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La Causa de los Adolescentes. CAPITULO 8

Francoise Dolto

La Causa de los Adolescentes


Francoise Dolto


 


CAPITULO 8


 


RITOS DE PASO Y PROYECTOS ADOLESCENTES


 


Parábola de hoy


 


Cuando era una joven psicoanalista, inmediatamente después de la segunda guerra mundial, conocí a un joven alumno de un instituto de enseñanza media al que habían enviado a que recibiera psicoterapia.  No era un mal alum­no en clase, pero sus profesores lamentaban que estuviera frecuentemente en la luna.


Algunos días iba yo al instituto Claude Bernard, que había abierto una sección psicopedagógica reservada a los alumnos que tras marchar bien en el primer ciclo escolar tenían malas notas en quinto-sexto.  Casi todos tenían un cociente intelectual de 135.


En el metro, me encontré con una vecina que hacía len­cería fina para señoras y que iba cada mañana a su taller a la misma hora en que yo me dirigía a mis sesiones de psicoterapia escolar.  Durante la conversación, me pre­guntó:


-Doctora, ¿a qué se dedica en estos momentos?


-Me ocupo de niños con dificultades escolares, pero que son inteligentes y dotados.  Algún shock, alguna emo­ción, los ha perturbado y les impide concentrarse.


-¡Ah, si supiera usted las preocupaciones que me da mi hijo Christian!  Ya no sé qué hacer.  Ya no tiene a su padre, que murió en la guerra...

Es un apasionado de la aviación, pero...


- Es interesante.


-Sí, pero sus maestros dicen que no podrán seguir teniéndole en el instituto...


Fue entonces cuando le aconsejé que enviara a su hijo al centro Claude Bernard, donde solicité que me lo envia­ran para tratamiento.  Una psicoterapia de apoyo que no retrocediera en su historia como lo hace un psicoanalista bastaría para sacarle de esa fase de adolescencia aparentemente comprometida.


En el transcurso de nuestras entrevistas se puso de ma­nifiesto que cuando se entregaba a sus fantasías era cuan­do hacía de mirón del probador de su madre, que se dedi­caba a hacer lencería para señoras.

El muchacho hacía sus deberes en la habitación donde ella recibía a las clientes.  Las visiones furtivas de la ropa interior alimentaban su fantasía y le impedían trabajar.


Cuando regresaba del instituto, se instalaba en la pe­queña trastienda donde aquellas damas se probaban fajas y sostenes.


Desviaba su sexualidad hacia la fantasía.


Le dije que era completamente sano el hecho de tener pensamientos sobre mujeres.  Pero para no sufrir demasia­da tentación y experimentar erecciones frecuentes, debía pedir a su madre que le permitiera volver directamente a casa, ahora que ya era mayor.  A partir de entonces dejó de hacer sus deberes en el probador de su madre, y se mostró menos distraído en clase.


De todos modos proseguimos nuestras entrevistas se­manales.  En cada sesión me hablaba sin cesar del avión que construía en su sótano con ayuda de un compañero.  Ambos trabajaban por la noche y durante todos los sába­dos y domingos.  Se mantenía realmente disociado de todo lo demás, hasta el punto de haber olvidado un «detalle» práctico: la única salida del sótano era un estrecho traga­luz.  El avión, una vez montado, estaba condenado a per­manecer allí; yo ignoraba aquel hecho.  Seguía el progreso de su montaje; el chico me mostraba los planos, los diseños  Al final, le pregunté:


-¿Habéis puesto ya las alas a la carlinga? ¿Cómo vais a sacarlo?


El chico reflexionó.


-Pues es verdad, no hemos pensado en el día en que tenga que volar.


Pero no parecía muy afectado.  Así es como efectuó con éxito su paso a la adolescencia, su ruptura con la infancia.


Muchacho extraño y temerario, vivía en dos niveles: uno de ellos, un nivel de fantasía que le hacía trabajar agota­doramente en su avión sin tener la posibilidad de sacarlo del sótano.


