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Para un aniversario poco epidíctico

La Nueva España

Al mirar el Barroco, nos dice Machado, debéis sentir que tras su incendio de teatro laten siempre brasas de verdad.

Con el genio freudiano ocurre lo mismo: en sus exageraciones encontramos su verdad.

¿Quién no ha quedado a la vez deslumbrado y boquiabierto con su análisis del dinero? Afirmar que el aprecio por el dinero se basa en el recuerdo del placer infantil en la retención de heces, deducir que el dinero es mierda desecada y la avaricia estreñimiento simbólico desvela los horrores que cada mañana de trabajo produce, mejor que los sesudos textos marxistas sobre el fetichismo de la mercancía.

Horror que no es otra cosa que deber cambiar de vida -eso que fluía aquella tarde infantil de julio- por tiempo -eso que se cuenta en calendarios laborales de días rojos y negros- para venderlo como trabajo-dinero (1).

Al tiempo descubre Freud cómo aceptando las primeras disciplinas familiares -defecar por amor al amo benévolo- estamos ya iniciando el camino de servidumbre higiénico-pedagógico que sólo cesa de obedecer con la muerte (higienizada también por la dirección médica).


Pero, aparte de compañero de fatigas laborales, Freud es un inquietante compañero de viajes.

Con él Italia se convierte en un territorio mágico donde al llegar a cada ciudad debemos contemplarla desde la torre más alta para recuperar la omnipotencia sobre el mundo que nuestra madre nos donó cuando de bebés nos levantó sobre su cabeza.

En el viaje a Nápoles cuidémonos de olvidar un verso de la maldición de Dido a Eneas porque el profesor descubrirá tras nuestro lapsus y su asociación con el milagro de la licuefacción de la sangre de San Jenaro nuestra preocupación porque a nuestra amada no acaba de bajarle la regla (2).

En el tren habrá que aguantar los chistes malos del profesor (3) -«aquel del judío pobre que dice de una casa rica que allí me trataron muy familionarmente»- para que nos descubra los mecanismos inconscientes de la comicidad.

Y ya, ante el gran arte, nos desconcertará al hacernos ver en el cuadro de Santa Ana y el Niño, de Leonardo (4), unas líneas imaginarias donde Leonardo pinta sin percatarse su fantasía de «fellatio» con un buitre que representa una madre autofecundada sin necesidad de un padre que no le reconoce y muestra su deseo de fundir las dos madres anheladas por el niño ilegitimo en los vestidos confundidos.

En Roma tal vez saldríamos corriendo con Freud de una iglesia para no descubrir que el Moisés (5) venerado por los judíos es un egipcio adorador de Aton, asesinado por los israelitas cuando bajaba con las tablas de la ley.

Israelitas que venerarán ritualmente a Moisés como los salvajes totemistas al padre idealizado tras el asesinato primitivo con el que nació el Edipo, el tabú del incesto y la cultura.


¿Y cómo no envidiar al viajero que a la noche saca un libro en la posada y oye al hermeneuta descubrirle en Hamlet (6) la ambivalencia edípica del histérico que duda entre cumplir la ley del padre o ceder a la seducción materna, mientras envidioso del autor -Bloom dixit- sugiere que quizá Shakespeare nunca lo escribió?
Pero al volver a Viena, Freud también se mostrará como un psiquiatra incomparable en su capacidad para demoler las certezas dominantes.

En sus cartas a Fliess (mecenas y guía espiritual) hay un momento dramático en que vemos cómo una verdad que hecha por tierra todo su trabajo científico le estalla a Freud ante los ojos.

«Mis enfermas me engañan, ya no puedo creer en la verdad del trauma».

Me engañan supone que toda una teoría sobre la neurosis articulada en torno a la precocidad o la especificidad de la agresión sexual infantil cuidadosamente recogida y publicada se convierte en novelas familiares y falsos recuerdos inventados por sus pacientes y crédulamente creídos por Freud (7).

Su genio consiste en transformar derrota en victoria: el estudio del deseo que sustenta esa falsa memoria de violación sexual revela el complejo de Edipo y descubrir las variadas formas en que ese conflicto se metaforiza y determina las biografías de sus pacientes es el programa científico que Freud culmina con éxito en su primer psicoanálisis bien hecho con el Hombre de los lobos (8).

Éxito del análisis que no tiene por qué coincidir con la cura -Sergio Lobo continuó enfermo hasta los 80 años-, que a lo sumo es un efecto secundario de esa recuperación de la verdad del sujeto que debe guiar el acto psicoanalítico.


