No sorprende que Meryl Streep sea la actriz con quien todo director desearía trabajar.
La tez blanca, casi traslúcida, enmarcada en delicados rasgos convierte su rostro en una suerte de tela virgen con extraordinario y cautivante potencial; uno que a través de sus penetrantes ojos celestes logra transmitir fuerza y debilidad al mismo tiempo.
Aunque durante su extensa carrera ha pasado por todo tipo de personajes -estuvo nominada 13 veces para un premio Oscar y obtuvo dos estatuillas, por "Kramer vs.
Kramer", en 1979, y por "La decisión de Sophie", en 1983-, en cada uno ha logrado hacerlo de manera convincente, real e inequívocamente ella.
Lo vuelve a conseguir en su nueva película, la comedia romántica "Secretos de diván", de Ben Younger, en la que interpreta a una psicóloga judía, cuyo hijo de 23 años -el novato Bryan Greenberg- comienza, sin saberlo, a tener un affaire con una paciente suya de 37 años, no judía, recién divorciada, personificada por Uma Thurman.
Al descubrir la relación, la analista tiene que elegir entre hacérselo saber a ambos y terminar el vínculo con su paciente, o guardarse la información e intentar proteger a su hijo.
En la vida real, a punto de cumplir 57 años y casada desde 1978 con el artista Don Gummer, con quien tiene cuatro hijos, a Streep poco le importan las diferencias de edad y/o background social, racial o religioso como las que trata la película.
"Tuve romances con hombres de otros contextos sociales y de distintas razas, no con más jóvenes, pero mis padres siempre estuvieron de acuerdo en eso.
Fue en los ?70, y eran tiempos interesantes", dice con cierto aire de añoranza la actriz, que se tomó un recreo del film que está rodando -"El diablo viste a la moda"- en un negocio de la elegante Madison Avenue para acercarse al hotel Regency y hablar brevemente sobre "Secretos de diván", que se estrena hoy en nuestras salas.
Con esa filosofía tan tolerante, uno pensaría que sus hijos, sobre todo las tres mujeres -de 14, 18 y 22 años- acudan a ella para pedirle consejos.
Pero, como sucede con la mayoría de las madres, no es así.
"Ellas forman su propio club y hace poco me enteré de que no pertenezco y jamás perteneceré -comenta resignada-; siempre andaban refiriéndose a ciertas cosas delante de mí como ?CM? y ?NCM?.
Y sólo este año pude darme cuenta de qué era todo eso.
Significa ?contarle a mamá? y ?no contarle a mamá?".
-¿Le parece que importa la edad cuando se está en una relación romántica?
-Pienso que es algo que hay que considerar, como muchas otras cuestiones.
Tal vez lo mejor sería estar con alguien de la misma edad, del mismo barrio, de la misma religión o alguien que les guste a nuestros padres, pero así no es como funciona el corazón.
La gente se enamora de la gente más allá de las diferencias.
La naturaleza funciona de tal manera para diversificar la especie; los opuestos se atraen; eso creo yo.
-Al ver "Secretos de diván", uno tiene la impresión de que usted es tal cual el personaje que encarna, una mujer profesional, madura y moderna, pero al final de cuentas madre judía, muy protectora de sus hijos?
-Puede ser.
Mis hijas vieron la película y una de ellas me dijo: "Mamá, no se ve como vos, pero es exactamente igual a vos".
Yo no me sentía reflejada a mí misma en el personaje, pero me parecía una mujer fantástica, muy compasiva, y me atrajo su dilema.
Me reí muchísimo cuando leí el guión.
-¿Ha hecho psicoanálisis alguna vez?
-No.
Aunque tengo dos muy buenas amigas que son psicólogas, yo no tengo experiencia propia en el psicoanálisis.
Apenas fui una vez, cuando estaba en la universidad, porque era gratis.
Sin lugar a dudas, creo que en la actuación expreso mis neurosis, mis inseguridades.
