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Estados Autísticos en los Niños

Frances Tustin


INTRODUCCION A LA EDICION ESPAÑOLA


 


En esta introducción quiero hacer algunas correcciones y aclarar algunas confusiones.

Primero, en mis dos libros sobre autismo infan­til (1972 y 1981) utilicé el término "autismo" tanto para referirme a estados tempranos infantiles normales como para estados patoló­gicos.

Esto dio la impresión equivocada de que yo consideraba a la primera infancia como un estado pasivo, inactivo, en lugar de] estado activo y de búsqueda, que es sin lugar a dudas.

Con el correr de los años el término "autismo" ha quedado tan contaminado por asocia­ciones patológicas que ya no puede utilizarse para describir los estados normales.

De modo que reservo ahora el término "autismo" y "autista" para designar estados patológicos, y uso el término "auto­sensua" para los estados normales.


 


En segundo lugar, el uso que yo hago del término "autista" para describir estados normales ha llevado erróneamente a algunos profesionales a pensar que considero los estados normales de la primera infancia como "sin objeto".

Yo no he dicho esto.

Lo que he sugerido es que la aprehensión de objetos y personas en la primera infancia parece estar imbuida con la autosensualidad primaria del bebé, de modo que la diferenciación del bebé de los objetos y perso­nas quedaba borrosa y tanto los objetos como las personas eran experimentados como una continuación sensual de su propio cuerpo.

Como dijo Joan Rivíére acerca de las primeras semanas de vida del bebé .

.

.

"el pecho de su madre es para él sólo una parte de sí mismo, sólo una sensación al principio .

.

."


Trabajando con niños autistas me vi obligada a deducir que para ellos el estado de la primera infancia en el cual tomaron conciencia dolorosamente de que estaban separados de sus madres, había sido una situación catastrófica.

Esto se había experimentado antes de que su aparato neuromental estuviera lo suficientemente maduro como para enfrentarse a la situación, y en un momento de su crianza en que una madre deprimida tampoco podía ayudarlo.

Cuando me di cuenta de que, el "agujero negro" de la depresión arcaica producida por la sensación prematura y por tanto "inpensable" de desconexión con la madre obviamente había sido un descubrimiento tan crucial para el niño autista, también fue un descubrimiento profesional crítico para mí.

Y cobraron sentido para mí las palabras del poeta argentino Jorge Luis Borges "El objetivo es el olvido.

He llegado pronto".

Comencé a estudiar las reacciones que produjeron este "olvido".

La primera que advertí fue lo que he descrito como "obje­tos autistas".

Estas sensaciones duras, semejantes a objetos, se tratan en este libro.

Sin embargo, luego que fue publicado, me di cuenta de otra reacción diversiva que denominé "formas autistas".

Estas sensaciones suaves, semejantes a formas, fueron comentadas en un artículo en la International Review of Psycho‑analysis (1984).


Estos "objetos autistas" y "formas autistas" son como espejis­mos en el desierto en el sentido de que son manifestaciones irreales que no tienen realidad objetiva.

El recurso constante a estos "obje­tos" y "formas" engañosos significa que en lugar de experiencias internalizadas creativas, con una madre llena de vida y capaz de respuestas.

que se convierte en una fuente de esperanza y confianza, los niños autistas tienen sensaciones "como objetos" y "como formas" sobre superficies corporales.

Estas seguridades y apoyos superficiales e irreales no les dan la ayuda fundamental que necesitan en los momentos de desasosiego.


Recientemente he tenido tres experiencias que han profundi­zado mi comprensión de las condiciones que, sin culpa de nadie, pueden producir el autismo infantil.

La primera de estas experiencias fue la lectura de la observación de Brazelton de un niño normal de tres semanas cuando la madre, intencionadamente, le presentó lo que Brazelton describe como un "rostro quieto, indiferente".

Brazel­ton describe así las reacciones del bebé: ".

.se preocupa visible­mente, sus movimientos se vuelven espasmódicos., aparta su cara, luego intenta llamarla a una interacción.

Cuando fracasa en repetidos intentos cae finalmente en una actitud de desvalimiento, con la cara apartada, el cuerpo encogido e inmóvil"* (Brazelton, 1977).


Esta descripción podría corresponder a la de un niño autista y el "rostro quieto, indiferente" podría ser el de una madre deprimida que, como lo han descrito otras madres, se siente a sí misma como una "no‑persona".


La segunda de estas experiencias fue la supervisión del tratamien­to realizado por el Dr.

Robert Olin de un niño de dos años y medio que había padecido de sufrimiento fetal dentro del útero y que obviamente a partir de allí resultaba "susceptible de stress".

Esto me hizo comprender que si una madre deprimida y carente de confianza en sí misma se encuentra con un niño susceptible de stress queda el campo preparado para futuras dificultades en el estableci­miento de las conexiones psicológicas entre ambos.

He llegado a comprender que, en el desarrollo normal, la pérdida de la conexión física con la madre a través del cordón umbilical es compensada por las conexiones psicológicas con ella por medio de esa comuni­cación no verbal cuya denominación más adecuada sería la palabra "comunión".

