11 El cuadro clínico
Ben tiene doce años. Obviamente, se trata de un prepúber, «gordinflón», como es común en esta edad. Es un niño rechoncho -bajo, macizo y de sólida constitución-. Sabe por qué entra en tratamiento; al menos, sabe qué pensaban sus padres cuando pidieron ayuda.
Sabe que sus padres y sus maestros no están satisfechos con su conducta ni con su desempeño escolar. Su padre y su madre lo han estado persiguiendo con reprimendas, azotes y todo tipo de castigos y amenazas, a fin de que modifique su conducta. Ben posee el don de provocar a sus progenitores; sus provocaciones tienen un carácter compulsivo y, en los últimos tiempos, los obliga a que lo castiguen. De este modo, logra que los castigos pierdan su sentido.
Durante algún tiempo, Ben y sus padres se vieron envueltos en un tira y afloja sadomasoquista, feroz y primitivo, que dio lugar a una interminable cadena de escenas emocionales. Los padres piensan que a Ben le debería ir mejor en la escuela, puesto que es inteligente; siendo el mayor de tres hermanos, no tendría que estar jugando y peleando constantemente con los dos menores, de 5 y 7 años. Opinan que el hecho de que descienda al nivel de aquellos constituye un signo de su «inmadurez». Su vida social se restringe al hogar: prefiere la compañía de los hermanos a la de los pares; carece de amigos y se halla socialmente aislado. La mayor parte del tiempo está notoriamente insatisfecho con todo y con todos. Esta insatisfacción generalizada oculta apenas una corriente subterránea de depresión y de dolido y global resentimiento. Ben es un niño desdichado y rencoroso, un niño enfadado, víctima de un mundo malévolo, un niño vengativo con razón, que sufre el sombrío destino de haber perdido para siempre toda esperanza de encontrar un lugar bajo el sol.
Las dificultades en la escuela ocupan un lugar destacado en la lista de quejas de sus padres. Interrumpe la clase; habla cuando no debe; se hace el payaso de manera exhibicionista. Puede quitarse los zapatos de modo que todos lo vean, o besar a un compañero para «provocar risas», o levantar la pollera de una niña como «chiste». Ningún castigo de la maestra o el director tiene efectos duraderos. Por el contrario, parecen inducirlo aún más a provocar a la maestra y obligarla a que lo vuelva a castigar. Se lleva decididamente mejor con los maestros que con las maestras. Los deberes, en las raras ocasiones en que los hace, no constituyen un problema para él; los realiza bien, con facilidad y rapidez. Ahora, sin embargo, apenas si está en condiciones de pasar de grado. Aunque nunca repitíó un grado, la posibilidad de que esta calamidad ocurra provoca intenso pánico y resentimiento en los padres. A pesar de estas incesantes dificultades, al niño le gusta la escuela y nunca falta.
Ben es un tlcqueur, con una variedad de tics; 1) en los ojos (guíños); 2) en la boca (se pasa la lengua por los labios); 3) en la nariz (la mueve «como un conejo»); 4) en los hombros (sacudimiento bilateral); 5) en el abdomen (lo empuja hacia dentro y hacia afuera, moviendo también las costillas). Su postura al andar es bastante rígida y erecta. Se come las uñas.
No es difícil mantener una conversación con él. Tiene facilidad de palabra y es inteligente, se muestra impaciente por detallar sus quejas y explicar, de la misma manera expansiva, sus demandas y derechos. Al hablar es extremadamente serio, hasta solemne; da a sus palabras un tono de indiscutible importancia, urgencia y objetividad. Durante el tercer año de tratamiento empezará a ponerse de relieve su delicioso sentido del humor, así como su capacidad de reflexionar en forma divertida; pero en este momento se halla totalmente absorbido por sus agravios. Se queja interminablemente de las disputas y peleas entre sus padres, y siempre prueba sus puntos de vista con un relato detallado de los hechos, citando testigos y especificando qué dijo cada uno. Se refiere, con infinitas variaciones, a la arbitrariedad de los castigos que recibe; dice: «El castigo nunca tiene proporción con el delito».
No cabe duda de que en las acusaciones y las lamentaciones del niño hay algo de verdad. El clima emocional de la casa es turbulento, y los cambios de humor, imprevisibles. La madre tiene frecuentes episodios de ira y depresión, durante los cuales lanza improperios, despectivos y hasta devastadores, contra su marido, que desde hace mucho ha dejado de ser el sostén del hogar o el hombre que ella esperaba que fuera. El estado de ánimo que sigue a estos episodios bordea la despersonalización. Le ofende que nadie de su familia la haga sentir importante. Por su parte, experimenta hacia ellos cólera y odio, junto con una sensación de repugnancia física. Se siente «encerrada», y dice: «Esta no es una familia, solo gente que vive bajo un mismo techo». Agrega: «Pero tengo responsabilidades para con mis hijos, y quiero que la familia se mantenga unida».
Durante casi tres años y medio, Ben fue el único hijo; su madre recuerda con placer que era cariñoso, simpático y sensible. Solo había problemas con la alimentación: el bebé se cansaba fácilmente cuando le daban de mamar y se quedaba dormido, para despertarse y llorar antes de la mamada siguiente.
A mediados del primer año, el pequeño se volvió activo y comenzó a desplazarse en la cuna; caminó al año. Empezó a decir palabras pronto, y a los dos años y medio hablaba fluidamente. Según se nos dijo, el aprendizaje de los hábitos higiénicos no sufrió mayores contratiempos; se inició a los ocho meses y se completó a los dos años y medio. El niño tuvo varicela y sarampión, y a los cinco años le descubrieron una hernia; los especialistas no aconsejaron operarla, pues, según la madre, «la hernia se había retirado» y no estaba causando más complicaciones. Al parecer, Ben era un muchachito listo; al menos, la madre recuerda muy claramente esta característica. De hecho, hubo un período en que el niño le infundió ese sentimiento de éxtasis y exaltación que siempre había anhelado. En esa época, Ben mostraba signos de una «extraordinaria inteligencia». Se trasformó así en el «niño prodigio» de la madre, en el que esta volcaba las expectativas y esperanzas sobre las que debía construir su vida futura. Es interesante señalar que esta exhibición de inteligencia se hizo muy notable a los 4 años, cuando Ben se interesó en los calendarios y comenzó a estudiarlos con vehemencia. Su madre informó que el pequeño era capaz de determinar con exactitud en qué día de la semana caería cualquier fecha dentro de un período de 40 años. Esta extravagancia mental tuvo corta duración y es probable que nunca haya existido. Sin duda refleja la elaboración de la madre con respecto a la curiosidad del niño durante su embarazo del segundo hijo. Los recuerdos de la madre parecen mezclados con la fantasía; su necesidad de ver cumplido un deseo compensatorio se había acentuado, por aquel entonces, en virtud de un embarazo que no deseaba, pues estaba convencida de que no podría querer más que a un solo niño.
La primera decepción de la madre con respecto a Ben tuvo lugar mientras esperaba su segundo hijo. El niño simpático y apacible «explotó», según expresó ella. Estallaba en rabietas a la menor provocación, lo que dio como resultado que la madre se alejara de él. Esto por supuesto, no hizo más que empeorar las cosas. La obsesión del calendario, durante el tiempo que duró, restableció el amor de la madre. El desempeño intelectual y la gratificación emocional entraron en antagonismo a una edad temprana. De ahí en adelante, cualquier situación ansiógena retrotraía a Ben a la época en que una imperdonable injusticia se había cometido contra él: obviamente, el hecho de que se hubiese admitido un competidor en la vida sin fisuras que llevaba con su madre.
A los 5 años, Ben tenía pesadillas. Para calmarlo, la madre lo acostaba en su cama. Dada la dependencia mutua entre ambos, el segundo hijo fue considerado un intruso por parte de los dos. Podemos suponer que esta necesidad compartida de poseerse exclusivamente uno al otro constituyó un trauma para el primogénito. Este trató de agradar a la madre mediante hazañas intelectuales o, más bien, mediante ficciones compartidas; cuando esta barrera de contención de su necesidad de posesión de la madre cayó hecha trizas, tuvo lugar una reacción de ira, bajo la forma de rabíetas. A la noche, estas aparecían como pesadillas, las cuales, al ser llevado a la cama de la madre, lo ponían por último en contacto físico con ella, restableciendo así la bienaventuranza de la infancia. La casuística nos permitirá verificar hasta qué punto estos supuestos reflejan el verdadero curso de los acontecimientos.
Durante el período de latencia, cuando cursaba los primeros grados, Ben se mostraba en la clase como un niño tranquilo, hasta pasivo, quieto y callado, que nunca levantaba la mano y que obedecía dócilmente las reglas. Cuando entró a la escuela, a los 6 años, las pesadillas habían dejado de atormentarle.
estos años comenzó a masturbarse en forma notoria, frotándose compulsivamente el bajo vientre. Lo hacía a pleno día, sin tener en cuenta la situación social, ante el azoramiento y la turbación de sus padres. Esta forma de masturbación fue la única observada; el niño la abandonó aproximadamente a los 11 años.
Una nueva ola de decepción cayó sobre la vida de Ben durante la fase de la preadolescencia. El niño trasladó del hogar a la escuela la batalla por el reconocimiento personal y los privilegios exclusivos. Su resistencia al aprendizaje se mezcló con un vocinglero reclamo de independencia con respecto a los controles moderadores. La aparatosa provocación de castigos era un indicio de prohibiciones superyoicas y de una explotación masoquista del sufrimiento y el sacrificio. El síndrome de los tics ponía de manifiesto conflictos internos de naturaleza neurótica, con una tendencia a la somatización.
El padre tenía plena conciencia de la perturbación de Ben; de hecho, se preguntaba en qué medida había contribuido al desdichado estado de su hijo. Ambos progenitores habían pasado una niñez llena de privaciones, y los dos se vieron obligados, tempranamente, a bastarse a sí mismos en el plano emocional. Estos antecedentes similares hicieron que ambos buscaran en el matrimonio y con los hijos las gratificaciones del recibir, sin la obligación de la reciprocidad. El padre explicita esto, afirmando que espera «que Ben me dé primero, para darle yo después». Concretamente, el niño fue forzado a asumir.el rol de los padres. El fracaso del padre como sostén estable del hogar no hizo más que agravar su necesidad de que los hijos (especialmente el mayor, Ben) le demostraran amor y respeto. Quería que Ben lo besara y se sentara en sus rodillas.
Frustrado como mantenedor de la casa, como esposo, como hombre consciente de su masculinidad y como padre competente, cada tanto se alejaba emocionalmente de la familia. Al volver del trabajo solía quedarse dormido. Se desempeñaba a la sazón como viajante de repuestos de automóviles. El carácter competitivo de esta ocupación suscitaba en él ansiedad y vacilación: temía enfrentarse con otros hombres que se dedicaban.a lo mismo, presionar para lograr una venta o negociar con astucia. En el hogar, donde su agresión ya no era controlada por la ansiedad social, solía infligir ocasionales castigos a sus tres hijos. Desde la niñez temprana de Ben, lo azotaba con una correa.
«Usaba a Ben como chivo emisario», confiesa con remordimientos, admitiendo su vergonzoso fracaso ante fuerzas abrumadoras. Si Ben es un chivo emisario, ¿Qué otra persona es el objeto de su agresión sino su esposa, que sin duda prefiere el hijo al padre? No obstante, este desea fervientemente ser mejor padre, porque ama a Ben y quiere hacer todo lo posible para ayudarlo.
Cuando un niño vive con padres fronterizos, o que presentan perturbaciones caracterológicas, los componentes etiológicos dentro del cuadro clínico son difíciles de clasificar. A primera vista, es imposible discernir claramente la línea de demarcación entre un proceso patológico intrapsíquico y un estado reactivo ante un ambiente nocivo. Las incongruencias en el cuadro clínico fueron atribuidas a una ambigüedad diagnóstica que no es infrecuente en los casos infantiles, particularmente en los del tipo de Ben. Nos abstuvimos de modo deliberado de formular una evaluación definitiva y delegamos esta tarea a la terapia misma.
Cuando se adopta una decisión de este tipo, el terapeuta permanece muy atento a los indicios, en todos los niveles de inferencia, que permitan una respuesta diferencial a los interrogantes que quedaron pendientes en la evaluación inicial. El curso del tratamiento equivale entonces a una evaluación cada vez más sintética y refinada, que a menudo conduce a una revisión del diagnóstico original. Debemos aclarar que el término «diagnóstico» alude aquí al bosquejo nosológico de una enfermedad; «evaluación», por el contrario, se refiere a una proyección abstraída de la personalidad total como sistema de funcionamiento. Pone de manifiesto el grado en que la personalidad no se ha visto tocada por las normas y logros relativos a la maduración y el desarrollo, así como por las ventajas e insuficiencias del ambiente. Los componentes de la estructura psíquica -ello, yo y superyó- son descritos en su interacción, revelando, de esta manera el nivel de funcionamiento psíquico en términos de las relaciones objetales, la prueba de realidad, la cognición, las defensas y la organizacíón defensiva.
En el caso de Ben, el diagnóstico de una «sintomatología compulsiva con tendencias depresivas» dice poco acerca de la posibilidad de tratar tal estado en ese niño. La evaluación debe proporcionar la respuesta a dicho interrogante, aunque en contadas ocasiones se dispone de ella por completo al principio del tratatniento; solo se la alcanza a medida que este último progresa.
Una diferenciación etiológica es siempre de primerísima importancia. No solo brinda una base firme para el pronóstico, sino que influye significativamente sobre la dirección de la terapia. La corrección y propiedad de la técnica terapéutica, en cada caso, afectan e incluso determinan la productividad o la esterilidad terapéuticas, así como la continuación o interrupción del tratamiento. La distorsión de la realidad por parte de Ben, junto con su sensación de persecución y sus tendencias masoquistas, indicaban una grave patología yoica y un esfuerzo reparatorio -es decir, restitutorio- por cambiar la realidad a fin de que esta se adaptase a su majestuosidad infantíl. Ben afirmaba, muy explícitamente, que no sentía ninguna necesidad de «cambiar él mismo»; esperaba -y se mostraba insistente al respecto- que el mundo a su alrededor cambiara para avenirse a sus necesidades. Además, su aisIamiento social y su total involucración con la familia podían atribuirse, en un sentido positivo, a la vigilancia del yo ante dos figuras parentales confundidas y confusas, o bien, considerados negativamente, a una regresión yoica de un parasitísmo emocional casi simbiótico.
Se plantea ahora una cuestión de la mayor importancia, a saber: si la negación de la realidad por parte del niño estaba al servicio del ello o del yo. Dicha negación, ¿Adaptaba la percepción de la realidad a las necesidades instintivas del niño, o servía para proteger al yo de ser contaminado por un ambiente casi psicótico? Sea como fuere, la necesidad de dependencia y la sensación de impotencia ante un mundo persecutorio y malévolo contribuyeron sustancialmente a magnificar los peligros internos y externos, psíquicos y físicos, que amenazaban la vida del niño.
Varios datos anamnésicos, más bien aislados, no pudieron integrarse al principio dentro de un bosquejo coherente del desarrollo; debió mantenérselos en reserva hasta que mostraran su utilidad en el futuro, cuando su significado resultara claro. La obsesión temprana (a los 4 años) con el calendario y las proezas intelectuales en relación con el cálculo hacían pensar en el idiot savant o el niño atípico. Como ya dijimos, había en este caso buenos motivos para dudar de la confiabilidad del informante. El otro hecho se vincula con la afirmación de la madre que cuando tenía al pequeño en su regazo sentía que este se fundía con su cuerpo. Ello nos lleva a sospechar en una esquizofrenia infantil; no obstante, no existían correlatos confirmatorios en la esfera cognitíva. De todos modos, estos datos deben tenerse presentes sea cual fuere su valor, pues durante la terapia se confirmará su significación patognomónica o se los desechará como erróneos.
Se decidió aceptar que Ben entrara en psicoterapia. Cualquiera que fuera la mezcla de componentes neuróticos y atípicos en el cuadro clínico, se pensó que un tratamiento sería beneficioso para el niño, puesto que la evidencia de conflicto ínterno era amplia e irrefutable y, por lo demás, existía el deseo de tratarse.
Hasta qué punto el margen diagnóstico inicial estaba justificado sólo se pondría de manifiesto durante la terapia, cuando se supiera más acerca de las fuentes y la naturaleza de su ansiedad, sobre sus fantasías y su capacidad para una relación terapéuticamente útil (trasferencia). Tal vez hubiera sido imposible conocer estos rasgos decisivos del caso únicamente a través de la historia del conjunto de síntomas. El niño no soio quería el tratamiento, sino que prefería que este fuera conducido por una mujer.[1] Este pedido, inusual por parte de un niño de 12 años, fue satisfecho, aun cuando todavía no se entendía su significado.
Ben inició su tratamiento a los 12 años y 1 mes. Se lo veía una vez por semana. Terminó a los 15 años y 2 meses. El número total de entrevistas fue de 110 sesiones.
Ben comienza el tratamiento
Debe recordarse que la psicoterapia de Ben es investigada, en este estudio, desde el punto de vista del desarrollo. Ello exige que la historia del tratamiento del niño sea precedida de una introducción especial.
Deseo dar cuenta ahora de las ideas de la terapeuta y el investigador en cuanto al desarrollo específico de un adolescente joven
Contra este telón de fondo conceptual se evaluó el desarrolo de los síntomas, las pulsiones y el yo, y se llevó a cabo el tratamiento. Además, prestaré atención a los problemas técnicos de la terapia, diferenciando entre aquellos problemas que se deben a conflictos específicos de la fase, los que tienen su origen en el desarrollo desviado (psicopatología) y aquellos que surgen en respuesta a un ambiente nocivo. La misma diferenciación se aplica a las defensas, la organización defensiva, la resolución de conflictos y la adaptación.
Es de esperar que este examen de las valencias patognomónicas no solo incremente la eficacia del tratamiento, sino también ayude a definir con mayor precisión las fases de la preadolescencia y la adolescencia temprana.
Es esencial, para el aspecto que en este estudio se relaciona con la investigación, que el lector esté informado del conjunto de ideas «preconcebidas» (por así decirlo) con las que se emprendió el tratamiento y se consolidó la situación terapéutica. Este cuerpo de ideas se hallará en la teoría del desarrollo adolescente en el hombre que he formulado a lo largo de varios años [Blos, 1958, 1962, 1965]. Con este conocimiento previo, el lector estará en condiciones de seguir con mayor facilidad el material del caso y de comprender mejor cómo se desenvuelve.
Los adolescentes, en particular los adolescentes jóvenes, son traídos al tratamiento por sus progenitores o derivados por personas ajenas al ámbito familiar, como maestros y asesores. Cuando uno de estos llega a considerar que la conducta del niño es anormal y advierte la total ineficacia de las medidas pedagógicas, puede sugerir la terapia. Los adolescentes jóvenes o los niños rara vez vienen por sí mismos. Cualesquiera que sean las razones e intenciones del adulto que trae a un niño o a un adolescente para someterlo a tratamiento, estos lo enfocan con un conjunto de ideas muy diferentes y sumamente personales en cuanto a la finalidad, significado y función de tan extraña empresa. Dichas ideas, por amorfas y oscuras que sean, están contenidas en fantasías conscientes e inconscientes sobre el propósito de la terapia y la persona del terapeuta. Podemos descubrir fácilmente en ellas ciertos elementos infantiles relacionados con los padres benévolos o malévolos, pero siempre omnipotentes, de la niñez temprana, y con pensamientos mágicos y prelógicos que se materializarán en estas misteriosas sesiones de charla.
Un amplio sector de la mente del paciente se halla dominado por lo que denominaré «factor de expectación», que comprende su caótica aglomeración de ideas y afectos con respecto a lo que podría ocurrir o no en la terapia. Incluye lo que es objeto de duda pero se conoce, se cuestiona pero se cree, se quiere pero se rechaza, se teme pero se desea y se espera. El factor de expectación no solo sigue rumbos regresivos; también se halla presente, aunque en pequeña medida, una tendencia progresiva, que puja hacia la madurez y la competencia adaptativa. Los modos y medios mediante los cuales el niño espera llevar a cabo esta adecuación regresiva o progresiva difieren según los casos. La atención prestada a las manifestaciones del factor de expectación al comienzo del tratamiento compensará al terapeuta con un insight sobre la comprensión de la situación terapéutica por parte del niño. Condensadas en dicha comprensión se hallan las tendencias patológicas que trajeron al paciente a la terapia y las potencialidades de recuperación que harán posible el tratamiento.
A los 12 años, Ben se empeñó agresivamente en hacer respetar su edad y su masculinidad, con todos sus rasgos distintivos de privilegio y poder. Poco después de iniciado el tratamiento, dio a conocer que esperaba la ayuda de la terapeuta para cambiar su ambiente, y manejar a sus progenitores mediante sugerencias y extorsiones, y despertándoles culpa. De este modo, aquellos se convertirían en protectores indulgentes y le otorgarían, seguramente, beneficios materiales y privilegios especiales. El niño estaba dispuesto a «colaborar» en la medida en que la influencia de la terapeuta sirviera a esos fines. La terapia era para Ben un modo de «llegar a un acuerdo mejor» en este mundo, al que él consideraba el peor de todos. Como veremos a continuación, el hecho de conocer este factor de expectación ayudó mucho en el primer tramo del tratamiento.
Ben se hallaba en la etapa inicial de la adolescencia (pubertad temprana), y su deseo más desesperado era ser «igual a los mayores». Trataba de alcanzar dicha meta comprometiendo al medio en su mundo imaginario. Había sustituido la maduración emocional y la diferenciación yoíca por la exigencia de que el ambiente reconociera y respetara su ilusoria edad adulta.
Deseaba lograr la certeza externa e inequívoca de que era un «niño grande», competente y audaz. Al hacer esto, pasaba por alto la necesidad de un cambio interno y trataba de mitigar su angustia, su culpa y su vergüenza riñendo con el ambiente que sofocaba su virilidad. Puesto que se aferraba con obstinación a esta posición, su desarrollo adolescente tenía que malograrse.
Siempre que Ben se daba cuenta de su incompetencia, se veía atrapado entre la rabia y la resignación. Con determinación, pero sin violencia, la terapeuta mantuvo esta dolorosa imagen de sí mismo en la superficie de la conciencia del niño. Se esperaba que su tolerancia ante los afectos displacenteros aumentaría gradualmente al experimentarla con respecto a sí mismo y no solo en relación con los otros. El objetivo del esfuerzo terapéutico era internalizar y estructurar el conflicto. La dolorosa imagen de sí mismo actuaba como un constante factor de írritación; la comprensión de esto permitió que el proceso terapéutico y su tarea implícita se desplazaran lentamente hacia un nivel egodistónico. En otras palabras, cuando Ben reconoció que su menospreciada imagen de sí mismo era un derívado de su desvalidez, pudo dejar de culpar al medio por sus propias deficiencias. En este punto, el tratamiento se convirtió en un esfuerzo por superar su dependencia infantil con respecto a los reguladores externos de la autoestima.
Tales fueron las ideas que orientaron la actitud de la terapeuta hacia las quejas de Ben. Cuando se determinó que el impulso del niño hacia un auténtico desarrollo progresivo nunca disminuía tanto como para que no se lo pudiera volver a estimular, este tipo de intervención terapéutica se emprendió con mayor vigor. Además del genuino afán de Ben por superar ese estado de impotencia, no debemos subestimar la ayuda aportada por el impulso innato de maduración a la labor terapéutica. Por cierto, a menudo es difícil saber cuánto de la mejoría de un niño se debe a la terapia y cuánto a su desarrollo autónomo. Natura sanas, medicus curat.
El factor de expectación se halla presente en toda situación nueva a la que el niño se enfrenta. Normalmente, se mantiene en segundo plano y no enturbia demasiado la percepción de las nuevas circunstancias. En otras palabras, el arraigo del niño a la realidad, o la estabilidad de sus funciones yoicas, impide que los rudimentos irracionales o infantiles del pensamiento, como los que pueden observarse en las fantasías, determinen su conducta. La interacción social fomenta la valoración realista de las nuevas circunstancias en las q ue el niño se halla; ella constituye, por su misma naturaleza, un proceso de evaluación, en el que las personas que interactúan interpretan mutuamente sus conductas. De este modo, el adulto apoya el yo del niño en proceso de maduración.
La interacción en la situación terapéutica tiene un carácter totalmente distinto: sentimos impaciencia por descubrir los pensamientos y afectos infantiles; deseamos traer a la luz las fantasías que acompañan las experiencias de la vida cotidiana o, más específicamente, aquellas que se vinculan con la situación terapéutica o con la persona del terapeuta. Este último no solo es receptivo a los pensamientos irracionales, absurdos o fortuitos que pasan por la mente del niño, sino que los busca en forma activa. Es natural que un niño o un adolescente reaccione ante una situación tan desacostumbrada como la psicoterapéutica de acuerdo con pautas habituales de pensamiento, fantasía y conducta. Estas pautas de reacción se observan también en la vida cotidiana, sin que en ella revelen, sin embargo, su contenido mental. Cuando aparecen, con claridad y coherencia, en el comienzo de la terapia, no siempre representan una verdadera trasferencia; tal vez solo constituyan el único modo conocido por el niño para actuar y reaccionar en cualquier parte.
La trasferencia, en el sentido más amplio, se refiere al compromiso específico e irracional y a la relación afectiva con el terapeuta; ambos reviven una relación significativa de la vida pasada (trasferencia) o presente (fenómenos de trasferencia) del niño.
Desde el comienzo de la terapia, Ben esperaba -como lo hubiera hecho en cualquier parte, aunque de modo menos explícito- que la terapeuta estuviera de acuerdo con él acerca de las intolerables injusticias que un mundo arbitrario cometía con él y, por lo tanto, lo ayudara a rectificar esta condición y se uniera a sus demandas de que los responsables recibieran su merecido castigo. Esta actitud era global. Solo cuando la terapeuta admitió su incapacidad para cambiar el mundo por él, resultó claro cuál era la esencia de sus agravios y qué lo había vuelto totalmente incapaz de considerar incluso que él mismo pudiera cambiar.
El terapeuta de adolescentes enfrenta una dificultad particular, inherente al desarrollo de ese período de la vida. Pero debo efectuar un rodeo para exponer mi razonamiento, pues, a veces, lo que parece alejarnos del problema en cuestión en realidad nos acerca más a él.
En la psicoterapia, esperamos que el paciente revele sus secretos, renuncie a su intimidad y verbalice sus pensamientos y fantasías más preciados, los cuales contienen las fijaciones pulsionales y yoicas que han obstaculizado un desarrollo adecuado y armonioso; la tarea de la terapia consiste en incorporar esos componentes del desarrollo emocíonal, detenidos en distintos niveles infantiles, a la corriente progresiva del crecimiento de la personalidad. Sin embargo, la experiencia clínica nos enseña que las perturbaciones infantiles del desarrollo, en tanto se mantienen en el nivel de las gratificaciones, inhibiciones y fantasías desviadas de la fase, vuelven a ser arrastradas, por así decirlo, por las nuevas oleadas del desarrollo. Por ejemplo, una modalidad oral se expresará, si existe una fijación, en todos los niveles subsiguientes del desarrollo sexual, a medida que estos surjan al impulso de la maduración física o, simplemente, de la edad.
No sorprende, por consiguiente, que las fijaciones o regresiones pulsionales se liguen, en la pubertad, a la modalidad genital de expresión pulsional o, más exactamente, se vinculen con la representación que el adolescente tiene de sí mismo. De este modo, por ejemplo, una fijación en un sentimiento de cólera infantil o la voracidad oral suscitará en el adolescente joven que reclama independencia un cúmulo de fantasías agresivas, dirigidas contra la mujer controladora, la madre arcaica de la fase oral. El papel ejecutivo de estas fantasías de destrucción y ataque correspondientes a la modalidad oral se delega a los genitales, los cuales, durante la etapa inicial de la adolescencia funcionan realmente como órganos ínespecíficos de descarga de todo tipo de estados de tensión. Es la etapa de «sadismo fálíco», que en el adolescente joven suele aparecer como fenómeno regresivo y de transición [Blos, 1965]. Volvamos a la dificultad particular a la que nos hemos referido antes. Parecerá razonable suponer ahora que las intenciones del terapeuta de penetrar en la vida interna del niño serán percibidas por este como un ataque o una exigencia de sumisión. La ambivalencia y la ansiedad vinculadas con fantasías específicas influyen significativamente en la intensidad y la duración de estas reacciones. Por lo tanto, cabe esperar que el niño se resista a subordinarse en forma pasiva; de hecho, esta resistencia es proporcional a la fuerza de la tendencia regresiva hacia la dependencia y el suministro pasivos.
Cuando el hecho de poner a prueba las intenciones reales o imaginarias del terapeuta ha perdido su urgencia, el adolescente se unirá al trabajo con optimismo y aceptará, casi como una cuestión de fe, que existen formas de vida más gratificantes que las que ha conocido hasta entonces. Podemos resumir esta última actitud bajo la denominación de «alianza terapéutica». Esta conjunción de propósitos es tan importante como salvaguarda del proceso de tratamiento que a menudo damos prioridad a su formación, en detrimento incluso de la interpretación del material infantil. Esto tiene como objetivo impedir que la terapia se trasforme en una lucha interminable por ver quién es superior, «quién tiene la última palabra» y «quién debe decirle a quién lo que piensa». Hace falta una pizca de tacto terapéutico para neutralizar la alternativa entre sumisión y dominación al tratar a un adolescente joven.
