenda.

No necesita tomar nada para concentrarse.


De niña, controló su ansia por el chocolate hasta que tuvo "independencia económica para poder comprar, al menos, mis meriendas y picoteos de media mañana".

Entonces, se dio cuenta de que todo su dinero de bolsillo iba a parar al chocolate, pero no le dio importancia.

Nunca estaba gordita; quizás, le salía algún pequeño granito que sus padres atribuían al cacao, pero que no llegaba a estorbar hasta el punto de prescindir del manjar.


Pero, realmente, en el físico a Elvira no le ha ido mal: aparenta bastantes menos de los 42 años que ha cumplido.

"Yo sólo me daba cuenta de que, cuando iba al supermercado, siempre compraba una tableta de chocolate y, antes de dejar las bolsas en el coche, ya me la había comido entera.

Hasta que no terminaba con la tableta no me quedaba tranquila, comía de forma impulsiva.

Algunas noches, hacía salir a mi marido a deshoras porque sentía una necesidad imperiosa de tomarlo y, si no tenía en casa, no podía dormir", cuenta con naturalidad.

"Siempre estaba dispuesta a comer chocolate.

En el momento en que aparecía ante mi vista se despertaba esa necesidad, y si pasaba un bombón por mi lado ya no me podía concentrar hasta que no me lo comía.

Eso estando normal y contenta...

Porque cuando me sentía triste era peor: entonces lo buscaba", afirma Elvira.


Lo que le ocurre no es nuevo.

Según una investigación publicada en la revista científica Neuroimage, la adicción al chocolate provoca la misma respuesta cerebral que a la droga.

"Cuando iba a tomar café a casa de una amiga y me ponían la bandeja de bombones delante perdía la vergüenza y, mientras una persona se tomaba uno, yo cogía tres o cuatro.

No podía remediarlo".


¿El proceso para desengancharse? Como en todas las adicciones a la comida: fuerza de voluntad y tomar conciencia clara del problema.

"Fue relativamente fácil, una vez que hube asumido que tenía un problema.

Además, me di cuenta de que mi cansancio, las manchitas que me salían en las uñas y en la piel estaban relacionados con el consumo excesivo de chocolate".

Como trabajaba en una clínica, todo el mundo se volcó en darle el apoyo psicológico que necesitaba.

"Incluso mi marido colaboró a tope dándome más cariño y ternura cuando notaba que necesitaba una tableta".


Y es que, aunque los síntomas de abstinencia y la agresividad que genera la adicción a los alimentos son similares a los del tabaco o el alcohol, afortunadamente es mucho más fácil abandonar el hábito.

"Fui reduciendo mi dosis de cacao poco a poco y llegó un día que, en el trabajo, pasó por delante de mí una bandeja de bombones y dije: me gusta, me apetecería, pero no me los tomo y puedo seguir concentrada y trabajando feliz.

Y así ha sido, hasta el día de hoy".


ÁNGEL BLANCO | 38 AÑOS | OBSESIÓN: COMER A TODAS HORAS


Desayuno, 8 horas: batido de proteínas, sándwich de pavo, queso desgrasado, yogur y una pieza de fruta.

Almuerzo, 11 horas: batido de proteínas, sándwich de pavo, queso desgrasado, yogur y una pieza de fruta.

Comida, 15 horas: batido de proteínas, sándwich de pavo, queso desgrasado, yogur y una pieza de fruta.

Comida fuerte, 18 horas: verduras en puré y carne (pollo o solomillo magro), fruta.

Cena, 22 horas: arroz y pollo, pavo o solomillo.

3 horas: primer piscolabis nocturno.

Aunque esté dormido, Ángel se despierta para comer: batido, yogur y galletas integrales.

5 horas: segundo piscolabis nocturno: batido, yogur y galletas integrales.


Resultado: hace, al menos, siete ingestas diarias.

En 12 años ha pasado de los 70 a los 103 kilos de peso, "todos de músculo".

Gasta 1.000 euros al mes en su alimentación.

A él, realmente, le gustaría pesar algo más (109 kilos), pero cuando llega a esa cifra sufre molestias en la espalda.


Cuando lo ves de frente es inevitable pensar que ese cuerpo voluminoso y sin un gramo de grasa lo ha conseguido a fuerza de pesas y gimnasio.

Nada más lejos de la realidad.

Ángel entrena menos de una hora y media de lunes a viernes.

Sus músculos y su envergadura son consecuencia de la alimentación.

Su forma de vida lleva consigo una selección muy sacrificada: sólo comida sana y controlada.


Una forma de vida buscada y querida, eso sí, porque él está feliz así.

Se encuentra orgulloso de su cuerpo.

Y no es para menos.

Sus 103 kilos son sólo músculo.

Para conseguirlo, su vida personal y social gira en torno a la comida.