No quiero decir que todos los actores sean neuróticos o inseguros, pero a mí la actuación me ha servido para canalizar todo eso.
Además, he elegido tener una vida muy activa, que está llena de las necesidades de otras personas y con todo eso es muy difícil encontrar un tiempo para mí misma más allá de la actuación.
Mi marido tiene el golf que le sirve de terapia; a mí, la actuación me permite expresar mis emociones, analizar mis sentimientos, mi vida.
-En la agenda de los próximos dos años tiene diez películas proyectadas? (ver aparte)
-Sí, es mucho, ¿no? Nunca antes en mi vida tuve tanto trabajo ya comprometido.
Por suerte, para mí las películas vienen de una a la vez, y ahora hay otra gente trabajando en ellas, en la preproducción.
Pero me pone un poco nerviosa tener tantos films en los que me he comprometido.
Antes solía hacer una película y sólo cuando terminaba me ponía a leer guiones para hacer otra.
No sé cómo me metí en esta situación, pero de repente hubo muchas ofertas y me gustaron varios films.
Y, como si fuera poco, en el verano además estaré haciendo teatro en el Central Park, "Madre coraje", de Bertolt Brecht, que me parece una obra difícil.
-Y eso que muchas actrices se quejan de que después de los 40 no se les ofrecen tantas películas.
-Bueno, en realidad, después de los 40 yo sufrí una suerte de sequía de ofertas.
Había menos guiones disponibles.
Y entonces filmaba una película por año, que es el ritmo al que me gusta trabajar.
-Después de tantos personajes distintos, ¿qué le resulta desafiante para aceptar un proyecto?
-No veo así las cosas al elegir una película.
Respondo al guión en general, a la humanidad que tenga, más allá del personaje que me ofrezcan.
Y esta película, "Secretos de diván", me hizo reír, sí, pero también está impregnada de una realidad y autenticidad de Nueva York que me gustó mucho.
Había algo muy humano, dulce en ella.
-Casi todo el mundo coincide en que usted es la actriz viva más talentosa.
¿Cómo lleva eso? ¿Le resulta una carga?
-No pienso en eso, y me parece un poco absurdo.
Me río al respecto; no me lo puedo tomar en serio.
Es una suerte de cliché que muchas veces no significa nada.
Me parece positivo cuando hay actrices jóvenes que dicen que les gusta mi trabajo, que mi actuación les sirve de inspiración.
Yo misma necesité de inspiración cuando era joven para seguir este camino.
Cuando salí de la Universidad de Yale, en Nueva York había 16 teatros cerrados; había pocas posibilidades de trabajo y era desmoralizante.
Pero siempre tuve en mente lo que sentí al ver a Geraldine Page en "Dulce pájaro de juventud", esa necesidad de actuar que a mí me sirvió de inspiración.
Así que, si yo cumplo esa función para una actriz joven de hoy, me siento halagada.
Pero el título de la mejor actriz no significa nada para mí, no me hace sentir ni mejor, ni más linda, ni más inteligente cada día.
-Muchas de sus películas, "Kramer vs.
Kramer", "La decisión de Sophie" y "La amante del teniente francés", dan la sensación de ser clásicos.
¿Siente que los films que hace hoy no tienen esa cualidad?
-Entiendo lo que decís, pero creo que muchas veces elegimos nuestros "clásicos" de acuerdo con el momento en que los vimos, que tiene que ver con nuestra juventud, con nuestra formación.
Hay películas que nos hacen pensar, que nos tocan más porque estábamos más vírgenes, más receptivos a los impulsos externos.
Son esas películas que vemos de jóvenes que tiene un mayor impacto en nosotros y las llamamos "clásicos".
Tal vez hoy, con tantos efectos especiales y tanta parafernalia alrededor de las películas, hay algunos films que se sienten más como un producto salido de una fábrica de producción en serie, pero yo trato de que eso no me importe, porque todavía hay historias que vale la pena ser contadas, no importa el contexto en el que se hagan.