Debemos tocar ahora otro punto de carácter general. En el tratamiento de un niño neurótico, buscamos siempre los origenes infantiles del desarrollo insuficiente o desviado. Este interés y atención acríticos e implacables pueden producir, por sí mismos, el mejoramiento o, en forma menos visible pero con igual frecuencia, el cambio de un síntoma. Ello se debe a que los síntomas, como formaciones transaccionales, tienen una historia y un desarrollo absolutamente propios. Debemos investigar su desarrollo completo hasta la etapa actual, para comprender cómo la herencia patógena de los niveles precedentes de inmadurez determinó una solución transaccional. En el caso de Ben, es preciso rastrear esta herencia hasta la fase de la adolescencia temprana.
Es común que en esta fase la configuración edípica negativa pase a primer plano. Lo que en la niñez temprana era una madre que se negaba a dar, en el período de latencia deviene en un mundo malo; en la adolescencia temprana se convierte en un padre nada cariñoso, que rehusa satisfacer la necesidad que tiene su hijo de contar con un padre fuerte o ideal que lo proteja de la madre arcaica. Cuando el niño ingresa en la fase de la preadolescencia, la madre se trasforma, regresivamente, en objeto temido.
Podemos ver cómo la ansiedad vinculada con la frustración y la rabia infantiles avanza a través de las fases del desarrollo, adquiriendo en este proceso nuevas características (objetos, metas, defensas), a la vez que, en esencia, se mantiene fiel a su estímulo originario, a menudo traumático. Con el fin de examinar las fijaciones a través de sus trasformaciones a lo largo de las secuencias normativas del desarrollo, en el tratamiento de adolescentes resulta útil tener presente un bosquejo de las secuencias del desarrollo pulsional y yoico tal como aparecen en el proceso adolescente. Los síntomas adquieren mayor sentido en el curso del desarrollo, y revelan así su sobredeterminación.
Este hecho exige volver en forma reiterada a los mismos problemas durante la terapia. Solo obrando así es posible desarraigar esos problemas de una u otra etapa del desarrollo. Este proceso -denominado «elaboración»- se enfrenta siempre con evasiones v resistencias, pero a menos que se lo lleve a cabo quedaran ciertos residuos patógenos que pueden reactívar una perturbación en alguna coyuntura crítica del desarrollo ulterior.
Aun cuando este problema se maneje con mucho cuidado, la práctica clínica demuestra que cualquier pronóstico con respecto al desarrollo normal futuro constituye una mera conjetura.
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No obstante, si se ha logrado un movimiento progresivo del desarrollo emocional, o, en otras palabras, si se ha evitado que este último se estanque (fijación adolescente), ello debe considerarse, de todos modos, un logro terapéutico. Una experiencia terapéutica positiva, aunque sea limitada, constituye siempre una adquisición para la personalidad.
La fase inicial del tratamiento
Es probable que un niño de 12 años se muestre reticente y evasivo al comenzar el tratamiento, aun cuando responda de manera locuaz y obediente. Ben era locuaz, pero carecía de espontaneidad; más bien, dejó que la terapeuta tomara las riendas de la situación y le dijera qué deseaba saber. En esta actitud hacia la situación terapéutica pueden reconocerse tres elementos: el primero se relacionaba con el deseo de que la terapeuta, mediante su protección nutricia, lo cuidara y aliviara su angustia; el segundo se vinculaba con su creencia de que la persona que lo cuidaba seguramente sabría lo que le hacía falta saber acerca de él, y de que, como protectora buena y omnipotente, apenas necesitaría que le contara qué le hacía sentirse mal, para dispensarle el alivio apropiado. En suma, había atribuido poderes mágicos a la terapeuta. En su deseo de contar con una terapeuta mujer influían las fantasías relativas al poder femenino. Ben sabía, por propia experiencia, que la mujer -la madre- dirigía el destino de los cuatro hombres que formaban parte de su núcleo familiar; creía, pues, que estar en manos de una mujer benevolente era algo deseable, seguro y ventajoso. Ocupando la posición de un suplicante que reclama ante una autoridad la reparación de las injusticias cometidas con él, Ben detalló durante muchos meses una interminable lista de agravios sufridos en el pasado y en su vida actual, los cuales implicaban a su madre, su padre, sus hermanos, su maestro y sus compañeros de escuela. El estribillo de Ben ante esas acciones de control, ya fueran adoptadas por los progenitores o los maestros, era siempre el mismo: «El castigo nunca guarda relación con el delito». Temía el castigo; sin embargo, se las arreglaba para ponerse en situaciones que lo provocaban. Acogía con indignación cualquier inferencia referente a su propia participación provocativa en estas pequeñas o grandes catástrofes. La recibía como si fuera la acusación más ultrajante; o, de acuerdo con el tema general, el niño la consideraba ideada malignamente para justificar las acciones punitivas de quienes lo atormentaban. Atribuirle la menor responsabilidad en esos hechos desdichados solo era, para él, otra forma de castigo -o sea, negarle comprensión y rechazar sus quejas por insignificantes-Ben quería un cómplice benévolo que viera las cosas del mismo modo que él las veía, y que en virtud de poseer poder y autoridad adultos influyera para que sus progenitores fueran más indulgentes y generosos, lo respetaran más y toleraran su conducta. Lo único que podía hacer en estas circunstancias era «maldecir por lo bajo» o «patear los muebles».
Durante un interminable número de sesiones, Ben se presentó a sí mismo como un ser indefenso que se hallaba a merced de personas poderosas. No solo las buenas intenciones de estas, sino incluso su voluntad de tener en cuenta la felicidad del niño debían cuestionarse. La última en incorporarse a este grupo de personas fue, por supuesto, la terapeuta.
¿Qué bien podría hacer hablar acerca de las cosas? Solo importaba mejorar concretamente su vida cotidiana, mediante la obtención de ventajas materiales y consideraciones especiales.
No sorprende que las «sesiones de charla» lo decepcionaran, por cierto lo enfurecían aunque nunca hasta el punto de abandonar el consultorio. Se había ligado firmemente a su protectora e imaginaria torturadora.
Manteniendo la creencia de que la causa de sus problemas era solo externa, Ben acallaba su temor de ser un «enfermo mental». Se había «topado» con este tema en un diccionario, y en «alguna revista» había leído acerca de la terapia de juegos y cómo los niños revelan en forma indirecta sus sentimientos hacia la familia. Por supuesto, no le gustaban los juguetes; le agradaban más algunos pasatiempos particularmente el ajedrez. En este último, lo que más le entusiasmaba era perseguir a la reina (nunca al rey) por todo el tablero y dejarla fuera de juego"* Resultó claro que el niño conocía el significado sexual de esta frase. Los sentimientos agresivos y retaliativos hacia la terapeuta adoptaron la forma de un ataque sexual desplazado; este era su modo de despojar a la mujer amenazadora de sus poderes superiores. Con el fin de comprender la línea genética y la cualidad dinámica de este tema, que surgió bastante pronto en la terapia, hubo que esperar su reaparición dentro de diversos contextos; solo entonces se lo pudo incorporar al trabajo de interpretación y reconstrucción del proceso de tratamiento.
*En el original, «knocking ber up», cuyo significado, en slang, es «dejarla embarazada».
(N.
del T.)
Otro modo que Ben tenía de controlar ciertos sentimientos y fantasías, en cuanto fuentes potenciales de angustia, era su concepción de sí mismo como «hombre mecánico», la cual constituía una expresión puramente metafórica; no contenía ningún rasgo de la conocida representación de sí mismo como robot, característica del niño psicótico. En tono algo sarcástico y burlón, se decía hecho de engranajes, alambres, resortes, etc., como un reloj. Todos querían saber qué producía su tictac, pero -afirmaba triunfalmente- «nadie puede imaginárselo». Convencido de que no valía la pena continuar discutiendo, puesto que él nada tenía que agregar, sólo podía decir: «Dejemos este asunto».*
Los mecanismos de defensa de negación y desplazamiento se manifestaron con amplitud en la etapa inicial de la terapia. Sin embargo, la identificación de las defensas solo representa un Iogro parcial con respecto a nuestra comprensión de ellas. Queda siempre el problema de trazar su historia: los factores genéticos dejan sus huellas en los distintos niveles del desarrollo por donde pasan las defensas. Una defensa se suele elaborar a través del tiempo, y una u otra de estas elaboraciones aludirá a la situación de peligro suscitada por la acción defensiva. Nuestro objetivo es conocer en profundidad la situación de peligro prototípica, en los planos tanto histórico como psicológico. Las raíces de la negación nunca han de ser localizadas exclusivamente en las alucinaciones negativas de la más tierna infancia. Mediante este proceso mental, la dolorosa realidad se vuelve inexistente. La negación opera en un nivel superior, pero permanece ligada al pensamiento mágico, a una identidad entre pensamiento y percepción.
En etapas más avanzadas del desarrollo, la negación instiga una regresión yoica hacia el pensamiento prelógico. De hecho, un rasgo típico del preadolescente es que estas formas regresivas de cognición influyan -de manera selectiva, claro está- en sus procesos de pensamiento. Los conocidos rituales y supersticiones de esta edad pertenecen a dicha esfera de actividad mental.
En el caso de Ben, el pensamiento mágico desempeñaba un papel destacado en su vida mental. El niño creía que si se concentraba lo suficiente en algo deseado (p.
ej., ganar una lapicera en una rifa), las circunstancias se verían obligadas a obedecer sus pensamientos; de modo similar, si no pensaba en algo, esto no ocurriría.
El pensamiento mágico se aplicaba a
*En el original, «Let"s drop it», cuyo significado literal «
(N.
del T.)
hechos indeseables, como enfermedades, y accidentes. La mayor parte del tiempo, sin embargo, cuando las circunstancias no lo favorecían, Ben opinaba que sólo tenía «mala suerte». El tema de «la buena y la mala suerte» ocupaba un lugar privilegiado en todas sus historias. En cualquier situación era víctima.- la maestra le gritaba solo a él, los progenitores solo a él lo privaban de sus placeres.
El temor a su maestra adquiría proporciones de terror y pánico; cuando exclamaba: «Quiere matarme», lo decía literalmente. Afirmaba que en presencia de aquella se sentía extremadamente nervioso: «Temblaba» cuando ella lo llamaba. Esperaba que «me agarrara de la camisa» si no contestaba en forma correcta. Paralizado por el pánico, era incapaz de hablar.
«Tengo ganas de llorar y no puedo respirar». El hecho de provocar a la mujer homicida (castradora) tenía dos objetívos: por un lado, afirmaba su autonomía de acción o, en otras palabras, preservaba su identidad masculina; por el otro, le permitía comprobar que el castigo no violaba su integridad física y mental (castración), y, por consiguiente, no representaba ningún peligro real. Ambos aspectos de la provocación constituían, en consecuencia, medidas de seguridad. El grado y la persistencia del peligro interno podían calcularse por el carácter compulsivo de sus provocaciones. En este punto se nos plantea el siguiente interrogante: ¿Cuáles son las sítuaciones de peligro específicas y prototípicas contra las cuales se erigen las defensas? La elección de estas, así como su expresión a través de la conducta y la verbalización en el tratamiento, muestran un camino para responderlo.
Reconocemos la identificación de Ben con el agresor, «igualmente homicida»; también reconocemos, en el mecanismo de la negación, la eliminación activa del peligro externo. Esta negación aparece en forma contrafóbica y es responsable de la mayoría de las conductas intolerables y provocativas del niño. El contenido psíquico que la situación de peligro,.
prototípica y traumática, adopta en la preadolescencia masculina se relaciona con esta etapa del desarrollo. El caso de Ben constituye un buen ejemplo. La situación de peligro intrapsíquica consiste en perder contacto con su identidad masculina, a la vez que la amenaza constante a esta última se origina en una tendencia regresiva extraordinariamente fuerte hacia la dependencia y el suministro pasivos. Resulta claro que el yo desempeña un papel defensivo.
En este punto, sin embargo, debemos formularnos otra pregunta: ¿Cuáles son los compornentes pulsionales específicos responsables de las provocaciones de este niño? En primer término, tenemos la pulsión agresiva y sádica, que se satisface con el tormento de los otros; en segundo lugar, la sumisión masoquista, que gratifica regresivamente las necesidades de dependencia. La autoafirmación sádica aparece como egosintónica, en contraste con la renuncia masoquista, ajena al yo. Debemos examinar también la participación de otra estructura psíquica, el superyo, en los procesos defensivos (Yo) y gratificantes (ello). La culpa arroja una sombra de disforia sobre el compromiso sadomasoquista de Ben con el mundo externo. La culpa y la expiación, que el niño experimenta como sacrificio e impotencia, están ligadas a una cadena de acontecimientos que se moviliza por sí misma y cuya función consiste en mantener la angustia en un nivel tolerable. Cuando Ben estalla, inesperadamente, y confiesa: «Sí, soy malo, muy malo», está expresando la culpa que le despiertan sus provocaciones sádicas. Por otro lado, la gratificación masoquista se expresa en su sometimiento al castigo que él mismo ha provocado. Su estado de impotencia, la «mala suerte» y el tratamiento «injusto» no son más que signos de una necesidad masoquista que -debemos suponer- se halla arraigada en una experiencia traumática. La amenaza de capitular en el plano emocional moviliza, a su vez, una vehemente afirmación de su masculinidad.
Después de examinar su curso a través de las tres estructuras psíquicas, el ciclo dinámico resulta claro ahora. No obstante, estas inferencias deben ser provisionales, pues solo se basan en primeras impresiones. Empero, con el fin de proseguir la terapia, es indispensable formular una hipótesis de trabajo que la oriente por el momento. Mediante la elaboración o el descarte de las hipótesis formuladas, debemos perfeccionar sin cesar el grosero instrumento con el que empezamos a indagar. El paciente nunca deja de ofrecernos el material necesario para ese perfeccionamiento. Al principio, tratamos de determinar los aspectos dinámicos y económicos del funcionamiento de la personalidad de Ben por el modo en que se reflejan en las tres estructuras psíquicas. Un ciclo patológico, autodestructivo, se alimenta a sí mismo una vez establecido; es decir, una pauta observable (sintomatología) se reitera con absoluta monotonía.
Durante una inesperada pero breve interrupción de esta última, Ben señaló: «Es gracioso. No puedo recordar lo que pasó en casa hace poco, pero recuerdo cosas que pasaron hace años». Recuerda las pesadillas que tenía a los cinco años, y el hecho de que «papá no estaba en casa en esa época, y mamá me dejaba ir a su cama». En la actualidad, el niño tiene dificultades para dormirse; cuenta una pesadilla reciente donde aparece su maestra, quien, en el sueño, tiene una hermana gemela. Confirma con una amplia sonrisa la interpretación de que la hermana gemela es la terapeuta y de que su cautela con respecto a la terapia se debe a temores similares a los que ha experimentado en la escuela.
«Dejemos este asunto» fue su réplica, usual, por lo demás, cuando se trataba un tema que le producía inquietud.
Este ejemplo pone de manifiesto que el yo de Ben permite a este tener deseos infantiles, manteniéndolos lejos en el tiempo, como «meros recuerdos». Por el contrario, cuando las mismas necesidades emocionales e instintivas pertenecen al presente, «no se las recuerda». Cuando la terapeuta exponía un nexo interpretativo, el paciente lo ignoraba; sin embargo, nunca respondió con una actitud negativa global hacia la terapia. El niño quería algo: ¿Qué? Para hallar la respuesta, haré la sinopsis de dos sesiones.
a.
En una oportunidad, durante los primeros seis meses del tratamiento, Ben hablaba, como lo hacía con frecuencia, acerca de las injusticias que debía soportar. Mientras lo hacía, levantó un «muñeco padre» y comenzó a pasar sus dedos entre las piernas de este. Al mismo tiempo, contó que había mirado en el armario del padre, descubriendo su regalo de Navidad; luego se lo había confesado, y aquel, como era previsible, lo castigó. De manera abrupta, declara que llama a las niñas con ciertos nombres que no puede repetir en la sesión; «Usted tendría que tener menos de veinte», agrega. No le gustan las niñas porque son estúpidas. Difieren de los varones, pues «tienen pelo largo y una costilla de más»."[1] Nunca se preocupó por descubrir cuál es la «diferencia real» entre ambos sexos, y da por terminado el asunto afirmando que «uno nace mujer y otro varón». Sí, una vez le preguntó a la madre acerca de ello, y esta le contestó que «una mujer puede tener un bebé y un hombre no.».
Esta definición negativa acerca de la masculinidad (pelo, costilla, bebé) refleja el concepto del niño sobre la sexualidad: la mujer procreadora posee un poder superior; ha de ser envidiada y temida. En realidad, Ben ca-
b.
En otra oportunidad, en la que Ben se estaba explayando acerca de su miedo,a la maestra, el cual seguía a las provocaciones de que la hacía objeto, interrumpió de repente el hilo de sus pensamientos, se dirigió hacia el pizarrón y escribió la palabra «Auxilio».
Al preguntársele, no supo explicar por qué lo había hecho.
¿Carece realmente de significado este pedido de ayuda subsiguiente a la revelación de su temor a que «la maestra me mate»? El niño responde a esta sugerencia con irritación y suficiencia, y rechaza la charla diciendo que simplemente son «estados de ánimo» y nada puede hacer para remediarlo. La terapeuta se compadece de esta deplorable circunstancia y Ben confirma sus apreciaciones asintiendo con la cabeza. De repente, el niño pasa a otra cosa -un cambio en el que descubrimos digresión incidental pero no un desvío del tema-. La asociación siguiente se refiere al padre y a cómo echa de menos la compañía de este: lo gustaría que lo llevara a un partido de béisbol.*
Desanimado por este pensamiento, se vuelve, inquieto, hacia las pinturas, después de advertir a la terapeuta que él no es «bueno». Pinta las caras de un niño y un payaso. Los resultados lo llenan de desaliento: «Esto no es nada ...
Es horrible ...
¡Mire la oreja!». Lo que lo decepciona en ambos casos son las orejas. En un retrato, estas son deformes y demasiado grandes; en el otro, el sitio que les correspondería está cubierto de pintura. Abandonando esta actividad, el niño declara que, después de todo, su padre es realmente un «buen tipo», aunque grite demasiado. Cuando se le dice que la sesión ha terminado, se pone de pie de un salto, con alivio; luego se detiene y en tono casual deja caer el comentario de que al volver a su casa suele comprar una barra de confite, pero que esta vez no podrá hacerlo, pues se ha quedado sin un centavo. Al ver que la terapeuta no le ofrece ayuda financiera, Ben abandona el consultorio sin decir palabra.
* En las referencias al «béisbol» debe tenerse en cuenta, para comprender algunas de las interpretaciones, que en el inglés coloquial «un partido de béisbol» es «a ball game»; literalmente, «un juego de pelota».
(N.
del T.)
Estas sesiones constituyen un ejemplo típico de muchas otras; no obstante, ese carácter repetitivo refleja una pauta .[2] Las sesiones suelen comenzar con un esfuerzo por comunicar «algo importante» a la terapeuta (b, 1). Tan pronto como sus comentarios adquieren sentido, al reunírselos en un pensamiento comprensible (b, 2), el paciente se escapa mostrando abatimiento o haciéndose el payaso (b, 3). Reacciona ante las interpretaciones, explicaciones o preguntas como si fueran ataques, o exigencias de que se someta al conocimiento superior de una mujer (b, 4). A ello le sigue una fantasía restitutoria, que, por lo general, se desvanece rápidamente (b, 5). Se abandona otro esfuerzo por comunicar «algo importante» antes de entenderlo (b, 6). De nuevo se busca reaseguramiento a través de un deseo, un pensamiento (b, 7), una fantasía o un pedido de suministro concreto (b, 8).
Paulatinamente, el tratamiento de Ben demostró que este quería recibir ayuda, pero se sentía totalmente incomprendido. Por cierto, los responsables de su terapia se vieron acosados, al principio, por la incómoda sensación de no entender el caso en absoluto. No obstante, siempre vale la pena prestar atención a algunas señales, aunque sean débiles, antes de ahogarlas en un fárrago de explicaciones estereotipadas, la más común de las cuales es la «resistencia». La incapacidad de Ben para responder a las expectativas terapéuticas no podía atribuirse solo a la resistencia, la patología de la familia, el miedo a la crisis, etc., pues el niño, al parecer, trataba desesperadamente de comunicar fragmentos significativos de información a la terapeuta, quien no solo fracasaba en sus intentos de entender el mensaje, sino que se había convencido de ese fracaso.
Las tendencias descritas abarcaron un período de casi ocho meses. Si bien no son raras en la fase inicial del tratamiento de un preadolescente, ciertos aspectos de las mismas determinaban el escepticismo terapéutico. Las quejas repetidas y la ausencia de movimiento terapéutico, por ejemplo, planteaban el interrogante de si era posible o no tratar el caso. Las interpretaciones, explicaciones u observaciones compartidas destinadas a promover la introspección no surtían efecto alguno. El círculo vicioso del complejo de síntomas, al que ya hemos aludido, se repetía sin pausas, y con tal vigor que los progenitores, desesperados, comenzaron a cuestionar la utilidad de la psicoterapia y a pensar seriamente en separar a su hijo de la familia e internarlo en un centro de tratamiento. Por fortuna, se pudo evitar que aquellos adoptaran una medida precipitada e imprudente. La madre, entretanto, había iniciado tratamiento psicoterapéutico y, a pesar de sentirse exasperada y decepcionada, fue capaz de entender que el hecho de internar a su hijo no implicaba soluciones al problema, sino evadirlo. En esta etapa, declarar que era imposible tratar al niño hubiera sido equivalente a admitir que su patología había escapado de nuestra comprensión. Una decisión de tanta importancia no debía apoyarse en bases pragmáticas, sino científicas. No podía negarse que Ben estaba ansioso por continuar el tratamiento, había establecido una buena relación y participaba de modo inteligente. Había dado muestras de sufrir un conflicto interno, al que protegía con tenacidad de cualquier intrusión. Cualquiera que fuese el rumbo que Ben imprimía a su material, volvía a caer inevitablemente en las quejas acerca de las injusticias que el mundo cometía con él y de cuán impotente se sentía para modificar su suerte.
Ante esta coyuntura, emprendí una cuidadosa revisión del material reunido durante ocho meses. Me referiré ahora al nuevo insight que obtuve, a la sospecha que me asaltó y que luego se convirtió en una hipótesis de trabajo, y, por último, a los datos que sirvieron de base a las inferencias y resultados.
14. Análisis de un estancamiento en la terapia
En mi revisión de los ocho meses de terapia de Ben, resultó sumamente claro que no había indicio alguno de funcionamiento fronterizo; el chico se hallaba bien arraigado a la realidad. Por supuesto, en los ámbitos de la provocación compulsiva y el complejo de persecución dominaba, en efecto, el pensamiento prelógico y mágico. El núcleo patológico influía en la actitud general del niño hacia la vida, su imagen de sí mismo, su identidad sexual y su autoproyección en el futuro. Todos estos aspectos conscientes estaban marcados por una sensación difusa de insatisfacción e impotencia. Ben aceptaba sólo parcialmente y en forma conflictiva el mejoramiento regresivo de este afecto displacentero y hasta depresivo.
En el niño en edad prepuberal el ascenso de la modalidad genital de descarga pulsional intensifica la angustia producida por la pasividad regresiva. Este hecho relativo a la maduración contrapone la necesidad aún vigente de la madre nutricia y protectora al surgimiento de la sexualidad genital. El adolescente proyecta como temor a la mujer -o, de modo más específico, a la mujer castradora- el miedo a regresar a la dependencia infantil, a someterse a la madre arcaica y omnipotente de la infancia y la niñez temprana. Al ámbito de la angustia de castración pertenecen los obstáculos reales o imputados a la maduración («la madre controladora») y los efectos del narcisismo (en mayor medida que el orgullo) parental en relación con los logros del hijo («mi hijo, el mejor alumno»).
Los intensos temores que Ben verbalizó de manera tan elocuente con respecto a la maestra se ajustan perfectamente a la configuración conflictiva típica del adolescente que he descrito en términos teóricos [Blos, 1958, 1962, 1965]. Mi teoría de la adolescencia se vio confirmada también por el vuelco de Ben hacia su padre como protector contra la madre preedípica, arcaica. En esta fase, el padre no es todavía competidor en una constelación triádica, es decir, edípíca. La compañía masculina ofrece seguridad a Ben; por cierto, la falta de disponibilidad emocional del padre convierte el reclamo del hijo en un desesperado pedido de auxilio.
Todo esto es típico del preadolescente.
Sin embargo, la petrsistencia, si no la agravación, de los síntomas de Ben -en general, su monótona reiteración- despertó preocupación. No se trataba, en este punto, de que se cuestionara la posibilidad de tratar al chico, pues este problema ya se había resuelto afirmativamente. El problema, ahora, era comprender de manera más exacta y profunda la patogénesis y el modo de funcionamiento en virtud de los cuales el estado patológico había conseguido mantenerse intacto. Pensamos en el compromiso sadomasoquista del yo y en sus desastrosos efectos sobre la formación de las facultades adaptativas; pero el esfuerzo terapéutico dirigido hacia este fin fracasó. No obstante, la perturbación de Ben era de índole neurótico; por consiguiente, debería haber sido, al menos de alguna manera observable, susceptible a la psicoterapia; por cierto, la corrección de este problema no requería controles ambientales,
Mi experiencia terapéutica me llevó a sospechar que, en los casos en que se produce un «impase» semejante, existe un secreto presente o pasado, relativo a la familia, que en la mente del joven paciente ha caído bajo el dominio de la amnesia. Este tipo de amnesia no era resultado de la represión en cuanto mecanismo de defensa; en cambio, el olvido se debía a una orden impartida por el ambiente, mediante gestos y ejemplos, para olvidar e ignorar. Por lo tanto, la fuerza represiva era externa [Blos, 1963]. El esfuerzo abortivo por integrar la experiencia perdida al yo y a su sistema mnémico origina formas psícopatológicas características, entre las cuales ocupa un lugar destacado el síndrome de «actuación».
Otra clase de secretos, de valencia patógena similar, se relaciona con algún defecto físico al que los progenitores no prestaron ni prestan atención y al que de hecho ignoraron e ignoran deliberadamente. La inatención selectiva de los progenitores es complementada por una inatención selectiva semejante por parte del niño. No obstante la negación a la que obliga el ambiente, la anomalía física, cualquiera que sea, se refleja en el esquema corporal o en la representación de si mismo.
De este modo, influye indirectamente en la actitud, los estados de ánimo y la conducta. Debe advertirse que ambos tipos de secretos son externos; solo secundariamente se vuelven parte esencial de la psicopatología central del niño.
El material de Ben apuntaba a un estado de testículos retenídos. En virtud de mis estudios sobre criptorquidia [Blos,1960], sabía que la omisión de este estado en la historia clínica del niño no es nada infrecuente. Sabía que el niño nunca revela espontáneamente este estado al terapeuta, en caso de que los progenitores lo ignoren. Solo puede ser comunicado mediante datos indirectos, como la elección de símbolos, el esquema corporal, la identidad de género, la somatización. Además, se refleja en un estado de resignación rebelde, que influye de modo significativo en la conducta, atribuyéndole intenciones mágicas. El terapeuta debe introducir el estado genital junto con la recomendación o el pedido de examen médico.
Los padres de Ben nunca habían mencionado una anomalía genital. Sobre la base de datos indirectos contenidos en el material de entrevistas, se le preguntó a la madre si Ben tenía testículos retenidos; se obtuvo una respuesta afirmativa. La madre informó que cuando Ben tenía 5 años el doctor había diagnosticado una hernia y testículos retenidos. La hernia desapareció en forma espontánea, pero se postergó para una edad más avanzada la corrección de la críptorquidia. Nunca más alguien hizo referencia a la anomalía genital.
La experiencia me había enseñado también que si en la labor terapéutica se omite el defecto genital se produce en ella un estancamiento, cuyos rasgos son similares a los observados en el caso de Ben. Se nota una cadena de indicios constantes y repetidos de comunicación significativa que, al parecer, se prestan a la interpretación o sirven como hitos para la investigación; no obstante, de un modo u otro, estos halagüeños atisbos terminan en nada. Hasta que el defecto genital no constituye materia de conocimiento por parte del niño y el terapeuta, es imposible eliminar los obstáculos que han mantenido intacto el complejo de síntomas.
Intentos tales como las interpretaciones, el apoyo yoico, la participación comprensiva y la actitud permisiva o generosa del terapeuta pronto demuestran su ineficacia; el niño los considera esfuerzos inútiles, aunque bien intencionados. Un niño criptorquídico suele aferrarse a la terapia con inquebrantable pertinacia, en la esperanza de que «todo será puesto en su lugar».
