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ESTADO DE FIESTA

J.Á. Bergua. El Periódico de Aragón

Es cierto, como insinúa el Vaticano, que la materia prima de nuestras instituciones es religiosa.

Sin embargo, esa religiosidad tiene dos fuentes principales.

Mientras el paganismo anima la vida colectiva informal, el cristianismo anda detrás de las instituciones más serias del orden moderno.

Por eso, si el paganismo inspira gran cantidad de fiestas y diversiones, el cristianismo ha preferido proyectarse sobre la esfera económica y la institución familiar.


El término "profesión", por ejemplo, tiene su origen en la traducción que Lutero hizo de la Biblia.

Hacía referencia a la obligación que los fieles tenían de trabajar y de honrar con sus obras a Dios.

Ese ascetismo y el sacrificio de todo lo relacionado con la diversión y el placer dieron lugar a un tipo de carácter que le vino muy bien al capitalismo.



LA AGENCIA de socialización encargada de moldear esta nueva personalidad fue la familia nuclear restringida, en la que desaparecieron gran parte de los parientes.

De este modo cada sujeto pasó a interiorizar directa e inmediatamente, vía complejo de Edipo (más exactamente por medio de la figura paterna), esa alma sumisa, esforzada y tan propensa a la neurosis que requiere el mundo moderno.

Esta es la familia que Ratzinger y sus fieles defendían en Valencia.


A principios del siglo XX, no mucho más tarde de que Nietzsche proclamara la muerte de Dios y de que Freud descubriera el complejo de Edipo, uno de los padres de la sociología, el alemán Max Weber, reconocía que el valor del deber profesional había desaparecido: "El estuche ha quedado vacío de espíritu" sentenció.

Ocupó su lugar el hedonismo, muy dispuesto a disfrutar de la riqueza producida y, en cierto modo, más acorde con el capitalismo de consumo que se desarrolló en la segunda mitad del siglo XX.

No debe extrañar que esta transformación del alma moderna haya sido acompañada por la crisis de la familia y del mismo psicoanálisis.


Hoy son muchos los que lamentan la sustitución del ascetismo por el hedonismo.

Por ejemplo, Ratzinger y los suyos.

Sin embargo, no le viene tan mal a nuestra economía.

En efecto, con el actual capitalismo de consumo es necesario que los individuos dispongan de tiempo libre, cultiven su capacidad de disfrute y la sacien con la enorme cantidad de productos y servicios que hay en el mercado.

De modo que estamos ante nuevo modo ensayado por el viejo sistema capitalista para dinamizar la esfera económica.

Hoy el capitalismo, además del ascetismo (necesario para hacer trabajar) utiliza el hedonismo (imprescindible para hacer consumir).



CON LA FAMILIA ha sucedido algo parecido.

Si la economía explota más tipos de subjetividad, la familia incorpora más variedad.

En efecto, los matrimonios entre homosexuales, la cohabitación, las familias monoparentales, las extensas, etc., son simples variantes que no contribuyen a la disolución de la familia sino a su fortalecimiento.

De todas formas, al paisaje familiar aún habría que incorporar las familias poligínicas, las poliándricas, las comunas y las distintas formas de uniones que vayan apareciendo.

Para Ratzinger y sus seguidores esta posibilidad es inimaginable.


Es cierto que los niños de hoy tienen una personalidad muy diferente a la que había entre esa edad hace unas generaciones.

Esto es debido no exactamente a la diversidad de familias existentes sino a un fenómeno que tiene un origen distinto: la crisis del enganche con la sociedad y sus valores que garantizaba la figura paterna.

Hoy el padre es dejado de lado como fuente de autoridad política (relativa al poder) y cultural (relativamente al saber).

El niño se incorpora a la cultura menos violentamente y de un modo mucho más improvisado con la ayuda de otros agentes (amigos, tv, internet, escuela, etc.) que cumplen la antigua función del padre.


Este nuevo individuo se desenvuelve en un mundo nuevo, trae consigo trastornos psíquicos nuevos, pero no disponemos de un estilo de reflexión, análogo al psicoanálisis, o de un marco teórico, análogo al complejo de Edipo, para estudiarlos.

Lo único que parece claro es que encaja bastante bien en el nuevo orden social.

De modo que quienes se lamentan por los cambios deberían, más bien, estar contentos.

Gracias a ellos su sociedad va a seguir sobreviviendo.


Sin embargo, también es cierto que el nuevo individuo, además de hacer funcionar este mundo reformado, trae consigo otros mundos.

Por ejemplo, la desaparición de la autoridad y la liberación del hedonismo ha permitido que la fiesta explote todo su potencial.

Un potencial pagano e informal en el que la fratría sustituye a la familia, el cuerpo al alma o al intelecto, el exceso a la responsabilidad, etc.

El juego, la risa y, en general, lo lúdico, permitieron crear en la Edad Media una auténtica cosmovisión del mundo de la que fueron magníficos ejemplos las fiestas de los locos, la del asno, la de San Vito o San Juan, Santa Águeda, las risas pascual o navideña, los carnavales...


La fiesta, aunque resulte funcional a éste (y cualquier) orden, no pertenece a él.

Tiene que ver con modos radicalmente distintos a los conocidos de afrontar la existencia.

Los expertos no saben decir mucho de ella porque se sustrae a la disertación.

Sin embargo, la gente sí que sabe.

Sabe crear fiestas inéditas (como el botellón), recrear otras antiguas y, sobre todo, sabe disfrutarlas.

Todos esos saberes tienen uno origen pagano.


No muy lejos de Valencia, el mismo día que Ratzinger y su gente hablaban de Dios y de la familia, los turolenses estaban de fiesta amparados por su tótem.

El Papa se fue pero las fiestas no han cesado.

Los viejos espíritus y demonios van a campar a sus anchas desde Pirineos hasta Albarracín durante todo el verano.

Bienvenidos sean.