-¿Le cuesta tomar distancia de personajes intensos que ha interpretado?
-No; he aprendido a hacerlo como un trabajo, y creo que soy bastante buena en eso; me deshago del personaje no bien termino de actuar y vuelvo a ser yo.
Antes pasaba mucho tiempo examinando los personajes, estudiando cómo hacerlos.
Pero ahora, con tantas cosas en mis manos, apenas llego a recordar las líneas de diálogo que me corresponden.
Cuando era más joven confiaba mucho en mi memoria, y me aprendía los diálogos mientras me maquillaban, aunque pasaba mucho tiempo antes estudiando la personalidad o los manierismos del personaje.
Ahora que mi memoria me falla regularmente, lo que hago antes es estudiar bien los diálogos y los repaso la noche anterior.
-¿Alguna vez un director le dijo que no era buena para un papel?
-Sí, y de hecho no me dieron el trabajo.
Fue Dino de Laurentiis.
Su hijo, que producía la película, me llevó a una audición con el padre.
Pero a él no le gusté de entrada y, en italiano, enfrente de mí, le dijo a su hijo: "No es linda; es bastante fea.
¿Por qué me traes esto?".
Entonces yo le contesté, en italiano, que lo sentía mucho, que no le haría perder el tiempo y me fui.
-¿Cuándo fue eso?
-¡Uf! Hace tiempo, cuando era linda.
¡Imaginate! / Alberto Armendáriz
Una terapeuta en problemas
De acuerdo: no todos los analistas son como Lisa Metzger, que con los mohínes de Meryl Streep parece muy comprensiva a la hora de escuchar asuntos ajenos, pero que cuando debe tomar de su propia medicina, siente un terremoto.
Lisa, a quien uno siente que puede confiarle la vida, tan amplia parece ser, recibe al comenzar la película a Rafi (Uma Thurman), un tanto devastada por un divorcio reciente que terminó mal.
Pero a los pocos días Rafi (re)descubrió el amor en un joven, de vocación pintor, pero de 23 años.
Rafi cuenta 37 y, amén de compartir cierto gusto cinematográfico -se conocen en la entrada de un cine para ver "Blow Up", la célebre película de Antonioni de los ?60-, las diferencias son más notorias que la edad.
David es hijo de una familia judía tradicional, y Rafi es una católica no practicante.
El chiste es que David es el hijo de Lisa.
Como esto es una comedia -al menos comienza así, ya que no termina muy cómica que digamos- el juego de enredos permite que la analista continúe tratando a su paciente sin revelarle el parentesco que tiene con su novio.
Así se entera del tamaño del pene de su hijo, que salió con otras mujeres antes y otros datos que no agregan mucho.
Cuando todos sepan la verdad, comienza otra película en la misma "Secretos de diván", tal vez menos divertida pero supuestamente más real.
El director principiante Ben Younger finalmente decide ser más tradicionalista que su personaje.
Y "Secretos de diván", más que una película acerca de la libertad que ofrece el amor, se profese la religión que se profese, o se crea en Mahoma, Jesucristo o Maradona, se parece más al sermón de un rabino ortodoxo.
Una pena, porque Thurman no desentona para nada en la comedia -está mejor que en "Los productores", lo cual ya es decir algo- y Streep saca a relucir sus años de actuación para que su Lisa se escape del estereotipo de idishe mame y arranque, por decantación, unas cuantas sonrisas.
A estar atentos al escuchar su razonamiento de por qué entre Rafi y David la cosa no puede prosperar.
Todo lo que ofrece "Secretos de diván" es un puñado de risas, ver lo lindo que le quedan los vestidos a Thurman, dejar pasar a Bryan Greenberg como David y observar cómo Younger pinta por enésima vez una familia judía sentada alrededor de una mesa con cada uno de los clisés de siempre.
Tampoco es para analizarla con su terapeuta, porque la sesión le va a salir mucho más cara que la entrada de cine.
/ Pablo O.
Scholz
Una madre con mucha psicología
Los Andes On Line