Lo cierto es que se había divertido mucho durante aque­llos dos años y no lamentaba nada, puesto que había vivi­do sus fantasías con aquel avión en el sótano de su madre.


Una parábola: un hermoso pájaro que no volará, pero que hizo volar a su constructor y le hizo sofiar y sublimar una amistad homosexual.


Los dos fabricaban un falo formidable que volaría por los aires...

Es la acción sublimada de un bello pájaro.

Más tarde, se puede encontrar un oficio que proporcione de veras unas alas.


He aquí un bellísimo ejemplo de un sustituto fecundo en una sociedad que ha suprimido los ritos de paso a la adolescencia.  En la pubertad ya no hay iniciación ni apren­dizaje.


Durante esta psicoterapia, la transferencia no fue am­bigua.  Fue de confianza, sin ser amorosa.


Diez años más tarde, después de haber pedido mi di­rección al Colegio de Médicos, el chico quiso volver a verme.  Se había convertido en piloto de pruebas.  Quería casarse.  Su novia quería que abandonara su oficio pa­ra casarse con él.

Él deseaba hacerla su compañera, pero no tenía ningún deseo de dejar una profesión de alto riesgo y muy bien remunerada con un elevado salario y primas.

- Le he dicho a mi novia: «Es algo muy bueno para una mujer.  Si me mato, mi viuda recibirá una gran prima de seguro.» ¿De qué tiene miedo?


No comprendía que la muchacha no fuera de su mismo parecer.


-Te quiere y no soportaría perderte.


-Si me quiere, ama también lo que hago.  Es una buena profesión, pues proporciona beneficios a la esposa y a la viuda.


Vino cinco o seis veces a hablarme de su proyecto de matrimonio, preguntándose si debía sacrificar su profesión.  Me envió incluso una participación de boda.  Su última carta:     «Ahora ya soy demasiado mayor para seguir siendo piloto    de pruebas, aparte de los vuelos excepcionales, pero formo  paracaidistas.»


No le había vuelto a ver desde que, estudiante de ense­ñanza media, me hablaba de aquel pájaro del cielo ence­rrado en el sótano de su madre.  Convertido en un hom­bre, y habiendo encontrado unas alas verdaderas para volar, vino a plantearme esta pregunta: «¿Cómo se puede convencer a una mujer de que se case contigo cuando tie­nes el riesgo de morir joven?»


Debió de ser prudente, pues ha sobrevivido.


 


Hasta el final de nuestras entrevistas, cuando él era es­tudiante, ni por un momento imaginé que el sótano de Christian no fuera una especie de garaje con puertas o un panel deslizante.  Si le hubiera dicho antes, anticipándome: «Pero ¿cómo vas a sacar el avión?», hubiera detenido su fabricación.  Le habría impedido avanzar.  Lo hubiera echa­do todo a perder.  Eso es lo que hacen con demasiada fre­cuencia los padres de los adolescentes.


Y llegamos aquí a un punto crítico: no hace falta que el adulto sea demasiado buen observador del corazón del niño, ni que busque en demasía lo que tienen de racional o no sus proyectos.


Conocí a un maestro cuyos alumnos proyectaban ir a pasar una jornada en la torre Eiffel.  Toda la clase prepa­raba el viaje en sus menores detalles: planos del metro, horarios y precio de los trenes.


El maestro sabía que el proyecto no se realizaría, por falta de medios materiales.


Durante tres meses habían aprendido a leer, a escribir y a calcular, consultando los folletos de la SNCF y los pla­nos de París, trazando el itinerario, estableciendo el pro­grama horario.  Era muy divertido haber fabulado, haber inventado un viaje.

Los alumnos estaban en la fase de la­tencia: ocho-once años.


El maestro no les decía por anticipado: «Esto no es po­sible.  No hemos reunido la cantidad necesaria.» El que sabía que el objetivo no era realizable no lo decía.  Y yo creo que eso es la educación.


