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El desarrollo de la agresion y la violencia en el nino

Jos?uis Islas. https://www.apm.org.mx

La agresividad en el desarrollo es un proceso vital y creador de exterioridad; y la violencia destructiva es signo de disociación.

La producción de una u otra tiene que ver con la respuesta de la madre (contención, venganza y sobrevivencia) ante los primeros gestos del bebé durante los primeros meses de vida.

En el trabajo se presentan comentarios del atentado terrorista del 11 de septiembre y dos viñetas clínicas.


 


El objetivo de este trabajo es mostrar la importancia de la agresión2 en el desarrollo del niño y la diferencia entre ésta y la violencia destructiva.

Mi punto de partida es una reflexión hecha después de los trágicos sucesos del 11 de septiembre, en los que observé reflejada la época posmoderna3 que nos tocó vivir.


El niño muestra la agresión como proceso vital desde que da las primeras patadas en el vientre materno.

Los adultos sanos y, en especial la madre, consideran que esas acciones destructivas son signos de vida.

La agresión es, entonces, sinónimo de actividad y movimiento.

Para que el niño nazca, necesita una buena carga de agresividad que le permita descender y abrirse paso por el canal de parto.

El llanto, las muecas y los pataleos son gestos agresivos y vitales desde el inicio de la vida extrauterina.


Para Winnicott, en la fantasía inconsciente, 4 el crecimiento es intrínsecamente agresivo.

No sólo es una simple tendencia heredada; es, además, un entrelazamiento de suma complejidad con el medio facilitador.


La agresión no es una reacción que surja debido al encuentro con el principio de realidad; es un impulso destructivo que crea exterioridad.

El ataque colérico, relativo al encuentro con la realidad, es posterior al daño del objeto al que me refiero; aunque se podría decir que el sujeto del mismo experimenta alegría ante la supervivencia del objeto.


Para que un niño se desarrolle de manera adecuada desde el momento de su nacimiento, hay que dejarlo expresar su agresión con la confianza de que su madre la contiene.

En el primer año de vida, la agresividad instintual es parte del apetito y del amor instintual o "apache", como comúnmente se le dice.

La voracidad en esa etapa es un ejemplo de la fusión: amor y agresión, una especie de amor-boca.


Una fantasía inconsciente de destrucción acompaña la agresión primaria.

El infante tiene una amplia capacidad para destruir junto con una gran capacidad para proteger sus objetos.

La agresión cambia de modo cualitativo a medida que el infante crece.

Si la madre es suficientemente buena, proveerá un medio facilitador.

En tal caso, la agresión se integrará como energía útil para jugar y crear.

La madre tiene que adaptarse a su hijo durante los primeros seis meses de vida y atenderlo con gran devoción.

Cuando hay un ambiente de carencia, la agresión se manifiesta de un modo destructivo, sociopático y violento.

El medio externo es el que influye en el modo de tratar con la agresión innata.

Como es el caso de Osama Bin Laden, un hijo no deseado, suponemos, debido a su conducta y a ser el decimoséptimo de 50; alguien que ni siquiera fue criado por su madre; alguien que forma parte de una familia muy adinerada pero trunca en lo esencial, en el plano de los afectos y las emociones.

Un líder narcisista que aprovecha el momento de lucha, fuga y dependencia del grupo islámico que dirige.


El niño que no ha integrado el impulso agresivo, lo tiene disociado y se comporta como M.

Klein describió al tratar sobre la posición esquizoparanoide.

El niño necesita neutralizar su agresión para poderla expresar de un modo sano.


El verdadero self del pequeño sólo se desarrolla si se le permite expresar su agresividad.

En cambio, el falso self es el resultado de la paternidad o maternidad intrusiva en el libre fluir de la agresión.

El problema principal no es la lucha de Eros contra Tánatos, sino las interferencias en el desarrollo normal del niño.


