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La peste freudiana

La Nueva España


«Pensar sin recoger datos es un peligro».

Confucio.


En 1909, en la cubierta del barco que le llevaba a los Estados Unidos y con la Estatua de la Libertad ya a la vista, el doctor Sigmund Freud -el mismo que años más tarde reclamaría haber formado un trío con Copérnico y con Darwin en la tarea de hacer descender al hombre de los falsos pedestales a los que estaba subido- se acercó a Carl Jung, que también se encontraba invitado a dictar unas conferencias en la Clark University, y refiriéndose a los norteamericanos le susurró al oído: «Pobres, no saben que venimos a traerles la peste».

Obviamente Freud no se refería literalmente a ninguna enfermedad contagiosa, y las interpretaciones sobre esta frase han sido lo suficientemente numerosas como para que sea una temeridad intentar resolver la hermenéutica del episodio o intentar añadir alguna nueva interpretación.


Y es que valorar la figura de Sigmund Freud resulta especialmente complejo, fundamentalmente debido a que no existe un único Freud, sino montones de ellos, y un repaso a las publicaciones que a lo largo de las últimas décadas se han realizado sobre nuestro doctor vienés demuestra que sería casi imposible hacer el listado completo de las facetas desde las que ha sido estudiado y ha intentado ser entendido.

¿Fue Freud ante todo un literato?, ¿un creador de mitos?, ¿un judío?, ¿un médico psiquiatra?, ¿un icono pop?, ¿un ensayista?, ¿un cocainómano de sexualidad atormentada? Hace falta encontrar la perspectiva adecuada desde la que analizar el psicoanálisis y a su creador, ya que estamos sin duda ante la teoría psicológica más conocida del siglo XX, y la única que ha creado algunos conceptos -el complejo de Edipo, el inconsciente, la interpretación de los sueños, la represión- que han pasado a formar parte del lenguaje coloquial de la ciudadanía urbana de nuestro tiempo.

(Por cierto, esto, ya de por sí, hablaría en su contra: Freud pronosticó que «la peste» jamás sería aceptada por los legos en psiquiatría, ya que ponía el dedo en llagas que nadie querría reconocer.

La doctrina psicoanalítica, de nuevo Freud «dixit», sólo sería aceptada por la clase médica cuya formación le llevaría a superar las resistencias a las verdades del inconsciente.

Cien años más tarde, la adscripción freudiana de psiquiatras y psicólogos resulta ser casi anecdótica, mientras que cantantes, columnistas de periódicos de tirada nacional, presentadores de reality y analistas políticos resultan ser los principales usuarios del universo freudiano.

Fin de este largo paréntesis).


Quizá la clave para entender el psicoanálisis pase por preguntar al propio Sigmund Freud.

Éste dejó escrito en más de una ocasión que el psicoanálisis tenía una triple naturaleza y que podría ser entendido como la conjunción de tres caras que formarían la figura global de su obra: el psicoanálisis como una teoría del psiquismo, el psicoanálisis como un método de investigación del psiquismo y el psicoanálisis como una terapéutica para resolver los trastornos del psiquismo.

Pues vale, juzguemos las evidencias que en estos momentos obran a favor y en contra de cada una de estas tres vertientes de la obra freudiana:
1.

El psicoanálisis como teoría del psiquismo: aquí las opiniones se encuentran divididas entre los que afirman que existen pruebas de la falsedad de las tesis principales freudianas sobre los aspectos funcionales y estructurales del psiquismo -posición defendida, por ejemplo, por Hans Eysenck- y los que afirman que el psicoanálisis está formulado en una terminología ambigua y metafísica que imposibilita poder comprobar jamás si sus afirmaciones son ciertas o falsas -posición defendida, por ejemplo, por Karl Popper-.

Unos y otros coinciden en que casi cien años después de su formulación los psicoanalistas -sobre los que recae, por favor que no se olvide, la carga de la prueba de sus afirmaciones- todavía no han podido fundar su «ciencia natural», como la llamaba Freud, en un cuerpo de evidencias objetivas que evite tener que hacer un acto de fe para aceptar sus afirmaciones básicas.


Decir, como a veces se oye, que los estudios modernos de la neuropsicología cognitiva acerca de los procesos de la memoria confirman las teorías freudianas es como decir que los estudios modernos sobre fisiología cortical confirman las prácticas frenológicas de Gall cuando evaluaba el carácter de las personas palpando sus cráneos.

El carácter tangencial, secundario o voluntarista de los apoyos empíricos con los que cuenta la teoría freudiana del psiquismo humano, unido al origen ajeno de algunas de las ideas que defendió Sigmund, le hizo a Ebbinghaus citar aquella famosa frase según la cual «lo que de bueno tiene la teoría freudiana no es nuevo y lo que de nuevo tiene la teoría freudiana no es bueno».