En la fase de latencia, ya no se trata del sueño del mu­chachito del Hermoso Naranjo, la edad de la creación poé­tica, mágica.

Los nifios quieren una plasmación.  Posteriormente, los antiguos alumnos se encontraron con el maestro.


-¿Se acuerda usted de nuestro viaje a la torre Eiffel? ¡Fue formidable!


-¿El viaje? ¡Pero si no llegamos a hacerlo!


-¿Cómo? ¿No lo hicimos?


Habían olvidado que el proyecto no se había realizado.


 


En la prensa, los adultos planifican periódicos que no aparecerán.  Los inventores hacen maquetas de máquinas nuevas que jamás saldrán al mercado.


El hombre tiene necesidad de proyectos.  Una nación vieja sufre de la falta de grandes proyectos.

La utopía es la realidad de mañana.

Los políticos hacen promesas, no tienen programas ambiciosos.

Una gran reforma nace en una mente innovadora.  Quizá no se la pueda rematar, pero se intentará.

Ello desembocará al menos en una experien­cia instructiva y contribuirá a hacer avanzar una idea nueva, a hacer evolucionar las mentalidades.


La población adulta aplasta en los adolescentes su deseo de evasión diciéndoles: «Imposible.»


 


 


Muerte iniciática y evasión


 


Los ritos de iniciación más antiguos, desde Australia al África del Sur, desde la Tierra de Fuego a Oceanía y hasta Tahití, tienen como denominador común una drama­turgia de la muerte iniciática.


Los novicios, los neófitos, para efectuar el paso, deben morir a la infancia.


La separación simbólica de las madres es representada de una manera dramatizada.  La prueba del fuego en los aborígenes es probablemente la ceremonia más «arcaica>,, de la iniciación a la edad del hombre.  El novicio, muerto simbólicamente, es enfrentado a una potencia mítica, que guarda el secreto del vínculo entre cielo y tierra.


La circuncisión es una operación realizada por el Gran Espíritu representado por cirujanos con sus utensilios ri­tuales. La sangre es un elemento esencial de este acto sacralizado.


Las ceremonias se acompañan de bramidos imitados por el hombre.- expresión religiosa que se remonta a los primeros hombres y origen oscuro del «trueno de Zeus"».


En el África Occidental, entre los sereres y los wolofs, la circuncisión interviene tardíamente con relación al cre­cimiento.- después de los quince años y hasta los veinte.


El etnólogo Arnold van Gennep explica las variaciones de la edad de la circuncisión.- es un acto social, no un rito de pubertad (en el sentido somático), error cometido co­rrientemente.


 


Las sociedades siempre han distinguido pubertad psi­cológica de pubertad social.


Entre los muchachos, la subincisión marca la etapa de transformación ritual del neófito en mujer.


 


Los ritos de iniciación favorecían probablemente la su­blimación de la castración simbólica.  Es, imagino, el papel esencial que hoy debemos deducir de esos datos de la et­nología.


Estas pruebas colectivas ayudaban a los jóvenes a li­brarse del sentimiento de culpabilidad transgresiva que se apodera de ellos, ya que el paso realizado en solitario, sin sostén, es vivido como una transgresión.  Pero es necesario también que se efectúe bajo el peso de cierta amenaza, por el enfrentamiento real con un peligro.

La transgresión se convierte a partir de ese momento en entronización, y el miedo de violar y de ser violado (o castrado) queda abo­lido.


 


Las realizaciones individualizadas no son iníciáticas a la vida social, a la vida del grupo, como lo eran las inicia­ciones de las sociedades tribales.


 


El proyecto no puede reemplazar el rito de paso.  Pero permite quizá prescindir de él.


El rito de paso servía a una comunidad que tenía ne­cesidad de conservar a todos sus miembros, y encontraba así el medio de sujetar al clan a todos los jóvenes, hacién­doles afrontar riesgos en el interior de la tribu: los riesgos de la iniciación.  Pruebas terribles.  Los que salían vivos de ellas eran individuos formidables.  Eso implica que la so­ciedad proporciona el modelo.