Dos actitudes de Ben (sus excesivas exigencias de cosas materiales y la sensación de que habían cometido una injusticia con él), si bien pueden interpretarse con sospechosa facilidad como fenómenos infantiles y regresivos, aparecen, por lo menos parcialmente, bajo una luz diferente si se las relaciona con un defecto genital. La búsqueda de integridad física, tan rápidamente caratulada como un fenómeno de mezcla o fusión infantil, aparece aquí como un reclamo normal de restitución, que el niño dirige a la Madre Naturaleza, Era justo que recibiese no solo algunas, sino todas las partes (y en sus lugares apropiados) correspondientes a un genital masculino completo. En la pubertad, este serio defecto adquiere una connotación particularmente penosa, pues provoca en la conciencia del chico un estado de incertidumbre acerca de su masculinidad y sofoca la declaración afirmativa de una realidad corporal masculina, tan esencial para un muchacho en proceso de maduración.
El grado de ansiedad vinculado con este incierto estado genital es tanto mayor cuanto más fuerte es la tendencia regresiva hacia la pasividad y la sumisión. Por supuesto, dicha tendencia es previa a la pubertad, pero se afirma con más vigor durante la fase de la preadolescencia. El niño alterna la autoafirmación y las exigencias agresivas con reclamos impotentes para que lo conforten físicamente y le proporcionen autoestima.
Todos estos esfuerzos se dirigen, en su mayor parte, a la madre. La sexualización de estas tendencias determina una enmarañada relación sadomasoquista con el ambiente, tal como el caso de Ben lo pone de relieve. Como ocurre siempre en estos casos de adolescentes jóvenes, existe una red de precondiciones infantiles que entran en pugna con los impulsos preadolescentes y los cambios corporales de la pubertad.
En este punto, debo informar al lector acerca del razonamiento que me llevó a sospechar que Ben tenía problemas testiculares. Es preciso aclarar desde un principio que ninguna faceta aislada justificaría, por sí misma, dicha conclusión. Solo después de articular las distintas piezas del rompecabezas podremos reconocer una imagen sugestiva. Mis estudios clínicos sobre la criptorquidia en niños en edad prepuberal -etapa temprana- [Blos, 1960] me habían familiarizado con el proceso de decodificación de esta anomalía genital.
En aras de la claridad, he organizado el material de entrevistas pertinente en cuatro puntos; estos, por su misma elección, permitirán analizar las características psicológicas y conductales de la criptorquidia.
Actos sintomáticos
Cuando Ben concurrió a su primera entrevista, tenía la bragueta abierta. En sí mismo, esto nada significa en particular, pero se tuvo en cuenta la observación y se planteó la pregunta de si el muchachito, inconscientemente, no estaría llamando la atención sobre sus genitales; si ello era así, ¿qué contenido mental particular debía atribuirse a ese hecho? ¿Se repetiría? Esto no ocurrió, pero la zona genital continuó siendo una parte del cuerpo sobre la que el paciente llamaba una y otra vez la atención, tirándose de los pantalones en la entrepierna y manoseando esta área mientras buscaba decir algo. No resultaba claro si estas actividades manuales indicaban tendencias rnasturbatorias y exhibicionistas o eran gestos reaseguradores y protectores, similares a los de los niños pequeños que se aferran a su pene cuando se sienten asustados o presa de angustia.
Las mentiras de Ben tenían un carácter compulsivo y, al mismo tiempo, un propósito consciente y manejador. Resultaba obvio el esfuerzo por controlar a los otros y no ser controlado por ellos.
Además, las mentiras poseían la cualidad de un juego «de imaginación», cuyo encanto particular residía en el hecho de que alteraba la realidad, a voluntad y fácilmente, mediante la magia de la palabra hablada. El uso de la negación como reaseguramiento y fuente de suministro narcisistas se hallaba estrechamente relacionado con estos fenómenos. Dicha defensa se había sexualizado, adoptando así las características de un síntoma.
El hábito de perder y olvidar cosas constituía un acto sintomático de orden muy diferente. Ben perdía constantemente sus libros, sus zapatillas de goma, su pase para el ómnibus, su sombrero, su gorra. Sorprendía, en especial, la pérdida del pase, pues este representaba su posesión más preciada; lo hacía sentir «superior», «varonil» e «importante».
¿Se basaba esta pérdida de objetos en sentimientos de culpa? ¿Era un acto masoquista, o, quizá, una abrogación inconsciente de su masculinidad?
En el material se daban casos inexplicables: palabras y acciones aparecían y desaparecían en forma abrupta, como estrellas fugaces, sin dejar rastro alguno acerca de su origen o su destino. Perduraba el deseo de la terapeuta de entender el significado de todo ello. Como ejemplo, recuerde el lector la palabra que Ben escribió en el pizarrón («Auxilio»). Este espontáneo SOS se originó «sólo en un estado de ánimo», explicó él; pero nosotros teníamos la certeza de que el pedido de auxilio se había referido a una situación de peligro específica. En otra oportunidad, de nuevo en forma repentina, Ben se dedicó a efectuar en el pizarrón una larga división, agregando cero tras cero interminablemente. Estas actividades eran seguidas, en general, por conversaciones que, en vez de elucidar su sentido, lo oscurecían; de modo similar, las indagaciones acerca del significado de sus acciones resultaban infructuosas.
El esquema corporal y los equivalentes de los órganos
El esquema corporal forma parte de la representación de sí mismo. En esta medida, tiene dos componentes: uno se vincula con el cuerpo tal como se lo percibe, y el otro, con el cuerpo tal como se lo concibe. El concepto de cuerpo tiene connotaciones irracionales, que influyen en forma decisiva en la conducta y los estados de ánimo. Ben dice muy claramente: «Ya sé que tengo pene; pero lo que no sé es si las niñas lo tienen o no». Por consiguiente, que una niña sea distinta o semejante a él es asunto discutible. A un nuevo relato de los agravios y el tratamiento injusto que recibía le seguía la exploracíón de la entrepierna de muñecas y muñecos. Conversaciones concomitantes no dejaron ninguna duda de que el paciente no poseía un concepto claro de varón y niña, de hombre y mujer, a pesar de que un libro que le había dado su madre le había proporcionado un conocimiento anatómico exacto.
El hecho es que Ben no quería saber; la incertidumbre con respecto a la diferenciación sexual se había vuelto una fuente de reaseguramiento y esperanza. La confusión y la vaguedad de su identidad sexual se refleja en su esquema corporal, el cual, a su vez, determina el componente irracional que descubrimos en su prueba de realidad. Debe tenerse en cuenta que la percepción correcta y estable de la propia realidad corporal se complementa, ipso facto, con una percepción similar del mundo externo.
Cuanto menor sea la discrepancia entre el percepto y el concepto de realidad corporal, más confiable será la capacidad relativa a la prueba de realidad.
Las pinturas y dibujos de Ben indicaban una insatisfacción decisíva con sus partes corporales. Las orejas siempre estaban mal; faltaban por completo, eran demasiado grandes o consistían simplemente en una mancha de color. El hecho de centrar la atención en las orejas bien podía ser un desplazamiento de abajo hacia arriba.
¿Qué significaba? Los niños con testículos retenidos siempre utilizan los órganos pares cómo sustitutos o equivalentes de aquellos. Ben pintaba jugadores de béisbol y magos, ambos personajes restitutorios.
Junto con esto, las numerosas referencias a las pelotas (béisbol) y el temor a lastimarse durante el juego -especialmente los globos oculares (otro órgano par)- nos hicieron sospechar que tal vez existiera un «problema con las pelotas».[3]
Cuando jugaba al béisbol, el niño usaba anteojos de sol para proteger sus ojos; luego anunció que tenía un defecto visual (ceguera a los colores). Esta deficiencia era exagerada, si es que realmente existía; ningún miembro de la familia había oído hablar nunca de ella. Por consiguiente, constituía un mensaje confiado a la terapeuta, en la esperanza de que lo decodificara. El hecho era que su juego favorito, el béisbol, se había convertido en peligroso debido a todo tipo de accidentes potenciales, como «quebrarse una pierna» o «destrozarse la cabeza de un golpe». Nunca había sufrido un accidente, pero tenía la idea de que estuvo una vez en un hospital por «quedárseme metido un carozo de cereza en la nariz». Luego de pensarlo otra vez, no estaba seguro de si había sido él o su hermano. De todos modos, el carozo sólo pudo ser extraído en un hospital.
Recordaba que el episodio de la hernia había tenido lugar a los 5 años, pero estaba confundido respecto de su localización, ubicándola cerca del pene. No sabía qué era una hernia; solo sabía que estuvo allí y luego desapareció. Los temores al daño corporal eran generalizados. Ben tenía plena conciencia de su baja estatura y su exceso de peso. Consideraba que el hecho de que los otros niños no simpatizaran con él debía atribuirse a su aspecto físico. Cabía preguntarse, pues, qué se hallaba en condiciones tan desastrosas en su estado físico. En un niño de esta edad, lo primero que se piensa es, por supuesto, en el deseo de «crecer» y en el miedo a ello; pero este conocido tema no proporcionaba una explicación satísfactoria en el caso de Ben. Este se sentía insatisfecho con su símismo corporal y esperaba que todos los demás fueran conscientes también de su estado físico, para aprovecharse de él o para rechazarlo a causa de ello.
Fenómenos restitutorios
El movimiento abdominal involuntario atrajo nuestra atención desde el comienzo del tratamiento. Ben nada podía decir acerca de su historia; de hecho, este síntoma, que tenía el carácter de un tic, no le molestaba. Una vez establecida la sospecha de criptorquidia, este extraño movimiento adquirió el significado de un gesto restitutorio; simultáneamente, confirmaba la sospecha. Consideremos que el movimiento casi involuntario tenía el propósito de empujar los testículos dentro del saco escrotal. En este sentido, corregía un defecto que constituía fuente de ansiedad constante. Si nuestra suposición era correcta, dicho movimiento debería dejar de ser extravagante y convertirse en un acto ajustado a un propósito, aunque involuntario.
Ben atribuía, por desplazamiento, enorme importancia a ciertas posesiones materiales y aptitudes mentales suyas, pero sin obtener de ellas ninguna satisfacción duradera. Por el contrario, deseaba perderlas, o las perdía inconscientemente. El intento de examinar estas pérdidas en función de su inmolación -es decir, como expresiones de sentimientos de culpa y sacrificios expiatorios- no tenía sentido alguno para el niño; sólo podía señalar que los hechos cotidianos eran pruebas irrefutables del trato arbitrario que recibía y de las injusticias que siempre cometían con él. Las conversaciones invariablemente terminaban en lo mismo: ningún cambio era beneficioso, y para él, sígnado por la «mala suerte», no había esperanza alguna.
Adjudicaba enorme importancia a su pase para viajar en ómnibus: tenerlo bien seguro en su bolsillo lo hacía sentir «todo un hombre». Entonces lo perdía. Su intelecto superior era otra posesión valiosa: recordar su inteligencia le proporcionaba una sensación de bienestar. En cierta oportunidad, decidió acometer una tarea casi imposible: aprender los nombres de todas las calles de la ciudad, con el fin de orientarse mejor que cualquiera. Viajar en ómnibus con su pase lo ayudaría a alcanzar esa meta. Mis estudios sobre criptorquidia me permitieron reconocer, en la exploración espacial de las calles en cuanto vías de ingreso y salida -o, en general, en la curiosidad geográfica de Ben-, un interés referente a la topografía corporal. Este proyecto nunca se llevó a cabo. La idea de ser capaz de cumplir semejante hazaña bastaba a Ben para restablecer su sensación de dominio. Asimismo, las payasadas y el afán de ridiculizarse y de ridiculizar a los otros, en especial a la maestra, ¿no podrían considerarse esfuerzos restitutorios? ¿No cabría parafrasearlos diciendo: «No es de mí, sino de ti de quien deben reírse; se burlan de mí porque soy inteligente; cuando yo me río, es a costa tuya; yo manejo los hilos y tú saltas»?
Nexos asociativos
Un niño de 12 años puede decir muy poco acerca de su vida interior; esta no es la edad de la introspección, la observación de sí mismo o la curiosidad psicológica. El niño sólo puede revelar lo que está al alcance de su conciencia; por ejemplo: acciones y hechos. Sin embargo, también aludirá a ciertos temas sumamente personales e íntimos. Estos temas, por lo general, quedan pendientes; no terminan de completarse en relación con el papel que tienen en la actividad psíquica y, particularmente, con la enfermedad o el complejo de síntomas. Cualquier tema, una vez introducido, debe complementarse con referencias que ofrezcan un significado o valencia especiales. Para ello contamos con el uso que el niño hace de símbolos, gestos, juegos, teatralizaciones y paráfrasis, y, en particular, con sus nexos asociativos.
Estos nexos se manifiestan en charlas al parecer inconexas, en el hecho de saltar de tema en tema, interrumpir un pensamiento para seguir otro y desplazarse hacia modos expresivos de acción. A través de este camino indirecto, el terapeuta obtiene la información más útil sobre la vida interior del paciente y los procesos patológicos en acción. La tarea del terapeuta consiste en reconocer en la secuencia de temas, aunque sean heterogéneos y carezcan de conexión racional, un mensaje pertinente, homogéneo y significativo. Con el fin de ilustrar estas observaciones, expondremos ahora dos secuencias asociativas.
Un día, al principio del tratamiento, Ben llegó presa de gran excitación. No podía dejar de pensar en su maestra y en el daño físico que esta podría infligirle «golpeándole la cabeza». Un incidente semejante nunca había ocurrido realmente. Ben se rió cuando la terapeuta le indicó que ello ponía en peligro sus facultades cerebrales; no obstante, quedó el hecho de que él sabía que la maestra iba a dañarlo corporalmente. Luego abandonó este tema y recogió un cesto que había empezado a hacer dos semanas antes. Se instaló con actitud cómoda y satisfecha en su silla y reinició el trabajo. Cuando advirtió que la terapeuta lo estaba observando, comenzó a sentirse cohibido; se ruborizó y se puso nervioso. Por último, renunció a dicha actividad, se dirigió al pizarrón y dibujó un marcador de béisbol. Mientras lo hacía, habló de un muchacho con el que su madre le había prohibido que jugara, porque le gustaba pelear. Pero Ben ignoró la prohibición, y su madre, al saberlo, lo castigó.
¿Cómo se había enterado? «Se lo sopló una chica». No podía entender a su madre. Luego, volviendo al tema del béisbol, le planteó a la terapeuta un acertijo: «¿Cómo puede un equipo completar seis vueltas sin alcanzar ninguna base?», y le dijo que era casi imposible resolverlo.
¿Acaso ella podía? En este punto, tuvo urgencia de ir al baño. Al regresar, declaró que quería jugar a las damas, advirtiéndole a la terapeuta que iba a darle una paliza, de modo que se atuviera a las consecuencias.
Jugó muy mal, se vio perdido y quiso dejar el juego.
Si organizamos el contenido manifiesto de esta sesión en una secuencia de temas aislados, podemos anotar lo siguiente:
1. Miedo a la mujer castradora (maestra).
a: 2.
La fuga hacia el rol femenino provoca turbación (tra-
bajo con el cesto).
a: 3.
Vúelco hacia el béisbol, el mundo de los varones.
a: 4.
Tener un amigo agresivo no sirve de nada.
a: 5. Desafío al ingenio de la terapeuta (el acertijo).
a: 6.
Aumento de la angustia: deseos de orinar.
a: 7.
El niño está dispuesto a atacar a la terapeuta (juego
de damas).
a: 8.
El temor a su propia agresión lo lleva a la renuncia
y la derrota.
Unificando estos temas, tenemos la siguiente secuencia coherente de ideas:
Para evitar el daño físico infligido por la mujer castradora ( l), puedo elegir identificarme con el sexo femenino (2); esto es agradable, pero inaceptable (3); no hay más remedio que defenderse (4) e identificarse con el amigo agresivo; pero esto tampoco es una solución, pues pelear (5) sexualiza la ansiedad concomitante (deseos de orinar) (6); solo la agresión puede restablecer la sensación de integridad masculina (7); en determinado punto, esto siempre se convierte en inhibición, en la búsqueda de seguridad mediante la derrota.
En suma, aquí se pone de manifiesto la ambivalencia de Ben con respecto a su identificación sexual y la gratificación que obtiene alternando la lucha y la derrota; en otras palabras, destaca la enorme fuerza del miedo a la castración y del deseo de ella, que lo llevan inexorablemente, en un círculo vicioso, del ataque a la resignación.
En la segunda secuencia asociativo cabe observar varios temas, ya conocidos, dentro del contexto original de una sesión.
En una oportunidad, en la etapa inicial del tratamiento, Ben llegó quince minutos tarde; estaba «de pésimo humor».
«Me tiene loco», dice repentinamente.
¿Qué? «El tiempo». Si continúa lloviendo, no podrá ir a un partido de béisbol programado para dentro de dos semanas, aproximadamente. Luego habla de lo bien que le va en la escuela dominical, en la que, le ha tocado un maestro. La fuente de sus verdaderos problemas es la maestra de la otra escuela: tiembla y se pone nervioso al estar frente a ella; no puede contestarle, porque siente como si tuviera ganas de llorar y le resulta imposible respirar. Inmediatamente, salta a otro tema y dice que es deciego a los colores; sabe los nombres de estos, pero teme mucho equivocarse. Quiere dibujar y pintar: Dibuja un jugador de béisbol con una cabeza grande y sin orejas -«así no puede escuchar al árbitro»-, sin mentón y con un largo cuello. Señala un error en el brazo derecho, cuya mano lleva el guante y aferra la pelota. Menciona el accidente de un jugador de béisbol profesional, que «se rompió una pierna o algo así». En forma abrupta, afirma que él mismo estuvo en un hospital una vez por «habérsele metido un carozo de cereza en la nariz». Agrega: «Tal vez fue mi hermano>. Vuelve a dibujar, esta vez no una persona, sino una cancha de béisbol y una casa. Lo hace en forma distraída e indolente, y pierde interés en ello. De pronto, parece sentirse mal; cuando se le pregunta, se queja de un dolor de estómago y pide permiso para ir al baño. Al regresar se siente mejor, pero niega que haya tenido algún problema físico o experimentado dolor o malestar alguno antes de ir al retrete. Se muestra impaciente por concluir la sesión y abandona el consultorio unos minutos antes de terminar su hora.
Al organizar el contenido manifiesto de esta entrevista en una secuencia de temas aislados, anotamos lo siguiente:
1. Afecto persecutorio desplazado al tiempo.
a: 2.
Seguridad frente al maestro.
a: 3.
Impotencia y angustia frente a la maestra.
a.
4.
Defecto orgánico (ceguera a los colores).
a: 5. Imagen defectuosa de sí mismo (falta de orejas).
a: 6.
Acidente y hospital (pierna quebrada, carozo de cere-
za en la nariz).
a: 7.
Carozo de cereza y hospital: confusión entre sí mismo
y el hermano.
a: 8.
Dolor de estómago, movimiento de vientre.
a: 9.
No pasa nada, no hubo problema alguno con mi estómago.
Unificando estos temas, hallamos la siguiente secuencia coherente de ideas:
El mundo entero se ha propuesto arruinar mis placeres (l); la presencia de hombres me reasegura (2);.Ias mujeres me asustan (3); algo anda mal en mi cuerpo; ¿ha sufrido algún daño permanente? (desplazamientos hacia los ojos, las orejas, el mentón, el brazo) (4, 5, 6); no resulta claro de qué manera encaja en esta secuencia asociatíva la confusión entre él y su hermano (7); el dolor está en el estómago (8); expulsar el dolor malo (gesto mágico) me hace sentir bien. Estoy seguro de que nada malo me ocurrió ni me ocurrirá nunca (negación) (9).
Ciertos datos que me parecieron significativos en un principio no fueron más que corazonadas. Fue a la luz de la interpretación ulterior de los datos aportados por las entrevistas que se sugirió la existencia de criptorquidia. Determinadas secuencias asociativas, similares a las trascritas, elevaron al nivel de certeza la sospecha y la sugerencia. Dicha certeza se basó en datos indirectos, es decir, en la interpretación de los nexos asociativos y la representación simbólica del cuerpo.
En este punto, debo subrayar nuevamente que la afirmación explicativa alcanzada no se derivó solo del contenido manifiesto de las comunicaciones verbales de Ben. Sería absurdo atribuir aIgún significado especial al alivio obtenido mediante la satisfacción de la necesidad de un movimiento de vientre. Este acto solo adquiere significado psicológico dentro de una secuencia asociada de expresiones, sean verbales o motoras, gráficas o simbólicas. Los nexos asociativos, aunque no sean verbalizados, atraen nuestra atención y, mediante la interpretación, dan sentido a la palabra hablada. Cuando las palabras dejan de decirlo todo, es la voz del silencio (los nexos asociativos) la que habla.
La asociación que ligaba el carozo de cereza atravesado en un conducto o canal con el dolor de estómago y con el alivio obtenido al expulsar algo activamente era muy reveladora. La negación de Ben en cuanto al carácter relevante y significativo de la secuencia manifiesta y asociativa se ajustaba perfectamente a la facilidad con que su yo regresaba, ante un peligro, a la etapa del pensamiento prelógico o a la magia del pensamiento negativo. El hecho de sustituir la tendencia regresiva por la preferencia o el rechazo hacia ciertas asignaturas en la escuela puede considerarse un triunfo del yo; tal es el caso de la notoria falta de interés de Ben por el estudio del cuerpo (biología), en contraste con su marcada inclinación hacia el estudio de las estrellas. Los cuerpos celestes, después de todo, se hallaban a prudente distancia y era posible contar con ellos para siempre. El material citado permitió entender el presunto tic abdominal, que ahora aparecía como un gesto mágico para «empujar» los testículos fuera del «estómago». El análisis de los datos nos dio la certeza casi absoluta de que la mente de Ben se hallaba ocupada por la angustia relativa a la falta de integridad real de su cuerpo, junto con el problema de la posibilidad o no de repararla. Ello había adquirido ya el carácter de una «idée fixe» o de un pensamiento dominante: todo lo demás era menos urgente o tenía menor importancia.
Esta constelación dinámica semejaba una resistencia masiva; en realidad, representaba el obstinado empeño del niño en ser entendido, fundamentalmente, en términos de la existencia verdadera de su principal -y justificada- preocupación. Esta insistencia se expresaba en el inquebrantable compromiso de Ben con respecto a la terapia, a pesar de su queja de que esta «no me hace ningún bien». Ninguna otra cosa -el conflicto interno, los afectos de angustia y depresión, el ámbito de las defensas y la adaptación- podría atraer y mantener su atención hasta que un médico atendiera el estado físico. No sorprende, pues, que la «resistencia» de Ben disminuyera en forma moderada y rápida una vez que la terapeuta planteara el problema de una anomalía genital y se decidiera efectuar un examen médico. Esta intervención alivió muchísimo a Ben. La terapeuta sugirió el problema testicular cuando el niño preguntó: «¿Acaso algunos chicos no crecen más rápido que otros? ¿Por qué yo no?». En ese momento medía 1,46 m de estatura, y tenía doce años y diez meses.
El médico diagnóstico «testículos en ascensor»; no se trataba, pues, de verdadera criptorquidia: no se requería operación alguna ni tratamiento hormonal. Ben confirmó que el movimiento abdominal, aparentemente involuntario, había sido al principio una contracción voluntaria de los músculos abdominales, cuyo fin era empujar los testículos dentro del saco escrotal. Había practicado esto durante un largo período. Con el tiempo, se desarrolló un hábito que servía, podríamos decir, como regulador automático de la angustia, posibilitando que el pensamiento y la volición no estuvieran implicados. Desde el punto de vista clínico, estos movimientos tenían el aspecto de un tic.
Debemos formular ahora una palabra de advertencia, para evitar que el lector extraiga una conclusión errónea, escéptica u optimista, del análisis precedente. La intervención de la terapeuta -es decir, la confrontación del muchacho con su defecto físico- no aspiraba a resolver su enfermedad neurótica, sino a hacerla accesible a la terapia. La criptorquidia no fue considerada como agente patógeno de la perturbación emocional de Ben, sino como principio organizador en torno del cual había cuajado aquella. Es de capital importancia advertir que la anomalía física había desviado hacia sí la angustia originada en varias fuentes y etapas del desarrollo. Una compleja estructura de síntomas se simplificó y materializó en un estado físico.
Si se tiene en cuenta que el niño se hallaba en la etapa prepuberal, podrá entenderse la importancia que revestía la adecuación y la normalidad físicas de los genitales. En esta edad, debía darse prioridad a la integridad y normalidad físicas, antes de que las vicisitudes del desarrollo pulsional y yoico pudieran pasar a un plano de urgencia y atraer así la atención del paciente. El acceso a estas vicisitudes estaba bloqueado, en el caso de Ben, por un estado físico que reclamaba a voces que «la injusticia fuera reparada». Cuando se reconoció la anomalía genital y se le dio un nombre -y, además, cuando se recurrió a la atención y el consejo médicos- abrió súbitamente el vasto campo psicológico que se extendía detrás de la fachada corporal. En ese desconocido territorio debían hallarse las fuentes patógenas de la enfermedad. Una vez superado el estancamiento terapéutico, el tratamiento pudo reanudar su curso normal.
[1] Esta es una reveladora falsificación de la creación de Eva; dice, en esencia: lo que el hombre pierde lo gana la mujer.
Por supuesto, ello no fue interpretado en ese momento, pero se lo mantuvo «en reserva» para su posible uso futuro.
rece de una concepción clara relativa a las diferencias genitales. Sabe que la mujer tiene una vagina y el hombre un pene, pero agrega: «Ya sé que tengo pene; pero lo que no sé es si las niñas lo tienen o no». En el resto de la sesión lo absorbe la tarea de convertir al muñeco padre en madre, asignándole tareas de ama de casa, y en abrir de piernas al muñeco niño.
[2] La sesión b que hemos tomado como muestra sintetiza de la siguiente manera la tendencia general de tales entrevistas: (b, 1) auxilio; (b, 2) la maestra podría matarme; ansiedad, pánico; (b, 3) meros estados de ánimo; (b, 4) echo de menos a mi padre; (b, 5) partido de béisbol; (b, 6) la pésima oreja; (b, 7) papá es un buen tipo; (b, 8) barra de confite.
[3] Con referencia a «jugar a la pelota» y los «órganos pares», véase Blos [1960].
[1] Debo expresar aquí mi reconocimiento a Sylvia Aranow por la habilidad y la comprensión que puso de manifiesto con respecto a este caso. Su compenetración con el material clínico y el tacto que reveló al manejar situaciones difíciles hicieron la supervisión sumamente provechosa. Sus meditados y meticulosos registros de las sesiones, así como de las reuniones de supervisión conmigo, fueron una ayuda invalorable para llevar a cabo esta investigación clínica.
15. La formación de la identidad sexual
La conformación de la ídentidad sexual durante la adolescencia temprana es una condición previa para progresar hacia la posición heterosexual en la adolescencia propiamente dicha. Por supuesto, los niños saben que son varones o mujeres; no tienen dudas al respecto. El ambiente confirma de innumerables maneras su identidad de género, y las propias observaciones del niño lo corroboran. No obstante, sabemos, en virtud de las fantasías y sueños de niños y adultos, que además del conocimiento objetivo existe un conjunto de ideas, e imágenes que no se corresponden con los hechos tal como el niño los conoce. Por cierto, no es difícil descubrir que ambos conjuntos de ideas pueden coexistir, incluso en el nivel consciente.
Esto ocurre con la misma facilidad con la que la racionalidad de una persona puede tolerar una creencia supersticiosa: el gesto mágico de «tocar madera» no constituye una negación de la comprensión racional del mundo por parte de un individuo.
La distinción entre identidad de género e identidad sexual puede hacerse en los términos más simples, diciendo que la primera tiene que ver con la diferenciación relativa a los géneros masculino y femenino, y la segunda se relaciona con la virilidad y la feminidad. La dentidad de género rara vez se cuestiona conscientemente, mientras que la sexual da lugar a una incertidumbre general. Una adolescente mayor tenía presente esta distinción cuando decía: «Si fuera fiel a mi sexo ["identidad sexual"], debería ser varón ["identidad de género"]». Las frecuentes dudas adolescentes acerca de las tendencias homosexuales de índole femenina o masculina ofrecen abundantes pruebas en relación con un conjunto de variantes mediante las cuales puede definirse la identidad sexual.
Cuando la incertidumbre con respecto a la identidad sexual llega a ser desmedida, en términos de ajuste o normalidad, observamos que la sombra de esta duda cae sobre la estructura corporal, los genitales..
Al concretizarse de este modo, el problema pasa por completo a la esfera del cuerpo; el órgano es demasiado pequeño o deforme, o simplemente distinto: «no es como se supone que debe ser». Por desplazamiento, la duda se expresa en relación con cualquier parte o característica física: la altura, las proporciones, la forma, la textura de la piel, etc. Ben nunca vaciló con respecto a su género; dudaba de su virilidad. El hecho de sufrir una anomalía genital indicaba, en este caso, el modo en que se había concretizado una duda preexistente.
De lo dicho se deduce que la identidad sexual es la más amplia y la más compleja de ambas formaciones.