Si una madre no tolera la agresión y obliga al niño a esconder su self cruel, éste no podrá integrar en su mente la agresión, así que quedará disociada, escindida.

Y el resultado de ejercer la fuerza y el castigo contra los niños, es que se vuelvan complacientes, sometidos y vivan una vida de falso self.


Norma expresa muy poco su agresión.

Ella es una adolescente de veinte años que nunca se rebeló contra sus padres; siempre fue una niña bien portada y de excelentes calificaciones.

No obstante ello, siente que no vivió su juventud y que es una anciana incapaz de recuperar la emoción de los reventones, las idas de pinta, el pelear contra las decisiones de "sus mayores", etcétera.

Peor aún, cree que ahora le toca "acompañar a su mamá de por vida".


Gratificar a los padres en su narcisismo provoca el surgimiento de un falso self que se acomoda al niño y lo vuelve sumiso.

Por eso, también la desobediencia es digna de tomarse en cuenta.

El niño desobediente puede estar diciendo: "Yo no hago caso de lo que tú quieres, sólo porque lo dices tú".

El niño creativo busca sus propias soluciones a los problemas, es curioso, asume riesgos y es preguntón; pero no obedece sólo porque sí.

Ese niño piensa con independencia y es valiente en sus juicios y convicciones, sobre todo cuando el padre se cree conocedor de la verdad absoluta.


"...Si se quiere que el niño llegue a adulto, ese paso se logrará por sobre el cadáver de un adulto, en su fantasía inconsciente" (Winnicott, 1971).


Por lo anterior, el psicoterapeuta de niños debe advertir a los padres, con frecuencia, que durante el tratamiento del pequeño y como parte de la mejoría deben esperar que se torne agresivo y desobediente.


A los seis meses de edad, más o menos, el ser humano guarda ya en su interior la experiencia de haber sido contenido, apapachado, tratado con ternura y respeto, y por encima de todo, la de haberle permitido expresar sus sentimientos y necesidades.

Por lo tanto, el bebé contará con una madre, "su madre", suficientemente buena en su interior.


El siguiente paso en el desarrollo es lo que Winnicott ha llamado: "el uso del objeto".

Esto consiste en ubicar al objeto fuera del interior del sujeto.

Es decir, el niño que tiene dentro a la madre suficientemente buena, la manda al exterior, a un espacio intermedio entre su realidad interna y la realidad externa.

En ese momento es cuando el pequeño puede cantarse, arrullarse y crear un objeto al que le da vida: su osito de peluche.

El objeto transicional contiene en sí mismo la paradoja de ser creado por el niño y no serlo, a la vez, porque ya estaba allí.

El pequeño puede matar al osito y decirle: "Te maté", y está allí para recibir la comunicación.

En adelante, el sujeto dice: "¡Hola, objeto! Te destruí, te amo.

Vales mucho por haber sobrevivido a la destrucción que te causé.

Mientras te amo, te destruyo sin cesar en mi fantasía (inconsciente)".

De esa manera, el sujeto puede utilizar el objeto que ha sobrevivido; ese objeto ya es real como parte de la realidad compartida y no como un manojo de proyecciones.


No hay cólera en la destrucción del objeto al que se refiere Winnicott, hay la alegría de la supervivencia.

El niño se fortalece y presenta constancia del objeto.

Por lo tanto, puede usar el objeto que no se destruye ni se desaparece ni reacciona vengativamente a su agresión.


Eso mismo debe ocurrir primero con la madre: ella es objeto de agresión por parte de su criatura y debe ser capaz de contener la agresión.

La fantasía del niño es matar a la madre.

Eso provoca que al verla viva, de nuevo, el niño se alegre.

Porque sobrevivir es no ejercer represalia, no vengarse.


La supervivencia de la madre significa que no hay aniquilación.

Para el bebé, la aniquilación misma significa que no hay esperanza.

