Una amiga, Olga Wormser, a quien mi L"An zéro de l"Allemagne le había gustado, recibió de las ediciones Côrrea el encargo de dirigir una nueva colección, «Dans l"histoire».
Me pidió un libro.
¿Por qué, en aquel momento, cristalizó en mí un proyecto sobre la muerte? ¿Fue por la fuerte sombra de la muerte de tantos amigos de la resistencia y, una vez terminada la guerra, por la sensación de absurdo provocada por sus millones de muertos? ¿Fue, subterráneamente, la imposibilidad de poder admitir aún la muerte de mi madre? Mi idea inicial era que, antes o después, gracias a los progresos de la ciencia, la odiosa muerte sería retrasada hasta que el ser humano fuera, no inmortal, pero sí al menos amortal.
De hecho, el tema de la muerte me arrastró a una investigación antropológica en todos los terrenos que redujo el delirante sueño de amortalidad a una conclusión prospectiva.
Preparando aquel libro me forjé mi cultura transdisciplinar, atravesando y bebiendo en todas las disciplinas de las ciencias humanas: geografía humana, etnografía, prehistoria, psicología del niño, psicoanálisis, historia de las religiones, ciencia de las mitologías, historia de las ideas, filosofía (para estudiar en ella las concepciones de la muerte desde los filósofos griegos hasta Heidegger y Sartre).
En 1950 yo era un cadáver político, exiliado del interior y parado sin perspectivas.
El destino cambió en dos años.
Fui salvado por una integración y una exclusión.
De la grandeza de mis veintidós años, pasé a la decadencia de mis veintiocho...
Viví un año en el paro y sufrí humillación con respecto a mí mismo, con la vergüenza de no poder alimentar a mis dos niñas (Violette había obtenido un puesto de profesora de filosofía lejos, en provincias) y con la desesperación de no poder encontrar, nunca, mi inserción en la sociedad.
Esta marginación social era inseparable de la marginación política que me había valido mi oposición cultural desde mayo de 1947 y, luego, mi creciente asco político de 1948 a 1949.
Me hallaba en exilio interior.
No veía ya inserción alguna en el mundo comunista y no me veía insertándome en el «mundo burgués».
No veía, pues, salida alguna.
Desde este punto de vista, los años 1947-1950 me parecen años de desamparo y desesperanza.
Pero precisamente porque estoy parado, es decir soy dueño de mi tiempo, puedo pasar los días investigando en la biblioteca nacional e iniciar el libro para el que Olga Wormser, me había hecho firmar un contrato, y cuyo tema yo había elegido.
Así, desde el fondo del agujero se inicia una nueva ascensión oculta y silenciosa.
Del mismo modo, estos años de degradación, marginación, herejía y, muy pronto, exclusión, coinciden con un período de felicidad, en una dulce patria de amistad, en el 5 de la rue Saint-Benoît.
Mi incapacidad para entrar en el marco periodístico, comunista o no comunista, mi incapacidad para entrar en la vida civil normal me enviaron, primero, a Alemania, donde me vi llevado a escribir mi primer libro, luego al paro, que me permitió realizar El hombre y la muerte.
En suma, de los veinte a los treinta años tuve la suerte de haber asistido a la escuela de la vida y de haber respondido a las necesidades de mi espíritu, pero más tarde tuve la suerte de integrarme en el CNRS (del francés Centre National de la Recherche Scientifique, Centro Nacional de Investigación Científica), donde he sido libre...
Desde Toulouse no había dejado de tratar a Georges Friedmann cuyo libro De la Sainte Russie à l"URSS había contribuido a llevarme al comunismo (y que a él le había costado ser llevado fuera del comunismo en 1938).
Conociendo mi interés por la sociología y viéndome en paro, me sugirió que presentara mi candidatura a la comisión de sociología del CNRS, de la que era un influyente elector.
Me aconsejó solicitar cartas de presentación y, con la ayuda de las recomendaciones de Maurice Merleau-Ponty, Pierre Georges, Vladimir Jankélévitch, la comisión me eligió para hacer prácticas de investigación.