Dentro de sus límites hallamos multitud de modalidades gratificantes idiosincrásicas, que poseen diversas y variables intensidades y cualidades de valencia sexual opuesta. Estas se originan en las etapas tempranas del desarrollo -es decir, en las modalidades de las zonas corporales a las que se les ha dado preferencia; en las relaciones objetales y sus pautas de interacción; en las identificaciones, y por último, aunque no es esto lo menos importante, en las tendencias pulsionales y las características yoicas constitucionales-. Para aclarar más este punto, digamos por ejemplo, que una modalidad oral a la que se le ha dado suma preferencia es trasladada una y otra vez hasta el nivel edípico; a raíz de ello, la constelación triádica adquiere un carácter pulsional pasivo y receptivo. Si estas tendencias resultan opuestas a los intereses yoicos, su expresión pulsional puede ser negada y tal vez aquellas aparezcan en forma sublimada, de acuerdo con la ambición, el talento y las inclinaciones del individuo. Este paso final tiene lugar en la adolescencia, pero sus antecedentes ya son observables en el período de latencia, y aun antes. Ello no altera el hecho de que la pulsión sexual se regule en forma decisiva durante la adolescencia, bajo el imperio de la genitalidad. Hacia el final de aquella surge una duradera representación sexual de sí mismo, estructurado y conceptualízada como identidad sexual.
El hecho de conocer el propio género no da, por sí solo, lugar a la identidad sexual; esta se ve decisivamente influida por las ideas que provoca el género opuesto. Las diferencias corporales suscitan en cada niflo ciertos pensamientos acerca del origen de aquellas, de la posibilidad de cambiar de género y de si el suyo propio es deseable o no en comparación con el otro. La comparación, la evaluación y el deseo, la posesión ilusoria de algunas partes corporales pertenecientes, o atribuidas, al género opuesto, o bien determinan el rechazo de determinadas partes del cuerpo correspondientes al propio género.
Aun cuando la percepción contradice estas fantasía ejercen una influencia decisiva en la representación de si mismo.
La valencia motivacional del esquema corporal, basada en variantes de la identidad de género o bien en claras fantasías relacionadas con la estructura corporal, tiene tanta fuerza como el cuerpo objetivamente percibido.
Las fantasías positivas o negativas acerca de los atributos del género, relativas a si mismo y a los otros a menuo poseen un carácter mucho más real que las propiedades realmente percibídas y valoradas por el consenso general.
El origen de numerosas complicaciones que acompañan la formación de la identidad sexual en la adolescencia puede hallarse en algún aspecto de la teoría sexual infantil que ha ejercido un efecto duradero sobre determinado niño. No debe sorprendernos descubrir que estas dístorsiones infantiles se hagan sentir de modo perentorio cuando se produce la maduración sexual -vale decir, la pubertad Sin duda, el problema testicular de Ben complicó la formadón de su identidad sexual; secundariamente, influyó también en su complejo de persecución o su compulsión al sacificio. El material de entrevistas, hasta el «impase», contenía muchas referencias al problema de la identidad de género, la angustia que despertaba la mutilación, el miedo a la castración y el deseo de ella. Ninguna de estas comunicaciones, por reveladoras que fueran en su forma fragmentaria, traspasaron los límites de una primera enunciación del problema respectivo. La terapeuta solo disponía de atisbos, comienzos y repeticiones -en suma, alusiones, indicios y fragmentos-. Por supuesto, se investigó en forma exhaustiva la índole de la resistencia, pero ello no sirvió de nada. Después que la terapeuta elevó la anomalía genital al nivel del reconocimiento mutuo, dichos atisbos y comienzos perdieron su cauteloso carácter restrictivo. En otras palabras, fue posible ampliar la exploración de los síntomas a su núcleo patógeno.
Tan pronto como se empieza a rastrear los orígenes de un síntoma en la organización psíquica y la historia vital, surge un sistema cada vez más complejo de huellas que se entrecruzan. Cada una de estas requiere que se la siga en forma separada, antes de que pueda entenderse y modificarse el proceso patológico en su conjunto. Este aspecto del tratamiento se denomina «elaboración»; pertenece, en esencia, a la última etapa de la terapia. Sin embargo, al describir un complejo de síntomas a lo largo de sus líneas evolutivas, parece ventajoso utilizar como punto de visión general la etapa de insight alcanzada mediante el proceso de elaboración. El tortuoso sendero que lleva a la cima de la montaña puede distinguirse mejor desde la cumbre. Seguiremos ahora dicho sendero -vale decir, la formación de la identidad sexual-. Por supuesto, tengo plena conciencia de que este sólo es uno de los varios componentes que, al interactuar, determinaron el resultado satisfactorio del tratamiento.
Por supuesto, Ben estaba enterado de su particularidad genital. De hecho, su preocupación con respecto a sus propios genitales y a los de los demás se debía a ese conocimiento.
Cuando se lo enfrentó por primera vez con su anomalía declaró en forma terminante que nunca había visto los testículos de nadie, y que nada sabía acerca de los suyos. No se oponía a un examen médico, pero expresaba temor por lo que el doctor podría hacerle.
Bajo el fuerte efecto del examen médico, su tendencia a somatizar se acentuó. Desarrolló un dolor de estómago al que tanto él como su familia caracterizaron como un ataque de apendicitis. Sin embargo, cuando dicho diagnóstico casero se sometió al juicio del facultativo, este afirmó que no se necesitaba recurrir a una intervención quirúrgica.
La interpretación de que la angustia por una operación «genital» se había desplazado a una abdominal (no debía «cortarse» nada «malo») permitió a Ben revelar que a menudo había examinado sus testículos, descubriendo que «uno estaba más bajo que otro en el escroto». Tenía miedo de una «operación genital» porque «nunca se sabe...
A último momento podría pasar algo». Por supuesto, se refería a la castración [Blos, 1960].
En un esfuerzo por dominar su angustia, preguntó por el procedimíento de la operación. Quería saber detalles y hechos, y estos se le explicaron en forma verbal y mediante simples croquis anatómicos. Pero la información que necesitaba para enfrentar su angustia era de índole muy distinta, como se hizo evidente cuando preguntó si «las mujeres tienen pelotas y un pene». Este concepto prelógico se mezclaba con su conocimiento acerca de la ausencia de «pelotas y pene» en la mujer.
Contenía tanto la realidad de la castración como su negación.
Debemos mencionar ahora el intenso efecto ejercido por una coincidencia circunstancial. Precisamente antes de que se discutiera el problema testicular, la suerte quiso que la madre de Ben tuviera que internarse para que le extirparan un tumor benigno en uno de sus pechos. El «corte» del «tumor malo» se añadió a la anomalía de Ben. Los dos órganos pares, (pechos testículos) debían correr el mismo albur; esto signifícaba para el paciente la supresión del testículo «defectuoso», o, simplemente, la castración. Ben alegó desconocer la razón por la cual su madre estaba en el hospital. En son de broma dijo que tal vez aquella necesitara tomarse «un descanso de él» -o, podríamos agregar, desplazarlo por otro hijo, como lo había hecho cuando Ben tenía cuatro años-. De cualquier modo, mediante esta divertida explicación el niño expresaba inconscientemente su sentimiento de culpa: su mala conducta había alejado a su madre, quien, en consecuencia, debía sufrir la destrucción del pecho.
La ambivalenda de Ben hacia el pecho es plausible, si consideramos que el pecho es el prototipo ancestral del ambiente que se da o se niega -o, en términos de emociones, del contento de la saciedad o la rabia de la frustración-. El sentimiento de «mamá está enojada conmígo» es una inversión de «yo estoy enojado con mamá». Esta inversión se hizo evidente cuando el niño completó su negación de la operación de la madre y su confesión de culpa con una discusión sobre la función del muñeco en el vudú. Cuando un niño quería hacer daño a otro clavaba una aguja en el muñeco, que, de este modo, hacía que el niño se enfermara en el lugar exacto en el que la aguja había «lastimado» al muñeco. Esta magia simpática apenas ocultaba el efecto hostil y sádico hacia la madre que lo había abandonado, dejándolo angustiado y lleno de culpa.
El miedo a la mujer fálica aparecía repetidas veces en las fantasías de Ben. Sólo en fecha reciente había tenido una polución nocturna (a los 13 años), y no estaba seguro respecto de la naturaleza del líquido. Creía que en el coito el hombre orinaba dentro de la vagina de la mujer. Advirtiendo que el líquido que había mojado su pijama difería de la orina; que era, en verdad, semen y, en consecuencia, una prueba de la integridad de sus testículos, Ben halló, de todos modos, un nuevo argumento en favor de la superioridad de la mujer.
«¿Cómo es posible que una niña de cinco años tenga un bebé?», preguntó. Había leído una noticia al respecto en el periódico. Recordemos que a esta edad, precisamente, él nacimiento de un hermano lo privó de su madre. No debería sorprendernos descubrir que en este período se originó su envidia hacia el poder procreador de su madre, así como su deseo de tener un hijo él mismo, por identificación con aquella. Síempre que debía «reparar una pérdida» recurría a ],a abdicación de su virilidad.
Volvamos a la sesión en la que Ben habló de la madre de cinco años. Si bien la idea del coito lo excitaba, el contenido de esa idea se desplazaba, cada vez más, hacia fantasías agresívas y destructivas. Entonces, su creciente excitación se acalló, hasta estallar en la vívida descripción de un «nuevo revólver que no desintegraría a una persona, sino que prendería fuego a sus ropas, a su cuerpo y hasta la dejaría ciega». Refrenando estas fantasías sádicas, sugirió luego que los esfuerzos científicos deberían orientarse hacia metas pacíficas, como la invención de una máquina de rayos X que determinaría, inmediatamente después de la concepción, el sexo del bebé. Agregó: «Sería mejor para el hombre [el padre] saberlo todo desde un principio». De este modo, pensaba, un padre podría prepararse para recibir a su hijo y para la lucha de voluntades que debería ocurrir forzosamente, pues un varón que ha sido declarado como tal desde el primer momento constituye un desafío para el padre. Ben terminó esta conversación con un misterioso comentario: «Si el padre tiene un varón, se volverá loco tratando de controlarlo»
El materíal precedente tuvo su orígen en el inminente examen médico. El miedo de Ben al médico -o, a la inversa, el imaginario fracaso de este en controlar al paciente- revivió su lucha competitiva con el padre. Cualquier restricción o prohibición impuesta por el progenitor se convertía en un ataque castrador. La ambivalencia de la identidad sexual automáticamente traducía a estos términos cualquier experiencia de desigualdad.
Cuanto más cercano estaba el examen médico, más sensible y «quisquilloso» se volvía Ben, tanto en la escuela como en la casa. Descuidaba sus deberes casi por completo, y en cierta oportunidad le resultó imposible terminar un informe sobre el sistema digestivo -es decir, sobre la anatomía y fisiología de la parte controvertida del cuerpo: el abdomen-. Por primera vez se mostró reacio a concurrir a la escuela, como resultado de su timidez física y de su idea de que la maestra y los pares seguramente conocían su defecto genital. Decía que sus compañeros se burlaban de él: cuando entraba en el aula, empezaban a murmurar: «Mátenlo, mátenlo, maten eso antes de que se multiplique [me llaman eso"]». Es bien evidente que en este relato se amalgaman hechos y fantasías; no obstante, basta para hacer de la escuela un lugar peligroso.
Las contracciones involuntarias del abdomen se volvieron más frecuentes y perceptibles. La terapeuta informó a Ben de lo que suponía era la relación entre estos movimientos y el complejo testicular. El niño ya había confirmado esta interpretación de las contracciones musculares. Además de corroborar el significado y la función del «tic abdominal», Ben pudo ofrecer ahora un informe detallado de sus experimentaciones con los testículos. Sabía cómo hacerlos bajar apretando los muslos y se hallaba acostumbrado a la sensación de sus cambios de posición. Había ideado un modo de controlar estos rebeldes testículos -que se desplazaban libremente, como si tuvieran voluntad propia-, y descubierto un lugar, a ambos lados de la parte inferior del abdomen, donde, al presionar como si fuera un botón-, el testículo correspondiente a ese lado descendía dentro del escroto. Había examinado el tamafío, la dureza y la posición comparativos de ambos testículos, confrontándolos reiteradamente con los de su hermano, con quien solía acostarse en secreto. Había comprobado que los testículos de su hermano eran «blandos, pequeños y arrugados», pero siempre los hallaba en el escroto; nunca salían de él.
Incluso, le había mostrado a su hermano cómo sus propios testículos podían bajar y subir.
Una vez que se dispuso la visita al doctor, la somatización afectó un pie de Ben, sus ojos y su pecho. Al señalársele al niño su identificación con la madre, que se había sometido a una operación en un pecho, se evitó una postergación del examen. Su desesperación ante lo que podría pasarle después que el doctor lo viera había alcanzado proporciones extremas y peligrosas. Se echaba a llorar y expresaba el deseo de que lo atropellara un auto; en otra oportunidad, de que sus padres lo mataran. Estas situaciones imprevistas fueron objeto de interpretaciones directas, que ponían al niño en contacto con sus pensamientos y fantasías inconscientes. Dos polos emocionales se hicieron evidentes en esta crisis: el dominio sádicoagresivo y la renuncia masoquista.
y pasiva. En sus términos más simples, la disyuntiva consistía en «matar o ser muerto». Se desechaba y temía a la vez la identidad masculina; una vez establecida, liberaría una carga de agresión incontrolable. En cierta oportunidad, Ben lo expresó de esta manera: «Si yo usara toda mi fuerza, podría matar a alguien».
En el curso de la sesión anterior al día del examen médico, el niño recordó un sueño que tuvo a los 3 años. Dicho sueño había sido tan vívido que Ben no podía convencerse de que no hubiera ocurrido realmente. Recordaba que estaba acostado en su cuna y se despertó en medio de la noche; de pronto vio entrar en su habitación a un hombre mecánico, un robot.
«Fijese -prosigue excitado-: agarré mi frazada, me cubrí los pies y puse mis manos debajo.
¿Por qué hice eso? ¿Por qué solo las manos y los pies, y no la cabeza?». Al recordar este sueño experimentaba todavía una extraordinaria sensación de realidad.[1] Esta pesadilla es típica, y expresa en forma dramática el miedo a la castración (piernas y manos) y la agresión proyectada (robot).
Con dicho recuerdo, Ben penetró en el oscuro pasado de su vida justamente antes de someterse al examen genital. Mediante el sueño del robot, salió a la superficie el terror temprano a la pérdida de una parte del cuerpo, terror que experimentaba ahora con igual intensidad.
Por cierto, había hecho buen uso de dos meses y medio que mediaron entre la introducción del problema testicular en la terapia y la visita al doctor. La decisión de dejar trascurrir un margen de tiempo razonable fue sumamente provechosa. Ello permitió preparar al niño mediante la exploración de las fantasías, los miedos y los antecedentes históricos que se hallaban, directa e indirectamente, en la raíz de su complejo de síntomas. El examen médico revivió la angustia por el daño corporal, que ahora se hallaba centrada en los genitales; la organización defensiva relacionada con aquella había sido erigida a una edad temprana, antes de que el problema testicular hubiera desempeñado un papel significativo.
Antes de que Ben se encontrara con el doctor, se le informó a este acerca del tic abdominal del paciente y de sus aprensiones y recelos con respecto al examen. El médico tenía buenas razones para tranquilizar al paciente con estas palabras: «Todo marcha a la perfección, porque los testículos están en el saco escrotal». Se diagnosticó «testículos en ascensor en un niño en rápido proceso de maduración»; se trataba, por consiguiente, de una afección que podría normalizarse en un futuro cercano. Ben estaba encantado. Le informó a la terapeuta, con una sonrisa y una condescendiente actitud de «yo se lo dije», que el doctor le había dicho que era «normal». Todo había resultado como lo había esperado. Desde un principio había sabido que ello ocurriría así, y agregó: «Sabía que eso ["anormalidad", "operación"] no podía pasar, porque yo lo deseé así y mi deseo se cumplió». Su exageración, así como su recurso al pensamiento mágico, hicieron sospechar que se estaba defendiendo de la angustia que le habían provocado los halazgos del médico. La falta de convicción en su voz era evidente, aun cuando tratara de ocultarla -o más bien a causa de ello-. De cualquier manera, ponía una nota de disforia en este momento de alegría. Pronto comprobaremos cuál era el motivo.
La opinión del doctor («Eres normal») se basaba, como vimos, en correctos argumentos médicos; para Ben, sin embargo, carecía de sentido. Sabía perfectamente que los testículos de su hermano no bajaban ni subían, mientras que los suyos aún sí.
Para él, esto era anormal. Luego del examen, Ben se ocupó en hacer subir y bajar sus testículos, en posición de pie, sentado y acostado. En un intento por resolver la contradicción entre el dictamen médico y sus propias observaciones, el niño estaba dando crédito a su percepción, con lo que revelaba un yo adherido de modo considerable a la realidad. Por último, confió su dilema a la terapeuta, quien no vaciló en admitir la agudeza de sus observaciones y de su razonamiento, y le explicó, mediante un simple esquema anatómico, la diferencia entre testículos «retenidos» y «en ascensor» .[2] Ahora las palabras del médico comenzaron a tener sentido; ese mismo año, por cierto, los hechos confirmaron su corrección.
La comprensión final de su problema genital suscitó en Ben una serie de divertidas especulaciones. Esta experiencia -reflexionaba- era algo para contarle a sus hijos y a sus nietos; una operación hubiera sido más sensacional. Su experiencia era realmente algo único; tal vez algún día sería maestro y se lo contaría a sus alumnos, o quizá un médico especializado en esté campo. En todo esto reconocemos su deseo de anunciar al mundo que era un hombre íntegro. Por último, decía que probablemente sería viajante como su padre, o jugador de béisbol. Posteriormente, se dedicó con gran entusiasmo a dicho deporte, al sóftbol y a todo tipo de juegos de pelota. Decía: «Podría jugar a la pelota todos los días, durante todo el día». Al año siguiente se trasformó en excelente jugador, estimado por su equipo. Luego que se restauró la integridad de su cuerpo, Ben experimentó una sensación de competencia. Debemos señalar, en particular, que al mismo tiempo se desarrolló un interés absorbente (el deporte de equipo), significativo en el plano personal e integrado en el social.
La emancipación emocional con respecto a los objetos infantiles de amor y odio tiene lugar a medida que el adolescente se distancia de ellos, lo cual le permite evaluarlos. La sobrevaloración de los progenitores es producto de la dependencia infantil de suministros narcisistas externos. La evaluación realista de aquellos, sin embargo, obliga al adolescente a descubrir nuevas fuentes de suministros narcisistas dentro de sí mismo y en su interacción con el resto del ambiente. Este avance evolutivo representa, en esencia, lo que he denominado «individuacíón adolescente» [Blos, 1967]. Aludo ahora a este proceso porque deseo mostrar las vastas consecuencias de una intervención terapéutica que, en sí misma, puede parecer apenas digna de mención. Sus amplias ramificaciones se ponen de manifiesto solo cuando se la considera en el contexto de una teoría del desarrollo adolescente.
Luego que se le explicó acerca de los testículos en ascensor, Ben admitió en forma vacilante sus manipulaciones con aquellos, antes y después del examen, y, además, su confusión en cuanto a lo que realmente pasaba. Una vez que pudo entender y visualizar con claridad su anomalía genital, ese punto ciego de índole cognitiva desapareció. Esta clara comprensión ejerció un efecto beneficioso sobre su pensamiento o, en términos generales, sobre la comprensión del mundo que lo rodeaba. Podía descubrirse en Ben un mayor grado de autonomía cognitiva y, por consiguiente un progreso en la confiabilidad y la certeza del pensamiento No obstante, anticipando ciertos desarrollos ulteriores del tratamiento, debemos mencionar en este contexto que la liberación de su pensamiento con respecto a las referencias automáticas e inconscientes al daño corporal fue decisiva para evaláar de manera realista a los progenitores (a cambio de una evaluación infantil). La reevaluación de estos y la desilusión concomitante es un aspecto normal y esencial del proceso adolescente.
Una vez que la identidad sexual de Ben se liberó del miedo al daño permanente, aquella pasó por las etapas normales en un varón preadolescente. Ahora debía investigarse el temor de Ben a la mujer. Las intenciones castradoras que el niño le atribuía se debían a la fuerza de la tendencia regresiva hacia la madre arcaica o, en otras palabras, a los puntos de fijación en el nivel preedípico. La protección de la madre era deseada y temida. La historia vital de Ben nos revela que esta pauta se consolidó después del nacimiento del segundo hijo, cuando el paciente tenía cuatro años. El trauma que provocó este hecho determinó una regresión hacia niveles primitivos, preedípicos, que quizá fueran responsables de la persistencia del pensamiento prelógico o mágico que refleja el material del caso.
En relación con esto, daré a conocer ahora una variación inusual, especialmente porque tiene su origen en un varón, de la típica teoría sexual infantil. Ben, al descubrir que la mujer carecía de pene (nunca había estado totalmente seguro de ello), creyó que él tenía uno porque «está cosido» (son palabras suyas). Se justifica suponer que, en su mente, los genitales femeninos eran los únicos y originales, y que pertenecían tanto al hombre como a la mujer. La teoría del pene «cosido» concuerda con la actitud desconfiada, aprensiva, insegura y pesimista de Ben hacia la vida; no tenía la sensación de permanencia y seguridad, sino más bien de inminente desastre. En el nivel del yo, estas creencias y actitudes influyeron en el funcionamiento yoico, reduciendo su vigor, su autonomía ejecutiva o simplemente su eficacia.
En la preadolescencia y la niñez temprana, Ben podía obtener una respuesta emocional de su madre solo si la provocaba exageradamente. La provocación, llevada a cabo bajo el stress de la necesidad de contacto, despertaba angustia, como resultado de la respuesta violenta de la madre. Por último, todo terminaba en la renuncia y la sumisión del niño. En la pubertad, sin embargo, este ciclo se hizo inaceptable; devino conflictivo en virtud de la connotación castradora que tenía en esta etapa de crecimiento físico. Cuando la madre le pedía a Ben que hiciera las compras, limpiara la casa o lavara los platos, etc., el chico temía que estas actividades lo afeminaran, es decir, lo castraran: el desempeño de tareas femeninas podría trasformarlo en niña. La persistencia del pensamiento mágico así como el miedo a sus tendencias femeninas, hacían que Ben desobedeciera tenazmente este tipo de pedidos. En la escuela, por ejemplo, bastaba con que una maestra le solicitara algo para que se negara sin más, calificando el pedido de injusto y agraviante. Resulta interesante observar que las quejas con respecto a las maestras, abundantes durante los ocho primeros meses de terapia, desaparecieron después del examen físico.
Surgió ahora un flujo similar de quejas, esta vez acerca de los pares. Decía que los varones lo perseguían: le gritaban, lo golpeaban, lo magullaban, e insultaban a su madre. Los diecisiete niños de su clase estaban encima de él; «Todos me pisotean», afirmaba con rabia.
«Es una cacería: los perros y los caballos van detrás del zorrito. No, no puedo soportarlo; no puedo seguir así», gritaba. Lo peor era que Ben no podía pelear. Paulatinamente reveló que cuando quería afirmarse lo paralizaba una inhibición de la acción agresiva. Ello gratífícaba sus deseos pasivos, que inconscientemente le hacían desempeñar el papel de la mujer en el combate sexual, según entendía él las relaciones entre sus padres. Esta inhibición de la pulsión agresiva se imponía por dos factores; uno se relacionaba con el monto de agresión y el miedo a perder el control, y el otro, con la gratificación masoquista, que el nifío obtenía mediante el maltrato físico a que lo sometían sus pares.
Resumiendo estos desarrollos dentro de un marco teórico, podemos decir que una tendencia regresiva persistente y la inhibición de la rabia infantil exacerbaban el miedo preadolescente de Ben a que la mujer (la madre arcaica) lo castrara. Ello podría resolverse sólo cuando se afirmara su integridad genital. Este hecho, junto con la maduración puberal (poluciones nocturnas) y el crecimiento (su mayor altura), impulsaron el desarrollo pulsional y yoico hacia la interacción competitiva dentro del grupo de pares. Su queja era simplemente esta: ellos no me quieren; el único modo en que me prestan atención es vapuleándome. El hecho de que él mismo suscitara esto en forma activa le resultaba totalmente incomprensible. Por supuesto, esta queja es un eco de la primitiva humillación de Ben en relación con su hermano. La envidia y la angustia despertadas por este, debidas a su intensa agresión retaliativa, se desplazaron hacia la clase, donde la maestra y los pares adoptaron los papeles de madre y hermanos. Este resumen teórico y fáctico indica la dirección que debía seguir la terapia. Era menester evitar que el desarrollo pulsional masoquista homosexual de Ben cristalizara en una fijación en la fase de adolescencia temprana. De este modo, la atención terapéutica se centró en las señales vinculadas con este tema.
Ben había mencionado que solía examinar los testículos de su hermano (el que le seguía en edad) por la noche, cuando se trasladaba a la cama de aquel. Dormir juntos no sólo tenía como objetivo dicho examen: para Ben significaba también una gratificación erótica. Le gustaba «abrazar fuerte» a su hermano porque «en una noche fría uno se siente bien y caliente durmiendo así». Puesto que los progenitores les habían prohibido en forma terminante acostarse juntos, los hermanos lo hacían primero en camas separadas. La que compartían se hallaba junto a la pared del cuarto de aquellos, y los niños podían escuchar lo que ocurría en él.
«Por supuesto, teníamos que quedarnos muy quietos, y no hablar ni golpear contra la pared».
El deseo principal de Ben era que su hermano lo quisiera. Estaba celoso del menor, que recibía «besos y caricias» del segundo, y trataba de romper la alianza entre ambos. De este modo, se desarrolló una relación particular, en la que: 1) Ben se identificaba con su hermano p.
ej., -«¿Fui yo quien tuve este sueño, o fue mi hermano?», o «¿Fui yo o fue mi hermano quien tuvo el carozo de cereza en la nariz?»-; 2) Ben envidiaba a su hermano, que poseía genitales intactos -p.
ej., «¡El tiene tantos sueños y yo tan pocos!»-; 3) Ben deseaba el amor físico de su hermano -p.
ej., «besos y abrazos», «abrazarse fuerte».
En estos tres modos de relacionarse con su hermano reconocemos el esfuerzo de Ben por enfrentar el trauma de abandono (a los cuatro años); pero en el compromiso homosexual también reconocemos la etapa del desarrollo pulsional típica del varón durante la adolescencia temprana.
La acumulación de estas tendencias amenazaba paralizar el desarrollo progresivo del niño. La necesidad del abrazo en la pubescencia repite el abrazo en la cama de la madre, cuando era pequeño y temía dormir solo. Nuestra expectativa de que la «vida amorosa» de Ben con su hermano arrojaría luz sobre su desarrollo psicosexual no estaba errada, pues era seguro que los derivados de su orientación sexual extenderían su influencia a las relaciones objetales en general (progenitores, pares, maestros), y a las funciones yoicas en particular.
Poco después de que Ben comenzara a discutir su relación con el hermano, ambos cambiaron su posición en la cama: ahora se acostaban «espalda con espalda». Se negaban las sensaciones eróticas (el contacto entre nalgas) «haciendo juegos de palabras». Suponemos que el análisis del juego sexual había despertado sentimientos de culpa, de modo que Ben lo desconocía mediante el cambio de posición y evitando tocar con las manos el cuerpo de su hermano. Se le sugirió al niño que, quizás, el hecho de yacer «espalda con espalda» provocaba un placer similar al del abrazo. Ben respondió a ello contando un juego sexual en el que había participado hacía poco junto con algunos chicos de su edad.
Al poco tiempo de aclarársele el problema testicular, Ben se arriesgó a tomar parte en juegos sexuales con algunos muchachos. Podríamos preguntarnos dónde había encontrado él, paria del grupo, esos compañeros de juego. Su anterior declaración de ue carecía de amigos fue, en cierta medida, una negación de las asociaciones secretas que realmente había establecido con ellos. El y sus amigos habían jugado a «hacer girar la botella»: el perdedor debía sacarse las ropas, prenda tras prenda, hasta quedar desnudo. Luego tenía que arrastrarse sobre sus manos y rodillas por entre las piernas abiertas de los otros, que le pegaban manotazos en el trasero a medida que iba pasando. Ben había sido azotado más de una vez. Otro juego, que tenía lugar al aire libre, se denominaba «Culos arriba»: un muchacho tenía que acertar con la pelota en !as nalgas vueltas hacia arriba de una fila de compañeros.
Durante estos juegos, dijo Ben, «aprendí cosas sobre el sexo y especialmente sobre el pene», refiriéndose a la erección. Sus amigos estimulaban la masturbación mutua, pero Ben temía ser «coqueteado». Reveló que no experimentaba la «gran sensación» de excitación sexual que en otros provocaba el ser tocados. Lo que observó, en cambio, fue una anestesia genital y reconoció que prefería ser golpeado en las nalgas. Recordemos en este punto los frecuentes azotes que su padre le había administrado en esa parte del cuerpo, cuya capacidad erógena se hacía sentir de nuevo en la pubertad. Esto puso de manifiesto la urgente necesidad de prestar particular atención a la relación del niño con su padre -tema que examinaremos en un capítulo subsiguiente, exclusivamente dedicado a él.
