Lo que para cualquiera supone una semana de baja, para muchos niños no significa ningún cambio en su rutina diaria.
No importa que tengan fiebre, les duela la tripa o ya no puedan con su alma.
Se les deja en el centro escolar como si tal cosa.
Su programa de tareas es apretadísimo.
Y, encima, sus padres nunca tienen tiempo para jugar con ellos en el parque.
¿Cómo no van a estar estresados!», se queja el pediatra Jesús Rodríguez, miembro de la Academia de Ciencias Médicas de Bilbao.
Desde hace cinco años, este especialista aprecia un aumento «significativo» de los críos que llegan a su consulta alterados «como motos»: van de un lado a otro, lo toquetean todo, se le suben a la mesa y acaban rozando «la mala educación».
Nada que ver con aquellos niños de antes que se le quedaban mirando boquiabiertos, «con los ojitos enganchados a cualquier gesto, a un bolígrafo, el estetoscopio...».
La Sociedad Española de Estudios de Ansiedad y Estrés (SEAS) reconoce que existen «muy pocos» estudios sobre el estrés infantil.
«No hay más que recordar que en los años setenta aún se negaba que pudieran tener depresión y hasta los ochenta no se habló del exceso de presión que también pueden llegar a sufrir», precisa Antonio Cano, presidente de SEAS.
A falta de cifras fiables sobre el estrés, sí se sabe con exactitud que los trastornos de ansiedad -causados por inquietudes o preocupaciones desproporcionadas- han aumentado en la población infantil hasta rozar el 8% y en los adolescentes se disparan hasta el 20%.
Una progresión comprensible, según María Jesús Mardomingo, presidenta de la Sociedad de Psiquiatría Infanto-Juvenil y jefa de la sección de Psiquiatría Infantil del Hospital Gregorio Marañón de Madrid: «La vida cada vez es más compleja para todos, y los niños no son una excepción.
Están más expuestos a circunstancias que producen temor y, como consecuencia, los casos de ansiedad (fobia escolar, miedo a verse separado de los padres, pavor social, obsesiones compulsivas...) se han incrementado.
Antes, los críos estaban más protegidos, tenían más tranquilidad».
Una de la causas fundamentales que han desatado estas dolencias es la ausencia prolongada de los padres.
«Muchos psiquiatras, pedagogos y pediatras coincidimos en la importancia que tiene la presencia en casa de uno de los dos, a partir de las cinco de la tarde», señala Mardomingo, autora de "Psiquiatría para padres y educadores, Ciencia y Arte" (Ed.
Narcea).
«Se trata de una figura insustituible que transmite seguridad, confianza y apoyo emocional simplemente dejándose ver».
Aunque tampoco se le escapa que, muchas veces, las actividades extraescolares recortan de forma drástica las horas que pueden compartir padres e hijos.
«Muchos niños vuelven a casa a las nueve de la noche.
En principio es negativo.
Todo depende de si están a gusto y se encuentran con alguien cuando regresan.
No podemos generalizar», puntualiza la psiquiatra.
Ñoñería
El estrés se les mete en el cuerpo a los menores porque tienen que ponerse en guardia ante el bombardeo de estímulos que les lanza la sociedad.
Terremotos, huracanes, mujeres maltratadas, los atascos de primera hora, las prisas, las clases de piano e inglés, los exámenes, muchos videojuegos y pocos amigos...
son parte de la "película" que cada día pasa, a toda velocidad, por delante de los ojos de muchos pequeños.
«Algunos meten todo en el mismo saco.
Se creen que todas las cosas suceden al margen de ellos.
Se dejan llevar y traer.
Hasta que llega el día en que sus padres, muy preocupados, vienen con él a la consulta, porque notan que le falta motivación, tiene problemas, no habla...
Entonces el chaval te suplica: "¿Diles que me quiten de las clases de violín!"», describe la psicóloga Isabel Carrasco, con amplia experiencia en el área infantil.
Ya pueden tener opiniones de peso sobre realidades insólitas para cualquier niño de hace veinte años -«como el matrimonio homosexual»-, pero «no saben cómo defender su posición, cómo expresar sus verdaderos intereses».
Otros, por el contrario, se hacen notar demasiado; son tiranos que hacen de sus caprichos la ley soberana del hogar.
Sobre estos últimos planea la mala conciencia de los padres que no se atreven a contravenir su voluntad: «Pasan poco tiempo con él y para compensar, quieren ser sus amigos a toda costa.
Grave error.
Hay que imponer a los hijos unas pautas de conducta.
Eso les da seguridad y evita que luego sean individuos extremadamente vulnerables ante la frustración», explica la experta.
La indisciplina de algunos de estos chavales saca de quicio a profesionales vinculados con la enseñanza, como Gerardo Aguado, psicólogo, doctor en Ciencias de la Educación y orientador del Colegio de Maristas de Pamplona.
«La educación no está de moda, hay que evitar a toda costa que los niños se traumen...
¿Incluso se rechaza el ejercicio legítimo de la autoridad! ¿Qué ocurre entonces? Los chicos se desorientan, no aprenden a controlarse, se burlan de las normas y terminan con la autoestima por los suelos.
Y es que sin orden no hay libertad que valga.
Si no se tiene claro qué se puede hacer y qué no, no se sabe qué hacer con la vida...».
En su opinión, se ha perdido el sentido de la medida.
«Se patologiza a los chavales en exceso, enseguida se les tiene por enfermos nos hemos ido al otro extremo, a la más pura ñoñería».
De ahí que abogue por reducir «el fenómeno» a sus justos términos: «El estrés malsano es minoritario.
Me refiero a ése que raya con la angustia y provoca reacciones improductivas, actitudes que repercuten negativamente en el rendimiento estudiantil, como los ataques de pánico...
Por lo demás, es lógico que el niño se estrese durante el año escolar».
Vida y Ocio
ISABEL URRUTIA/VALLADOLID