Hoy en día, cuando ya no existe modelo familiar o so­cial, cuando el hijo sucede cada vez menos al padre, el rito de paso ya no tiene justificación, pero quizá el proyecto que responde a la tentación del peligro con cierta pruden­cia puede ayudar a morir a la infancia para alcanzar otro nivel de dominio en la vida colectiva.


La primera etapa consiste en poder ganar algo de di­nero.  Es el escollo, en la hora actual, para los jóvenes.

Tener vivienda propia, pareja, hijos.

Un ideal que no per­tenece a ninguna época, que es eterno.


 


En la película Rendez-vous de Juillet (Cita en julio), una pequeña banda de muchachos sueña con ir a África, con los pigmeos.  El jefe de la expedición va de puerta en puerta para conseguir las ayudas necesarias.  El asunto va para largo.  Tiene largas reuniones con sus compañeros de viaje.  El día en que, triunfante, les anuncia.- ¡hemos ga­nado; partimos!, algunos parecen casi decepcionados, la­mentando un sueño perdido.


 


Lo que caracteriza al adolescente es que dirige su mi­rada a un proyecto lejano, que él imagina en un tiempo y un espacio diferentes de aquellos en que ha vivido hasta entonces.


Eso nos devuelve a la fuga, aunque a una fuga que no es delictiva, si los padres no la convierten en «transgresi­va de prohibiciones» con su angustia.


Es la verdadera evasión.

La fuga es la escapatoria en negativo, un signo de que el niño ha llegado a su fase ado­lescente y que no ve salida a sus impulsos de apertura al mundo.  Huye encerrándose en sí mismo, o se escapa del domicilio familiar.

(Véase anexo 2.)


La buena solución es alimentar un sueño que se reali­za al día.


 


¿Observó usted, y favoreció, el <,paso,> de sus hijos ado­lescentes?


 


En mi caso su deseo de evasión no pudo ser sofocado, ya que mis hijos pudieron vivir libremente sus tensiones de los proyectos lejanos.  Eso es lo que explica que jamás pudiera observar en ellos, en el momento de la adolescen­cia, las dificultades de paso a la vida adulta.  A la edad de dieciséis años, viajaron a destinos remotos.  Estaban pre­parados para ello.  Respeté su libertad.  Muy pronto, pasa­ron sus vacaciones en el extranjero, cada año en una fa­milia diferente.  Jean, el mayor (Carlos), me enviaba car­tas.

Escribía como un periodista.  Gricha (Grégoire) telefoneaba.

Era lacónico.  Respondía a mis preguntas con un «Sí..., no».  Yo no sabía si estaba contento del extraña­miento, o deprimido.


-¿Tienes más cosas que decirme?


-¡No!


Tres días después me mandó una carta: «¡Qué buena conversación tuvimos por teléfono!» Tenía el recuerdo de haber abordado temas interesantes.


Cuando lo corriente ha pasado, con un joven, las pregunías-respuestas ya no cuentan.

«¿Qué has hecho?», no es una pregunta que se deba plantear a un niño.  Más vale preguntarle: «¿Tienes algún amigo que salga con chi­cas?» Sobreentendido: «Digas lo que digas, yo no se lo con­taré a nadie; quedará entre nosotros.» Ante todo, estable­cer la confianza.  Es la máxima prioridad.


 


Los comportamientos de los adultos agravan mucho las dificultades de los adolescentes.


Debo decir que la adolescencia, para mis hijos, fue más bien un período de expansión.  Desde los dieciséis años, hi­cieron grandes viajes solos: Yugoslavia, Turquía.  Mi hijo Gricha fue al Perú.  A los diecisiete años, a África del Sur; al año siguiente, a Cuba.