El efecto de este nuevo insight se manifestó de distintas maneras. Hubo una ola de represión: el niño dejó de dormir con el hermano y comenzó a desdeñarlo y a burlarse de su forma afeminada de besar y acariciar.
«Se comporta como una nena», exclamó con disgusto.
junto con este cambio, disminuyó el rechazo defensivo de sus sentimientos de culpa, y su compulsión al sacrificio se volvió menos intensa. Un día, anunció que «ninguna pandilla me lleva por delante». Por último -y no es esto lo menos importante- aparecieron fantasías heterosexuales. En un principio, se trataba de fenómenos de evasión, con un ligero carácter heterosexual.
«Mis ensueños -informó Ben- ya no tienen que ver con la maestra, sino con una chica a la que desnudo y entonces se convierte en otra persona».
¿En quién? «En alguien como yo». De este modo creaba en un ensueño diurno a su propia chica, a quien nadie conocía.
El ensueño diurno comenzó cuando un muchacho «andaba detrás mío en el ómnibus». Sigue describiendo una escena en la que desnuda a !a mujer, «solo un poco; no le saco más que la blusa». De pronto, se detiene el tiempo, con la ayuda de un cronómetro que paraliza al mundo entero, de modo que todo queda sin movimiento.
(Esta idea fue tomada de un programa de televisión.) Luego, la escena cambia. El muchacho que lo molestaba ocupa ahora el asiento de Ben, con sus manos puestas en la blusa de la joven, en pleno día, viajando en un ómnibus. Cuando lo descubran, seguramente recibirá un castigo por «desnudar a una chica», y gracias a ello Ben se librará de su perseguidor.
Este ensueño diurno no solo revela el sistema defensivo persecutorio, sino que, en igual medida, pone al descubierto la cambiante identidad sexual de Ben. La unión de ambos representa la base sobre la cual prospera una organización pulsional perversa. El ensueño diurno es trasparente: el deseo activo de desnudar a una mujer se refrena haciendo continuar al otro la tarea; de este modo, Ben se libera de la molestia sexual. Al ofrecer gratificación sexual al «perseguidor», Ben desvía de su propia persona al atacante. Sin embargo, él también participa, pero a través del otro.
Vale la pena señalar que el muchacho que estimuló esta fantasía sexual es alguien a quien el paciente envidia por su superioridad física: su altura, su fuerza, el poder de sus puños; con respecto a nada de esto puede equipararse Ben. Esta envidia lo obliga a adoptar el rol pasivo, lo cual solo aumenta su ansiedad persecutoria. En conexión con este ensueño diurno, Ben recuerda su hábito de «mirar baio las polleras de las niñas» (véase «El cuadro clínico»), en el período en que era «perseguido» por los varones del vecindario.
Con cierta sorpresa, observa que estos últimos, en general, han dejado de usarlo como chivo emisario. Los sueños y fantasías habían ayudado a «aclarar la confusión»; a su vez, la necesidad de repetir el conflicto a través de la acción («actuación») se había reducido muchísimo.
Ben estaba ahora en el cenit de la fase de adolescencia temprana. Las características de esta fase aparecieron en forma exagerada, anulando de este modo las desviaciones tempranas del desarrollo psicosexual. Es menester que el núcleo patógeno se trate de nuevo en cada fase del desarrollo adolescente. Por consiguiente, no sorprende ver a Ben entrar en la etapa de la elección narcisista del objeto u observar su identificación transitoria con muchachos que poseían los atributos -casi siempre físicos- que envidiaba y admiraba, tales como la fuerza, la altura, el coraje, la destreza, la osadía, la crueldad y la capacidad de pelear. Al ser su víctima, se convertía en parte de ellos. Si bien estos fenómenos narcisistas, incluido el aspecto homosexual, pertenecen a la fase de la adolescencia temprana y no hay indicio alguno de una organización pulsional homosexual, las tendencias pasivas de Ben habían alcanzado tal intensidad que solo podía considerárselas patológicas. Es indudable que, sin la terapia, la fijación en la fase de la adolescencia temprana hubiera consolidado la pulsión sexual bajo la forma de una perversión, lo cual debía impedirse. A pesar del desagrado que le producía relatar sus fantasías e incidentes, Ben siguió comunicándolos a la terapeuta. Muchos de ellos contenían deseos homosexuales apenas encubiertos. Cuando Ben, con indignación y disgusto, rechazó la conducta «afemínada» o simplemente «loca» de su hermano estaba en camino de abandonar la relación infantil con él. Lo que siguió fue un desplazamiento de estas mismas tendencias hacia la escuela y el vecindario; pero, por entonces, ya había comprendido (durante el último año de la terapia) que había luchado en el ambiente contra una parte de sí mismo. En la medida en que la sensación de persecución y la necesidad de sacrificio fueron desapareciendo, Ben pudo recurrir a la agresión cuando era necesario -p.
ej., para defenderse-. Orgulloso de sus puños contó su primera pelea victoriosa con otro muchach y describió como el grupo lo alentaba cuando golpeaba bien.
Mientras relataba este hecho, Ben hacía oscilar sus piernas a uno de los lados de la silla y dejaba caer su brazo de modo negligente, sobre el respaldo. Esto marcó un cambio decisivo en su vida.
El insight adquirido con respecto a sus deseos pasivos se puso de manifiesto cuando comparó el «juego amoroso» entre sus dos hermanos con una relación que había tenido con un amigo.
El modo en que sus hermanos se besaban, reñían y luego se miraban tiernamente le recordaba lo ocurrido entre él y el otro: «Peleábamos y después hacíamos las paces, peleábamos y hacíamos las paces». En el plano psicológico, Ben se había distanciado de esos deseos, lo que probaba el desarrollo de la parte observadora de su yo. La angustia, que actuaba como señal y que antes había anunciado una regresión al pensamiento prelógico o mágico, despertaba ahora su asombro y curiosidad. Este estado de ánimo favorece la labor terapéutica.
La identificación defensiva fue reemplazada por la adaptativa, típica de un muchacho de esta edad; ello podía verse, por ejemplo, en la estrecha asociación con «la barra» del campo de juegos. Ben manifestaba desprecio hacia «los mariquitas que se cuelgan de las mujeres todo el tiempo, que solo van donde hay menos agua y se quejan de que está muy fría».
Ahora, compartía con los varones la perfección del trabajo de equipo junto con una serie de héroes comunes como padres tribales. Los muchachos del campo de juegos aceptaban a Ben. Decía: «Supongo que soy uno de ellos; siempre me eligen primero. Eso realmente me hace sentir bien; demuestra que estoy mejorando». Había adquirido mayor libertad en el uso de su cuerpo (girar sobre sí mismo, correr), lo cual aumentaba su destreza atlética. En esa época, a los catorce años, había ganado en altura y estaba más delgado; sus testículos se hallaban ahora firmemente ubicados en el escroto.
La formación de la identidad sexual de Ben evolucionó gradualmente hacia una moderada arrogancia masculina. Hubo muchos retrocesos. Cuando se abrían paso sus impulsos pasivos y masoquistas, volvía a afirmarse su tendencia al sacrificio, lo cual debía elaborarse una y otra vez en el contexto de un nuevo hecho, real o imaginario. Su recurso al sacrificio lo había protegido contra el carácter amenazadoramente incontrolable de su agresión. Sin duda, su vuelco hacia la masculinidad cumplía también una función defensiva. Como resultado de esta fluctuación entre maniobras adaptatívas y defensivas, las tendencias femeninas que amenazaban desbordarlo perdieron, durante los años de tratamiento, su poder irresistible.
Debemos agregar ahora una palabra final acerca de la identíficación del niño con su madre. La declinación del complejo de Edipo positivo sigue el camino de todas las relaciones objetales abandonadas. La renuncia a la posesión exclusiva de la madre, en competencia con el padre edípico, se logra mediante la identificación con este. Pero eso no es todo. Como siempre, la renuncia a un deseo dirigido hacia el obieto se obtiene idetificándose con él. Normalmente, el varón se identifica con muchas características de personalidad de la madre -sus actitudes, rasgos, ideas y objetivos, etc.-.
Solo cuando la identificación comprende, fundamentalmente, la identidad sexual de la madre, podemos hablar de una resolución patológica de la etapa edípica.
En este caso, la identificación con el objeto edípico abandonado no puede integrarse en el contexto biológico de la identidad de género.
Resulta innecesario decir que en tales circunstancias la relación del niño con el padre adoptará un carácter anormal durante la adolescencia.
Es interesante señalar retrospectivamente, que el problema testicular tenía, por cierto, una importancia secundaria en la etiología del desarrollo desviado de Ben. Si bien este estado sirvió de principio organizador durante la pubertad, no constituía el núcleo patológico de su enfermedad. Había llamado nuestra atención debido a sus numerosos detalles y porque era el principal obstáculo para el tratamiento. Con el tiempo, sin embargo, comprendimos que este problema específico se superponía al núcleo patógeno y, de hecho, lo ocultaba. En este sentido, semejaba la arquitectura plateresca española del siglo XVI, cuyas fachadas y sorprendentes ornamentaciones de piedra absorben nuestra atención, aunque no tienen relación alguna con la estructura de los edificios que adornan con tanta riqueza.
En este punto, sería imposible ofrecer un cuadro convincente de los cambios estructurales que marcaron el pasaje de Ben a través de las fases de la preadolescencia y la adolescencia temprana, así como describir los progresos con respecto a los ajustes adaptativos y la integración social que el niño alcanza durante este período, sin examinar dos líneas de desarrollo que corren paralelas con la formación de la identidad sexual. Estas tienen que ver con la relación de Ben con sus progenitores. Se sabe que estas relaciones sufren cambios profundos durante la adolescencia. En los dos capítulos siguientes estudiaremos dichos cambios, característicos del adolescente joven.
16. De la madre arcaica a la madre edípica
En este punto, el lector estará impaciente por que se examine más de cerca la enfermedad de Ben, introduciendo las relaciones familiares en el cuadro clínico. Es conocida la influencia patógena de la interacción familiar sobre la formación de la enfermedad neurótica; asimismo, no ignoramos que los padres desempeñan un papel decisivo en el establecimiento de pautas prototípicas con respecto a los sentimientos, pensamientos acciones del niño. Estas pautas no solo aparecen en la esfera de la adaptación social y los estilos actitudinales; también influyen característicamente en todas las operaciones mentales, incluidas la percepción y la cognición. Por último -aunque no es esto menos importante-, afectan la conciencia del sí-mismo mental y físico. Todos estos aspectos ejercen influencia en la personalidad en crecimiento y se hallan íntimamente relacionados con las experiencias familiares; por supuesto, desempeñaron su parte en la vida de Ben.
El análisis hecho hasta ahora pone de relieve en qué medida Ben había desplazado su patología familiar hacia el ambiente social, y hasta qué punto esta repetición lo perjudicó en el plano social. Si bien este desplazamiento es típico del adolescente joven, en el caso de Ben se verificó sin la indispensable trasformación de connotaciones sumamente personales en roles sociales aceptables y establecidos. Por consiguiente era un inadaptado social. Como hemos visto, el fracaso social se hizo inteligible durante la terapia. Pero aún debemos dar cuenta de los orígenes de la orientación pulsional masoquista y del miedo igualmente persistente a la mujer.
El desarrollo pulsional desviado se refleja siempre en las características yoicas; de hecho, ambos se influyen mutuamente, como lo hemos observado con respecto a la variable capacidad de aprendizaje de Ben, la cual dependía, en alguna medida, del sexo de sus maestros. Los hombres reforzaban su yo ligado a la realidad, en tanto las mujeres lo hacían regresar al pensamiento prelógico. Además, la regresión yoica se complementaba menudo con una interacción corporal erotizada (ser «un chivo emisario», o «vapuleado»), que se había vuelto notoria en relación con sus pares. No es difícil reconocer en estas repeticiones a los miembros prototípícos de la unidad familiar primaria: madre, padre y hermano.
En el caso de Ben, el papel de parientes o de vecinos en su vida temprana había sido más bien insignificante. Cuando las figuras de una familia numerosa desempeñan un papel importante en la vida temprana del niño, se convierten en una parte -es decir, en una parte disociada- de las figuras parentales. Cada persona, pues, se asocia con la gratificación de necesidades específicas o representa la personificación de seguridades o peligros internalizados, generalmente considerados buenos o malos, benignos o muy perjudiciales. Los objetos primarios se vuelven a concretizar en la adolescencia, período en el cual adquieren predominio.
ya sea directamente o mediante el desplazamiento. Este aspecto regresivo de la adolescencia es contrarrestado por la distensión de los vínculos objetales primarios, que determina la separación emocional definitiva de los objetos de la infancia y la niñez temprana [Blos, 1967].
La reactivación de los vínculos objetales infantiles da luqar en la etapa inicial de la adolescencia, a una configuración similar a la fase edípica. Mi experiencia me indica que en este estadio adopta el disfraz de un compromiso edípico. Esta configuración seudoedípica obstaculiza la regresión hacia las relaciones objetales prereedípicas. Por consiguiente, constituye una formación defensiva a la que he llamado «defensa edípica de la etapa inicial de la adolescencia» [Blos 1965].
El terapeuta que ignore esta formulación tenderá a pensar que el «miedo a la mujer» en Ben se debe a la angustia originada por la pulsión heterosexual. De esto se deduciría que la pulsión se vincula con el clásico triángulo edípico; la angustia y la defensa se interpretarían de acuerdo con ello.
La práctica me ha enseñado, sin embargo, que esta línea de pensamiento nos aleja del conflicto que tratamos de resolver. En esta etapa, el peligro instintivo proviene de la tendencia regresiva hacia la madre preedípica y del compromiso pregenital que esta regresión supone. En la medida en que subrayemos, mediante la interpretación, la relación de competencia que el chico establece con su padre y su deseo de tener derechos iguales, o incluso exclusivos, sobre la madre edípica, estaremos apoyando, en realidad, su esfuerzo defensivo por neutralizar la tendencia regresiva hacia las relaciones objetales preedípicas. Cuando nos asociamos a su esfuerzo por oscurecer los orígenes de la angustia -que, después de todo, residen en una etapa más temprana del desarrollo-, estamos ayudándolo a consolidar la defensa edípica.
Antes de continuar, parece imprescindible definir el significado y la importancia específicos de los términos utilizados en el título de este capítulo: madre «arcaica» y «edípica»., Como ocurre con muchas denominaciones empleadas en este estudio, para definirlas es necesario exponer una secuencia de desarrollo que, en cierto punto crítico, cristaliza en una síntesis terminológica, o en un vocablo técnico. Aun cuando este «retroceder a los orígenes» agote por el momento la paciencia del lector, constituye el único modo de dar precisión y clar¡idad a las palabras, cuyo uso, de otro modo, sería vago.
Para sobrevivir, el infante depende, en primer lugar y en forma absoluta, de que se satisfagan regularmente sus necesidades físicas. Entre la madre y el niño se desarrolla una reciprocidad de necesidades. El bienestar físico del infante suscita en la madre una sensación de competencia y satisfacción que pronto halla respuesta en la sonrisa del bebé y en los sonidos vocales que este articula. La madre se convierte paulatinamente en un objeto identificable, que nutre en los planos tanto físico como emocional y es fuente de un estado de bienestar. Demuestra ser el regulador de tensiones y, en cuanto tal, una parte intrínseca del aparato homeostático del infante. Este estado de identificación primaria da lugar con el tiempo a un reconocimiento del «yo» y el «tú», diferenciación que, en definitiva, determina la intemalización de las funciones de regulación.
Este avance en el desarrollo equivale a la formación del yo o, más bien, a su estructuración. La identificación secundaria estimula de modo decisivo la formación de la estructura, medíante el proceso de internalización. Cuando la etapa simbiótica de la niñez temprana ha pasado, en el tercer año de vida, la relación diádica -es decir, la conexión esencialmente uno a uno entre el niño y la madre- ha perdido su predominio exclusivo. Sin embargo, la relación con el padre, fuente de bienestar y seguridad para el niño pequeño, se considera según el modelo materno. El padre continúa existiendo de esta manera para el niño hasta el momento en que aparece distinto de la madre y se establece una nueva relación -ahora triádica-, que identificamos como constelación edípica.
El hecho de seguir el curso de las primeras relaciones objetales tiene el propósito de señalar el carácter de estas en conexión con las personas del ambiente.que rodea al niño en su más temprana edad. Es importartante observar esto, pues las relaciones objetales de estas heterogéneas etapas subsisten en la vida psíquica del niño aun después de su período legítimo, y se reinstauran en la fase apropiada del desarrollo adolescente. La madre preedípica del período diádico equivale a la madre arcaica, mientras que la edípica pertenece al período triádico, que incluye al padre como persona distinta y única, como hombre que posee poderes, para bien o para mal, que la madre no puede ejercer. Algunos de estos poderes son deseados, otros envidiados o temidos, tal como ocurría con la madre arcaica durante el período diádico. Al igual que cualquier nueva relación objetal, la de la constelación triádica aumenta el grado de comprensión que el niño tiene de la realidad, porque el vuelco hacia afuera de la libido objetal disminuye, y a la postre reduce al mínimo, la primitiva comprensión proyectivo-íntroyectiva del mundo externo.
Para el niño, la madre arcaica no constituye una persona seplarada e independiente. Debemos recordar que los estadios de la conciencia en la vida temprana reflejan simple dicotomía entre saciedd y tensión -la primera consiste en incorporar; la segunda en expulsar-. La madre es entendida de acuerdo con una dicotomía similar. Por un lado, la madre arcaica es fuente de toda bondad; por el otro, la fuente de todo mal. Puesto que el cuidado del niño necesariamente implica frustración, dolor y tensión, de este período sobrevive una temida y odiada relación con una parte del objeto, que identificamos como la madre mala arcaica. De acuerdo con el principio dicotómico de las relaciones objetales más tempranas, sobrevive también el recuerdo global y separado de la madre como fuente de saciedad, beatitud, seguridad y bondad, que caracterizamos como la madre buena arcaica. Ambos componentes de la madre primitiva se mantienen en las representaciones objetales, y durante largo tiempo oponen resistencia a la conciliación mediante la solución transaccional o la fusión. Constituyen un ejemplo de la ambivalencia en su forma original, como polaridad intransigente.
Durante la fase de la preadolescencia, en la que la maduración puberal intensifica la tensión pulsional, se revive regresivamente a la madre arcaica. Esto, a su vez, exige nuevos reguladores de tensión (relaciones objetales, defensas, adaptación, etc.); en este momento crítico, el regulador original, la madre arcaica, se convierte en fuente de control y seguridad. Debe recordarse que en la etapa avanzada de la preadolescencía la madre arcaica existe como relación internalizada ?vale decir, como representación objetal que se mantuvo, parcialmente reprimída, hasta la adolescencia.
En la mente del niño, la madre arcaica está asociada con el control corporal de los esfínteres. El período de adiestramiento incorpora las funciones corporales -tanto su restricción como su liberación- a un complejo sistema de funcionamiento autónomo. En él podemos discernir la interacción de influencias derivadas de las necesidades instintivas, la dependencia objetal, los intereses y actitudes yoicos y superyoicos. Mientras que el orgullo, el agrado y el elogio de la madre constituían antes una recompensa que justificaba renunciar a las gratificaciones inmediatas, en la etapa puberal de maduradón esta solución solo precipita conflictos. La sincronización entre maduración puberal y regresión preadolescente hacía la pregenitalidad hace que la madre preedípica reaparezca en la vida emocional del adolescente joven. Es obvio que el nino en proceso de maduración teme la regresión hacía la madre arcaica, buena o mala, y se resiste a la sumisión y el suministro pasivos. A pesar de esto, la tendencia regresiva consigue imponerse, pero solo en forma breve y transitoria; no debe sorprendemos, en consecuencia, que la madre arcaica controladora, amenazadora y frustradora pase al primer plano de la atención durante la preadolescencia del varón.
Puesto que en este período se produce la maduración sexual y, por consiguiente, se intensifican las pulsiones dirigidas hacia el objeto, resulta obvia la incorporación de la madre arcaica dentro de esta nueva constelación pulsional. Su función de control se concibe, en consonancia con la maduración sexual, en términos de castración. Esta es la típica situación de peligro de la preadolescencia en el hombre. A ello se debe que el muchacho evite a las mujeres durante esta fase; observamos, en cambio, la formación de grupos exclusivos de varones y el vuelco positivo de estos hacia sus padres. El hecho de que el niño permanezca dentro de los límites seguros de su propio sexo apenas oculta su apartamiento activo del sexo opuesto. Advertimos su cautelosa distancia con respecto a la madre y a todas las mujeres en general, o su franca animosidad hacia ellas, o incluso su abierto y cruel rechazo.
Esta afirmación activa pero defensiva de que se han trascendido las relaciones objetales tempranas suele ser desbaratada por movimientos regresivos que aspiran a restablecer la receptividad preedípica y la dependencia anaclítica. Como consecuencia de la regresión pulsional, el yo se ve empujado hacia etapas primitivas y ya abandonadas. Por ejemplo, vuelve a proliferar el pensamiento mágico y prelógico, después de su sorprendente declinacion durante el período de latencia, en el que los procesos cognitivos de carácter lógico se diferenciaron claramente, por primera vez, de la temprana concepción animista del.
mundo. Descubrimos en el preadolescente una racionalidad y un poder de observación muy desarrollados, junto con el pensamiento.
prelógico y las creencias mágicas. Las dos formas de pensamiento, aun cuando sean contradictorias, poseen, al menos en potencia valencias motivacionales iguales.
Este modelo doble del proceso de pensamiento explica gran parte de las conductas contradictorias de la adolescencia. La regresión pulsional y la regresión en las relaciones objetales son tomadas aquí en su interdependencia; no obstante, debe agragarse otra dimensión, que denominaré «imperativo de la maduración» propio de la adolescencia.
Tal es la causa de que aquellos se muevan en direcciones diametralmente opuestas. El estadio regresivo de la preadolescencia se caracteriza por el predominio de las necesidades de dependencia y los deseos pasivos. Empero, estas posiciones infantiles constituyen un anatema para el niño en edad prepuberal, cuya maduración sexual sería negada, ciertamente, por la regresión a la nutrición receptiva y la sumisión pasiva a la mujer .
No sorprende que la tendencia regresiva hacia la dependencia objetal movilice «en su camino» el instinto agresivo, con propósitos defensivos y en aras de la adaptación adolescente progresiva.
La pulsión agresiva aparece primero bajo formas infantiles: las de los componentes sádicos que habían desempeñado un papel fundamental en el desarrollo pulsional infantil.
La experiencia indica que, en la terapia, los determinantes de la conducta y el pensamiento patológicos, condensados en el complejo de síntomas, solo pueden elucidarse gradualmente. Mediante interpretaciones y explicaciones, se comunican al niño el reconocimiento y la comprensión de las conexiones que existen entre el estado anormal final y su historia natural. Cada uno de estos pasos posibilita el acceso a otras fuentes que también contribuyeron a la perturbación manifiesta, revelando así la naturaleza intrincada y la estructura compleja de esta última en cuanto sistema que se autoperpetúa. Sin embargo, las defensas protegen tenazmente, durante largo tiempo algunos factores contribuyentes. Por cierto, el abandono de la terapia constituye a menudo una defensa inexpugnable en virtud del alejamiento físico; en este caso, la situación terapéutica misma implica un peligro de tal magnitud que la única respuesta posible es la fuga. La alianza terapéutica es siempre la protección más segura contra un abandono tan catastrófico del lento y dificultoso proceso para recapturar el perdido ímpetu vital del desarrollo.
En el tratamiento de Ben, pronto resultó obvio que este abrigaba un intenso temor hacia la mujer, que se sentía perseguido, incluso mortalmente amenazado por ella. Este peligro constante suscitaba en él una actitud fatalista e impotente hacia la vida, puesto que se creía víctima de fuerzas malignas cuya finalidad era destruirlo. A la vez que sentía que todos se le oponían, era totalmente inconsciente de sus propias intenciones y acciones agresivas y provocativas hacia los otros. La índole de estas solo podía deducirse de sus profundos sentimientos de culpa y de sus permanentes ofrecimientos de reparación. El miedo a la mujer constituía un tema repetido, dramáticamente desplazado en la escuela hacia sus maestras. Experimentaba un pánico mortal cuando la maestra le formulaba una pregunta que no estaba seguro de poder contestar en forma correcta. Entonces lo dominaba la idea de que «la maestra me quiere matar». Este pensamiento se acompañaba de una sensación dolorosa en el pecho. La angustia que padecía en la escuela era un desplazamiento del hogar y constituía una repetición de la relación con su madre.
El hecho de que Ben deseara la muerte de quienes lo atormentaban se manifestó sólo en una etapa tardía del tratamiento, cuando admitió este frecuente pensamiento: «Quiero que mi madre o mi padre, o los dos, se mueran». La más ligera frustración o humillación despertaba tales deseos. La idea de quedarse sin padres, por otro lado, lo llenaba de terror, pues -insistía- aún los necesitaba «aunque solo sea para q ue me den dinero y me alimenten». La ambivalencia infantil dominaba sus relaciones objetales hasta un punto tal que ni sus progenitores ni sus maestros -ni, en cuanto a eso, sus pares- la podían tolerar. De este modo, el niño se veía impedido, en gran medida, de mantener una interacción positiva con personas pertenecientes a su familia o ajenas a ella. Normalmente, estas son las fuentes en las cuales los niños se alimentan para su crecimiento emocional. El tratamiento no alcanzó uno de sus objetivos esenciales hasta que Ben fue capaz de utilizar los recursos del ambiente social, extrafamiliar.
Cuando la terapeuta llegó a conocer el mundo de fantasías de Ben, su conducta y su pensamiento consciente revelaron su significado secreto. El complejo de sacrificio es un ejemplo pertinente. Al principio, se tuvo la impresión de que se había originado en una constelación pulsional masoquista; básicamente, en una identificación femenina. Sin embargo, se comprobó que este síntoma era un compuesto integrado por diversos elementos. Los enumeraré de modo sucinto, sin examinar su interrelación genética, dinámica y económica.
1. El pensamiento mágico servía para controlar el mundo externo. El castigo recibido podía anular los deseos destructivos, y de ese modo era posible evitar que ocurriera lo peor: la concretización del deseo de muerte. Provocar el castigo era la contraparte mágica de los malos pensamientos de Ben. Sin embargo las influencias superyoicas, manifiestas en sus sentimientos de culpa, indicaban que en el complejo de sacrificio existían niveles superiores de actividad psíquica.
2.
Los estados de desvalidez de Ben -estar enfermo, ser malo, incontrolable, destructivo- despertaban siempre la respuesta afectiva de su madre: esta respuesta solía ser violentamente colérica e irracional, pero establecía un contacto que Ben perdía con facilidad durante los estados de desapego emocional y de falta de conexión de aquella. Esta pauta de interacción se había establecido tempranamente en la vida de Ben, cuando la alternación de comidas y vómitos se convirtió en un aspecto rutinario de la interacción entre madre e hijo. Es notable que la madre nunca sintiera necesidad de tener en brazos al bebé cuando le daba el biberón.
3.
Ambos progenitores informaron que discutían y se peleaban con frecuencia cuando era el momento de alimentar al pequeño. Después, esto se repitió durante las comidas. Ben recordaba las violentas peleas que se producían en esas oportunidades. Tales recuerdos correspondían a sus años de latencia. Los hechos que más tarde daban pie a su conducta provocativa se basaban en frustraciones, menosprecios e injusticias. El hecho de estar siempre reñido con sus progenitores los ponía constantemente a prueba -¿quién satisfaría sus deseos?, ¿quién lo frustraría?-, haciendo que de este modo se enemistaran entre sí. El niño nunca perdió la esperanza de que su padre se afirmara frente a la madre y demostrara así su lealtad hacia él.
4. Desde muy pequeño, Ben había escuchado involuntariamente las violentas escenas nocturnas que a menudo ocurrían en la habitación de sus progenitores. Estas culminaban en combates corporales, durante los cuales la madre gritaba y golpeaba al padre. La teoría sexual de Ben, según la cual el hombre orinaba dentro de la mujer o en su cuerpo, nos permite inferír que estos estímulos de la escena primaria coincidieron con el período del control aún inestable de su esfínter urinario.
Dichos combates, y el hecho de que la madre golpeara al padre, favorecieron la identificación con este último sobre la base de que ambos se hallaban sujetos a restricciones y al control urinario.
La erotización del castigo tuvo su origen, pues, en una identificación con el padre golpeado. No sorprende mucho el deseo preadolescente de Ben de que su padre se afirmara ante su mujer y se convirtiera, de este modo, en un aliado en la lucha contra la madre arcaica y castradora. En este sentido, debe señalarse que toda vez que el padre triunfaba en cualquier cosa -ya sea en el seno de la familia o en los negocios- Ben se sentía orgulloso, feliz, menos ansioso y libre de ideas persecutorias. Para mantener este estado de confianza y competencia, idealizaba a su padre, lo que lo llevaba a falsificar o ignorar hasta un punto peligroso la realidad. Esta negación puede resumirse en su convicción de que «mi papá es un gran tipo, pero mi mamá no le da ninguna oportunidad». Al identificarse con el padre, el niño sufría la misma derrota que este, -trasformándose él también en una víctima de la mujer poderosa -la madre arcaica, mala y castradora.
