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Sigmund Freud se tumba en el diván

Ánxela Iglesias. La Razón.Ar

Berlín- El próximo mes de mayo se celebra el 150 aniversario del nacimiento de Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, y el Museo Judío de Berlín ya ha empezado a celebrarlo al más puro estilo pop.

Invita a contemplar una inmensa tarta biográfica y a visitar el cerebro y las obsesiones del médico austriaco, que se definía a sí mismo como un neurótico.

Ya en la cuna Freud lucía la barba y las gafas que le acompañarían hasta el final.

O al menos así es como aparece representado en las figurillas de azúcar que decoran su pastel de cumpleaños berlinés, veinticuatro trozos que repasan los episodios más significativos de su vida.
   A los cuatro años Freud vio a su madre desnuda, poco después su padre le habla de la persecución de la comunidad judía, a la que ellos pertenecían.

Vendrían más tarde los estudios de Medicina, y el descubrimiento de su primera «histérica», que le haría decantarse por explorar ese arcetijo que es el cerebro humano.

Incluso a pesar de que su querida esposa considerara el psicoanálisis «algo parecido a la pornografía».
   El sexo no lo es todo.

Muchas de su teorías parecen superadas, según reconocen los comisarios de la muestra.

Con la emancipación femenina y la aparición de nuevos modelos familiares, Freud parece haberse quedado anticuado.

El sexo no lo es todo, según critican los partidarios de nuevos métodos terapéuticos.

Pero también es cierto, aclara la muestra, que el analista vienés siempre rechazó los diagnósticos objetivos de la medicina clásica.

Las fantasías y los sueños no se pueden generalizar, siempre deben ser analizados en el marco de su época.
   Y eso es lo que intentó conseguir Freud con los 130 pacientes que pasaron por su diván hasta pocas semanas antes de su muerte, en 1939.

Gracias a ellos desarrolló conceptos tan populares hoy en día como el ego y el superego, la castración, el complejo de Edipo o las fases oral, anal y fálica.

El Museo Judío ha trasladado todos esos términos a carteles de neón que conforman ese laberinto de obsesiones que debía ser el cerebro de Freud.
   Entre caballos relinchantes, muñecos llorones, ratas colgantes, bañeras y boñigas, el visitante puede repasar las historias de la reprimida Ana O., la deseada Dora, el soñador niño Hans o el miedoso señor Lobo, algunos de sus casos más relevantes.
   «PSYCHOanalyse», el nombre que recibe al visitante de la muestra, huye premeditadamente de la polémica sesuda y del repaso minucioso de la historia freudiana.Tampoco se ha recurrido a los objetos previsibles en una retrospectiva, como las cartas, las fotografías o los manuscritos del maestro.

Ni se ha querido regodear en su origen judío, que obligó al médico vienés a exiliarse tras años de presiones y provocó la muerte de muchos de sus familiares en campos de exterminio.

«Sigmund Freud fue un intelectual revolucionario que transformó la percepción del mundo», explica la directora de contenidos del Museo Judío, Cilly Kugalmann.

«Sus experiencias como judío le motivaron para investigar cómo funciona la psique humana.

Pero nosotros decidimos renunciar a una exposición centrada en él como judío, porque eso hubiera desviado la atención de lo que queríamos, su trayectoria personal».
   Ochocientas consultas.

Se ha optado, en cambio, por la estética pop, con ruidos, colores y breves carteles explicativos.

Una muestra apta para todos los públicos que incluye juegos interactivos algo macabros, como el espejo que transforma el propio rostro en una calavera.

Después del estridente recorrido llega la calma en una tercera parte de la exposición dedicada al instrumento de trabajo imprescindible para Freud.
   El diván aparece en todas sus versiones fotografiado en ochocientas consultas berlinesas donde todavía se practica el método de la libre asociación para recordar las experiencias de la más tierna infancia.

Y eso a pesar de que en Alemania son cada vez menos los que se deciden a investigar el origen de sus neurosis, psicosis e histerias en sesiones de cincuenta minutos con un terapeuta a sus espaldas.
   Para los que estén tentados a hacerlo, la exposición también ofrece, hasta el próximo mes de junio, un zigzagueante diván gigante, que recuerda a la estructura arquitectónica del museo.

Desde allí podrán comprobar la influencia que Sigmund Freud ha tenido en el cine y la televisión durante el siglo XX.

No sólo el director Woody Allen ha explorado su ego y superego en la gran pantalla, sino que también lo han hecho otros personajes, como los mafiosos de la serie de «Los Soprano» y un dibujo animado, la madre de «Los Simpson».

La lista aumentará durante el próximo mes de mayo.

Para entonces, el Museo Judío de Berlín se ha propuesto tumbar en el diván a todos los políticos, actores y cantantes que estén dispuestos a someterse a un psicoanálisis público.

Si el doctor Freud levantara la cabeza, les diagnosticaría narcisismo.