"¿En qué año naciste?"
La primera, extraña pregunta de la entrevista la hace el entrevistado, y
sorprende al periodista revolviendo su mochila en busca del grabador.
"¿1965?
Sos serpiente, como yo", sonríe ampliamente Carlos Perciavalle, con su pierna
izquierda cruzada sobre el apoyabrazos izquierdo del sillón.
A los 64, viste
camisa roja y chaqueta de estampado caleidoscópico y cuello mao; pañuelo de
leopardo, jeans con flecos y zapatillas modernas.
Estilo y postura que
contrastan con la sobriedad del departamento de Barrio Norte.
"Es que ésta es la
casa de mi hermana: en Buenos Aires, vivo con ella.
Igual, no creas que mi casa
de Punta del Este es glamorosa; es, más bien, minimalista.
Tengo un juego de
cristalería de Victoria Ocampo, por el que pagué fortunas.
Pero el esplendor lo
dejo para el escenario".
También parece dejar el divismo "para el escenario": durante la charla, aun en
los instantes en que se define como un fanático de la monarquía o cuando se
dispersa en cierta mística new age, genera una grata sensación de cercanía.
"Todo el mundo me marca que soy distinto al que imaginaban.
No soy narcisista:
no tengo fotos mías.
No me gusta verme en televisión ni escucharme ni leer lo
que digo".
Si sus palabras revelan un espíritu autocrítico, las críticas ajenas
lo tienen sin cuidado.
Y así, sin barreras, salta de un tema a otro: de su
emotiva y melancólica despedida de Tato Bores a su decisión de apoyar a Carlos
Menem en 1989 por dinero; de sus conceptos zoo?astrológicos ("Tigre", le dice al
fotógrafo) y su admiración por Osho a su antigua (y terminada) afición por la
cocaína y el sexo libre.
"Hay que vivir sin culpas, erradicar esa palabra".
Este año cumple medio siglo de profesión.
El aniversario lo encuentra activo,
feliz y en un lugar deseado: al frente del elenco de Corrientes esquina glamour,
revista de Gerardo Sofovich.
"María Elena Walsh canta: A la hora del naufragio/
y de la oscuridad/ alguien te rescatará/ para ir cantando.
A mí me rescató
Gerardo: esta obra ocupa, hoy, un lugar fundamental en mi vida.
Además, hacía
tiempo que en la Argentina no se veía un espectáculo con tanto gasto y
despliegue.
Gerardo es jugador y ha apostado fuerte.
El glamour en tiempos
difíciles no tiene que darnos envidia sino admiración.
La comedia musical nació
en los Estados Unidos como reacción a la Gran Depresión".
En el monólogo final de la revista hablás del paso del tiempo y criticás a los
que te dieron muchas veces por terminado...
Yo también caí alguna vez en eso.
Recuerdo cuando fui a ver a Donna Summers al
Conrad.
En mi memoria, ella seguía siendo joven, espectacular y usaba vestidos
muy ajustados.
De pronto, vi entrar al escenario a una mujer gorda, con el culo
horizontal, típico de las negras gordas, vestida de esmoquin.
"Donna ya fue",
pensé, con tristeza.
Al rato, ella cantaba en medio de una multitud que la
ovacionaba de pie y lloraba.
Más allá de la figura, seguía siendo una artista
maravillosa.
Los grandes artistas no envejecen: crecen.
Pero hace tiempo dijiste que los cambios externos propician los internos.
¿Sos
un apologista de las cirugías estéticas?
Durante años hice La jaula de las locas: me pintaba de mujer y de hombre siete
veces por día.
Me iba a casa y me acostaba sin sacarme el maquillaje.
A los 49
tenía una cara de 70: entonces, me hice una cirugía buenísima y no reniego de
eso.
Hago yoga, soy vegetariano, nunca tomé alcohol ni fumé: trato de estar lo
mejor posible.
Pero no alcanza.
Occidente hace todo de afuera hacia adentro y
Oriente a la inversa.
Hay que combinar.
Yo además soy meditador; trato de
aprender a mirar lo interior.
No te podés hacer cirugías estéticas internas.
Alguna vez dijiste: "La muerte no existe"; otra: "El después es mejor".
¿Son
convicciones o expresiones de deseos?
A los 20 uno se cree inmortal.
A los 64, no sólo creo que la muerte existe: es
la única compañera que no nos falla.