Este bosquejo de las tendencias que confluyeron en el síntoma del sacrificio y la impotencia básica nos permite establecer una secuencia en la formación de este. El nivel más profundo se hallará en una perturbación relativa al contacto durante la fase oral. Pese a la posibilidad de inferir una determinada secuencia sobre bases evolutivas e históricas, no debe llegarse a la conclusión de que en la terapia puede seguirse un orden temático correspondiente a estas distintas tendencias. Los cuatro determinantes son actores que desempeñan al unísono sus papeles en el escenario de la terapia, algunos de modo más elocuente que otros; no obstante, todos interactúan en forma contínua hasta que se agota la fuerza de sus pasiones, momento en el que un nuevo protagonista, como Fortinbras en Hamlet, se hace cargo de la situación.
Es muy probable que los denodados esfuerzos del pequeño por gratificar de alguna manera su hambre de contacto hallaran, a lo largo de su infancia y su niñez, un refuerzo positivo en la necesidad de intimidad física del padre con respecto al hijo.
De cualquier modo, la búsqueda de una relación por parte de Ben y su capacidad para mantenerla, aun cuando aquella fuera muy ambivalente, no solo constituyeron constante fuente de asombro para quienes lo estudiaban, sino que debió considerárselas una cualidad pulsional que posibilitaba el tratamiento. Por supuesto, esto sólo pudo comprobarse con el trascurso del tiempo; en la evaluación inicial del caso, nada indicaba su existencia. Debe señalarse, sin embargo, que la terapeuta cultivó con cuidado la capacidad de respuesta de Ben a la situación terapéutica y a los fines del tratamiento -P.
ej., mediante la elección de la interpretación adecuada a cada etapa de este-. Se seleccionó minuciosamente el nivel de cada interpretación y se trató de que todas las intervenciones se ajustaran a la capacidad del yo para integrarlas.
La confianza de Ben en el pensamiento mágico sólo pudo ser objeto de un examen crítico (prueba de realidad) al disminuir el miedo a la madre arcaica y castradora, y cuando al niño le fue posible confiar plenamente en su terapeuta y depender de ella. Por supuesto, su deseo era, que esta se convirtiera en la madre buena arcaica que lo libraría de todos sus dolores y problemas. La terapeuta debía frustrar estos deseos y conseguir, al mismo tiempo, que los sentimientos positivos se unieran a la labor terapéutica, o a la empresa conjunta de superar los catastróficos obstáculos que se oponían al crecimiento.
Ben nunca se sintió perseguido por la terapeuta, aun cuando la acusara de muchas faltas e imperfecciones. Sin embargo, estas acusaciones formaban parte de su compromiso afectivo con ella, y daban lugar a la interpretación y el insight.
Debernos subrayar que el complejo de persecución de Ben se restringía enteramente al ámbito de los objetos malos humanos, o, más bien, permanecía dentro de él; nunca hubo indicio alguno de la existencia de temores infantiles con respecto a animales y a hechos tan espantosos como el estallido de bombas, las descargas de agua, etc. Puesto que estos miedos no tenían el carácter primitivo que permite atribuir al mundo de los objetos inanimados una serie de intenciones malévolas, fue posible dar una solución por lo menos parcial al problema de por qué el niño no había desarrollado una psicosis o una fobia. Ben utilizó la terapia para establecer una relación de confianza que lo ayudara a superar su ambivalencia básica, la cual había impregnado todas sus relaciones objetales y había influido, con igual fuerza, en su sentido del sí-mismo.
La perturbación de Ben se relacionaba con el compromiso objetal, la ambivalencia, el miedo al abandono y la castración.[3]
De acuerdo con ello, el yo se hallaba detenido en la etapa del pensamiento prelógíco y mágico, cuya especificidad reside en que ciertos afectos, sensaciones y percepciones particulares se atribuyen al ambiente.
En el caso de Ben esto se limitaba a los objetos humanos.
Es obvio que, en estas condiciones, la evaluación de los mundos externo e interno resulta defectuosa y la objetividad del juicio se deteriora gravemente. Ben demostró la imposibilidad de que existiera una conciencia del afecto o del pensamiento propiamente dichos, en la medida en que ambos se atribuyeran, en gran parte, al mundo externo.
«La objetivación y la conciencia se excluyen mutuamente (...
) [este] es un aspecto importante de las enseñanzas de Piaget» [op.
cit., pág.
113]. Este tipo de consideraciones indican con toda precisión, por así decirlo, los focos patógenos en relación con los cuales debe orientarse la estrategia del tratamiento. La gran cantidad de materiales aportados en las entrevistas obligan al terapeuta a elegir en forma constante; por esa razón, este no puede dirigir un tratamiento sin contar con un principio de selección. Caracterizamos dicho principio como su «hipótesis de trabajo». Precisamente porque es indispensable para el tratamiento, esta última debe permanecer abierta a una continua autocorrección, mediante la verificación permanente de su aplicabilidad.
De acuerdo con nuestra tesis, el complejo de persecución de Ben se relacionaba con el miedo a la madre mala arcaica; a ello se debía, a su vez, su fijación yoica en el pensamiento prelógico o mágico. La terapeuta, en cuanto objeto bueno, tenía que utilizar la posición que Ben le otorgaba para a ayudarlo a llevar su relación objetal hasta un nivel posambivalente. Calculábamos que esto liberaría su pensamiento del punto de fijación en el pensamiento prelógico e influiría favorablemente en su prueba de realidad y su sentido de sí mismo. Estimamos que, en términos de desarrollo pulsional, Ben estaba fijado en el nivel preedípico de las relaciones objetales y, en términos de desarrollo yoico, en el nivel del pensamiento prelógico. La actualización de su fijación yoica era condicional -es decir, se limitaba a las situaciones donde la angustia de Ben superaba el nivel de tolerancia.
La fijación pulsional apareció, en forma exacerbada, en la preadolescencia; de hecho, ella impidió que el desarrollo superara esta fase. La fijación yoica había hecho fracasar, en gran parte, el período de latencia. Por consiguiente, la organización psíquica del niño durante la poslatencia no guardaba relación con el desafío emocional de la pubertad y la adolescencia. Los trastornos conflictivos en la adolescencia son inevitables, así como la regresión -del yo y el ello- es inherente al proceso adolescente normal. En el caso de Ben, sin embargo, la regresión reveló la tenacidad de las fijaciones pulsional y yoica, lo cual indicaba un estancamiento del desarrollo en el nivel preedípico. La tarea de la terapia consistió en superar ambos retrasos evolutivos.
Lo que más temía Ben era «ser ignorado» por su madre. No había castigo más severo que el hecho de que aquella dejara de atenderlo. Lleno de rabia impotente, exclamaba: «Mi madre no me quiere», o «Ellos [los progenitores] no pueden hacerme eso; los necesito». En busca de consuelo, se volvía hacia su hermanito, o idealizaba a su padre o a un maestro.
Las mujeres se convirtieron en objetos malos que debían ser aplacados Por lo tanto, el niño provocaba el castigo ?la forma más segura de aplacamiento-, en especial durante los momentos de angustiosa separación. Tener problemas o estar enfermo poseía también beneficios secundarios que Ben había aprendido a explotar desde la niñez temprana.
El amor, la atención y la cercanía seguían perteneciendo al nivel diádico de las relaciones objetales: el niño elegía sólo un compañero por vez, con exclusión de todos los demás -ya sea la madre, el padre, los hermanos o, más tarde, la terapeuta-. La desilusión con respecto a uno de ellos suscitaba un cambio de compañero, pero la pauta no se modificaba. Esta monotonía mostraba la incapacidad de Ben para usar distintos individuos del medio con el fin de gratificar sus diferentes necesidades. En el caso de Ben, una persona por vez tenía que dar, en forma global, todo lo que él necesitaba. Ben resumió este modelo de relación diádica diciendo: «Si no tengo a mi hermano Paul, tengo a mi hermano David; si no los tengo a ellos, tengo a mis padres; si no tengo a mi padre, tengo a mi madre; pero cuando ella se enoja conmigo, tengo ganas de librarme de ella también».
El uso restringido y condicional de las relaciones por parte de Ben se reflejaba en su empleo restringido y condicional -es decir, idiosincrásico- de las palabras. Manipulaba ambas para que se ajustaran a sus necesidades De hecho, las fijaciones pulsionales se pusieron al alcance del yo observador a través de la formación de síntomas en la esfera cognitiva. El uso defensivo de las funciones yoicas (pensamiento, lenguaje) se manifestó en síntomas obsesivos transitorios. Tomaré un ejemplo del segundo año de tratamiento, cuando sus progenitores hablaban de separarse. Ben aludía a este hecho, pero nunca utilizaba la palabra «separación». Cuando la terapeuta la empleaba, Ben reaccionaba con una negación masiva, diciendo en forma agresiva: «¿Cómo puedo sentir miedo, cómo puedo saber incluso qué siento, si no sé nada sobre el asunto?». Al recordársele las peleas y las amenazas de sus progenitores, sonreía y admitía saber todo muy bien.
«Pero -concluía- mientras no use la palabra "separación" estoy seguro de que nada va a cambiar».
Con el apoyo de la terapeuta, sin embargo, Ben terminó por reconocer la inutilidad de su magia. En un arranque de valor, preguntó: «¿Qué anda mal? ¿Qué pasa?». Quería saber. No tuvo que esperar una respuesta, pues utilizó su propia observación: sus progenitores dormían ahora en habitaciones diferentes.
«¿Quién echó a quién del dormitorio? En las películas, es la mujer la que echa al hombre.
¿Pasó al revés con mis padres? ¿Quién es la mujer? ¿Quién es el jefe?». Resurgió su primitiva convicción de que la madre era omnipotente y de que el padre debía someterse a su superioridad. A la postre, Ben reconoció otras alternativas en la lucha: ¿es la madre mala arcaica quien controla al hombre, o es el padre edípico quien no conoce el miedo? Por entonces, la palabra «separación» había perdido su poder mágico.
Cuando Ben renunció al control primitivo de la tensión, sobrevino un estado depresivo, un miedo al abandono que duró excesivamente y solo se superó después que el paciente dejó atrás la posición diádica de la infancia. La capacidad para dar este paso depende del progreso yoico y, en especial, de una clara delimitación entre fantasía y percepción. El hecho de que Ben pudiera usar la palabra «separación» como cualquier otra, con el propósito de comunicar una realidad, señaló la expansión de la autonomía yoica secundaria, representada por el empleo maduro del lenguaje. El avance hacia esta posición, sin embargo, no fue sereno ni directo. La formación de síntomas obsesivos transitorios lo obstaculizó repetidas veces. Por ejemplo, en determinada oportunidad Ben volvió a preocuparse por las palabras; se trataba del nombre de dos escuelas, una de las cuales tenía que elegir para comenzar sus estudios secundarios. Su preocupación al respecto era, en realidad, un desplazamiento de la elección que debería hacer en caso de que sus progenitores se separaran: ¿Adónde iría? ¿Con su padre o con su madre?
La resolución de muchos síntomas igualmente transitorios estabilizó ciertas funciones yoicas deficientes y promovió el dominio cognitivo de situaciones, reales o imaginarias, que atentaban contra el equilibrio emocional de Ben. Su angustia de abandono lo obligó a permanecer demasiado tiempo en la etapa prelógica del desarrollo yoico, lo cual obstaculizó su diferenciación yoica. Como resultado, ciertas funciones yoicas adaptativas correspondientes a su edad se hallaban sumamente desviadas.
¿Cómo aparecían estas distorsiones en la trasferencia? Durante un largo período, Ben se adhirió a su «omnipotencia» prelógica ante la prueba de realidad de la terapeuta. Luego de la disolución de su complejo de persecución -o, en otras palabras, después de la disminución de su dependencia con respecto a la madre arcaica-, las defensas mágicas pudieron interpretarse y relacionarse con los hechos, afectos, pensamientos, miedos y fantasías.
En la trasferencia, el paciente atribuía intenciones destructivas a la terapeuta cada vez que un comentario o una interpretación despertaban su angustia. En tales casos, aquella se convertía en la madre arcaica, castradora. La siguiente cita textual reflejará mejor una de esas reacciones: «Usted me recuerda a un tipo que hace catch en la televisión; agarra el pobre piecito de su rival y lo sacude para todos lados, y luego se le planta encima». Utilizaba los fenómenos de trasferencia de esta índole para enfrentar la pulsión infantil y las fijaciones yoicas. La batalla preadolescente contra la regresión hacia la madre preedípica solo podía librarse mediante la internalización del conflicto. Por supuesto, esto únicamente podía ocurrir después que el paciente abandonara el «realismo infantil» (Piaget). Entonces, y solo entonces, Ben pudo ver la vida desde la perspectiva del pasado, el presente y el futuro. Comenzó a darse cuenta con asombro de que sus progenitores habían existido e ido perfilándose como personas mucho antes de que él naciera. Esto lo ayudó a verlos como individuos separados, que no solo vivían, sentían y se comportaban en relación con él. En una oportunidad, dijo: «Mi padre ya había pasado muchas cosas antes de que yo viniera al mundo».
Hacia el final del tratamiento, cuando la terapeuta calificó de «chiflados» ciertos actos y afirmaciones.
de Ios progenitores, Ben sugirió benignamente la palabra «inmaduros»; esto, al menos, implicaba alguna esperanza de cambio. Por entonces, el pensamiento mágico de Ben se había restringido a esa actividad mental legítima que denominamos expresión de deseos, fantasías y ensueños diurnos.
Sin embargo, cuando la magia dejó de contaminar su pensamiento y su acción, al principio tuvo lugar una sensación de desaliento y abatimiento, lo cual pudo verse cuando la madre consiguió un trabajo de jornada completa. Ben se sintió abandonado e ignorado. Según su costumbre, no prestaba atención a la difícil situación económica familiar, la cual, como resultado de las limitadas ganancias del padre, había obligado a la madre a buscar empleo. Ben sólo podía decir esto: «Mi madre quiere más al dinero que a mí. Si me quisiera, se quedaría en casa». Y concluía: «Me gusta estar solo en casa, la única compañía que tengo soy yo mismo. Puedo comer lo que se me da la gana». Cuando volvía de la escuela, experimentaba con la comida. Se hacía sandwiches de mayonesaa, salsa de tomate, mostaza, gelatina, habas cocidas, lechuga, ensalada de col, hamburguesa, salame, cebolla y queso suizo, todo junto.
Estas orgías no duraron mucho tiempo. La ausencia de la madre no suscitó una regresión permanente ni anuló el progreso alcanzado con respecto a la independencia emocional. La gratificación solitaria mediante la comida pronto fue reemplazada por un renovado interés en el trabajo escolar, las actividades al aire libre y, finalmente, cuando Ben tenía 15 años, por el hecho de conseguir un trabajo él mismo.
Los impulsos edípicos, cuando se despertaban, eran hostilizados por su temor a perder a la madre como objeto gratificante y protector. El temor al abandono había obstaculizado, en el caso de Ben, la progresión hacia la fase fálica. Pasó mucho tiempo antes de que la entrega regresiva a la pasividad adquiriera un carácter ajeno al yo. El paciente sintió que la madre arcaica lo forzaba a la renuncia y la impotencia. Esta imposición, junto con la pérdida de sus poderes mágicos sobre aquella, constituyeron otra fuente de angustia de castración preedípica.
El desarrollo psicosexual de Ben dio un paso adelante cuando este entró en la constelación edípica o triádica, en la cual, al comienzo, el padre se convirtió en objeto libidinal y la madre en adversaria y rival. Cuando estos anunciaron su intención de separarse, Ben comenzó a cocinar para su padre; hizo todo lo que pudo para mantener unida a la familia. En la escuela, se dedicó a llevar cartas de amor de los varones a las mujeres; se llamaba a sí mismo el «intermediario». Si bien se sentía degradado por esta posición, era, no obstante, un curioso y servicial «postillon d"amour». Urdía intrigas, cambiando cartas o fraguando esquelas mediante las cuales ponía en situación embarazoso a los presuntos autores. A través de los otros, tomaba parte en la «vida amorosa» de sus pares. No, no, el no quería tener una novia. En realidad, él nunca, nunca «haría eso, ni por un millón de dólares». Cuando se le preguntó acerca de «eso», se sonrojó y dijo: «No, no, nunca me acercaría a una chica, no me gustan las chicas».
Este tipo de aversión es característica del preadolescente. Lo que hacía atípico el desarrollo psicosexual de Ben era su obstinada tendencia a identificarse con la madre preedípica y a renunciar a los impulsos fálicos ante la más ligera oposición y desafío. Todos los esfuerzos del niño, durante la fase preadolescente, tendieron a reemplazar a la madre arcaica por un poderoso y resplandeciente padre edípico. Lentamente, esta empresa se vio coronada por el éxito. No obstante, no seguiremos examinando este aspecto de las relaciones objetales de Ben, pues el capítulo siguiente trata exclusivamente de la relación entre padre e hijo.
Ya he descrito la labor terapéutica, cuyo fin consistía en distender la fijación preedípica, diádica (fase de la preadolescencia); también he aludido a la formación de la constelación edípica negativa, en la cual el padre se convierte en objeto de amor triádico (fase de la adolescencia temprana). Analizaremos ahora el desarrollo de las relaciones objetales que refleja la constelación edípica típica (fase de la adolescencia propiamente dicha). Este estudio evolutivo terminará cuando Ben se halle en los umbrales de la adolescencia propiamente dicha, después de haber recuperado el ímpetu del desarrollo progresivo. En este punto, debemos recordar al lector que la demarcación de las fases es convencional y se halla dictada por la conveniencia de establecer hitos a lo largo del desarrollo. Lo que en realidad observamos son superposiciones, flujos y reflujos, avances y retrocesos. En el curso de un período, sin embargo, las direcciones y los logros evolutivos resultan claramente visibles.
Ciertos sueños y fantasías de Ben ilustrarán la progresión de las relaciones objetales, desde el nivel preedípico hasta el edípico. En el segundo año de tratamiento, Ben comunicó fantasías y sueños diurnos que arrojaron luz sobre la etapa del desarrollo psicosexual alcanzado por él Cuando se despierta por las noches, cerca de las 2 de la madrugada, afirma que imagina que golpea a su maestra en el rostro. Esta responde a sus golpes diciéndole «dame más» -es decir, alienta su agresión-.
Luego la maestra cruza una calle y es atropellada por un coche para niños, en el que duerme un bebé. Estas fantasías de carácter sádico se mezclan súbitamente con imágenes eróticas, según las cuales Ben «desnuda a chicas, quitándoles las blusas». Cuando esto ocurre, la imagen cambia y no puede ver sus caras. Tiene curiosidad por saber quiénes son las chicas; a veces, el rostro se trasforma en el de un mono. Esta fantasía posee muchas variaciones; ya hemos visto algunas en el capítulo 15.
Estas fantasías son muy típicas del adolescente joven, en el sentido de que la agresión pura (pelear, golpear, desnudar) despierta una excitación sexual índiferenciada. El ataque a la maestra fue motivado por los celos de Ben hacia sus hermanos menores -ataque que alcanzó su punto culminante en el acto de apoderarse del pecho por la fuerza, aunque solo en forma visual y furtiva-. Este tipo de fantasías contienen todos los elementos de la excitación sexual, pero sin la correspondiente fusión de los impulsos agresivos y libidinales. De hecho, se trata a la mujer como un objeto peligroso; debe ser sometida y despojada de su potencia fálica, es decir, castradora. Después que el preadolescente ha superado su miedo y su tendencia regresiva hacia la madre arcaica, revive la etapa triádica de las relaciones objetales, la constelación edípica. La mujer sigue siendo fuente de aprensiones, pero ahora su poder maléfico se ha debilitado en virtud de la relación positiva del niño con su padre, en cuanto aliado y compañero. La madre arcaica se vuelve prescindible cuando el niño dispone de una nueva fuente de suministros narcisistas y de gratificaciones dirigidas hacia el objeto.
o sea, cuando el padre ha sido elegido como objeto de amor-. Esta etapa, a menudo fugaz, rudimentaria y transicional, tiene consecuencias decisivas, pues solo mediante su disolución el niño puede establecer la identificación masculina y una estructura definitiva de su ideal del yo (véase el capítulo 17).
Examinemos ahora el paso hacia adelante en el desarrollo palcosexual de Ben. Los primeros signos de su acercamiento tentativo al nivel edípico merecen nuestra atención, pues constituyen indicadores significativos del desarrollo progresivo. Para ilustrar este movimiento utilizaremos material onírico. En uno de sus sueños, Ben había fundado un conjunto beat, similar al de los Beatles. Era famoso y -según sus propias palabras- «todas las chicas me corrían, pero no porque yo les gustara, sino porque estaban enojadas conmigo por haberle quitado popularidad a los Beatles, a quienes ellas amaban. Me agarraban y me escupían en la cara». Inmediatamente, contó un sueño de «los tres años». Se trataba del sueño del robot.
mencionado en el capítulo 14, que seguía siendo la imagen de referencia de Beñ con respecto a la angustia relativa al daño corporal. El robot, como hemos visto, era el padre aterrador
de la escena primaria. Volvamos al sueño anterior, en el que Ben supera a los insuperables Beatles, solo para descubrir que «las chicas», cuyos ídolos ha destruido, se vengan a su vez de su superioridad. El «hombre mecánico» (el padre) o las vengativas chicas (la madre), quienes rechazan su autoafirmación masculina, lo castigan por sus intentos de igualar la grandeza, real o imaginaria, del padre. Ambos sueños, tomados en conjunto, muestran al joven Hércules en la encrucijada, indeciso en cuanto a los peligros a arrostrar. La constelación triádíca aparece en ellos con toda claridad, y podríamos agregar que el primero trasmite una alegre sensación de triunfo por haber superado a ídolos únicos hasta ese momento.
Si bien la conducta de Ben, que tenía su paralelo en el sueño y a la cual este resumía, reflejaba aún el tema del trato injusto, el muchacho había comenzado a comprender ya que el deseo de autoafirmación y la necesidad de castigo se relacionaban de modo estrecho. Ambos se pusieron de manifiesto en su conducta, y ahora que el carácter edípico de sus acciones se había vuelto obvio el paciente no podía dejar de reconocer sus deseos y temores. Empezó a usar la ropa interior y el pijama de su padre, primero en secreto y luego abiertamente. Sin prestar atención a las prohibiciones de sus progenitores, trató de usar también el nuevo pulóver de aquel. Paseaba por la casa en pijama, con la bragueta desabrochada, e inconscientemente se exhibía ante la madre. Cuando se le señalaba su exhibicionismo, se indignaba muchísimo, y, aunque su autoconciencia inhibía aquel, no podía eliminar el impulso que lo había originado.
A continuación, el niño desarrolló un síntoma que mostraba las características de un tic: consistía en una rápida e imperceptible proyección y retracción de la lengua entre los labios, algo así como «sacar la lengua». Al mismo tiempo, su rendimiento escolar volvió a decaer y sus provocaciones -o, a la inversa, su necesidad de castigo- aumentaron. Acusaba a su madre de querer solo su intelecto, es decir, buenas notas en la escuela. Su resistencia a obtener buenas notas equivalía, por consiguiente, a renunciar a sus impulsos fálicos. Ouería que su madre reconociera su madurez física y sus deseos competitivos de ocupar el lugar del padre, o, por lo menos, de ser considerado su igual. Ben rechazaba la demanda de buenas notas por parte de la madre, pues las vivía como un sometimiento a la voluntad de esta; en vez de buenas notas, le mostraba su pene.
En el tratamiento, Ben manifestaba insatisfacción con respecto a su terapeuta. Cuando sus actos y sueños eran traducidos a insights, quería abandonar el tratamiento. Un día se retiró ofendido, antes de que terminara su hora. La sesión siguiente, antes de entrar en el consultorio fue al baño; apareció, por fin, peinado y «acicalado». En otra oportunidad, trajo un banquito que había hecho durante la hora de «taller» en la escuela para que la terapeuta lo admirara. Era obvio que Ben se hallaba profundamente comprometido con la experiencia edípica que había podido revivir después de superar la regresión hacia la madre arcaica.
Había alcanzado, aunque tardíamente una de las condiciones previas dinámicas y estructurales para el curso normal del proceso adolescente.
Debemos señalar en este punto que el restablecimiento adolescente de la constelación edípica exigía, en el caso de Ben, revisar y corregir en forma simultánea la fase edípica incompleta y anormal de su niñez. En muchos aspectos, se comportaba ahora como un niño pequeño que usa el sombrero de su padre: le llevaba los paquetes a su madre y la ayudaba a realizar los trabajos pesados de la casa, actividades que formaban parte de las prerrogativas y deberes de un hombre. A la vez que adoptaba esta actitud masculina se quejaba de que su padre no le ofreciera un modelo más admirable; según sus palabras, deseaba que su progenitor fuera «un hombre y no un pobre tipo».
La revitalizada constelación edípica influyó en sus funciones yoicas y su estructura psíquica. En principio, se agudizó la capacidad de autoobservacíón: internalizó al observador, el juez y el evaluador exteriores. En virtud de esta internalización, el yo se independizó más del ambiente. Al ampliarse la esfera de las funciones yoicas, se redujo la influencia del superyó arcaico. Es decir, disminuyeron los miedos y terrores («Ella quiere matarme») propios del superyó primitivo, y se afirmaron los sentimientos de culpa, típicos del supervó edípico. El bien y el mal adquirieron una cualidad abstracta, liberándose de la anterior comprensión animista del mundo sustentada por Ben. Este desplazamiento se correlacionó con la declínación del superyó arcaico y el aumento de la fundón evaluativa del yo. Podemos atribuir este avance a una demarcación más clara entre las representaciones objetales y de sí tnismo, y al rechazo y la resistencia del yo al pensamiento mágico. Este progreso cognitivo es concomitante con la diferenciación psíquica, es decir, con la formación de la estructura.
De este modo, se establecieron dos condiciones esenciales para la adaptacíón: la capacidad para postergar, posibilitada por el hecho de «ensayar la.acción mediante el pensamiento», y la capacidad para pronosticar.
Una valoración más realista de los progenitores determinó que Ben buscara fuentes adicionales de gratificación; al mismo tiempo, el compromiso afectivo con aquellos dejó de interferir en su aprendizas y en su pensamiento. Aprobó todas las materias del octavo grado, que terminó a los 14 años, y obtuvo en aplicación la calificación de «excelente». Con su creciente participación en las frecuentes actividades al aire libre que realizaban sus pares -o, a la inversa, con su distanciamiento emocional respecto de los progenitores-, desaparecieron el tic de la boca y el exhibicionismo. En son de broma, Ben observó: «Tal como van las cosas entre mamá y yo ...
Bueno, todo lo que puedo decir es que me voy a divorciar antes de haberme casado». En la siguiente entrevsta, complementó ese comentario con este: «Usted sabe que yo quiero a mis padres más o menos por igual». Dejó el tema en este punto, y comenzó a pensar en los partidos de pelota con sus amigos y en la posibilidad de trabajar en el verano.
Ben dio una prueba real de sus progresos hacia el final del tratamiento, cuando su terapeuta le dijo que estaba esperando un bebé. El momento en que la terapia terminaría dependía de su embarazo. La réplica inmediata de Ben fue: «Yo seré el padrino»; luego agregó, quejándose: «El bebé podría haber esperado, ¿no?». Por supuesto, resurgieron problemas preedípicos, edípicos y con los hermanos; no obstante, el paciente adoptó un papel protector y tranquilizador ante la futura madre: «No se preocupe -dijo-: puedo caminar por mis propios medios». Como para suavizar su reacción agresiva, producida por los celos y la frustración, hizo tolerable la experiencia crítica expresando sus sentimientos positivos; dijo: «Creo que Ud.
me gusta».
En vez de continuar exigiendo un amor exclusivo, resolvió proseguir el buen trabajo de la terapeuta y llevar consigo sus resultados, como una responsabilidad y una posesión. Enfrentado con la pérdida de la terapeuta, se identificó con la función de esta, antes que con su existencia física de mujer y madre. Cuando llegó el momento de la despedida, sintió gratitud y tristeza; pero no se abandonó por entero a ninguno de estos sentimientos. En cambio, afirmó: «Aprendí a mirar las cosas de modo diferente; y en eso voy a ser también un viejo veterano». En la última entrevista, apareció «de punta en blanco», con su mejor aspecto. Sonriendo, comentó que se merecía algo en una oportunidad como esta.
¿Qué podría ser? Una placa en el respaldo de su silla, con la leyenda.
«Aqui se sentó ...
».
La progresión del desarrollo que hemos seguido a través de la terapia de Ben constituye un ejemplo las etapas típicas del proceso adolescente. Tenernos muchos motivos para suponer que durante el período adolescente se producen espontáneamente, dentro de ciertos límites, correcciones y revisiones del desarrollo infantil incompleto o estancado. De hecho, es este aspecto corrector de la adolescencia lo que hace extremadamente complejo este período. Es difícil realizar una descripción psicológica exhaustiva pues las líneass regresiva y progresiva del desarrollo se dan de manera simultánea. En el caso de Ben fue posible estudiar el proceso corrector el proceso y seguir en detalle las complejidades del desarrollo porque el tratamiento permitió poner bajo el microscopio ciertas reestructuraciones psíquicas que en circunstancias corrientes, no son observables.
