Agresor es aquel que causa daños psicológicos o físicos a otra persona.
Quizás, al hablar de agresores venga a nuestra mente la imagen de un hombre que dirige su agresividad a su mujer e hijos, o quizás también pensemos en conductas abiertamente hirientes, tales como golpear o insultar.
Sin embargo, existe una inmensa variedad de agresores y de agresiones.
La agresividad es una conducta que puede ser exhibida por hombres y mujeres de todas las edades.
Su forma de presentación puede ser abierta o solapada.
Hay conductas fácilmente calificables como tales, como por ejemplo cuando se le ocasionan lesiones corporales a otra persona.
Sin embargo, hay personas que ejercen su agresividad de forma muy sutil mediante acciones que lesionan psicológicamente al otro sin que éste se percate de estar siendo su víctima.
Estas personas van dañando a otras lenta y progresivamente a través de acciones o palabras sutiles pero cargadas de poder destructivo.
A veces pueden incluso valerse de un supuesto amor o preocupación por el otro para facilitar la introducción en su escenario psíquico de la violencia.
Me gustaría hablar de un tipo particular de agresividad que ciertas personas manifiestan de manera recurrente.
Estas personas, suelen reaccionar de forma violenta con mucha frecuencia, son personas que fácilmente gritan, gesticulan de forma agresiva, denigran, insultan e incluso pueden llegar a golpear a los demás.
Al observar a estas personas no resulta evidente los motivos que los llevan a actuar con violencia de forma tan frecuente.
Usualmente detrás de su agresividad se esconde una gran vulnerabilidad.
En el fondo, son personas inseguras y temerosas que fácilmente se sienten amenazados por los demás.
Al sentirse amenazados reaccionan de forma parecida a la de un animal acorralado que se defiende tornándose agresivo y atacando.
La amenaza que sienten estas personas responde más a ciertas interpretaciones erróneas que hacen de la realidad que a la realidad misma.
La mente de estas personas ha percibido una humillación, ofensa o intento de dominio, etc., que en realidad no ha ocurrido como tal.
Son las propias inseguridades las que distorsionan la visión que un agresor tiene del mundo.
Por eso es que para un observador externo, la respuesta agresiva suele lucir desproporcionada violenta e inapropiada.
Si se le preguntase al que ataca si su conducta le parece desproporcionada, probablemente diría que no, incluso podría llegar a negar su propia agresión.
Que un agresor niegue su agresión no sorprende.
Para muchos profesionales de la salud mental constituye todo un reto crear algún tipo de conciencia de que existe un problema.
Es muy común que, además de negar su agresión, la persona diga que fue el otro el que la provocó.
Éste es un mecanismo psicológico que intenta revertir la situación ubicando en el otro, y no en sí mismo el origen de la agresión.
Un agresor que reconozca su agresividad ha logrado avanzar mucho desde un punto de vista psicológico.
Para ciertos agresores es muy difícil tomar conciencia de que ataca al otro, porque eso implica tomar conciencia de sus temores e inseguridades.
Además, muchas veces es indispensable que para que tal reconocimiento ocurra la persona haya examinado su historia personal y el papel que la agresividad jugó en la misma.
No debemos olvidar que en la historia de estas personas comúnmente nos encontramos con que ellos también han sido víctimas de agresiones.
La psicología de un agresor
CAROLINA ÁLVAREZ SICILIA . psicóloga y psicoanalista. Di