La reacción de los pilotos suicidas que estrellaron los aviones contra las torres gemelas de Nueva York es de odio y el odio es una reacción a la pérdida de esperanza.

El 11 de septiembre vimos repetidamente como los aviones que se introducían en las torres gemelas, parecían una metáfora de lo que buscaban sus pilotos: madre torre debes ser capaz de poseer ese cuerpo y esos brazos para contenerme o acabaré destruyéndote, como ocurrió en mi fantasía inconsciente durante mi infancia.5


La madre tiene que sobrevivir.

Eso significa terminar con la venganza y poseer la capacidad de manejar con confianza las pulsiones agresivas.

Para Winnicott, si los padres crían bien a sus hijos desde el nacimiento, no habrá menos problemas; al contrario, si sus hijos llegan a encontrarse a sí mismos, no se conformarán con algo, sino que buscarán la totalidad, y ello incluirá tanto la agresión y los elementos destructivos, como los elementos amorosos que existan en su interior (p.

185, Realidad y juego).

Cuando los hijos pueden acceder al uso de símbolos, jugar, soñar y ser creadores, encuentran una salida.


Aquí tiene lugar el desarrollo en el niño de la capacidad de preocuparse por el otro, lo que Robert Emde6 llama: "el desarrollo de la noción del nosotros: si yo te hago daño a ti, me lo estoy haciendo a mí; nosotros salimos dañados".

Tal y como sucedió con los ataques a las torres gemelas: nos perjudicaron a todos nosotros.

Las fantasías de la escena primaria no son sólo una combinación de pensamientos sexuales y agresivos acerca del coito, sino que además constituyen un pivote organizador de relaciones de objeto, internas y externas, que vendrán a constituir el complejo de Edipo maduro.

La imagen del coito parental sirve como un molde o una manera de pensar acerca de lo impensable.

En un inicio son partes del objeto, envueltas en una lucha de interminable misterio, violencia y sexualidad.


Durante la etapa edípica se vuelve a presentar la necesidad de que el padre sobreviva a la agresión del hijo de su mismo sexo; es decir, el hijo varón atacará a su papá, y la niña a la mamá.

Para Winnicott, el padre debe ser enfrentado y muerto de manera simbólica para contar, después de ello, con la fortaleza de sobrevivir a su hijo; ya que la idea de muerte en la niñez, según este autor, se torna en idea de asesinato durante la adolescencia.


Los hijos de padres adoptivos tienen una deuda de odio que cobrar a sus padres biológicos, pero como éstos no están presentes, lo hacen con sus padres adoptivos.


Así sucedió con Eduardo, un adolescente de 14 años, alto, fuerte, bien parecido, el mejor deportista de su escuela y uno de los primeros lugares en el aspecto académico.

El motivo de la consulta era que había participado solo y en grupo en la destrucción de coches estacionados en la calle: les rompía vidrios y espejos; y en ocasiones robaba partes automotrices, como tapones y autoestereos.


Sus padres son de posición media alta y Eduardo cuenta con todas las comodidades económicas posibles.

No lo hace para ganar más dinero; sólo lo mueve el impulso de destruir, además del deseo de matar a los "fresas", a los "patinetos", a los policías y a sí mismo.

Es fanático de las películas de terror, como Pesadilla en la calle del infierno.


Freddie Krueger, el personaje principal de esa película, tiene una impresionante apariencia cadavérica.

Ésta resalta debido a la piel carcomida de manera espantosa por quemaduras y putrefacción.

Viste jeans con peto; sus brazos metálicos culminan en dedos con filosas navajas, sus armas principales.

Freddie era un hombre dedicado a matar niños, a quienes metía en un horno.

Eso dificultó comprobar sus asesinatos.

Los padres de los niños decidieron, entonces, vengarse y hacer justicia por su propia cuenta, quemando al asesino.

Después reaparecerá en las pesadillas de los adolescentes.