Estaba en lo más bajo del escalafón.
Yo, a quien nadie había llamado «joven» cuando, entre los veinte y los veintiséis años, ejercía mis responsabilidades de resistente y, luego, de ocupante, me había convertido a los treinta en un «joven investigador», y seguí siéndolo, para los gerontes, hasta mis cincuenta años».
Gracias, pues, al año de paro que siguió a mi «devolución a la producción», gracias luego a mi entrada en el CNRS, al año siguiente, mi tiempo pudo consagrarse por completo a mis investigaciones.
En 1949-1951 paso mis días en la biblioteca preparando el libro, me aventuro por parajes entonces desconocidos (la muerte no era tratada ni histórica, ni sociológica, ni antropológicamente) y en campos muy diversos (de la biología de la muerte a las creencias mitológicas y religiosas en el más allá).
Descubro e integro las obras antropológicas de Marx, Freud, Rank, Ferenczi, Jung, Bataille, Bolk.
Descubro la biología de la muerte vía Metchnikoff, Metalnikov (que vinculaban el envejecimiento a la esclerosis del tejido conjuntivo) y Carrel (que parecía haber demostrado que las células embrionarias son amortales).
Desarrollo así mi saber y lo integro en un marxismo que va ampliándose hasta que sea, sólo, una envoltura donde se opera la gestación inconsciente de mi concepción de la complejidad, que lo hará estallar y provincializará a Karl Marx...
Pero, sobre todo, mi autodidactismo recoge por fin la miel de tantas libaciones pasadas y, a partir de la libación, de todas las flores que necesitan mis investigaciones para este libro; los pólenes de una cultura hecha de cualquier modo, obtenida en todos los géneros de la literatura y en todas las disciplinas de las ciencias humanas, se hallan reunidos y organizados.
La producción de este libro me hizo elaborar una concepción antroposociológica que reservaba su parte a los dos aspectos olvidados de la antropología, y que el problema de la muerte ponía de relieve: por una parte, la realidad biológica del ser humano que es mortal como todos los seres vivos; por otra parte, la realidad humana del mito y de lo imaginario que esbozan, por todas partes, una vida más allá de la muerte.
Mi hegeliano-marxismo, sobredeterminado por mi propia tendencia mesiánica, me hizo abrazar la religión de la «salvación» terrestre sin tomar conciencia de su carácter religioso.
Ciertamente, incluso en los momentos más intensos de mi fe (es decir en plenas matanzas de la guerra y en la inmediata liberación), supe que nunca habría en la tierra «paraíso» socialista, y que las desgracias de los humanos nunca se borrarían para siempre.
Pero creí en el progreso indefinido de la sociedad, e incluso, como atestigua el último capítulo (capítulo no suprimido, pero «superado» en las siguientes ediciones) de la primera edición de mi libro El hombre y la muerte, que el ser humano, gracias a los progresos de la ciencia, podría acceder a la «amortalidad».
La nueva edición, en 1970, sitúa al hombre en un universo sometido al segundo principio de la termodinámica y abandona por completo cualquier idea de «amortalidad».
La antropología se sitúa así en el mundo biológico, en el mundo físico y en el cosmos; es una antropo-bio-cosmología.
La humanidad se reconoce en sus raíces y su destino terreno.
La «conquista de la naturaleza» es, en adelante, denunciada, y civilizar la tierra se convierte en una misión.
Aparecido en 1951, este libro aerolito cayó entre el pantano literario y el pantano universitario.
Quedó, pues, enterrado, sin encontrar demasiados lectores durante veinte años.
Sin embargo ha sido el único de mis libros saludado por importantes críticas, como las de Georges Bataille, Lucien Febvre, Maurice Nadeau y Claude Mauriac.
El material publicado por Civilizar, está editado de la obra de Edgar Morin Mis demonios.
© Editorial: Kairós, Barcelona, 1995.
© Traducción: Manuel Serrat Crespo, 1995.