La adolescencia se prepara con un apartamiento de los padres en la fase de latencia: de una manera controlada.  Así, a los doce, trece años, pueden poner por escrito un proyecto de viaje, hacerlo aceptar por sus padres y partir con sus economías y un medio de enlace.  Realizan una ex­periencia asombrosa, sin cortar el vínculo que les une con su familia (la llamada a las diversas etapas) a la que no le desagrada ver como se alejan mientras comunican sus noticias.

Es un secreto del bien-vécu de la adolescencia.


 


Las salidas de mis hijos despertaban tensión en su padre, que quería controlarlos.


-Te fuiste a tal hora.

¿Qué has hecho?


Eso sólo fue dramático una o dos veces.

Mi marido había dado el «permiso de medianoche», y mi hijo Jean volvió tarde.  Fue eso lo que le hizo decidir abandonar la casa.

El segundo se quedó, pero ya no volvió a hablar con su padre.

Tenía otros recursos, otras referencias.


Los jóvenes que, en 1988, permanecen en casa, dan valor a la familia, a la fidelidad, al amor, a la salud.  Son los postadolescentes.


 


El look de los jóvenes no es más que una moda.  Su comportamiento en cuanto a la ropa, ¿no es una afirma­ción de grupo o una autodefensa?


 


Una por otra.

El hecho de exigir que todos vayan ves­tidos de la misma manera entre los seis y los once años, y también en la época de la adolescencia, puede ser la paradoja de su diferencia.  Justamente para no ser todos igua­les en el interior, adoptan un uniforme.

Aparentan ocupar­se sólo de su aspecto físico y de la opinión de sus compa­fieros, cuando únicamente dependen de papá-mamá.


En el estadio de la adolescencia, encontramos el mismo «disfraz»: se ponen los uniformes de tal clan, de tal look: punk, rocker, baba cool, nueva ola...

En su interior, los jóvenes ocultan sus verdaderas diferencias.  Mi hijo Jean no se preocupaba para nada de sus ropas...

pero sí de su calzado.  Quería llevar zapatos puntiagudos, que era la moda.  Llevaba artículos de mal gusto, en mi opinión.  Y de suelas de mala calidad, que se gastaban muy de prisa.  De este modo mostraba el fetichismo de los zapatos pun­tiagudos.

Yo estaba asombrada.  Los muchachos tienen un período homosexual en que hay que estar muy atento a lo que llevan.


 


Observaciones contradictorias.  La importancia de los za­patos para una generación descalza...

Los jóvenes gustan de caminar con los pies descalzos, en todas las estaciones.


 


Los chicos de hoy dan más importancia que las chicas a los zapatos.  Mis hijos tenían un presupuesto para ropa.  Iban a vestirse ellos mismos a las tiendas.  Un día, Jean me pidió que le acompañara «para que la vendedora no le influyera».

«Tú no pesarás en mi elección.  Pero ella quiere hacerme comprar lo que yo no deseo.» Siempre aceptaba lo que ofrecían.


- Siempre  dices sí.


-Digo si porque espero que seas tú quien decida.


Gricha no se preocupaba del estado de lo que llevaba.  Podía comprarse un jersey y volver a casa con una manga rota, sin ser capaz de decir dónde se había enganchado.


-Llevas la manga desgarrada...

-¡Puf, mientras me dé calor!


 


 


La adolescencia es un período muy rico si se deja asu­mir al joven muy pronto todas sus responsabilidades, sin coartarle.


No coartarle no quiere decir dar la aprobación.  En una relación de confianza recíproca, el rechazo global sigue sien­do un derecho recíproco.  No el rechazo global de la persona, claro, sino el rechazo de la vida en común, acordando juntos un desacuerdo perfecto, puertas abiertas.


 


La dificultad de los jóvenes para evadirse del medio fa­miliar, incluso con dieciocho, veinte años cumplidos, y el abuso de poder de los adultos tutelares, han inspirado este neologismo bárbaro de la "parentectomía", como si se de­biera proceder a una ablación.