Pero no le tengo miedo, porque el alma es
eterna.
Yo he sentido a Tato pasar a mi lado cuando murió.
Lo mismo me ocurrió
con Nélida Lobato.
Y con mis mascotas, mis padres, hermanos.
Si no me creés, me
parece perfecto.
En ese sentido, soy budista: creo y acepto al que no cree.
Vos no creés, por ejemplo, en el psicoanálisis.
Y en "Corrientes esquina
glamour" te tocó interpretar a un psicoanalista.
No creo que el psicoanálisis te cure todo.
Yo nunca necesité ir al
psicoanalista.
Alguna vez, en forma humorística, pregunté para qué sirve sacar
lo subconsciente a la superficie: es como sacar al subterráneo, que está hecho
para ir por abajo.
Una vez, Norma Aleandro, que está casada con un
psicoanalista, me dijo que mi problema era que yo creía no necesitar de un
psicoanalista.
Le hice caso y fui a uno.
Hablé 50 minutos sin parar, como en un
show.
Al final, el psicoanalista me dijo: "Le pido un favor: no venga más".
Algo que sí te atrae es la realeza.
En la revista hacés una parodia de Camilla
Parker Bowles, y usás corona y capa.
Defiendo la monarquía: es mejor tener un hijo de puta para toda la vida, uno
solo, porque a la larga le tomás cariño.
Un panal de abejas funciona
maravillosamente, siempre que mantenga una abeja reina.
Aparte, no es fácil
estar en la realeza: ni siquiera te podés casar con quien quieras.
Charlie tenía
erecciones sólo con Camilla.
Y a ella no le importaba ser "la otra": entendía lo
dura que es la monarquía.
Incluso le presentó a Diana para mejorar la raza,
porque los Windsor eran cada vez más feos.
¿Vos nunca quisiste tener hijos?
No.
Si no, los habría tenido.
Me sorprendió que por el portero me dijeras "Ya bajo, mi hijo".
Ah, sí.
Les digo "hijo" a muchos, incluso a Gerardo.
Pero nunca quise tener
hijos verdaderos.
Vos y Antonio Gasalla fueron, entre muchas otras cosas, transgresores en los
años 60.
¿Qué es ser transgresor hoy?
Es ser Fernando Peña, un artista maravilloso, que transgrede tanto en lo
conceptual como en lo artístico.
Como también lo hacen Urdapilleta y Tortonese.
¿Y vos?
No, a esta altura del partido soy Walt Disney, que fue uno de los alienígenas
más importantes que visitaron la Tierra.
Su obra es inmortal: tiene belleza,
pureza, ingenuidad.
Nadie me hizo llorar tanto como Bambi llorando sobre su
madre muerta por un cazador.
La tendencia confesional que se ve hoy por televisión, ¿te parece una osadía, un
ejercicio de la libertad o un show?
Una tendencia a la libertad.
En los 60, cuando viajábamos con Antonio, si decías
que eras gay ibas preso.
Ahora se ha descubierto que es una cuestión genética;
ni una cuestión de educación ni una elección.
Todos saben que no es una
enfermedad, como sí lo es tomar cocaína.
Me siento autorizado para decirlo: yo
pasé por el infierno de la cocaína y lo superé.
Pero no ando predicando: cuando
te aconsejan que dejes de tomar, tomás más.
Ya hace 18 años que no tomo ni una
línea.
Puedo armarte una rayita ahora, te la puedo picar, y ni siquiera me
tiento.
Hoy, por suerte, se puede hablar.
Estuvimos demasiado tiempo sin poder
hacerlo.
No leí muchas notas en que hablaras de tu condición de gay.
¿Temías que te
discriminaran?
No.
Yo he dicho que era gay en mis shows de los años 60.
Nunca me inventé ni un
romance ni una amistad con una mujer.
De joven viví en Nueva York en épocas de
paz y amor: tiempos de marihuana, de locura, de acostarse con todo el mundo.
No
dejé títere con cabeza.
Pero llega un momento en que uno se asienta: cuando
descubrís el amor, no lo suplantás con nada.
Yo tuve la suerte de descubrirlo:
si no doy nombres es por respeto al que vive conmigo.
Lo importante es disfrutar
lo máximo posible cuando uno tiene la posibilidad de hacerlo.
Los viejos verdes
y los degenerados existen porque no supieron gozar a tiempo.