Inicio

La psicología de la ignorancia: La magia

Fernando Vázquez/Colaboración especial para Cambio de Mi



 


 ¿Usted cree en la magia, apreciable lector? Estamos rodeados por todos lados de madamas tarotistas, adivinadoras y hechiceras capaces -según ellas- de


retirar salaciones, atraer el éxito para sus clientes, amarrar seres amados, y un montón de otras cosas.

En estos tiempos, más de dos siglos después del inicio de lo que llamamos en Historia la Edad Moderna y la proclamación de la razón como única manera válida de conocer e interpretar el mundo, es asombroso el fenómeno que se ha venido dando a nivel mundial, de regreso a creencias y prácticas místicas y hasta mágicas, aún contra la ausencia de cualquier evidencia seria.


Ante esto, dos preguntas asaltan nuestra mente: primero, ¿por qué la gente cree en la magia? En este siglo XXI, inmersos en una sociedad construida sobre los logros de la ciencia y la educación, resulta irónico que la gente siga recurriendo -y más ahora que en el pasado reciente- a creencias y métodos supuestamente milagrosos que nunca se han probado -más allá de la clásica frase: «A un amigo de un amigo le hicieron un trabajito y le resultó muy bien»- y desprecie la ciencia, cuyas comprobaciones prácticas podemos constatar a nuestro alrededor por todos lados.

Por ejemplo, sabemos que existen corrientes de electrones y ondas de radio, como nos dice la ciencia, porque todos los días podemos verlos en acción en aparatos como televisores, computadoras, radios y teléfonos celulares que, si los principios científicos no fueran ciertos, simplemente no funcionarían.

La veracidad de la ciencia se puede tocar y ver en todo momento.

Pero la gente prefiere creer en «energías», «espíritus» y «males de ojo» que nunca nadie ha visto ni medido, ni investigado seria y abiertamente.


La segunda pregunta es, entonces, ¿qué es ésta cosa que llamamos «magia»? El Diccionario de la Real Academia nos dice que es el «arte o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de seres imaginables, resultados contrarios a las leyes naturales».

La magia pretendería ser una forma de controlar y modificar la realidad mediante la sola acción de la voluntad.

Los textos clásicos de la magia occidental, como los célebres grimorios pretendidamente medievales -los investigadores aseguran que son mucho más recientes, del siglo XVII para acá- entre los que se encuentran Las claves menores (o Clavículas) del Rey Salomón, El Enquiridión del Papa León, y las obras más recientes de gente como Aleister Crowley, Madame Blavatsky y Eliphas Levy, señalan que la magia es una forma de lograr efectos en las cosas y las personas, desde la voluntad, a través de una serie de rituales, invocaciones o meditación.

Por supuesto, no todos los tipos de magia son iguales.

Al menos en el mundo occidental, existen escuelas de muy antigua tradición, como la Cábala hebrea y su variante europea, la Cábala Hermética, la magia ceremonial (como la magia Enoquiana, la Goética y -¡sí!- la católica), las escuelas modernas como la Thelema y la Magia del Caos, y otras de origen distinto como el vudú y la santería, mezclas ambas de catolicismo con creencias tribales africanas.

Pero no hay, en sí, como nos dicen, una magia blanca, una negra, verde, anaranjada o tutti-frutti, como dicen los supuestos «hechiceros».

De este modo, sabemos que lo que la mayoría de los charlatanes nos quieren vender no es sino un engaño, una trampa para sacarnos dinero por nuestra ingenuidad, además de que si sus métodos funcionaran, no tendrían que trabajar en cuchitriles tratando de estafar inocentes.


De cualquier modo, ante la ausencia total de evidencia concreta y comprobable, y conociendo el fenómeno del «pensamiento mágico» -vestigio de nuestra incapacidad, cuando niños, de entender por qué pasan las cosas- que nos hace desear creer en lo maravilloso, ¿no deberíamos mejor ocuparnos de mejorar nuestras vidas nosotros mismos? Vale meditar, ¿verdad?