Que el psicoanálisis es una profesión imposible no es un descubrimiento del apasionante reportaje de investigación que Janet Malcolm escribe donde se narran chismorreos y vida cotidiana de los analistas americanos.

Ya Freud describió lo imposible de la cura con el término de psicoanálisis interminable y la mayor parte de sus escritos técnicos (imponer un noviciado o análisis didáctico, limitar las indicaciones del psicoanálisis, cobrar siempre para evitar gorrones) trata de que al menos la cura analítica no sea una practica iatrogénica como tantas otras intervenciones psiquiátricas.

El desarrollo del gremio analítico -la Asociación Psicoanalítica Internacional- constituye otra apasionante historia que se inicia con la institucionalización por Freud de un comité secreto en una especie de escuela epicúrea de saberes que Gustavo Bueno (9) en un brillante artículo llama Heteria Soteriológica y termina por ahora con las acusaciones de J.

Masson tras revisar los archivos freudianos de la realidad de los traumas, cínicamente negados por el interés del fundador en lograr una ciencia honorable (ése es otro libro imprescindible de J.

Malcolm) (10).


Finalmente, ¿en qué clave cabe recoger las citas con la historia que Freud nos legó? ¿Pertenece Freud a la ilustración o es ya un precursor de la posmodernidad que anuncia lo ilusorio de cualquier relato emancipador? Derrumbar cualquier imagen autotransparente del sujeto moral es uno de los presupuestos inalterables del psicoanálisis que siempre ve motivaciones inconscientes perversas tras las actuaciones más virtuosas.

En caricatura, la vocación de cirujano estará sustentada para Freud en las fantasías de un gozo sádico en usar el bisturí.

La mirada analítica descubre tras el sacrificio ascético más admirable una culpa masoquista compensada por la santidad conductual.

Para Freud, cualquier mandato moral que frene el deseo pertenece al orden represivo.

La propia genealogía del imperativo categórico kantiano termina para él en un tabú tan gratuito como el que restringe la conducta de los primitivos (en una carta Freud se sorprendía de lo primario e inanalizable de su autoimagen como persona honesta y benévola).

Argumentos todos que confluyen en dibujarnos a Freud como un maestro pensador de la sospecha que ha reducido el «nosotros emancipa torio» a una especie de metáfora fósil.


Pero frente a esta lectura de un Freud desesperanzado-conservador, Habermas (11) propone al psicoanálisis como una práctica liberadora que complementa los análisis marxistas de la dominación y la ideología mixtificadora con el descubrimiento de la domesticación del hombre desde la cuna mediante una comunicación distorsionada por el poder, transmitida a través de la familia y fijada en el carácter posesivo.

Destruir esa familia que forja personalidades autoritarias y recrear una relación humana libre de coacciones es para la izquierda freudiana el nombre moderno de revolución.

Por eso en aquel mayo donde reapareció el fantasma comunista, los estudiantes que en América buscaban las respuestas en el viento se pasaban un iniciático libro de Marcuse que, reivindicando la radicalidad de Freud, terminaba invocando a los «sin esperanza» para seguir manteniendo la esperanza.



1.

S.

Freud.

El carácter y el erotismo anal.

OC, página 958.


2.

S.

Freud.

Psicopatología de la vida cotidiana.

OC, página 629.


3.

S Freud.

El chiste y su relación con el inconsciente.

OC, página 825.


4.

S.

Freud.

Un recuerdo infantil de Leonardo.

OC, página 457.

En el apéndice viene el grabado sombreado.


5.

S.

Freud.

El Moisés de Miguel Ángel.

OC, página 1.069.


6.

Bloom H.

Cómo leer y por qué.

Página 217.


7.

S.

Freud.

Estudios sobre la histeria y La novela familiar del neurótico.

OC, páginas 25 y 465, respectivamente.


8.

Hay un excelente libro, El hombre de los lobos, en Nueva Visión, donde se refieren los múltiples tratamientos de Sergio P.

y su propia versión de la cura analítica.


9.

Gustavo Bueno.

Psicoanálisis y epicúreos.

«El Basilisco», número 13, Oviedo.

Ésta es una cita interesada porque en la dedicatoria del texto figuro yo.


10.

J.

Malcolm.

En los archivos de Freud.

También, Una profesión imposible.

Los dos en Gedisa.


11.

J.

Habermas.

Conocimiento e interés.

Tecnos, Madrid