[1]Otro niño de la misma edad manifestó un terror similar, que experimentaba por las noches, desde su niñez temprana hasta su adolescencia. Tapaba cuidadosamente sus miembros con la frazada y se aseguraba de que no sobresalieran del borde del colchón. Cuando se le preguntó si era porque el monstruo que había bajo la cama (cuya inexistencia reconocía) podía atraparlos, respondió: «No, no es que trate de agarrarlos, sino de cortarlos»
[2] El dibujo tiene la ventaja de que la demostración gráfica de la anatomía se desarrolla en forma simultánea con la explicación verbal. Las láminas impresas confunden si se las utiliza en la primera explicación; pueden introducirse luego, para otorgar validez científica a los simples bosquejos trazados anteriormente.
[3] En lo que sigue tomo algunas de las ideas que Charles Odier ha desarrollado en Anxiety and Magic Tbinking, Nueva York: International Universities Press, 1956.
17. La imagen paterna, el padre real y el ideal del yo
El material precedente nos llevó a abandonar la expectativa de que la maduración puberal -es decir, sexual- daría como resultado un resurgimiento inmediato de la constelación edípica.
Hemos descrito ciertas etapas previas a este estadio cul.minante, característico de la adolescencia propiamente dicha, Llegamos a la conclusión de que, en el varón, la constelación edípica positiva solo puede surgir una vez que se ha resuelto el vínculo con la madre peedípica y superado la constelación edípica negativa.
Esta última, en el caso del varón, se define por el amor pasivo al padre. En terapia este tipo de material se trata con harta frecuencia de manera muy circunstancial y sin más, en forma errónea en términos de competencia edípica o de renuncia a ésta.
En nuestro caso, el tema del padre apareció pronto como la contraparte de la ansiedad persecutoria que las mujeres despertaban en Ben .
En otras palabras, el miedo a la mujer era minimizado por una idealización igualmente irracional del padre. De este modo, el padre importante se convirtió en fuente de confianza y seguridad.
Con el fin de ordenar y elucidar estos cambios en las relaciones adolescentes, los mostraré siguiendo una serie de pasos, tal como lo dicta la lógica de la progresión del desarrollo. El primer paso que tiene lugar durante la fase de la preadolescencia se vincula con la relación preedípica con la madre; el segundo, ocurrido en el curso de la fase de la adolescencia temprana con el complejo de Edipo negativo. Trataré de examinar en forma detenida cada paso. Cuando no existe, en apariencia un orden de sucesión secuencial ?es decir, de fase a fase-, cabe sospechar la presencia de una defensa masiva o de un estancamiento en el desarrollo.
Sabemos gracias a la experiencia
clínica, que el vínculo emocional positivo del adolescente con su padre es más inaccesible al tratamiento que su relación con la madre edípica. Investigaremos ahora el desarrollo y la naturaleza de la relación de Ben con su padre, y los conflictos que ella implicaba.
Si bien el miedo a la mujer es típico en el prereadolescente, en el caso de Ben el temor asumía enormes proporciones.
Como es característico en crisis semejantes, Ben se volvió hacia su padre en busca de consuelo y seguridad.
El padre debería ser un ejemplo de inviolabilidad masculina y de confianza en sí mismo; esto era, al menos, lo que Ben esperaba de él. El hecho de reconocer las debilidades del padre -su sumisión y su carácter irresoluto- provocó dos reacciones: negación e idealización. Tomadas en conjunto, estas garantizaron a Ben la importancia y el amor de su padre. Por un lado, Ben atribuía a este cualidades de competencia y de audacia que el no poseía y, además, eran desmentidas por la observacón cotidiana; por el otro, el niño se quejaba en forma constante de la falta de disponibilidad emocional de aquel, de su falta de interés en él o, simplemente, de su desamor. Ben deseaba estar junto a su padre, gozar de su masculinidad protectoras y su generosidad (ir juntos a partidos de béisbol, a restaurantes, de compras); además, quería que su padre le concediera a él, hijo primogénito, privilegios especiales en el hogar: permiso para acostarse tarde, prioridad con respecto a la televisi6n y exención de las tareas domésticas, propias de una niña y no de un varón. El material de las entrevistas ofrece muchos ejemplos relativos a estas características de la relación de Ben con su padre. La idealización desmedida de este último actúa como defensa contra la madre arcaica, que representa, para el prepúber una amenaza de castración e infantilismo. Además de esta relación preadolescente con el padre, en la cual este es más un «compinche» y un amigo que un competidor edípíco, va cobrando forma una relación de orden distinto. En la fase de la adolescencia temprana, el niño se ubica dentro de la constelación edípica negativa, escogiendo por primera vez un objeto narcisista. Este movimiento no es de naturaleza defensiva; vuelve a poner en acción los residuos aún existentes del amor edípico pasivo por el padre. Si bien esta relación es una prolongación directa de la dependencia diádica del período preedípico, la cual forma parte desde entonces de una constelación triádica, asigna ahora a la madre el papel de rival y competidor. Al adolescente joven le gusta hacer cosas con el padre, y dejar fuera a la madre. Solo si esta relación se mantiene después del período que le corresponde podemos atribuirle un propósito defensivo, al que le seguirá un desarrollo sexual desviado (homosexual) .
Normalmente, se abandona la posición edípica negativa de la adolescencia temprana y se la reemplaza por una estructuracíón definitiva del ideal del yo [Blos, 1962]. Estas consideraciones teóricas permitieron establecer qué pasos consecutivos debía seguir la terapia en el caso de Ben.
Primero, la desmedida idealización defensiva del padre debía asociarse con el miedo a la madre arcaica. Esto podía intentarse solo si la alianza terapéutica -vale decir, la confianza en la seriedad de la terapeuta- era lo suficientemente firme como para ofrecer una protección «interina» contra la angustia; entonces, y solo entonces, podría abandonarse la idealización defensiva del padre.
Junto con la labor terapéutica, empezó a destacarse el vínculo cariñoso con el padre. Su resolución, en el curso normal del desarrollo psicosexual, tiene lugar antes de que el niño pueda entrar en la fase de la adolescencia propiamente dicha (complejo de Edipo positivo).
La competencia y la rivalidad con los pares fueron las primeras manifestaciones de este desarrollo. El interés en las niñas, así como los fenómenos de trasferencia edípicos, ofrecieron la prueba definitiva de que Ben había superado su vínculo pasivo con el padre. La desilusión con respecto a este último fue tal vez el golpe más duro que Ben tuvo que soportar.
Solo cuando el niño mostró los signos de una restitución ínterna, en el deseo de ser lo que había querido que su padre fuera, se tuvo la certeza de que el ideal del yo había reemplazado una relación objetal regresiva, narcisista y pasiva.
El propósito de este bosquejo del «tema del padre» en el caso de Ben fue dar al lector una idea acerca de las posiciones pulsional y yoica específicas de la fase, antes de presentar los materiales del caso que darán cuerpo a estas formulaciones abstractas. La idealización desmedida del padre se guiaba por comentarios despectivos de la madre con respecto a aquel. Aun cuando, reflexiona Ben, «mi padre grita y se pone furíoso», como persona «es realmente un buen tipo». A esto le siguen ejemplos extraídos del pasado, cuando «me llevó a patinar sobre ruedas como recompensa por portarme bien,». A Ben le gusta ir a la oficina de su padre.
La describe como un lugar emocionante, con un enorme escritorio en el que le encanta sentarse. Quiere dar la impresión de que su padre es un hombre importante en los negocios y dice con orgullo «se gana bien la vida»; una vez «hizo doscientos dólares en un día».
Ben no solo exagera, sino que recurre en forma repetida a la idealización defensiva. Esta se generaliza cada vez más y guarda, paulatinamente, menos relación con los hechos. Durante algún tiempo, el niño se convierte en fanático de este sensible tema. Prefiere que la terapeuta hable con su padre, antes que con su madre.
Un ejemplo del grado en que Ben se identifica con su progenitor es su afirmación de que será un «viajante como mi padre; me casaré y tendré tres hijos, y les pondré mi nombre y el de mis hermanos». Estas identificaciones eran fugaces y, por cierto, de índole reactiva.
El desdén, el desprecio y la repugnancia que la madre expresaba hacia su esposo impulsaban al hijo a defenderlo y justificarlo con vehemencia. El niño respondía al deseo de la madre de que su hijo no se pareciera al padre («¿Te gustaría ser como tu padre?») con una creciente idealización e, incluso, con una transitoria y exaltada identificación. Se interpretó muchas veces la naturaleza defensiva de ambas, examinánose la conduucta o las fantasías recurrentes a la luz de los hechos que las precipitaban y los afectos concomitantes. El padre había observado que el desempeño escolar de Ben fIuctuaba de acuerdo con los altibajos de su ocupación. Afirmaba: «Cuando me va bien en el trabajo, a Ben le va mejor en la escuela. Cuando yo subo, Ben vuela. Parece seguir mi ejemplo en muchas cosas. Está muy orgulloso de mi actividad». Debemos señalar ahora que el padre de Ben (un vendedor muy incompetente y, en consecuencia, un hombre que, en el mejor de los casos sólo de vez en cuando podía mantener a su familia) había sacado el mejor partido de la idealización de su hijo; de hecho, dependía de esta fuente de autoestima. No solo quería que Ben tuviera éxito para sentirse menos incompetente y deprimido él mismo, sino que perseguían al niño para exigirle por la fuerza, ante la más ligera provocacíón, una exhibición de respeto, deferencia y obediencia. Sería útil examinar en este contexto la influencia de la relación del padre con su propio padre, pero solo mencionaré el hecho de que aquel adjudicó a Ben un rol parental; de este modo, el padre invertía su posición generacional, en su deseo de recibir de su primogéno los suministros emocionales que solo un padre puede ofrecer a sus hijos. Su afirmación de que «Ben debe darme primero, después le daré yo», o de que «Ben tiene que respetarme primero, después lo respetaré yo», revela lo absurdo de las demandas que ambos se hacían mutuamente. Con el fin de normalizar esta relación, el padre mismo debía someterse a tratamiento. Así lo hizo durante casi todo el tiempo en que lo estuvo su hijo. El padre reconocía en su hijo ciertos defectos parecidos a los suyos y los combatía con saña feroz. Para vivir con sus propias deficiencias vergonzantes, necesitaba un hijo que no tuviera ninguna; Ben se había convertido en su sí-mismo ideal potencial, y sbre esta base se estableció un fuerte lazo de cariño ambivalente entre ambos.
Si bien el padre se indignaba ante las demandas de su hijo, quería, sin embargo, que Ben «siguiera fastidiándolo» hasta que -en parte de mala gana, en parte voluntariamente- satisfacía los deseos del niño. Aun cuando quería complacer a su hijo, ello le resultaba difícil.
Como resultado de este vínculo, ambos se mostraban irritados y enojados la mayor parte del tiempo. El padre sabía por intuición que siempre había usado a su hijo como «un chivo emisario, golpeándolo y castigándolo sin ninguna razón». Alternando con esta interacción sádica, había frecuentes demostraciones de afecto, tales como besarse, abrazarse, decirse palabras simpáticas e intercambiar confidencias. Es obvio que la liberación o la independencia emocional respecto del padre se complicó debido a los modos habituales de gratificación pulsional mutua establecidos firmemente en ambos en la época en que Ben alcanzó la prepubertad. La relación sadomasoquista adquirió particular intensidad durante la adolescencia temprana; por cierto, la principal tarea de Ben en esta fase fue renunciar a este vínculo erótico.
Es indudable que la transición de la posición edípica negativa («pasiva») a la positiva («activa») se realiza en forma tan gradual, y se halla obstaculizada por oscilaciones tan frecuentes entre las dos posiciones, que resulta imposible trazar con precisión una línea de demarcación. Durante algún tiempo, por lo menos, no se trata más que de matices y predominios. El uso defensivo inicial (es decir, preadolescente) que Ben hacía de la relación con su padre se modificó cuando adquirió un carácter competitivo y belicoso, y dejó de basarse en la imitación y la idealización. Al mismo tiempo, la necesidad de castigo, o de renuncia masoquista, disminuyó en forma marcada. No obstante, esta etapa fue posible solo después que se dieron algunos pasos en la reestructuración psíquica.
Hagamos un breve resumen. Mediante la desmedida idealización defensiva Ben había puesto a su padre en una posición que le asegurara un flujo de suministros narcisistas. Experimentaba esta afluencia como un aumento de su autoestima y una sensación de inviolabilidad. Había elaborado una representación o imagen paterna que regulaba la angustia y lo protegía de la mujer, la madre arcaica y castradora. En el caso de Ben, esto había asumido proporciones exageradas. El niño dependía de la perfección y el poder del padre; por consiguiente, su imperfección y su debilidad reales constituían la causa de interminables quejas y recriminaciones. Ben había creado una imagen ideal de su padre; si este no vivía conforme a ella, sólo podía deberse a un hecho: que el padre no lo amara.
Incapaz de enfrentar su propia sensación de deficiencia (testículos), su angustia de castración y su minusvalía narcisista, Ben se volvió en busca de su padre en busca de ayuda restauradora. Esta solo podía corporizarse en un amor exaltado, y en privilegios y regalos exagerados. Al externalizar la fuente de seguridad, Ben se veía empujado a luchar con su padre, en un esfuerzo por obligarlo a adaptarse a la imagen ideal. Necesitaba a su padre como guardián y estabilizador de su equilibrio narcisista o, subjetivamente, de su sensación de bienestar. El anhelo de un padre bueno -es decir, «importante»- refleja la dependencia preedípica de una fuente externa, la madre, para lograr una sensación de bienestar. Este componente regresivo aportó una cualidad especial de voracidad oral a la relación de Ben con su padre.
En la terapia se estimuló con cautela la desilusión con respecto al padre, a lo cual se opuso resistencia mucho tiempo y el ímpetu innato del desarrollo suscitaron los siguientes cambios: 1) el abandono de la desmedida idealización del padre; 2) la renuncia a la fuente externa para controlar la angustia; 3) la tolerancia a la desilusión con respecto al padre, y 4) la progresión desde la elección narcisista del objeto, el padre, hasta la etapa de la identidad masculina. El resultado esperado de estas trasformaciones yoicas y pulsionales fue el establecimiento de una instancia interna, cuya tunción consistió en neutralizar la líbido objetal narcisista hasta entonces ligada a la posición edípica negativa. Dicha instancia se conceptualiza como ideal del yo; la he descrito, en términos genéticos, como la heredera del complejo de Edipo negativo [Blos, 1962].
El ideal del Yo tiene una larga historia y, desde su temprana aparición en la vida,ha sido siempre una formación narcisista. A mi juicio, se consolida en una organización definitiva al declinar la fase de la adolescencia temprana en el hombre y al resolverse el complejo de Edipo negativo («pasivo») [Blos, 1962, 1965}. La elección homosexual del objeto en la adolescencia temprana se basa en necesidades narcisistas. Es menester abandonarla y trasformaría en un ideal despersonalizado, en un modo de vida cuyo propósito y validez sean evidentes por sí mismos. La existencia y la búsqueda del ideal del yo constituye una fuente permanente de suministros narcisistas; es el regulador del equilibrio narcisista y se lo experimenta, en el plano subjetivo, como autoestima. En este contexto no discutiremos en qué medida el ideal del yo se hace cargo, en la adolescencia, de algunas funciones superyoicas [véase Blos, 1962].
La cambiante naturaleza de la relación entre hijo y padre ha sido esbozada hasta ahora en términos de su desarrollo temporal y de sus etapas características. Hemos seguido su progresión desde la imagen paterna concebida defensivamente hasta la valoración realista del padre y, por último, hasta la lucha competitiva con el rival edípico. Para no recargar y oscurecer con demasiados datos la descripción de estas etapas del desarrollo, no hemos prestado merecida atención a sus delicados y moduladores detalles. Hasta ahora hemos puesto el acento sobre los cambios en las relaciones objetales -es decir, sobre el desarrollo pulsional-, sin prestar suficiente atención a las modificaciones yoicas. Este aparente desequilibrio en la terapia descansa en el supuesto de que la progresión pulsional ejerce siempre un efecto favorable sobre la capacidad sintetízadora y adaptativa del yo; en otras palabras, influye de manera positiva en la diferenciación yoica. Debemos abocarnos ahora a este aspecto del proceso total del desarrollo, lo cual será objeto del siguiente análisis.
La falsificación de la realidad indica q e existe un funcionamiento yoico insuficiente. Si los deseos y afectos deforman la percepción y la cognición, el juicio y la conducta se vuelven inconstantes e indignos de confianza. Las quejas de Ben con respecto a su padre ejemplifican esta irracionalidad del pensamiento. Una vez dijo, en tono acusador: «mi padre no me enseñó a boxear», ignorando el hecho de que su padre no sabía nada de boxeo. De acuerdo con el razonamiento de Ben, el padre tenía la culpa de que su hijo no pudiera pelear, de que tuviera miedo de ser golpeado o de «matar a alguien en un arranque de furia». Sintiéndose débil, afeminado y cobarde, se volvía hacia su padre para tranquilizarse: sobre todo, quería que lo «trataran con respeto». Si su padre le adjudicaba un lugar de importancia y le otorgaba el derecho de disciplinar a sus hermanos, entonces haría lo que un buen padre debe hacer. El camino que llevó desde la reiterada queja de Ben: «M padre no me respeta, no respeta mis actos», hasta la comprensión de que «no puedo respetar a mi padre por sus actos», fue largo y tortuoso.
Cuando Ben tenía un deseo que consideraba debía ser satisfecho por un buen padre, pero su padre se negaba a ello, sentía que este no lo amaba. Decía: «Mi padre no me quiere», o «no me cuida». Los celos hacia los hermanos siempre contribuían a estas quejas. En cierta oportunidad, los celos llegaron a un punto crítico cuando el padre los llevó a él y a sus hermanos a ver un partido de béisbol. Lo obsesionó el pensamíento del «peligro que significa concurrir a un partido».
¿Por qué? Uno podía caerse fácilmente de las gradas y no había algo que detuviera la caída. Abandonó el estadio con dolor de cabeza.
La falta de instrucción del padre fue una deficiencia que finalmente produjo una fisura en el ídolo monolítíco. Ignoraba muchas cosas que Ben había aprendido. Al principio, esta comprensión fue motivo de rencor hacia el padre, que había desilusionado en forma intencional y por despecho a su hijo.
«Mis amigos se reirían de mí si lo supieran». En este sentido, resultó particularmente claro cómo Ben pasó de una decepción narcisista («Quiero un padre instruido») a la rivalidad y el miedo edípicos («Quiero superarlo en conocimientos»). En la primera etapa, a Ben le iba bien en la escuela cuando se sentía orgulloso de los logros, en realidad escasos, que su padre obtenía en el trabajo. Durante la segunda etapa, Ben pudo tener éxito sólo después que el aprendizaje dejó de ser una función del vínculo erótico con el padre. Esta actividad del yo adquirió el rango de función yoica autónoma solamente después de desexualizarse.
En el capítulo precedente, describí la inhibición de Ben para el aprendizaje en relación con la exigencia de su madre de que fuera un niño brillante y un alumno excelente. Como resultado de la resistencia opuesta a la demanda de su madre, su desempeño escolar sufrió un deterioro. Luego que el aprendízaje se liberó del miedo a la sumisión a la madre arcaica, los estudios de Ben mejoraron, pero sin que hubiera, sin embargo, estabilidad en ello. En realidad, el aprendizaje se vio comprometido de nuevo por una relación conflictiva con el padre. Este desplazamiento y esta repetición manifiestan la afinidad existente entre ciertas funciones yoicas y el manejo del conflicto, y muestran cómo la misma función -en este caso, el aprendizaje- se inhibe en contextos emocionales diferentes y con distintos propósitos defensivos.
La valoración realista del padre se dejó sentir en la actitud de Ben con respecto a la falta de instrucción de aquel. Primero, trató de no herir los sentimientos de su padre sabiendo más que él; luego pensó que su éxito enorgullecería al padre y lo haría feliz. En la terapia, la rivalidad edípica se trató, en gran parte, en términos de capacidad, competencia y éxito con respecto a la educación. Durante un corto lapso, Ben se dedicó a luchar con su padre, aun cuando sabía que este era un hombre vigoroso. Decía el paciente: «Yo no soy rival para él; pero él sí lo es para mí». Luego mostraba, usando dos lápices, de qué manera luchaban. Las angustiosas fantasías de ambivalencia que esas «peleas amistosas» despertaban en Ben se reflejan con toda claridad en sus palabras: «Cuando luchamos, tengo miedo de hacer caer a mi padre, porque es tan grande que podría romper algo; la cama, por ejemplo.
Cuanto más grandes son, más pesadamente caen». Los elementos de agresión, competencia, idealización y decepción se expresaban en rápida sucesión; era preciso clasificarlos en relación con el deseo, la defensa y el reconocimiento.
La desilusión con respecto al padre era muy penosa para el niño. No obstante, ciertas consideraciones teóricas referentes a la autonomía yoica y la dependencia objetal hacían que se atribuyera una importancia fundamental a este problema. Ben observaba a su padre con suma atención, y hablaba acerca de estas observaciones en sus sesiones, donde se las evaluaba y se terminaba por reconocer que muchas de ellas reflejaban cualidades permanentes del padre, antes que características transitorias y modificables. Ben había advertido la celosa vigilancia del padre cuando la madre servía la comida. Había notado también cómo temía a su esposa.
«Papá trató de escaparse de mamá.
¡Estaba tan asustado! Pero ella lo agarró y lo golpeó en la espalda». De pronto, este incidente perdió sus límites temporales, pues, al parecer, también había ocurrido cuando Ben era pequeño y, al despertarse por la noche, escuchaba pelear a sus progenitores y proferir insultos a su padre. Lentamente, Ben empezó a tomar conciencia de la debilidad de este último, un hombre que siempre hacía promesas para ocultar su incompetencia, que decía «sí» o «no» sin poder mantener su palabra hasta el final.
Cuando promediaba el tratamiento, los cónyuges contemplaron la posibilidad de separarse; una vez más apareció la negación por parte de Ben.
«Ud.
sabe -dijo-, siempre pensé que es al hombre a quien echan del dormitorio; al menos, así pasa en las películas. Pero -agregó triunfalmente- en mi casa, a la que echan de la habitación es a mi madre». Cuando se interpretó esta inversión defensiva de la realidad, el paciente lo aceptó diciendo: «Mi papá es un pobre tipo». Al reconocimiento de la verdad le siguió un estado depresivo que duró varios días. Durante este lapso, recordó un período en que su madre solía gritar constantemente, y cómo la vieja discordia parental siempre lo había asustado y hecho sentir desgraciado. Por un tiempo, volvió a recurrir a la dependencia y a las exigencias con respecto a su padre.
Ben descubrió con asombro que tanto su padre como él se comportaban como si fueran «acusados».
«Veo -dijo en una oportunidad- que mi padre se siente acusado por mí madre porque no es buen padre ni esposo. Por eso ella quiere separarse». En virtud de la identificación, Ben compartía con su padre la angustia del abandono.
«Necesito a mis padres para comer, para vestirme y para obtener dinero; no pueden ignorarme, porque los necesito». Gradualmente, Ben pudo trazar una clara línea divisoria entre los conflictos de los progenitores y sus propios conflictos en relación con ellos.
Junto con el progreso hacia la independencia, se hizo evidente que los impulsos edípicos eran suscitados por la inminente separación de los padres; al mismo tiempo, Ben se defendía de ellos mediante la represión. Los impulsos edípicos y fálicos se pusieron de manifiesto en el exhibicionismo y en el tic de la boca -ambos descritos en el capítulo precedente.
Ben pudo tolerar cada vez más su desilusión respecto del padre; finalmente, le fue posible discurrir sobre él en términos realistas, sin reacciones depresivas. En tono pensativo, lo describió certeramente con estas palabras: «Mi padre es fuerte cuando tiene que pegar; tiene mal genio. Sólo en apariencia es él quien toma las decisiones; si mi madre lo contradice alguna vez, ella es la que se impone». Ben reconoció la debílidad de su padre, al mismo tiempo que se dio cuenta de sus propios pensamientos y sentimientos agresivos y críticos. Los dolores de cabeza a menudo bloqueaban la expresión de estos sentimientos. Cuando lo pasaba bien con sus amigos, se sentía culpable porque «si hubiera cuidado a mis hermanos, mis padres hubieran podido salir». Su independencia y la búsqueda de su propio placer en compañía de sus pares contenían despecho, mala voluntad y venganza. Estos afectos podían considerarse puentes que conducían a la lucha edípica de la adolescencia propiamente dicha.
La progresión en el desarrollo psicosexual nunca ocurre sin contratiempos. En el caso de Ben, estos se debían, en parte, a las constantes peleas parentales. La ira del niño contra los progenitores llegaba a límites que lo asustaban.
«Cuando píerdo el control, tiro cosas o golpeo a mis hermanos». En un decidido esfuerzo por dominarse, se refugiaba en el vestíbulo del departamento, donde empujaba con los puños contra la pared «hasta que toda la rabia se escurriera por mis dedos».
La creciente agresión lo ponía constantemente ante la alternativa de «hacer locuras» o recurrir de nuevo a la dependencia y la receptividad. Ben relató muchos incidentes de este tipo, reconociendo que el culpable era él. Decía: «Sí, tuve un problema. Provoco a mis padres y no puedo evitarlo». Debemos señalar que Ben poseía una notable capacidad para retomar el compromiso terapéutico, toda vez que hallaba obstáculos en el camino hacia el desarrollo progresivo.
La desilusión que le produjo su padre gradualmente sepultó la imagen en exceso idealizada de este. El ideal del yo cumpló, entonces, la función atribuida al padre ideal de la adolescencia temprana. El proceso mediante el cual el objeto idealizado, el padre, se trasformó en una instancia interna, el ideal del yo, fue sinuoso y paulatino; insumió largo tiempo y en él abundaron estancamientos y contratiempos. La etapa más signada por dilaciones y fugas fue la que precedió a la de la competencia abierta con el padre, el rival edípico. Llegado a ese punto, Ben deseó superar los logros de su padre. El hecho de que poseyera la misma estructura corporal que su progenitor afirmaba una identidad física. Sin embargo, hasta que esta semejanza no se viera libre del estigma de degradación con que la madre había marcado a su esposo, al niño le sería imposible derivar de esta similitud una orgullosa confianza en sí mismo. A la madre le desagradaba, por cierto, que Ben expresara el deseo de seguir los pasos del padre en cuanto a su vocación; había esperado cosas más importantes de él.
La persistencia con que la madre socavaba la respetabilidad del padre de Ben como hombre, sostén del hogar, esposo y padre, no le dejaba al niño otro camino que establecer una alianza secreta con él. La ansiedad y la culpa que le provocaba esta solución eran considerables, y contribuían a su necesidad de castigo. Sabía que era un «intermediario», utilizado por ambas partes. El reconocimiento de que «estoy atrapado» constítuyó la señal para iniciar un denodado combate contra esa situación. Comenzó a considerar críticamente a ambos progenitores: «No me gusta como actúa mi padre; pero tampoco me gusta como lo trata mí madre. Me da lástima por él». La identificación con el padre dominado por su mujer, así como la conmiseración por él, disminuyeron junto con la desilusión con respecto al «gran hombre», el ídolo edípico. El sometimiento pasivo a su padre, siguiendo el modelo parental, se volvió progresivamente egodstónico. Con la primera marea de la rivalidad edípica adolescente volvieron a circular las viejas pautas familiares de extorsión y denigración.
Vino nuevo en odres viejos: el hijo se rebeló contra el padre convirtiéndose en delator. Para congraciarse con su madre, Ben le contó cosas que esta no sabía acerca de las inconsecuencias y evasiones del padre. Ahora se presentaba ante ella como si dijera «Soy mejor que mi padre».
La relación de Ben con su padre cambió radicalmente. En cíerta oportunidad en la que despotricaba contra su «padre podrido», que daba un mal ejemplo a sus hijos, se interrumpió y dijo: «Pero yo no tengo que seguir su ejemplo». Cuando estaba enojado con su padre se le ocurrían palabrotas -palabras groseras» como «¡Hacete coger!»-. Ya no siente lástima por él; en cambio, comienza a formular sus propias normas, metas y valores en oposición a él. Anuncia: «Ya no le temo»; esta afirmación por supuesto, no era más que silbar en la oscuridad. Ben se había identificado con el aspecto más temido de la personalidad de su padre (identificación con el agresor). Estallaba en incontrolables arranques de mal genio cuando aquel lo provocaba -vociferaba, arrojaba objetos, cerraba de golpe las puertas y pegaba puñetazos- Desafiaba a la terapeuta «dígame, ¿qué hay de malo en un simple grito enérgico? ».