Este personaje representa en la fantasía a los padres asesinos y vengativos que anhelaban la muerte del hijo no deseado o que, por alguna causa, abandonaron.

Éste se identifica con el deseo asesino y presenta las conductas destructivas que manifestó Eduardo, las cuales fueron desapareciendo a medida que analizaba la rabia destructiva despertada en él por sus padres biológicos.


He visto repetirse este patrón de conducta en los hijos adoptivos que vienen aquí como pacientes.

Pero si, ayudados por un analista, cuentan con unos padres capaces de contener la ira acumulada del niño y/o adolescente adoptado, de ponerle límites y de no ser vengativos, podrán elaborar este trauma temprano y continuar bien su desarrollo.


Los dos logros principales en la evolución del yo hacia el dominio de la agresividad en la relación con el mundo objetal son el desarrollo de las capacidades de odiar y el de sobreponerse al odio.

El odio puede dar lugar al perdón del transgresor, al abandono de la venganza y al olvido de la ofensa.


Para terminar, quiero presentar a ustedes una parte de una sesión, representativa de muchas de las cosas que he dicho. 


Sesión con María:


?Doctorcito, no se me vaya a morir de a de veras porque ahora sí me suicido todita ¿Ya ve lo que saca por andar provocando mi ira? En realidad no sé contra quién lucho, pero a veces usted se vuelve mi enemigo.

Sé que lucho contra una opresión y ésta toma diferentes facetas: escuela, papá, doctor Islas.

No se muere, pasa de un lugar a otro.

Cuando creo que ya la atrapé, se vuelve a esfumar y cuando regresa a mí, me destruye...

Le puedo hacer otra caricatura, sería la segunda parte y se llamaría: "El doc.

Islas y San Pedro, diálogos y entrevistas del doctor Islas en su ingreso al cielo".

Tercera parte: "El regreso del doctor Islas".

¡No se lo pierda!


Esta paciente tiene una gran dificultad para manejar su agresión y pasa de estados de sometimiento a periodos de rebeldía.

Éste es un fragmento de una sesión a la cual asistió después de estar previamente muy enojada conmigo.

Podemos ver cómo su buen humor es una muestra del manejo de la agresión, es la ubicación del objeto en un tercer espacio.


Tolerar los impulsos destructivos resulta algo nuevo: la capacidad de gozar ideas aun cuando contengan impulsos de destrucción en ellas.

Esta posibilidad da como resultado el desarrollo de la capacidad de experimentar preocupación por el otro.


 


Conclusiones


La diferencia entre agresividad y violencia es que la primera produce riqueza vital: el niño está alegre porque no destruyó; al contrario, creó.

En cambio, la violencia es un refugio para escapar de la vida, y esconderse.

Mientras que la agresión produce una sensación de que la vida vale la pena vivirse, la violencia deja una culpa destructiva.


Imagínense a un bebé de seis meses que ya es capaz de darse cuenta que existe otra persona, aparte de él mismo, que lo provee de las satisfacciones que necesita.

Cuando el niño se siente frustrado dirige toda su furia contra la madre, queriendo destruirla.

Pero si la madre aguanta la agresión del pequeño y no reacciona de manera vengativa, la furia se queda en agresión, una agresión que podremos llamar sana.

En caso de que la madre desaparezca después de ser agredida por el bebé (ya sea que no aguante la agresión y se retire o que ésta coincida con alguna enfermedad o, incluso, con la muerte) o responda vengativamente a la agresión de su hijo, éste va a sentir esa agresión como una violencia destructible, inmanejable: la agresión patológica.

En los pacientes adultos podemos ver eso cuando estamos analizando la agresión que el sujeto siente contra la madre y coincide con la muerte de ésta o, peor aún, cuando el paciente da muestras de agresión y su analista muere.


El niño necesita saber que su madre aguanta la agresión para así poder él integrar su propia crueldad y que no quede disociada.

