Los modelos de acción basados en la comunidad han resultado exitosos en los grupos de alta vulnerabilidad.
En Chile el 25% de la población general sufre de alguna patología mental.
Pero si se pone el foco en los sectores que viven en situación de pobreza, la incidencia se duplica.
Y con ella también la marginación, exclusión, discriminación y tratos abusivos a los que están expuestos quienes padecen estas enfermedades.
La mayor incidencia se debe a que las condiciones de pobreza facilitan la aparición de enfermedades mentales -especialmente depresión y ansiedad-, pero además porque quienes padecen estos síntomas tienen menos potencial para estudiar, trabajar y surgir; por tanto, se produce un círculo vicioso.
"Por otra parte, aquellos trastornos que producen discapacidad severa, como, por ejemplo, la esquizofrenia, van empobreciendo a las personas y sus familias", explica el doctor Alberto Minoletti, jefe de la Unidad de Salud Mental del Ministerio de Salud.
El especialista será uno de los principales expositores del encuentro "Salud mental, derechos humanos y exclusión social", que tendrá lugar hoy y mañana, organizado por el Hogar de Cristo, el Ministerio de Salud y varias organizaciones de usuarios y familiares de enfermos.
Como uno de los frutos que se esperan del encuentro está la proposición de una ley que garantice el tratamiento, la rehabilitación y la inserción de los enfermos y que los proteja también de los abusos.
En Chile, alrededor de 35 mil personas que sufren trastornos síquicos discapacitantes se encuentran en situación de pobreza.
Y de ellas sólo el 50% está recibiendo atención para tratar su enfermedad.
La otra mitad vive en el más absoluto desamparo y desprotección social.
Hace cinco años se puso en marcha el Plan Nacional de Salud Mental y Siquiatría, al que pueden acceder los beneficiarios de Fonasa, incluidos los indigentes, a través de los consultorios de atención primaria.
El plan permitió abrir alternativas como los hospitales de día, en los que los usuarios pueden recibir tratamientos de lunes a viernes, y los hogares protegidos, donde pacientes con patologías como la esquizofrenia viven en una casa, realizando por sí mismos las labores domésticas e insertándose en la vida de la comunidad.
Uno caso exitoso es el del Centro de Salud Mental (Cosam) de Ñuñoa, que tiene un hogar protegido con ocho residentes, en su mayoría con esquizofrenia y depresión sicótica.
"Algunos pacientes vagaban por las calles y caían hospitalizados una vez por semana.
Desde que entraron al hogar no han vuelto a recaer", explica Daniela Santelices, terapeuta ocupacional de la residencia.
Uno de ellos estaba viviendo solo, en una mediagua sin baño; una vecina le cocinaba una vez a la semana; estaba totalmente descompensado con el tratamiento y en muy malas condiciones.
Hace un mes está en el hogar, se está regulando en el tratamiento, ayuda a lavar y secar los platos, participa en talleres e incluso sale a comprar las verduras para la semana con otros pacientes y un terapeuta.
En la comunidad
"Estas intervenciones de la siquiatría desde un modelo comunitario han sido muy exitosas, porque producen mejor calidad de vida, menos deterioro y menos discapacidad", explica el doctor Minoletti.
Sin embargo, agrega, no son todo lo frecuentes que se desearía, tanto por problemas de recursos, como porque "en ciertos centros persisten modelos tradicionales de hospitales siquiátricos, cuyos equipos no se relacionan con la atención primaria y esperan que la persona llegue con una sicosis grave o un intento de suicidio en vez de salir a la comunidad a trabajar en la detección y el tratamiento temprano".
En Chile sólo el 2,5% de los recursos de salud se destina al área mental -pese a que las proyecciones para 2004 estimaban un 3,1%-, a diferencia de lo que ocurre en países como Canadá o Inglaterra, que destinan el 12%.