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El Trastorno de adicción a Internet es la nueva estrella de las dependencias

Umberto Calimberti

No hay cifras oficiales pero cada día afecta a más usuarios de todo el mundo.

Las "timba" financiera, el juego de azar, el chat y el cibersexo son las claves de un fenómeno que los psicólogos aún no saben cómo tratar.


Si usted se levanta a las tres de la mañana para ir al baño, y después de tomar un vaso de soda y antes de volver a la cama, se hace una escapada al escritorio y revisa su casilla de correo electrónico...

Si cuando se desconecta de Internet y apaga la computadora se siente vacío...

Si tiene la sensación de que el mundo real no tiene ninguna consistencia...

Si se pasa la mitad de todos sus viajes en tren o en avión buceando en su computadora portátil...

Si se ríe de las personas que tienen una prehistórica conexión telefónica a la red...

Si le suceden algunas o todas estas cosas, usted está enfermo.

Y, aunque seguramente le parezca una locura, llegó el momento de buscar ayuda: evidentemente, usted padece los síntomas de una nueva patología que los psicólogos y psiquiatras norteamericanos han definido y bautizado como "Trastorno de adicción a Internet".


La dependencia a la red implica tres mecanismos: la tolerancia (que lo lleva a aumentar las dosis de una sustancia para obtener el mismo efecto), la abstinencia (que implica la experimentación de síntomas específicos en respuesta a la reducción o suspensión del consumo de una sustancia determinada) y el deseo (fuerte e irresistible, que causa un intenso sufrimiento psíquico y, a veces, físico, con alteraciones del pensamiento, malestares, sensación de hambre o de sed, irritabilidad, ansiedad, insomnio y depresión.

Hoy, estos rasgos, característicos de la tóxico dependencia, del tabaquismo, el alcoholismo, el juego, la actividad sexual y la bulimia, entre otras adicciones, también afectan a quienes recurren excesivamente a Internet para satisfacer, en el plano virtual, lo que no logran obtener en el plano real.


Pero, en relación a las otras patologías mencionadas, la dependencia de Internet es una obsesión compulsiva basada tanto en el "placer" como en la "fobia".

Y, precisamente porque se basa en el placer, resulta tan difícil de eliminar.

El "shopping" online, por ejemplo, que es una clara expresión de la adicción a la red, suele ser una inagotable fuente de satisfacciones inmediatas directamente vinculada al placer de catapultarse a cualquier centro comercial del mundo a curiosear sin ser visto, entrar y salir de los negocios sin tener que soportar a los vendedores.

Lo mismo pasa con el "trading" online o la "timba financiera" a través de Internet.

Habitualmente, el "jugador" oscila entre dos extremos: el miedo y la avidez; sensaciones que, cuando entran en cortocircuito, afectan su capacidad de control y lo llevan a correr riesgos cada vez mayores y tomar decisiones cada vez más peligrosas.


Internet potencia este tipo de procesos porque genera la sensación de que todo está bajo control, ya que permite chequear las pizarras todos los días a cualquier hora y ofrece la posibilidad de operar online.

La patología tiene un doble perfil: uno de ellos, vinculado a la perversión placentera angustia/excitación, común a los jugadores de azar y a los inversores financieros; el otro, típico de los inversores, vinculado a la necesidad de mantener un control que, como nunca es suficiente, conduce a la pérdida de todos los estribos.

En comparación con cualquier juego de azar, la Bolsa online es mucho más peligrosa porque la actividad está legitimada y no produce la sensación de culpa que afecta a los usuarios de Internet que frecuentan los más de 700 casinos virtuales que operan en la actualidad.

Por consiguiente, la operación financiera online carece del freno de la culpa.

No es lo mismo perder tras haber "jugado" que habiendo "invertido".


El chat también es parte del problema.

La posibilidad de presentarse ante los demás como una incógnita facilita, por ejemplo, el cambio de identidades sexuales, características físicas, edades, ocupaciones, situaciones maritales, etc.

Mentir es parte del juego y permite experimentar la euforia que sólo genera la libertad ilimitada.

Quien chatea, no sólo cambia figuritas: puede concretar de manera virtual su propio ideal del yo y, en consecuencia, sentirse ideal.

¿Cómo hacer, entonces, para desconectarse de la red y regresar a los ámbitos donde nadie nos considera ideal? Las horas pasadas ante la PC, dedicadas al intercambio de información, sensaciones y emociones, aumentan y se torna difícil pasar mucho tiempo lejos de la máquina.

Si, después, surge la necesidad de conocerse, la realidad no suele colmar las expectativas y mientras el iluso insatisfecho se desilusiona, el satisfecho rechazado se deprime.


Por último, párrafo aparte para el anónimo cibersexo, verdadera fuente de dependencia, ofrece la posibilidad de ser explícito y conduce al usuario a descubrir nuevas formas de excitación y a aceptar sus propias perversiones.

En otras palabras, jugar con las alucinaciones del deseo ausentes en las relaciones sexuales reales que, comparadas con las virtuales, parecen demasiado insignificantes y limitadas.

Quienes se sientan presos de esta dependencia no deben minimizarla sino tomar conciencia de que son peces atrapados en las redes de un pescador paciente, de las que no podrán zafar sólo sacudiendo sus aletas.

La cuestión es cómo hacer que quienes se vinculan a Internet para sentirse omnipotentes perciban su impotencia y decidan buscar ayuda.

Los investigadores dicen que todavía están en pañales.

Y que necesitan más tiempo para averiguarlo.


© La Republica Traducción de Claudia Martínez