 


¡Parentectomíal La imagen quirúrgica es dura, pero ex­presa claramente que hay que cortar por lo sano para que el adolescente prolongado se libere finalmente de los lazos familiares.


 


¿Y su adolescencia? ¿Qué impresión destacada conser­va usted de ella?


 


La paciencia.

Yo sabía que tenía que esperar.

No tenía ninguna posibilidad de escapar, al no poseer ni un cénti­mo, ni siquiera una moneda con que tomar un autobús.

No tenía ninguna libertad de maniobra.  Y me tomaba las cosas con paciencia, ante esta única perspectiva: poder arreglármelas sola en cuanto hubiera alcanzado la mayo­ría de edad.


Si el adolescente tiene un proyecto, incluso a largo plazo, está salvado.  Hace cosas para alimentar este pro­yecto.  Esto le hace soportable el purgatorio de la juven­tud, en ese estado de impotencia y de dependencia econó­mica.  Mi madre me ayudó a saber lo que quería a fuerza de oponerse a ello.


 


 


 


 


ANEXO 2


 


LAS FUGAS DE ADOLESCENTES


 


 


Intentos de definición


 


Los juristas fueron los primeros en interesarse en las fugas de menores.  Luego fueron seguidos por especialistas: médicos, psiquiatras, psicólogos.


La fuga se caracteriza por una marcha de corta duración, tras la cual el niño regresa casi siempre al hogar (a diferencia del vagabundeo) (19).  El doctor Neron la definió como «un intento, coronado o no de éxito, de resolver un estado de tensión» (18).  Para Rubier, la «verdadera» fuga es impulsiva, corta el nudo de la crisis sin resolver nada, sin otro objeto que escapar de lo que se ha vuelto insoportable e imposible de afrontar por parte del adolescente (21).


 


 


LOS QUE SE FUGAN Y LA LEY


 


Cada afio en Francia se registran 30.000 fugas de menores por la policía, y como algunos padres no las denuncian, se estima en general que su número asciende a 100.000, es decir cerca del 2 % de la población de menores de diez a dieciocho años (21)


En Francia, según el Código Civil, un menor no puede aban­donar el domicilio de sus padres sin su permiso, pero el Código Penal no considera la fuga como una infracción.  Sin embargo, en la fuga hay una presunción de peligro que «justificará» una doble intervención del aparato administrativo: de un lado, la intervenci6n de la policía, y de otro, la intervención del juez de menores (23).


Así, la brigada de menores o la gendarmería son generalmen.te los primeros interlocutores del joven fugado.  Pese a sus es­fuerzos, la policía considerará al joven como un predelincuente: será cacheado, interrogado sobre sus intenciones y sus medios de subsistencia, y con frecuencia alojado tras los barrotes de la comisaría.  A la policía le corresponde decidir la suerte del joven: puede devolverlo a la familia o presentarlo al juez de menores


 


De esta manera, flota una atmósfera de delincuencia en torno de la fuga, aunque ésta no constituya en ningún caso un deli­to (21).


 


TiPOLOGíA DE LOS QUE SE FUGAN


 


La mayoría de veces se trata de adolescentes inestables en situación de crisis, de niños víctimas de malos tratos (9) o de secuestros por parte de los padres, de muchachos o muchachas particularmente difíciles que viven en el hogar o el internado, o también de retrasados escolares.  La edad más frecuente son los catorce años.


Tres rasgos de carácter están a menudo presentes en el adolescente huido: inestabilidad, hiperemotividad e inmadurez afec­tivas (12).


Son varios los factores que pueden intervenir en la fuga de los adolescentes:


Ante todo, el ambiente familiar.  La constitución de la pareja de padres y la atmósfera familiar desempeñan, en efecto, un papel importante.  La disociación de los padres o su mal enten­dimiento, la falta de comunicación entre los miembros de la fa­milia, el alcoholismo de los padres, todo esto entraña violencia, falta de autoridad, hiperprotección, el rechazo del niño por sus padres...

Son, pues, otros tantos elementos que pueden incitar al joven a la fuga (19, 12, 6).


