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Pereza mental: Creencias e ideologías

Fernando Vazquez. Cambio de Michoacán

En el mundo actual existen muchas ideologías, subculturas, estilos de vida (convencionales, alternativos y demás).

Son complejos sistemas de creencias, conductas y actitudes, pues, al final (esto, por supuesto, también incluiría a las religiones, aunque preferimos no meternos en camisa de once varas).

Son formas de lidiar con la vida, y tienen una utilidad práctica, más allá de lo que sus preceptos o características promuevan.

Adoptar, comprometerse con una ideología, subcultura, corriente o filia política, con un cierto grupo o clique implica compartir una serie de creencias y actitudes, y actuar de una manera congruente con eso.

Esto también significa que ante el torrente de posibles decisiones ante las que se enfrenta uno en la vida, día con día, el afiliado a un sistema de creencias y actitudes -ya sea marxismo-leninismo, el psicoanálisis freudiano, un partido político o la afición de un equipo de futbol- queda automáticamente salvado de la necesidad de tomar una enorme cantidad de decisiones, porque muchas de sus elecciones van a estar condicionadas por su militancia en el grupo con el que se identifica.

Por ejemplo, un americanista vestirá los colores de su equipo, evitará juntarse con aficionados del Guadalajara, aplaudirá los goles del Club América y desestimará las opiniones contrarias a la grandeza de su equipo, de la misma manera que un(a) joven darketo(a) no necesita pensar qué color de ropa usar (negro, automáticamente); o un andresmanuelista convencido ni siquiera duda que si su líder baja en las encuestas no es sino por otro sucio compló urdido entre El Innombrable, el PAN y el PRI, y El Chapulín Colorado.

Así, la vida misma de quienes participan de un sistema de creencias y actitudes queda enormemente simplificada, porque reduce espectacularmente el número de decisiones que uno tiene que tomar.


Tomar una decisión requiere -por definición- hacerse responsable de ella.

Aquí no hay nada de que «me hicieron hacer esto, o lo otro».

Nadie «hace» que alguien más haga o deje de hacer algo, si éste no lo decide así.

Al final, siempre tiene uno la última palabra.

Incluso bajo presión o amenaza, siempre tiene uno la posibilidad de decir «pues no lo hago, aunque me lleve la fregada, y háganle como quieran».

Que decidamos obedecer bajo tales circunstancias de coerción es otra cosa -una decisión en pro de nuestra propia conveniencia- pero la elección está ahí.

La cosa es atenerse a las consecuencias, y eso es asumir la responsabilidad por las propias decisiones: «Ahora me pasa esto, porque decidí hacer aquello», y aceptarlo, ni modo.

Al fin, pues, esa fue nuestra decisión: buena o mala, pero nuestra.

Sin embargo, es esta última parte la que a mucha gente no le gusta, y de la que desesperadamente tratan de zafarse: la responsabilidad.

Este es un acto de congruencia y valor, cualidades ambas raras en estos tiempos.

La responsabilidad es como la chica fea: nadie se la quiere echar.


Queda claro por qué mucha gente prefiere adoptar una ideología, subcultura, estilo de vida o postura.

Pura pereza mental: Así no es necesario pensar por uno mismo, ni asumir responsabilidad por nuestras decisiones.

Sólo hay que creer y seguir lo que dice un líder, un libro, o un cierto grupo.

¿Cómo llegó una persona como Hitler al poder? ¿Cómo pueden doctrinas absurdas y sin fundamentos popularizarse entre mucha gente? Porque ofrecen a la gente una explicación fácil para todo (por ejemplo: «Todo es culpa de» ?e inserte aquí su propio favorito: los judíos, El Innombrable, las ?fuerzas oscuras?, los comunistas, los homosexuales, el imperialismo yanqui, etcétera-) y la comodidad de no tener que pensar críticamente ni asumir la responsabilidad por muchas de nuestras decisiones.


Pienso -no me crea de antemano, amable lector- que lo que no debemos permitir es que un sistema de creencias, conductas y actitudes ?el que sea- nos sirva de pretexto para no pensar.

¿O usted qué piensa?