Ya sabe que, por estas fiestas, la televisión nos inunda de anuncios de juguetes.
Y que los niños los ven y los piden.
Y que los padres acaban por comprarlos, o incluso resuelven comprarlos ya de entrada, porque así están más seguros de contentar a sus hijos o porque no quieren problemas ni saben decir que no.
Y que las tiendas se llenan precisamente de esos juguetes que anuncian por la tele.
Y que la mayoría de tales juguetes o son agresivos o son complicados artefactos móviles o son videojuegos de dudoso contenido o son modas y manías de mayores al alcance de los niños.
Con gran frecuencia, son además caros, para gente rica, pero igualmente consumidos en la pantalla por todos los ojos infantiles: rutilantes objetos de deseo.
Se hacen estadísticas de lo mucho que gastan las familias, también las menos pudientes, en estos cacharros, destinados a amontonarse pronto en rincones de la casa una vez que los críos han apagado el fervor inicial y el ansia de lucirlos ante los amigos, no demasiado intensa pues que todos los tienen.
Acabarán muy pronto por dejarlos de lado y por volver a embobarse a diario ante la poderosa realidad que les dotó de vida y de incentivo: la tele.
Así están las cosas en este difícil mundo que a los padres y a los educadores les ha tocado vivir.
Todo el mundo reconoce que el gasto jugueteril de estos días es desproporcionado y contraproducente, pero ¿cómo zafarse del círculo vicioso, de este verdadero «complot del juguete»? Planteada en los términos que hoy lo está, la batalla parece irremisiblemente perdida.
Sólo padres y madres extraordinariamente lúcidos o heroicos son capaces de dominar la situación, más grave de lo que pensamos.
Una solución adecuada sólo es posible encontrarla aguas arriba, en la cabecera misma del torrente.
Deberíamos someter a dura crítica el consumismo exacerbado en el que todos competimos.
Deberíamos exigir a toda la sociedad -fuerzas sociales y políticas, empresarios, medios de comunicación social, la televisión de especial modo- que ejerza con coherencia la responsabilidad formativa que le atañe, con todos los ciudadanos, pero especialmente con los más pequeños e indefensos.
Deberíamos reorientar nuestro concepto mismo del ocio y de la diversión.
En este otro contexto, los juguetes volverían a recuperar su verdadero sentido.
Que lo tienen, y mucho.
El complot del juguete
JOSÉ LUIS GARCÍA GARRIDO. Abc.es