Aunque encontramos fugas en todos los medios, parece que es en los estratos económicamente desfavorables donde se pro­duce la mayoría de fugas.


Las carencias educativas, el absentismo y los retrasos frecuentes en la escuela, el abandono de los estudios, la inadaptación y el fracaso escolar son también a menudo responsables de estas fugas (14).


Hay que tomar asimismo en consideración los trastornos so­ciales.  En efecto, en el momento de la gran crisis que asoló los Estados Unidos antes de la segunda guerra mundial, se observó un gran número de vagabundeos de adolescentes.  Estos trastornos sociales están también en el origen de las bandas de vaga­bundos que vemos formarse durante las guerras, las revolucio­nes y cataclismos de todo tipo (18).


No obstante, la mayoría de veces la fuga es un acto solitario, consecuencia de una reivindicación afectiva insatisfecha.

Cuan­do contempla la fuga, el adolescente la considera como definiti­va, puesto que ella debe consumar una ruptura con la familia y el ambiente.  Lo más corriente es que haya habido muchos pro­yectos antes de pasar a la acción (22).


Encontrándose pronto «marginalizado», el joven huido, ante la dificultad de alojarse y alimentarse, pronto deberá realizar actos reprensibles, robos, reventa de drogas o prostitución.

Con todo, no podemos decir que el fugado sea necesariamente un de­lincuente (22).


 


 


LAS MEDIDAS DE PREVENCIÓN Y DE TRATAMIENTO


 


Aunque la fuga sea casi siempre una sorpresa para los pa­dres, ciertos indicios pueden presagiarla (18).


Una vez cometido el acto, durante estos períodos de crisis no hay «acogida» legal para los jóvenes, salvo la policía, mientras no se haya consultado a un juez de menores.

Él es quien autori­za un centro,de alojamiento: hogar, servicio de acogida de ur­gencia, una familia, un centro médico-psicopedagógico...

para aco­ger al menor.


Teniendo en cuenta estas carencias, algunos educadores, miembros de asociaciones, incluso jueces, hacen caso omiso de esta prohibición y ofrecen un albergue provisional a menores en crisis (21).


En efecto, las instituciones oficiales encargadas de la "infancia difícil" están cada vez menos en situación de llevar a cabo correc­tamente su tarea.  Y en este contexto, han aparecido nuevas es­tructuras.  Todavía en número pequeño, adoptan formas variadas, desde el SOS telefónico (ya que la comunicación ha sido interrum­pida, hay que restablecerla), al servicio de acogida de urgencia (tomando contacto con un adulto competente y comprensivo, el joven puede ser ayudado), o al centro de alojamiento (cuando un ado­lescente no quiere, momentáneamente al menos, regresar a su casa).  El fin educativo de estas nuevas estructuras es poder ata­car la crisis en su iniciación, impedir que el conflicto se envenene, evitar al huido la recidiva, desdramatizar las situaciones conflicti­vas que le conducirían a una ruptura irreversible, y, en la medida de lo posible, reconciliar las partes: padres e hijos (23).


En algunos países nórdicos, la ley admite que un joven puede irse «a descansar al campo» en los lugares de acogida reconocidos por los poderes públicos, durante algunos días, a respirar un poco.


En los Estados Unidos, a partir de 1968 se crearon lugares de acogida que defendían ante todo al joven, ofreciéndole un re­fugio momentáneo, el anonimato durante veinticuatro horas y una atmósfera cálida y familiar.  Existen dos centros de este tipo para menores en los Estados Unidos, conectados en el marco del Na­tional Network Service to Runaway Youth and Families.  Tales centros están en su mayoría insertados en la comunidad local, y mantienen buenas relaciones con la policía, la justicia y los ser­vicios sociales, los cuales no vacilan en enviarle jóvenes, a la es­pera de encontrar una solución definitiva (1, 8).  No obstante, su libertad de acción es bastante limitada, lo cual plantea grandes problemas.