Como psicóloga me preocupan muchos aspectos de la televisión abierta actual.
Y hablo de la televisión abierta sólo como un modo de circunscribir esta reflexión.
Estos últimos días y con motivo de las nuevas teleseries se ha puesto el tema de aspectos sexuales, valóricos y morales.
He escuchado que la realidad supera la fantasía y que lo que hacen las teleseries no es más que mostrar una realidad que aún es más brutal.
Es cierto que la realidad supera la fantasía, así como que también en el horario de los noticieros somos espectadores de escenas brutales de matanzas y guerra.
Pero, lo que no se considera con este argumento es que los guiones y la historias son presentadas de una manera muy atractiva.
Tan atractiva que a todos nos dan ganas de pertenecer a los mundos dibujados aunque las vivencias sean extremas y conflictivas.
Los personajes son bellos, las escenografías, lo colores, los vestuarios, son especialmente diseñados para seducirnos.
Esta realidad entonces no es como la vida cotidiana, donde lo feo, lo diverso, lo complicado también forma parte de este universo atrayente.
Pienso que se muestra una mirada parcial.
El problema con las parcialidades es que dificulta la aprehensión de la realidad, y, por lo tanto, las consecuencias no pueden ser adecuadamente evaluadas.
Si esto lo pensamos en relación a los adolescentes, quienes tienden a la impulsividad, a la mirada parcial, a desconectar los hechos actuales con las consecuencias; entonces la televisión no muestra la realidad, sino más bien la realidad que desde la mirada parcial.
Otras opiniones señalan, desde la censura, que deberían haber aspectos que no se evidenciaran en televisión, al menos no con escenas tan explícitas.
Y, la opinión de algún político que señala que el problema estaría en la disposición de la tecnología al alcance de los padres que permita que éstos permitan ver ciertos programas o canales, y cuales no.
Una especie de censura personal, no social.
Me preocupa la escasa censura de parte de los padres que desde el sentido común reflexionen cuáles son los programas adecuados según las edades de los niños.
Y, me preocupa más aún el argumento de que los hijos no obedecen la reglas de los padres, y que lo tanto éstos, se sienten sobrepasados y terminan cediendo.
Es mucho más difícil y trabajoso enseñar a respetar la reglas parentales y hacerlas cumplir, pero claramente tiene un efecto futuro positivo.
La misión permanente, desde la individualidad de los hijos, será cuestionarse la autoridad e intentar derrocarla.
Esta es la dinámica que todos hemos vivido con nuestros padres y que nuestros hijos viven con nosotros.
Me preocupa lo cansados y derrotados que suelen verse a los padres en las consultas, cediendo antes las demandas de sus hijos.
Entonces creo que las teleseries, la televisión, internet son sólo algunos de los campos de batalla en los que se pone a prueba el dominio y la lucha por el poder en el sistema familiar.
Cada familia es responsable de ejercer el control, de ejercer el poder el forma democrática o en forma autoritaria según sea la evaluación adulta de la situación.
Entonces, el problema no es lo que como sociedad nos muestran, porque eso apunta a nuestros aspectos pasivos, donde nos quejamos de los que nos dan pero a la vez consumimos sin cuestionar.
Es una queja en cierto modo infantil, ya que no implica una actitud activa.
Apelo a reflexionar en el sistema familiar, en la forma en que como adultos ponemos límites a quienes por ser menores, carecen de criterios más globales para poder discernir.
Como familia es muy importante tener una actitud y una postura activa frente a lo que está como posibilidad de consumo.
En el mundo global y sin límites parece ser urgente que seamos nosotros quienes ejercemos el control sobre la oferta.
Estoy segura que esta actitud cuesta más roces y peleas con los hijos, pues siempre cada "yo" reacciona rabiosamente frente a las imposiciones del otro.
Pero, de lo que estoy clara es que es esta la manera de enseñar en control y los límites: a través de la reflexión.