150 aniversario de Sigmund Freud 
La literatura tuvo en Freud un fanático atento y agradecido, que supo reconocer la potencia de la ficción como fuente de conocimiento.
Está por celebrarse el 150 aniversario del nacimiento de Sigmund Freud.
Supongo que este acontecimiento provocará múltiples homenajes al padre del psicoanálisis, aun cuando es evidente que muchas de sus teorías han sido superadas, y la pérdida de popularidad de la consulta psicoanalítica sea galopante.
Personalmente me gustaría que, además del simpático diván, se pusiera énfasis en reconocer a Freud por las enormes aportaciones a la literatura, al pensamiento filosófico, y a la sociología en general.
Sin la influencia de su obra ?y la de Marx, por ejemplo? poco podríamos entender del turbulento desarrollo del siglo XX.
La permanente duda y mutabilidad de la cultura moderna reposa en el hombre del puro y la inquisitiva mirada.
Así de fácil.
Dentro de sus brillantes analogías está el archifamoso complejo de Edipo.
Más allá de que continúe resultando francamente incuestionable, me sigue pareciendo un guiño afortunadísimo.
Y es que pocos se atreverían a utilizar el terrible destino del hijo de Layo y Yocasta, como un medio propicio para expresar y diagnosticar una patología.
De haber aprendido la lección, y ser un poco más creativos, entre las asignaturas y Tesis universitarias deberían encontrarse títulos como: La naturaleza del poder en Shakespeare, o La ironía como denuncia en la obra de Jorge Ibargüengoitia.
La literatura tuvo en Freud un fanático atento y agradecido, que supo reconocer la potencia de la ficción como fuente de conocimiento.
Otra de las cuestiones a recuperar es que para Freud, como para Sherlock Holmes, en el detalle está el indicio.
Y esto no sólo lo digo porque descubrió el inconsciente, sino porque nunca dejó de sorprenderse y trabajar a partir de su cotidianidad.
En un pasaje, Freud cuenta que durante una visita a Estados Unidos quedó impresionado con un letrero que decía: "¿Por qué vivir cuando puedes ser enterrado por diez dólares?" No es difícil imaginar que a partir de una trivialidad semejante, concibiera una obra como El malestar en la cultura.
En ese texto fundamental, Freud explica el porqué la cultura escamotea la felicidad del ser humano ?en tanto represión? y evidencia su permanente lucha contra la tendencia natural de los hombres a agredirse mutuamente.
Este punto resulta especialmente atractivo en tiempos del empalagoso discurso universal cosmopolita, y debería ser releído aunque a algunos les resulte incómodo.
Entre sus joyas políticamente incorrectas está su franca burla al "amarás al prójimo como a ti mismo", o frases de este calibre: "siempre se podrá vincular amorosamente entre sí a mayor número de hombres, con la condición de que sobren otros en quienes descargar los golpes." Más que escandalizarnos, evitemos caer en un tufo de ingenuidad estéril.
Y es que para que exista un diálogo intercultural efectivo, es evidente que lo primero que debemos reconocer es la diversidad cultural y la pulsión humana por agruparse y distinguirse de algunos otros.
Sólo así se dará un verdadero enriquecimiento y evitaremos delirios como la xenofobia y el racismo.