Si se ha sido el "tonto" del grupo, fuera del colegio será difícil sentirse de otra forma, por lo que el niño necesitará de ayuda para no sufrir luego problemas de identidad.
Por eso, no hay que dejar pasar el tiempo y establecer estrategias de apoyo entre colegio, papás y sicólogos, si es necesario.
Más allá de buscar a los responsables, los papás deben revisar el patrón de autoconfianza dado a sus hijos.
Le esconden la mochila, le quitan el sándwich, se ríen de él.
Ni en clases, ni en el recreo, ni en la calle a Jaimito lo dejan en paz.
Aunque la historia es ficticia, todo curso tiene su caso real.
Con una apariencia física normal, excelentes notas y buena conducta, Paula García nunca imaginó que su hijo era empujado en los recreos sin motivo alguno.
No obstante, la rabia que descargaba con sus hermanos cada vez que volvía del colegio la llevó a descubrir la raíz del conflicto: Felipe se estaba convirtiendo en el "Jaimito" del Quinto Básico, en un prestigioso colegio del sector oriente de Santiago.
"No estudia mucho, pero para el resto es el mateo, el nerd del grupo, y me llena de rabia.
Él podría ser un elemento muy positivo para el colegio, pero a ratos es devorado por los líderes negativos que lo van opacando.
De los puros nervios ahora se ha puesto algo tartamudo y eso agranda el círculo vicioso".
Paula reconoce que el colegio no le ha brindado mucho apoyo, pero, mientras tanto, no se ciega y tiene a Felipe trabajando con una terapeuta algunos aspectos que en parte le estarían generando los problemas, como el ser muy estructurado o introvertido.
Fragilidad propicia
Y es que da casi lo mismo ser flaco, gordo o con anteojos.
Más que un rasgo físico, lo que a menudo caracteriza a estos niños es su dificultad para desarrollar estrategias que le permitan defenderse.
"Es cierto que hay cursos más conflictivos que otros, pero estos chicos también suelen tener una escasa habilidad social y, por lo tanto, potencian a que el resto los moleste.
Eso explica por qué a veces se los cambia de colegio y el problema sigue con los nuevos compañeros", explica María Rosario Salamanca, sicóloga infanto-juvenil del colegio Pumahue de Huechuraba.
Son niños más vulnerables y eso el grupo lo percibe.
Tras esa fragilidad se mezclan los factores.
No basta con ser tímido, generalmente también hay una autoestima debilitada.
"Si a Jaimito le quitan el lápiz y él se siente seguro de sí mismo, simplemente se parará y lo tomará de vuelta sin agresión, demostrando que es capaz de enfrentar el conflicto y que en su territorio no se meten.
Pero si se queda mudo y nervioso, con su mirada deja claro que lo vencieron y que la puerta está abierta para que pase de nuevo.
Son códigos que se transmiten acerca de cómo es ese compañero", grafica Teresa Quintana, sicóloga infanto-juvenil y académica de
Otro blanco fácil -relacionado con lo anterior- son los menores con papás sobreprotectores.
Algunos padres se olvidan de que hay momentos en que ese hijo igual tiene que enfrentar solo al compañero o a la profesora.
"Entonces, si no le han ayudado a adquirir cierta autonomía ni recursos para resolver sus conflictos, no podrá planificar modos de reaccionar o de interactuar.
Necesitará siempre ir de la mano de su mamá, se hará más dependiente y eso también entrega el mensaje a los pares de que "aquí hay terreno fértil"", agrega.
De hecho, una riesgosa combinación son los niños autoexigentes y sobreprotegidos: A Jaimito no le gusta su 6,5, se frustra y se larga a llorar.
"Nadie será empático con alguien que se queja por un 6,5.
Eso da risa y probablemente lo rotularán de mateo, llorón y niñita", dice María Rosario Salamanca.
A menudo el apoderado exige que el colegio sancione a los "patos malos" del curso; sin embargo, debieran también revisar el grado de independencia que le dan al hijo, si se le permite opinar en casa, si se preocupan de fortalecer su autoestima o si ellos como adultos son un buen modelo de asertividad y autoconfianza.
Existen papás más introvertidos, poco sociables o de temperamento más pacífico, pero el menor debe entender que eso no es sinónimo de ser pasado a llevar.
Para ello, es clave que los grandes muestren cómo resuelven sus conflictos, ya sea comentando cómo remediaron algún error "tonto" que cometieron en el día así como predicando con el ejemplo, afirma Teresa Quintana.
"Si uno está en una fila, alguien se pone delante y yo, frente a mi hijo, no me atrevo a hablar y me guardo la impotencia, no puedo pedir que él sea de otra forma cuando le quiten el lápiz".
Lo esencial es no dejar pasar el tiempo con estos niños y buscar estrategias entre colegio, papás y sicólogos, si fuera necesario.
En casa, por ejemplo, se le puede ayudar a dimensionar la real magnitud del problema.
"¿Qué es lo peor que podría pasar si no le haces caso al grupo?", es una pregunta que de paso indagará en los miedos del niño.
También para derribar el mito de que "el otro es más fuerte", se le puede explicar que ese "otro" tiene sus propios miedos y debilidades y que por eso tal vez responde agresivamente.
"¿Es bueno en todas las asignaturas?" "¿Se lleva bien con todos?" De seguro, la repuesta será "no".
Además, se puede reconstituir la escena y ensayar el rayado de cancha.
Los papás pueden "actuar" de niños molestosos y motivar a que el niño responda con firmeza y se defienda.
Señales de alerta
Muchas veces esta ingrata experiencia escolar se perpetúa porque los papás no han sabido leer las señales del niño.
Las sicólogas recomiendan siempre estar alerta a la interacción social de los hijos.
¿Es habitualmente invitado a los cumpleaños? ¿Lo llaman por teléfono? ¿Comparte trabajos grupales?
Si está acompañado en casa, ver cómo es la relación con los amigos.
¿De igual a igual o sumisa? ¿Puede decidir alguna vez a qué van a jugar?
Asimismo, nunca dejar de preguntar cómo lo pasó en una determinada actividad y por las anécdotas diarias del colegio.
No vaya a ser que omita sus aventuras porque en los recreos se la pasa encerrado en la biblioteca o en el baño y pasándolo nada de bien.
El rol del profesor
Siempre se puede promover la no estigmatización.
Bárbara Achondo y Cecilia Manchego, profesoras de 6° Básico del colegio Newland, son de esa idea.
Para ellas es básico tener como valor el respeto a los demás y la tolerancia a la diferencia; sólo así se está atento a rechazar las burlas.
"Ante una broma pesada, paramos la clase y aclaramos que no se aceptan.
Incluso el responsable debe entregar un análisis que explique por qué actuó así", dice Bárbara.
"También buscamos la reparación, donde el niño molestoso compensa al otro con algún detalle, como ayudarlo con las tareas o traerle un chocolate", agrega Cecilia.
Asimismo, opinan que el profesor debe saber admitir sus errores, porque así le demuestran al grupo que cualquier persona puede fallar.
También aplican tácticas sencillas, como cambiarlos de bancos una vez al mes, designar ellas los grupos de trabajo, moderar dinámicas de "cara a cara" para que los chicos expresen sus sentimientos (sin descalificar), entregar a todos un emblema destacando su mayor cualidad y, si llega un alumno nuevo, elegir compañeros "chaperones", que lo integran al colegio los primeros días.