Quizás el futuro de la teoría freudiana se encuentre también en otra frase, esta vez, del físico premio Nobel Max Planck: «Una verdad científica nueva no triunfa porque convence a sus oponentes y los haga ver la luz, sino, más bien, porque sus oponentes a la larga se mueren y surge una nueva generación que está familiarizada con ella».


2.

El psicoanálisis como método de investigación: tampoco parece que en esta segunda área la obra de Freud haya hecho aportaciones sustantivas a la metodología de investigación psicológica.

La tesis tantas veces defendida por Freud según la cual «las proposiciones psicoanalíticas se demuestran en el diván» confinó a esta corriente psiquiátrica al rincón más oscuro de la metodología clínica -que, ya de por sí, es la metodología menos potente en la investigación psicológica-, potenciando la endogamia tan característica del psicoanálisis y su distanciamiento de las tradiciones metodológicas experimentalistas -clínicas o no- o, incluso, correlacionalistas en psicología.

Si en verdad el psicoanálisis es un método importante de investigación del psiquismo humano, ¿puede alguien señalar cuáles son los importantes descubrimientos acerca del psiquismo humano que se han alcanzado gracias al uso en el diván de la técnica de las asociaciones libres o de la interpretación de los sueños?
3.

El psicoanálisis como terapia: por encima de la percepción que pueda tener el psiquiatra o el psicólogo acerca de la eficacia de las intervenciones que realiza sobre sus clientes, hace ya cincuenta años que se efectúan metaanálisis en donde se resumen todas las investigaciones empíricas y homologadas acerca de la eficacia de los distintos tipos de tratamientos para los distintos tipos de trastornos mentales.

El último metaanálisis importante de este tipo ha sido coordinado justamente por profesores de la Universidad de Oviedo y en él han intervenido investigadores clínicos de toda España.

Los resultados indican que el psicoanálisis -así como el resto de las psicoterapias psicodinámicas- no es una psicoterapia eficaz ante la esquizofrenia, los delirios y las alucinaciones, las drogodependencias, los trastornos de la conducta alimenticia, la depresión, los trastornos afectivos bipolares, los trastornos de ansiedad generalizada, de fobias, de pánico, de estrés postraumático, los trastornos obsesivo-compulsivos, las disfunciones sexuales o los trastornos de personalidad.

La lista de trastornos ante los que el psicoanálisis sí ha demostrado ser eficaz mediante estudios rigurosos y bien controlados es mucho más breve: ninguno.


Pero esto no es nuevo.

La falta de pruebas acerca de la eficacia terapéutica del psicoanálisis es conocida ya desde hace 40 años, cuando autores como Eysenck, Rachman o Wilson encontraron que dos tercios de los pacientes que acudían a psicoterapia freudiana habían mejorado claramente al cabo de un par de años, ¡prácticamente la misma proporción de mejoría que se registraba entre los pacientes que, colocados en listas de espera, no habían recibido ningún tratamiento! El propio Sigmund Freud, durante los últimos años de su vida, reconoció que probablemente el psicoanálisis tenía un valor terapéutico muy escaso y que sus contribuciones a la psicología serían más de tipo teórico y metodológico que aplicado.


Como decíamos al principio, la colosal figura de Sigmund Freud puede ser analizada desde muchos puntos de vista.

No parece que su faceta de médico psiquiatra o investigador de la psicología sea la que arroje su evaluación más positiva.

Pero esto no habla en contra de que estemos ante un fascinante especulador, ante un ensayista y literato brillante -merecido ganador del premio «Goethe»-, al que probablemente haya que reconocerle la autoría de la mitología más certera tejida alrededor del individuo moderno, aquella en donde mejor se encarna el espíritu del «homo psicologicus», el ensimismado habitante de las ciudades occidentales del siglo XX.

Es ahí, en el mundo de la literatura, donde muy probablemente la historia lo coloque muy a su pesar -si es que no lo ha colocado ya- y será desde ahí desde donde su grandiosa erudición y su monumental obra puedan si acaso influir sobre los psicólogos ofreciendo alguna intuición valiosa o alguna sospecha de interés que deberá ser validada con el rigor y el empirismo cuya falta malogró la obra del malhumorado padre del psicoanálisis.

Los años que rodearon a las conferencias impartidas en la Clark University supusieron el despegue social e institucional del psicoanálisis y Freud, ayudado por sus discípulos Jung (durante pocos años), Ferenczi, Jones o Abraham, extendió la peste mucho más allá de la isla de Ellis, invadiendo por completo las sociedades opulentas del Primer Mundo.

Hace ya varias décadas que la tasa de contagios es prácticamente nula.

Podemos empezar a disfrutar sin riesgos del juego de su lectura.