Cuando falta esta conexión psicológica la conexión física a través del pezón (o la tetina del biberón experimentada en función de respuestas innatas al pecho) asume una importancia inde­bida.

Esto es lo que parece haber sucedido con los niños autistas para quienes el haberse dado cuenta de que el pezón no formaba parte de su boca fue un descubrimiento devastador.


La tercera experiencia que profundizó mi comprensión de este problema fue la lectura de la detallada descripción que hizo Shirley Gault de la observación de un bebé, durante su formación como psicoterapeuta infantil en la Clínica Tavistock.

(El trabajo fue supervisado por Jeanne Magnana.) Esta observación altamente informativa y cuidadosamente documentada muestra cómo un niño susceptible de stress encontró una madre que, debido a diversas circunstancias externas, se iba deprimiendo gradualmente.

En el des­tete y con la llegada de la dentición parecía que el niño estaba desti­nado a volverse autista.

Se diagnosticó una sordera y el niño recurría a objetos inanimados como hojas o un trozo de tela en vez de responder a las personas.

La importancia de esta notable secuencia de obser­vaciones que cubría el primer año de vida del bebé, es que el niño fue apartado de su tendencia hacía el autismo por su propia capa­cidad de recuperación y por la vitalidad de los otros miembros de la familia.

La madre y el hijo recuperaron su comunicación psicoló­gica no verbal, el niño dejó de estar sordo, y ahora todo parece augu­rar un buen desarrollo normal del pequeño.

Esto me hizo compren­der la parte que juegan los pequeños detalles de la vida cotidiana en el desarrollo del autismo.

Por buena que sea una historia clínica, no puede aportarnos estos detalles microscópicos tal como puede hacer­lo un buen observador que está presente desde la primera infancia.

El observador, en este caso, también jugó un papel importante para superar la situación sin salida que se había creado entre la madre y su hijo deseado.


Por lo general los niños "autistas" son niños "deseados".

Se los cuida bien físicamente.

Sin que sea culpa de nadie lo que falta es la atmósfera psicológica adecuada.

Algunos profesionales dudan acerca del valor de la psicoterapia en el tratamiento del autismo.

He llegado a la conclusión de que una psicoterapia con un terapeuta capaz les aporta justamente aquello que les ha faltado.

He encontrado que en casos cuidadosamente seleccionados, si el niño tiene menos de siete años puede retornarse al desarrollo normal.

Unos pocos niños mayo­res de siete años han sido rehabilitados.

Sin embargo, es un proceso lento y difícil y requiere trabajadores profesionales con dedicación y formación profunda.

La madre y el niño se encuentran atrapados en una cadena de reacciones psicobiológicas de la que no pueden escapar.

Capacitarlos para recuperar la libertad es una tarea ardua y dolorosa para todos los interesados.

No debemos alentar falsas espe­ranzas de que será un proceso fácil en padres que ya han sufrido tanto.


En tercer lugar, quiero corregir un énfasis excesivo que está presente en todo este libro.

Equivocadamente he sobreenfatizado la importancia de ayudar al niño autista a desarrollar un sentido de identidad en tal medida que pareciera que subestimo la importancia de las relaciones con las personas durante este proceso.

Al enfatizar excesivamente el desarrollo de un sentido de identidad me había identificado indebidamente con el niño autista, desde cuyo punto de vista quería escribir este libro.

Nosotros sabernos que el niño autista necesita una relación receptiva y capaz de respuesta pero su preocupación fundamental es evitar convertirse en una "nada".

(En su generosa revisión de este libro el Dr.

James Grotstein ha ajustado el equilibrio entre las relaciones de objeto y el desarrollo de un sentido de identidad) (International Review of Psychoanalysis, 1983).


El niño autista lucha para sentir que existe.

Los objetos autistas que se describen y consideran en este libro, y las formas autistas descritas después en la International Review of Psychoanalysis (1984), son reacciones psicobiológicas para darle un sentido de exis­tencia, pues durante la crianza el ambiente no le ha aportado la segu­ridad de su propia existencia: ambas son reacciones patológicas pues impiden las relaciones objetales con consecuencias, desastrosas.


Todavía debo hacer una corrección más.

Varias personas versa­das en el diagnóstico de niños autistas han señalado que Sam, el niño descrito en el capítulo 15, no era un ejemplo clásico de este síndro­me; la masturbación, por ejemplo, no se presenta en estos niños cuando vienen al tratamiento y tampoco dibujan.

Sin embargo, Sam tenía obviamente rasgos autistas muy marcados y porque podía dibujar nos muestra las agonías y ansiedades que padecen estos niños cuando comienzan a relacionarse con el mundo "real" de objetos y personas.


He llegado a ver el autismo como un trastorno severo del desa­rrollo, que aparece como una defensa contra la confusión de la psico­sis, más que como una psicosis en sí misma; el término autismo se reserva para los estados encapsulados.


 


Frances Tustin, agosto de 1984.