Estas recaídas en la identificación regresiva siempre retrotraían al paciente a la relación ambivalente con su padre; lo que las precipitaba era, sencillamente, la angustia edípica. Contratiempos como estos permitieron comprender en forma cada vez más profunda la dificultosa liberación de Ben con respecto a la imagen paterna idealizada. El proceso de «elaboración» o sea, el regreso reiterado al mismo tema, en contextos diversos y bajo dlistintas situaciones vitales precipitantes representa el aspecto de la terapia que pone a prueba, por así decirlo, la posibilidad de tratar el tema conflictivo en los diferentes niveles del desarrollo. Es imposible tratar de modo suficiente los vestigios o residuos del núcleo patógeno en determinado nivel del desarrollo. Esto obliga a reanudar el tratamiento de cierto complejo en una etapa ulterior de la terapía, en relación con nuevos fracasos, ocurridos en un estadio más avanzado del desarrollo, cuando reaparece la tendencia patógena originaria.
Con la valoración progresivamente realista de sus progenitores, la conducta de Ben adquirió una cualidad diferente. En efecto, el muchacho decía: «Aunque mis padres sean locos, yo no tengo por qué serlo también». La distancia emocional con respecto a aquellos se reflejó en la estabilización relativa de sus funciones yoicas -en otras palabras, en la independencia de estas de los desplazamientos emocionales-. Al respecto, había numerosas pruebas, particularmente notables en la escuela: su desempeño había mejorado, su conducta era satisfactoria, hacía los deberes con más regularidad y su cuaderno mostraba mayor orden y prolijidad. Ben esperaba que lo trasfirieran a una clase de honor. Había desechado las pautas de pensamiento de sus progenitores, después de observar en esas pautas una notoria indiferencia ante la lógica y los hechos. Había comprendido que algunas ideas de sus progenitores eran «bastante peculiares», «parecían disparatadas» y «no tenían mucho sentido». Luego de juzgar esas ideas, exclamó regocijado: «Pero yo puedo pensar por mí mismo».
Estos grandes progresos en su individuación eran seguidos por estados de ánimo displacenteros, que podían entenderse en términos de culpa (componente progresivo) y de sentimientos de abandono (componente regresivo). Los sentimientos de culpa, provocados por las aspiraciones y ambiciones edípicas, constituyen la situación conflictiva típica de la adolescencia propiamente dicha. El hecho de valorar en forma realista a los padres no deja de mezclarse con impulsos contradíctorios. El deseo de independencia aumenta el sentimiento de pérdida y de seguridad derivado de la imagen parental infantil. El precio de la independencia es tolerar la soledad, así como aceptar las limitaciones personales y la finitud de la vida [Blos, 1967}. Me he referido brevemente a los estados de ánimo subsiguientes calificándolos de disfóricos; ellos incluyen estados de desaliento, desamparo, desesperación, rabia impotente, debilidad e inutilidad. Las raíces de estos estados se hallarán, en casos similares al de Ben, en la ambivalencia difusa de las relaciones objetales infantiles.
El adolescente que evalúa de manera más realista a sus progenitores descubre no solo sus características negativas sino también las positivas. Esta es, por supuesto, la esencia de una valoración realista. De acuerdo con esto, Ben reconoció cualidades estimables en sus imperfectos padres, y de buena gana les otorgó los privilegios de la autoridad, allí donde su competencia estaba intacta. Aprecíó, en contradicción con su madre, los esfuerzos incansables aunque frustrados del padre con respecto al trabajo. Muchos reconocimientos de este tipo sígnificaron, en suma, la capacidad de abandonar la imagen paterna global y proyectiva es decir, infantil- y avanzar, en sus interacciones personales, hacia un conocimiento diferenciado y la valoración del objeto. En vez de depender del padre idealizado, Ben se separó de él; esto trasformó el vínculo objetal narcisista con su padre en una instancia interna y desexualizada: el ideal del yo [Blos, 1965].
Ben ya no necesitaba un padre que tuviera un buen nivel de instrucción y fuera fuente de orgullo para su hijo; ahora trataba de fijar sus propias metas. Una vez desaparecido el miedo a superar a su padre, estaba en libertad de elegir. La opción de una «buena instrucción» ya no formaba parte del conflicto edípico; por otra parte, la competencia se había desplazado hacia los pares. Una incipiente vida social, en la que participaban muchachos y chicas, había reemplazado al anterior compromiso absoluto con sus progenitores y hermanos. Ya nos hemos referido a los grandes progresos hechos por Ben en este sentido. Por supuesto, la relación con su padre siguió siendo agresiva y rebelde, pero estaba menos marcada por tendencias regresivas. Las peculiaridades caracterológicas del padre, así como la autoafirmación y la autoconfírmación adolescentes de Ben, eran igualmente responsables de que continuaran las turbulencias. Este estado, en sí mismo, no se consideró patognomónico.
Cuando terminó el tratamiento, Ben se hallaba en la etapa de la adolescencia propiamente dicha; sentía que había «aprendido a hacerlo por mi propia cuenta». Tenía entonces 15 años; no había crecido tanto como él esperaba, pero ya se afeitaba. Para el verano siguiente había elegido trabajar como repartidor; el verano anterior, en cambio, rehusó descender tan bajo: quería ser «subdirector de unos grandes almacenes», o no trabajar en absoluto. El hecho de ver a su padre de manera más ajustada a la realidad le había permitido verse a sí mismo sin recurrir a ningún engrandecimiento defensivo; por consiguiente, podía planificar y actuar dentro de sus posibilidades y de acuerdo con las oportunidades que el mundo realmente le ofrecía.
18. El «Ímpase» recíproco de los progenitores y su hijo adolescente
Se sabe, en general, que las etapas críticas por las que atraviesa el niño en su desarrollo suscitan en los progenitores cíerias reacciones- que, si bien son universales adquieren un contenido psíquico y una cualidad afectiva que pueden rastrearse en las historias vitales de aquellos. Las vicisitudes del desarrollo pulsional y yoico de los padres se reflejan en su interacción con el hijo -en especial en las etapas críticas del desarrollo, de las cuales la pubertad es, sin duda, una de las principales-. Dar a luz y criar un niño da pie, desde luego, a fantasías universales de renacimiento, de volver a vivir y de alcanzar la inmortalidad. Dos factores controlan el delicado equilibrio que impide la trasformación de estas fantasías en parte de la realidad y en un aspecto esencial del ambiente en que vive el niño.
Ambos progenitores -probablemente uno más que el otro actúan como control recíproco, evitando así que las fantasías respectivas se introduzcan indebidamente en sus prácticas de crianza y en su relación con el vástago. A su vez, antes de alcanzar la pubertad, el niño ya ha levantado una barrera contra la influencia contamínadora de las fantasías parentales con respecto a él. Esta barrera se ha fortalecido con el apoyo de las influencias correctoras de un medio social que no cesa de ampliarse. Además, la creciente facultad del niño para evaluar en forma crítica ha privado a los padres de la supremacía y el prestigio absolutos.
En la vida real, por supuesto, este cuadro ideal es menos que verdadero, pues la adolescencia no puede seguir su curso normal sin sufrir regresiones [Blos, 1967]. La regresión adolescente rara vez constituye un proceso intrapsíquico solamente; por lo general, arrastra al ambiente inmediato y a círculos más amplios en un torbellino de interacciones. Es decir, los progenitores del período infantil vuelven a incorporarse a la vida presente del niño en proceso de maduración y, de este modo, quedan enredados en sus respectivas posiciones regresivas. El compromiso parental cubre un amplio espectro. Va desde ígnorar la maduración sexual del niño en edad prepuberal hasta solicitar con impaciencia que cumpla con su actividad genital; desde suscitar con tenacidad el afecto y la obediencia del púber hasta alejarse de él, fuente intolerable de desengaño y frustración.
Cuando me refiero al «hijo adolescente», mi objetivo es destacar la relación entre progenitores e hijo.
«Hijo adolescente» se refiere solo secundariamente al aspecto de la maduración; lo principal es su posición generacional. Obviamente, esto no se altera con la edad; cada progenitor es hijo con respecto a sus padres. Por consiguiente, la pubertad del hijo actualiza, de modo inesperado, ciertas debilidades bien controladas de la niñez y la adolescencia de los progenitores. Por esta razón August Aíchhorn solía decir que «los hijos son criados por sus abuelos» (comunicación personal). En el mejor de los casos, la combinación de dos progenitores cuyas debilidades difieren actúa como un sistema de controles y equilibrios en una nueva familia. Sea como fuere, las ansiedades que experimentan los progenitores durante la pubertad de su hijo se suelen superar mediante el placer de la expectación. Esto hace soportable el hecho de no ser más los padres de un niño sexualmente inmaduro y dependiente; gracias a esta experiencia, los progenitores se preparan para acercarse a la edad madura o entrar en ella.
Nuestra época ha estigmatizado el envejecimiento, principalmente a través de la publicidad; en consecuencia, los progenitores necesitan a su hijo con mayor urgencia y durante un tiempo más largo que antes, para seguir siendo jóvenes. Esta necesidad persiste hasta bien entrada la adolescencia del hijo. El efecto polarízador de esta tendencia adulta puede reconocerse en la «brecha generacional», mantenida con tanta pasión por la juventud de hoy. Los adultos que temen envejecer despiertan sospechas en los jóvenes, quienes alegan que aquellos niegan o ignoran así su propia maduración. Se sabe perfectamente que los jóvenes no confían ya en nadie «que haya pasado los treinta años». Un hippie inconformista comentó que esta actitud era «una verdadera exageración»; por cierto, es la contraparte de la sentencia victoriana según la cual se debe «mirar, pero no escuchar» a los niños [Blos, 1969, 1970].
Podría describirse la adolescencia en términos de las tareas y conflictos parentales que complementan los que ya hemos definido en función del adolescente. Estamos mal preparados para hacerlo de modo sistemático, pues no se ha estudiado en forma exhaustiva a los progenitores en cuanto participantes del proceso adolescente de sus hijos. Sabemos mucho más sobre el papel que desempeñan en el desarrollo del hijo cuando este es menor y la unidad padres-híjo aparece con más clarídad. En el estudio de la adolescencia, y particularmente en el tratamiento del adolescente, la regla (y no la excepción) es que se excluya a los progenitores. Esta práctica subraya las tareas adolescentes del distanciamientos emocional con respecto a aquellos y de la internalización de los conflictos como una condición previa para la labor terapéutica. De cualquier manera, se tropieza con el hecho de que el hijo pubescente despierta en los progenitores un modo muy idiosincrásico de compromiso parental. Esto puede reconocerse en peculiaridades efectivas y cognitivas que se controlaban mejor cuando el nño era más pequeño.
Sería erróneo considerar que estas complicaciones del desarrollo se deben solamente al compromiso parental idiosincrásico en el proceso adolescente. Si bien la proyección de las fantasías y las ansiedades de los progenitores a menudo es notoria y puede tener un efecto devastador sobre el hijo adolescente, lo que merece nuestra atención es la receptividad y la facilitación del compromiso parental por parte del niño. El fracaso del adolescente en separarse de sus objetos de amor y odio infantiles constituye un obstáculo catastrófico para el desarrollo progresivo. La creencia del adolescente de que solo si los progenitores modifican la imagen que tienen de él estará en libertad de crecer no hace más que destacar su persistente dependencia del suministro y la definición externos, hecho que podríamos caracterizar como «formación exógena de la identidad,>. Esta indica que el niño aún no puede recurrir en medida suficiente a la adaptación autoplástica a la etapa de la pubertad.
Con el tiempo, este estado revela una fijación pulsional y una diferenciación yoica retardada. Ambas han restringido la esfera de la autonomía yoica secundaria, porque las funciones del yo nunca se han alejado lo suficiente de las pulsiones instintivas. Al producirse la intensificación pulsional de la pubertad, así como el predominio genital, el déficit de energía pulsional neutralizada alcanza un punto crítico. Hasta este momento, el equilibrio se mantuvo con ayuda del yo parental auxiliar. En tanto no comience el proceso adolescente el desarrollo yoico deteriorado o estancado del niño no se hará evidente. Los puntos en que se intersectan las necesidades infantiles del niño y las tendencias parentales correspondientes permiten la consolidación de un «impase» evolutivo. El grado de desarrollo y de integración del superyó dentro de la estructura psíquica es un indicador válido de la internalización del medio y de la capacidad para reconocer la existencia del conflicto. El desarrollo progresivo durante la adolescencia se afirma sobre estas dos facultades: la internalización del conflicto y la tolerancia de este.
Volvamos a considerar el caso de Ben teniendo presente esta última afirmación. Lo que al comienzo del tratamiento aparecía como sentimientos de culpa se reveló, en cambio, como manifestaciones de temor: miedo al abandono, a la frustración, al daño corporal o la castración. Para desviar estos peligros, Ben necesitaba la intervención instantánea de la madre. Sería casi demasiado simplista decir que la madre necesitaba a su hijo para atenuar estados efectivos muy similares; no obstante, lo cierto es que la sensación de privación y de ser estafado por la vida era igualmente fuerte en ambos. La vida familiar constituía para la madre una búsqueda constante de restitución -de hecho, de unidad con su hijo-, con el fin de compensar las privaciones que había sufrido cuando pequeña, de las cuales nunca se había recuperado. Su padre había abandonado el hogar cuando ella tenía alrededor de cuatro años; su madre era tan enfermiza y se hallaba tan encerrada en sí misma que podría sospecharse un estado psicótico; esto le impedía cuidar de su familia con cierta regularidad. Solo sabemos que los niños fueron ubicados en otros hogares, temporariamente, «cuando nos convertimos en una carga demasiado pesada para mi madre».
La madre de Ben necesitaba a su familia como experiencia restitutoria; competía con sus hijos, esperando -incluso exigiendo que estos comprendieran sus necesidades y le concedieran iguales derechos. En situaciones de stress, sustituía los cuidados maternales por una actitud de rivalidad con los hermanos. En este sentido, es -interesante señalar que quería tener un hijo solamente -o sea Ben- porque, según decía, «no podría querer a otro». Necesitaba una relación global que solo incluyera a dos. Dividir su amor entre varios niños no le haría más que confundir sus identidades. La madre dio a Ben un reconocimiento seguro de su individualidad, aunque solo hasta cierto punto, durante su infancia y su niñez temprana. Durante los primeros años formativos no pudo consolidarse un sentido estable del sí-mismo. No sorprende que la madre esperara que el tratamiento trasformaría a Ben de modo que este satisficiera las necesidades de aquella. Cooperaba con la terapia en estos términos, pero nunca pudo otorgar a la terapeuta una autonomía permanente. En cierta oportunidad, por ejemplo, ordenó a Ben que le dijera a la terapeuta que no debía darle ningún regalo de cumpleaños, pues ella misma le había negado el suyo como castigo. La única posibilidad de evitar estas intrusiones competitivas en la terapia del niño era proporcionar a la madre una relación terapéutica exclusivamente suya.
Por supuesto, no debemos olvidar que ella misma había recibido insuficientes cuidados maternos y aún ahora mantenía con su madre una relación de dependencia y muy ambivalente. Madre e hija se acusaban mutuamente de ser demasiado exigentes y egoístas, de no dar nada, o de dar solo cosas inservibles. La hija tenía hambre de aprobación y reconocimiento, para superar una profunda sensación de desesperanza e inutilidad; la responsabilidad de hacerla sentir íntegra y bien recaía en el hijo mayor, Ben. Exageraba las dotes intelectuales del niño, y le exigía realizar cosas que superaban sus posibilidades reales. En su desesperado intento de realizarse a través de su hijo, solo estaba perpetuando su propia sensación de fracaso y frustración. De este modo, inconscientemente, estaba creando en el hijo la imagen de su denigrado sí-mismo; castigaba a Ben por sus malas intenciones y su perversidad, que se ponían de manifiesto en los continuos fracasos del niño en satisfacer las necesidades de la madre.
Este círculo vicioso, cuyas pautas habían arraigado en la niñez temprana, se volvió sintomático de un desarrollo desviado al comenzar la pubertad. En esta etapa, el niño se dispuso a luchar contra su madre. Con toda razón, sentía que esta utilizaba sus logros y su crecimiento para mantener sus necesidades narcisistas. Literalmente, el niño sostenía en sus manos la cuerda salvavidas de la que su madre dependía para estabilizarse. No sorprende que Ben hablara, en relación con las mujeres, de «matar o ser muerto». La madre respondía en términos igualmente concretos. Un día que Ben estaba enojado con ella, dejó de limpiar los vidrios de las ventanas debido al temor de que su hijo la empujara.
«¿Cómo pudo pensar eso?», exclamó Ben en sesión, absolutamente consternado. Este episodio ocurrió cuando el paciente ya se atrevía a mirar críticamente a sus progenitores y comenzaba a establecer, con respecto a ellos, la distancia emocional apropiada a su edad. Ben oponía una resistencia cada vez mayor a su propio deseo y a la expectativa de la madre de que él la salvara de la desesperación de una vida frustrada. Esto llevó a otro «impase» que, si bien es corriente, merece que le concedamos nuestra atención.
Como hemos visto, la disponibilidad emocional del padre es una condición esencial para el preadolescente. Ello le ayuda en forma positiva a cumplir la tarea de esta fase -es decir, llegar a un acuerdo con la tendencia regresiva hacia la madre arcaica-. En esta coyuntura, en la que empieza a esbozarse la virilidad del niño, pocas madres pueden evitar la esperanza de que en su hijo no se repitan las imperfecciones del padre, ni menos aún sus defectos serios. Este deseo se vuelve nocivo cuando se espera que él compense las fallas del padre, tal como las entiende la madre. La conocida exclamación «¡Eres igual a tu padre!» significa, cuando la decodifica el níño, .«No seas, igual a tu padre o te despreciaré». La denigración del padre edípico por parte de la madre, así como las advertencias de esta respecto de que Ben no resultara igual a aquel, exacerbaron los peligros específicos de la preadolescencia.
Dicha crisis produce un «ímpase» secundario. El hijo se asegura el suministro amoroso de la madre toda vez que se adapta a las necesidades de esta y se subordina a su modo de pensar. Otra vez, la pubertad introduce un nuevo elemento en esta pauta. La identificación del niño con la madre de pronto la alarma, porque ve en este hecho una inclinación homosexual que debe «cortarse de raíz». Cuando Ben, a los 13 años, miraba dentro de las ollas para ver qué comida había, su madre le ordenaba, con desprecio y disgusto, que abandonara la cocina, pues sentía que el niño estaba manifestando un interés exclusivamente femenino. La misma escena se repetía cuando el niño hojeaba el recetario de comidas de su madre, o leía un catálogo de cosméticos que acababa de llegar por correo. En estas ocasiones, el miedo que la homosexualidad despertaba en la madre provocaba estallidos que Ben caracterizaba sólo como las «graciosas reacciones» maternas. Aun cuando tales escenas confundían al niño, se daba cuenta de que su madre consideraba su conducta como «afemínada», lo cual era para ella un indicio de anormalidad sexual. Obviamente, no se podía excluir un desarrollo psicosexual desviado. Antes de determinar esta cuestión, sin embargo, debe tenerse en cuenta que los presuntos intereses femeninos suelen ser un fenómeno transitorio durante la etapa inicial de la adolescencia en el hombre. Irónicamente, la madre, en su afán por evitar una desviación psícosexual, en realidad empujaba al hijo hacia una identificación femenina.
En este punto, debo recordar simplemente al lector la estrecha relación entre el pensamiento prelógico de Ben y el «impase» con respecto a la identificación. Sin duda, la pubertad de Ben produjo la intensificación reactiva de la perturbación afectiva de su madre, haciendo que esta última recurriera con mayor frecuencia al pensamiento prelógico. El sistema de la madre para controlar la realidad fortaleció su posición materna en el nivel arcaico y omnipotente. El padre, por supuesto, no podía competir en un pie de igualdad con estos poderes, ni desenmascarar o contrarrestar con éxito su naturaleza fantástica. Los progenitores de Ben no podían controlarse y equilibrarse mutuamente, con el fin de anular las influencias más nocivas de cada uno en el desarrollo emocional de su hijo. Por consiguiente, sus influencias perturbadoras sobre el crecimiento del niño se combinaban entre sí, en vez de neutralizarse. Paradóiicamente, Ben había tomado de su madre el modo mágico de controlar la angustia, en un esfuerzo por rechazar el dominio emocional de aquella sobre él. En virtud de esta respuesta circular, la madre había contaminado el yo de su hijo con su propia comprensión regresiva de la realidad y su control proyectivo de la angustia.
Dirigiremos ahora nuestra atención hacia el padre de Ben y veremos en qué molde quería él encajar a su hijo, con el fin de satisfacer sus propias necesidades. En primer lugar, se destaca la expectativa del padre de incrementar su autoestima a través de los logros de su hijo y, en segundo término, de establecer entre él y Ben una intimidad que anheló toda su vida.
Las similitudes generacionales son notables. El padre recuerda con dolor que su propio padre era una persona apartada y emocionalmente inaccesible para él. Deseaba reparar esta privación estableciendo una relación íntima con Ben, de quien esperaba afecto, confianza y admiración. No sorprende que se sintiera herido cuando Ben consideró que ya era grande (tenía 13 años) para intercambiar besos con su padre a la hora de acostarse. Además, quería que su hijo al menos le hiciera confidencias y le revelara sus sentimientos y pensamientos. Envidiaba a la terapeuta porque esta era receptora de esas confidencias.
El padre esperaba obtener «reparación» a través del hijo, lo cual colocaba a este último en la posición de aquel. De modo característico, ambos reñían acerca de quién debía dar primero -ya fuera un regalo, atención, respeto, consideración, etc.-.
El padre nunca dejó de equiparar la obediencia de su hijo con el hecho de que este lo amara. Por consiguiente, podía convertirse en un hombre severo y autoritario tan solo en virtud de su urgente necesidad de ser querido por su hijo. Esta erotización de la disciplina hacía que el niño no pudiera aceptar las demandas y reglas establecidas por el padre, aun cuando ellas fueran como ocurría a veces- muy razonables. Dada la imposibilidad de resolver las implicaciones emocionales, sobrevenía una lucha física plena de golpes y recriminaciones.
El padre de Ben recuerda cómo la debilidad de su propio padre lo enfurecía hasta el punto de temer «matarlo». Ben repetía literalmente una de estas quejas, la cual se refería al fracaso del padre en protegerlo de la madre. El padre siempre temió a su madre, mujer dominadora a quien había tratado de satisfacer y aplacar toda su vida. Había renunciado a sus impulsos fálicos y ahora experimentaba un profundo miedo hacia las mujeres. Podemos ver cómo la identificación de Ben con su padre estaba llena de peligros, porque exacerbaba su temor preadolescente a la madre arcaica. La idealización desmedida del padre era el único modo de resolver este dilema. El padre buscaba expurgar su pasado y su presente denigrantes a través de Ben, pretendiendo que el niño sobresaliera en lo que él mismo había fracasado. Por ejemplo, esperaba que Ben terminara todo lo que empezaba, mientras que él mismo solía dejar inconclusas las tareas que iniciaba. Cuálquier defecto de Ben que reflejara una característica del padre suscitaba en este la reprimenda más severa, a menudo totalmente desproporcionada con el incidente. En este sentido, la autocensura del padre coincidía con las advertencias de la madre a su hijo: no seas como tu padre.
Ben contó que su padre deseaba expresamente que insístiera en pedirle cosas, pues si no se lo empujaba y urgía le resultaba difícil llevar a cabo cualquier plan; por ejemplo, concurrir a un partido de béisbol o ir a pescar juntos. Por supuesto, solo debía insistir cuando su padre se mostraba receptivo a ello.
La expresión de las necesidades infantiles de los progenitores en relación con sus hijos confundía a Ben, quien se refería a ellas diciendo, muy correctamente: «Mis padres se rebajan a mi nivel», o «Les sirvo de puncbing ball». El niño sentía que muchas de las respuestas efectivas de aquellos no se relacionaban con él como individuo; estaban dirigidas a alguna imagen a la que esperaban que el chico se ajustara. En esta configuración proyectiva, el niño nunca pudo descubrir sus propias partes, o verlas confirmadas mediante la validación consensual. Se sentía confundido y perseguido, El «ambiente facilitador», para usar los términos de Winnicott, era inconsecuente y contradictorio; no proporcionaba los estímulos y las reacciones adecuadas a la edad que promueven el crecimiento. De hecho, la vida familiar de Ben actuaba como medio nocivo con respecto al desarrollo del niño. Solo una minuciosa investigación de la dinámica familiar podía llevar a diferenciar entre los conflictos internalizados, con sus secuelas neuróticas, y los aspectos reactivos de su perturbación, dirigidos contra un ambiente nocivo.
No cabía esperar que Ben superase los catastróficos obstáculos en su desarrollo en tanto siguiese apoyado por los beneficios secundarios que le proporcionaban su enfermedad y la de sus progenitores. El tratamiento de estos últimos constituía, por consiguiente, una parte esencial del tratamiento del niño. Si bien no siempre es necesario incluir a los progenitores en un plan de tratamiento total, era indudable que, en este caso, la excesiva interacción familiar infantil o, a la inversa, la extrema falta de ínternalización eran signos inequívocos de la necesidad de un plan de tratamiento completo. El objetivo ideal de la estrategia terapéutica era que Ben, su madre y su padre llegaran a un acuerdo, en forma individual y separada, con la inmadurez ya señalada de las relaciones objetales. En realidad, el objetivo fue detener el sistema pernicioso de interacci6n, así como establecer la capacidad de resistir a las influencias mutuamente desorganizadoras.
La interacción excesivamente desviada que tenía lugar en la familia de Ben destaca lo que se suele observar en el curso de la adolescencia; de modo más específico, durante el «segundo proceso de individuación» de la adolescencia [Blos, 1967]. Si los progenitores se mantienen en el nivel de una relación que antes se ajustaba al niño sexualmente inmaduro, los esfuerzos del púber por desembarazarse de los vínculos objetales infantiles se bloquean de modo crítico. Uno de los progenitores, o ambos, pueden seguir alguno de estos caminos: o bien sus propias necesidades determinan que ignoren el cambio corporal del niño, o bien se identifican con su hijo adolescente y se convierten en sus compañeros. En el primer caso, se prefiere al niño inmaduro; en el segundo, los progenitores vuelven a vivir su propia adolescencia a través del hijo.
Al hacer esto, fuerzan su camaradería y solidifican la interdependencia. Ambas posiciones parentales obstaculizan el retiro de libido de los objetos infantiles; de hecho, constituyen una barrera en el camino del desarrollo progresivo. Observaremos siempre que, como consecuencia de la infantilización de las relaciones objetales adolescentes, ciertas funciones yoicas caen dentro del ámbito de la calamitosa detención pulsional. El caso de Ben lo demuestra a la perfección.
La liberación adolescente de los objetos infantiles se suele complementar con una progresión en el desarrollo de los progenitores. Cuando falta este cambio parental, el proceso adolescente se vuelve muy gravoso. Si la relación de los progenitores con su hijo inmaduro permanece en esencia inalterable, el proceso adolescente se ve catastróficamente obstaculizado. Los progenitores, en desventaja social y emocional, influyen en la formación de la personalidad de su hijo desde la edad más temprana. La inmadurez emocional tiende a perpetuarse a través de las generaciones. Normalmente, se espera que la adolescencia del hijo lleve a los progenitores hacia una nueva etapa, en la que estos.
en forma gradual, dejen de tener participación en la crianza de aquel y de ofrecerle bienestar físico.
Es menester abandonar el rol parental que se adecuaba al niño dependiente, y la gratificación de los progenitores, que antes se derivaba de la dependencia del pequeño, debe hallar objetivos nuevos y diferentes. Se les pide a los progenitores que toleren la distancia emocional con respecto a su hijo adolescente y acepten sus limitaciones parentales. Ambos ajustes anuncian la edad madura. El ser humano tiende a abandonar el núcleo familiar sólo en medio de conflictos y angustia, es decir, de mala gana. El élan de la maduración supera muchas veces la inercia. El niño pubescente suele mantenerse, en gran medida, ajeno al conflicto o dilema que la maduración física provoca en sus progenitores. El periodo de latencia debería prepararlo para que se inicie el proceso adolescente. A mi juicio, el mayor logro preparatorio es la resistencia que opone al peligro de contaminarse con la regresión parental. En el caso de Ben, se comprobó que esta resistencia era defectuosa y debía restaurársela, como condición previa para el desarrollo progresivo. No se podrá determinar con certeza la medida en que ha sido lograda esta restauración hasta que el paciente haya pasado la etapa final de la adolescencia.
El estudio de Ben nos permitió observar, en forma magnificada, lo que ocurre de modo menos perceptible en el adolescente normal. Lo que Ben obtuvo de la terapia configura un esbozo de las etapas que deben atravesarse antes de alcanzar la fase de la adolescencia propiamente dicha -fase que correspondía a la edad cronológica y al estado físico del paciente-. Cuando se consiguió esto, el tratamiento llegó, naturalmente, a su fin, al menos por el momento. El propósito principal del trabajo con Ben fue el tratamiento; no obstante, el caso ofreció también apoyo clínico no solo a la formulación teórica de la etapa inicial de la adolescencia en el hombre, sino igualmente al modelo evolutivo del niño en edad puberal.