Prefacio
¿Qué me dirían si les hablo de una nueva enfermedad que ataca selectivamente a personas ricas, jóvenes y hermosas? Sorprendente, ¿verdad? Pues esa enfermedad existe y está afectando a chicas de familias de buena posición y exquisita educación, no sólo en Estados Unidos, sino también en muchos otros países prósperos.
El principal síntoma es la inanición que desemboca en una alarmante pérdida de peso; muchas veces se les describe con la frase «parece la víctima de un campo de concentración».
En realidad, llamarla nueva enfermedad no es del todo correcto.
De hecho, fue descrita hace unos cien años en Inglaterra y Francia y ya entonces sir William Gull, un destacado médico de la época, le puso el nombre de anorexia nervosa.
No hemos encontrado referencias anteriores, aunque Richard Morton, en 1689, habla de un «consumo nervioso», lo cual podría referirse a la misma enfermedad.
En sus detalladas observaciones usa una nítida imagen: «Se trata de esqueletos andantes recubiertos sólo de piel».
Aun así, podemos decir que la anorexia nerviosa es una nueva enfermedad porque durante los últimos quince o veinte años el porcentaje de personas que la padecen está aumentando rápidamente. Antes era excepcionalmente rara.
Hasta hace poco, la mayoría de los médicos sólo sabía de su existencia porque la había estudiado en la universidad, pero nunca había visto ningún caso.
En la actualidad, es tan común que representa un auténtico problema para las escuelas de secundaria y las universidades.
Incluso se podría hablar de epidemia a pesar de que aquí no hay agente infeccioso; su «contagio» se produce por factores psicosociológicos.
La cuestión que nos desconcierta es ¿por qué ataca a jóvenes sanas educadas en familias privilegiadas, incluso rodeadas de todo lujo y comodidades? También se da en muchachos, normalmente en la prepubertad, aunque con mucha menos incidencia ‑probablemente menos de una décima parte que en las chicas‑.
Según una reciente encuesta llevada a cabo en escuelas inglesas, la incidencia en hombres era mucho menor; sólo de un caso entre tres mil estudiantes.
Sólo podemos especular acerca de la razón de que afecte a chicas de buena familia y de que haya aumentado su profusión en los últimos quince o veinte años.
No disponemos de estudios sociológicos sistemáticos: yo me inclino por relacionarlo con el enorme énfasis que pone la industria de la moda en la delgadez.
Una madre o una hermana mayor pueden comunicar a través de su conducta o sus amonestaciones que es importante estar delgada.
No es poco común que las familias tengan un pariente con sobrepeso y el niño/a observe cuánto dolor provoca el hecho de estar gordo/a.
Las revistas y el cine nos traen el mismo mensaje, pero la más persistente es la televisión, que nos bombardea con el mensaje de que podemos ser amados y respetados sólo si estamos delgados.
Otro factor puede ser la demanda justificada por parte de las mujeres de una mayor libertad para usar sus talentos y habilidades.
Las chicas pueden experimentar esa liberación como la necesidad de que tienen que hacer algo destacable.
Muchas de mis pacientes han expresado el sentimiento de que están agobiadas por el gran número de oportunidades que tienen y que deberían satisfacer, de que hay demasiadas posibilidades y de que temen no escoger correctamente.
Yo comparo las demandas de una adolescente de hoy con las presiones que tiene que sufrir un ejecutivo de 40 años antes de acabar con un ataque al corazón.
Otro de los factores que ha provocado una mayor incidencia de la anorexia nerviosa podría ser la mayor libertad sexual de nuestros tiempos modernos.
Ahora se espera que las chicas tengan citas o experiencias heterosexuales a una edad mucho más temprana que antes.
A una jovencita de 14 o 15 y, por supuesto, a una de 16 años que no tenga citas con un chico se la trata como a un bicho raro.
A menudo la anorexia empieza después de leer un libro o ver una película sobre educación sexual que enfatiza lo que la chica debería hacer, pero para lo que no está preparada.
Sea cual sea la razón de esta mayor incidencia, es un hecho que la anorexia es cada vez algo más común.
Esto ha ayudado a que conozcamos más la enfermedad.
Desde la década de 1960 se han publicado muchos artículos sobre el tema en paises tan distanciados como Rusia, Australia, Suecia, Italia, Inglaterra y Estados Unidos.
Ahora todos estamos de acuerdo en que la anorexia nerviosa es una enfermedad concreta con una característica común: la persecución sin límite de la delgadez excesiva.
Esta genuina anorexia nerviosa es la que se está haciendo más común, pero debe distinguirse bien de otras formas de pérdida de peso debida a otras razones.
También hay acuerdo en que el nombre de anorexia nerviosa no es el más correcto, pero lo usamos y, sin duda, se seguirá usando por razones de utilidad.
Anorexia significa «falta de apetito».
Aunque las pacientes afectadas por esta dolencia dejan de comer, no se debe a la falta de apetito o a la pérdida de interés por la comida.
Todo lo contrario; estas jóvenes están absolutamente preocupadas por los alimentos, pero consideran que la disciplina y la autonegación son sus mayores virtudes.
