
Año de Freud y Mozart, un congreso hasta tratará de vincular al neurólogo vienés fundador del psicoanálisis y al músico de Salzburgo. Los intelectuales judíos como Freud fueron a menudo heterodoxos que escaparon más a lo correcto y adoptaron posturas revolucionarias a tono con sus lazos más débiles con las verdades incuestionables de la tradición europea. Por eso les debemos tanto. Es significativo que el psicoanálisis (o Marx) haya resucitado un concepto de Rousseau que evocaba deformaciones acarreadas por la socialización, la "alienación" o extravío de sí y pérdida de poder ante una realidad impuesta que hace impotente a la voluntad. Freud dio la puntilla al racionalismo clásico, al que en buena medida permaneció adscrito, al explorar la sombra oscura del hombre en una cultura occidental que la reprimía basada en descripciones superficiales que identifican lo real con lo externamente verificable, donde hasta la religión servía meras necesidades egoicas y Dios era a menudo un padre-patrón, y para la que el alma humana seguía siendo un misterio. Aunque el psicoanálisis tuvo un enorme impacto en la cultura, todavía hoy despierta el escepticismo de muchos profesionales. De ahí las dudas que en psicología suscita la difícil aplicación terapéutica de un método que es en rigor un arte. La paradoja del psicoanálisis es que, aún rebelándose contra la exterioridad racional del espíritu fáustico occidental, su grandeza es la de la Ilustración que venció el fatalismo vendiendo por conocimiento su alma al diablo frente al espiritualismo oriental del que ahora hemos de aprender (y viceversa). Consciente de que pese a carecer de un alma infinitamente moldeable no somos objetos pasivos del destino, Freud regresa a Spinoza ("El hombre dominado por sus impulsos no tiene poder sobre sí y está en manos del destino") para transformar las determinaciones ocultas en las pulsiones del hombre, poniendo así en valor la autonomía como supremo valor moral en el sabio barroco. El psicoanálisis corregía "matriarcalmente" la Ilustración pero afirmando con el Fausto de Goethe su fe en que la alienación puede ser vencida: "Quien aspire infatigablemente tiene esperanza de redención." |