Tanto, que hasta se despierta por la noche dos veces para comer.

"A partir de los 95 kilos, el cuerpo te pide gasolina también de noche, la necesita para mantenerse.

Él no sabe si es vigilia o no, necesita comer, envía un mensaje a mi cerebro y yo me despierto sea la hora que sea.

Si me acuesto a las 12, me levanto a las tres y luego a las cinco o a las seis de la mañana.

Durante el día como cada dos o tres horas.

¿Por qué voy a tener que dejar de hacerlo de noche?".


Hay muchas cosas en el físico de Ángel que resultan increíbles.

En primer lugar, esos 38 años que no aparenta ni de lejos.

Tampoco encaja cómo un armario empotrado como él, hace 12 años pesaba sólo 70 kilos; y eso que mide más de 1,85.

"Fui aumentando poco a poco el número de comidas, de proteínas.

Si comes más de lo que gastas y lo haces bien, puedes transformarlo en músculo.

Yo he llegado a pesar 109 kilos; pero tuve que bajar a los 103 actuales porque, como trabajo mucho con el ordenador, terminaba teniendo dolor de espalda.

Estéticamente, un hombre de mi altura debería pesar 85 o 90 kilos; pero a mí me gusta verme grande.

Me compensa por todos los demás inconvenientes".


Y esos inconvenientes son, sobre todo, sociales, si dejamos aparte los 1.000 euros que se gasta mensualmente en alimentación.

"Cuando voy con mis hijas al centro comercial, ellas se dan cuenta de que la gente se asusta de mi envergadura.

A mí no me importa.

Me gusta que me vean así porque sé el trabajo que hay detrás de ello".


¿Y gustas así? "Estoy divorciado.

Si tuviese pareja tendría que entender todo esto, porque dedico a mi régimen de vida 18 horas al día.

Yo estoy en mi trabajo y ya pienso en lo que voy a entrenar por la tarde, en las comidas que llevo, en las que me faltan? Desde que me levanto, el día es una planificación de mi dieta".


¿Y para qué tanto sacrificio? "Lo primero, por una cuestión de imagen; luego, porque me parece una forma de vida sana.

Además, conseguir metas con mi cuerpo me da mucha confianza, tanto en mi vida personal como en el trabajo.

Si puedo con esto, puedo con todo".


Cómo detectar la enfermedad
1 Su menú se compone de menos de 10 alimentos.


2 Se reduce y deteriora el tiempo que pasa en compañía de los demás (la selección del menú es tan "intolerante" que resulta chocante para el resto).


3 El afectado es incapaz de comer de menús.


4 Supone una dificultad a la hora de viajar.


5 Suele acompañarse con otros rituales obsesivos (limpieza, orden?).


6 Cuando tiene algún problema, siempre se refugia en la ingesta del mismo alimento.


7 Es una persona impulsiva, muestra ansiedad e irritabilidad. 
 
El nuevo rombo para una nutrición perfecta, sana y equilibrada
La tradicional pirámide alimenticia americana de los años 80 ha pasado de moda.

La evolución del estilo de vida actual (caracterizado por una mayor ingesta de grasas y menor de carbohidratos) ha propiciado este cambio.

Ahora, los expertos en nutrición hablan de "rombo de alimentación" que, frente a la tradicional pirámide, nos da las pautas de nutrición más claras con el número de alimentos que conviene consumir cada día y hasta con el tamaño aproximado de las raciones.

La relación entre los alimentos es más equilibrada y está adaptada a los hábitos españoles (con la inclusión de legumbres y frutos secos).

El rombo conecta mejor con la sociedad urbana actual (menor actividad física del individuo).


Los rombos más prácticos han sido elaborados por el Departamento de Nutrición de la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid y por el Ministerio de Sanidad.

Señalan las siete áreas de raciones que se aconseja consumir diariamente:


1 Lácteos (yogur, leche, queso).

Dos o tres raciones al día de 200-250 ml de leche, 125 ml de yogur y 30-40 gr de queso.


2 Cereales y legumbres (pan, cereales de desayuno, galletas, pasta, arroz, legumbres y frutos secos).

De seis a 10 raciones al día; de 40 a 50 gr el pan, los cereales y las galletas, y de 50-100 gr la pasta, el arroz y las legumbres.


3 Frutas y zumos (en la pirámide ocupaban el mismo grupo que las verduras).

De dos a cuatro raciones al día, de 120-160 gr de fruta y 120-150 ml de zumo.


4 Verduras y hortalizas.

De tres a cinco raciones al día de 150-200 gr.


5 Carnes, pescados y huevos.

De dos a tres raciones al día, de 100 a 150 gr.


6 Grasas y aceites.

Hay que tomarlos con moderación.


7 Golosinas y azúcar.

También hay que incluirlas en la dieta con moderación.