Consideran que la satisfacción de sus deseos y necesidades significa caer en una vergonzosa autoindulgencia.
¿Cómo explicar esta paradójica actitud? En mi anterior libro, Eating Disorders: Obesity, Anorexia Nervosa, and the Person Within (1973), ya formulé el concepto de que ese excesivo interés por el cuerpo y su medida y el rígido control sobre la comida son síntomas tardíos de una lucha desesperada contra el sentimiento de ser explotado y esclavizado, de no ser competente para llevar una vida propia.
En esa ciega búsqueda de su identidad, los jóvenes anoréxicos no aceptarán lo que sus padres o el mundo que les rodea les ofrecen; preferirán pasar hambre que seguir con una vida acomodaticia.
Mi investigación se centra en las características de los pacientes poco antes de contraer la enfermedad.
En todos los casos estaban alteradas tres áreas del funcionamiento psicológico: primero, la percepci0n del propio cuerpo, la manera en que se miran; segundo, la interpretación de estímulos externos e internos, siendo el fundamental la experiencia del hambre; y tercero, la propia aptitud: tienen una sensación paralizante de incapacidad, la convicción de ser incapaces de resolver o cambiar nada en sus vidas.
Es con respecto a esta incapacidad para enfrentarse a los problemas de la vida cara a cara como se debe entender esta preocupación exagerada por el cuerpo.
Esta incapacidad fue un hallazgo inesperado.
Las pacientes anoréxicas son desafiantes y tozudas y nos hacen pensar al principio que son fuertes y vigorosas.
El libro al que he hecho mención más arriba esta basado en las observaciones de setenta pacientes anoréxicos, diez de ellos hombres.
Después de su publicación recibí un gran numero de consultas de casos difíciles de tratar.
Me llegaron unas trescientas cartas, frecuentemente largos manuscritos de pacientes y padres, aunque también de doctores y personal empleado en hospitales.
Atendí personalmente a más de sesenta pacientes difíciles junto con sus familias, a los que entrevisté durante una semana o más.
De éstos, acepté a unos veinte para llevar a cabo una psicoterapia más extensa.
Para ilustrar los puntos esenciales de este libro, mencionaré breves episodios de las historias del grupo de los sesenta; el mismo paciente puede aparecer en diferentes episodios bajo diferentes nombres.
He escogido esta forma de camufiaje para evitar que se les reconozca.
Estos jóvenes tienen orígenes diferentes, pero cuando los vi por primera vez actuaban de una manera increíblemente parecida.
Si los primeros ejemplos le parecen repetitivos es porque reflejan precisamente esa característica y, por otro lado, la reacción al hambre es similar en todas las personas.
Durante su recuperación emergieron las características individuales de todos ellos.
Las muchas historias que he oído acerca de tratamientos que han aplazado trágicamente la curación, que se han llevado negligente o inadecuadamente, me han convencido de la necesidad de proporcionar mucha más información acerca de la enfermedad.
Este libro esta escrito con la esperanza de que alcanzará a aquellos que están en contacto con jóvenes anoréxicos en sus inicios patológicos, antes de que desarrollen estados crónicos irreversibles.
He de destacar que, durante estos años, he tratado a pacientes procedentes de varias partes del país (algunos del extranjero) y de diversas etnias y orígenes culturales.
He seguido concentrada en los problemas anteriores a la manifestación de la enfermedad, es decir, en los antecedentes de las manifestaciones clínicas.
Mis hallazgos anteriores han sido confirmados, aunque con un cambio de énfasis.
Sin duda se ha esclarecido un número de factores importantes tales como el efecto del hambre en el funcionamiento psicológico y los déficit en el desarrollo cognitivo en el período preenfermedad.
También he observado diferencias en la manera en que los pacientes se conducen ante la enfermedad.
Antes, ninguno sabía nada acerca de la anorexia; cada uno de ellos era, en cierta manera, un inventor original en este erróneo viaje hacia la independencia.
Sus padres y profesores, incluso los médicos, se hallaban ante un cuadro de lo más extraño.
En la actualidad, la mayoría de pacientes ha oído hablar de la anorexia nerviosa, antes o después de caer en la enfermedad.
Incluso uno de los míos había leído con detalle mi libro Eatíng Disorders y había comparado su caso con los que aparecen en él.
Antes, la enfermedad solía ser el logro de una chica aislada que sentía que había encontrado su propio camino hacia la salvación.
Ahora es más una reacción de grupo.
Recientemente, una nueva paciente me dijo de manera informal: «Oh, hay otras dos chicas en mi clase» (en un grupo de cuarenta muchachas de una escuela privada de secundaria).
Podemos incluso especular que si la anorexia nerviosa se convierte en algo común, perdera una de sus características fundamentales, la representación de un logro muy especial.
Si eso sucede, podemos esperar que su incidencia decaiga de nuevo.
Mientras tanto, se trata de una enfermedad muy peligrosa que no sólo afecta a la salud inmediata de esas desafortunadas jóvenes, sino que también puede traumatizarlas durante toda la vida.