Esto sucede a los seis meses, más o menos, y se repite entre los tres y los seis años, en la etapa edípica, cuando tiene de nuevo la necesidad de comprobar que el padre de su mismo sexo sobrevive a todos los impulsos asesinos que surgen en el pequeño por quedarse con el padre deseado del sexo contrario.

Y en una tercera oportunidad, estos mismos impulsos agresivos se presentarán durante la adolescencia para encontrar un padre o una madre suficientemente fuertes y que puedan sobrevivir a los impulsos agresivos.


Como dijo Elías Canetti:


"¿La persona que no asesina puede conseguir algo? Hay sólo un poder más poderoso que matar: resucitar a los muertos...".


El que la tolerancia de la agresión por parte de los padres sea una de las claves para el desarrollo del niño implica, a su vez, la capacidad que tengan los padres para enfrentarla, poniendo los límites que le darán al niño la confianza de la libertad.

Sólo así el pequeño no será un niño ansioso por la falta de éstos y de estructura.


Para un estudio posterior, bastaría analizar los videojuegos que, frecuentemente, son violentos y destructivos, y ver como los niños "posmodernos", los de la actualidad, tienen dificultad para llevar a cabo un juego creativo.


 


Bibliografía


 


ABRAM, J.

(1996).

The Language of Winnicott.

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EMDE, R.

N.

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Development Terminable and Interminable, trabajo presentado en Congreso Internacional de Psicoanálisis, en Toronto Canadá.


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El placer más duradero: un estudio psicoanalítico del odio.

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OGDEN, T.

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The Matrix of the Mind.

London: Jason Aronson.


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Psicoanálisis de niños: ¿un trabajo que sobrevivirá? Cuadernos de Psicoanálisis, XXXIV (3-4): 187-95.


WINNICOTT, D.

(1965).

El proceso de maduración y el ambiente facilitador.

Buenos Aires: Paidos.


? (1971).

Realidad y juego.

Barcelona: Gedisa.


 


1 Trabajo presentado durante el XLI Congreso Nacional de Psicoanálisis con el tema: "El psico-análisis frente a la posmodernidad", el 3 de noviembre de 2001, Asociación Psicoanalítica Mexicana, en Guadalajara Jalisco.


* Psicoanalista Titular de la Asociación Psicoanalítica Mexicana.


2 Freud concibe la agresión como una pulsión contrapuesta al instinto de vida.

Para M.

Klein, la agresión es innata, es el instinto de muerte, y se manifestará como odio, envidia y sadismo.


El odio constituye el resultado de la decepción del yo, y de la desilusión, tal como la sufre el ideal del yo.

Se presenta como reacción a la pérdida de la esperanza.

El odio se aferra al objeto perdido.

La ira es una reacción de tiempo limitado, provocada por una irritación próxima que pasa.

La furia es una forma extrema de la ira.


3 Postmodernidad es el desencanto por los valores de la Modernidad: la libertad, la revolución, la razón, la ciencia y la técnica; esto produce: la indiferencia, la globalización, la cultura del narcisismo y de la imagen, la hegemonía de la apariencia, la pobreza erótica , la mediocridad simbólica y la pérdida de la diferencias generacionales.


4 Representa la realización de un deseo inconsciente, subyacente a un contenido manifiesto.


5 Recuerda que las torres son como las jambas ?del latín: gamba, pierna?, las "piernas de la Madre Tierra moderna", que metafóricamente, también sostenían el dintel de la economía capitalista mundial.

Entonces, eran las piernas de este "gigante con pies de arena" que se está cayendo a pedazos, como el Imperio Romano, a finales del siglo V DC.

Sandra Montenegro, comunicación personal.


6 Para Robert Emde la experiencia del self tiene un núcleo afectivo y la vida afectiva da continuidad a nuestra experiencia a pesar de los cambios: "nuestro núcleo afectivo nos procura la capacidad para comprender a nuestro prójimo".