¿Qué pasa en el interior de una persona adicta? ¿Qué le ocurre a un padre o a una madre cuando se enteran de que un hijo toma grandes cantidades de alcohol o está involucrado en el consumo de marihuana o cocaína? ¿Cómo reaccionan el cónyuge, los compañeros de estudio o de trabajo? Con testimonios verídicos de pacientes, de sus familiares y terapeutas, por vez primera en Chile, un libro muestra esta realidad tal como es: el abuso y adicción, ya sea de alcohol, drogas o fármacos, como una enfermedad.
Desde esta perspectiva, el médico psiquiatra Raúl Schilkrut y Maite Armendáriz, periodista de Artes y Letras de El Mercurio, revelan más de 20 años de experiencia en el trato directo del enfermo y sus familias, describen las distintas sustancias adictivas más frecuentes, y junto con analizar la realidad chilena, proponen formas eficaces de rehabilitación y de prevención.
Este libro comprueba que el más profundo lugar de ataque de la droga y el alcohol son los sentimientos y explica de qué manera la dependencia química provoca una anestesia emocional.
No es sólo el adicto quien se involucra sino también, como co-dependientes, los familiares.
El Mercurio, 12 de Diciembre 2004
ADICCIÓN.
Un libro de Raúl Schilkrut y Maite Armendáriz:
La enfermedad de los sentimientos
Ricardo Capponi M.
El libro revela las consecuencias desestructuradoras que tiene para el grupo familiar la adicción.
"Droga y alcohol.
Enfermedad de los sentimientos", el libro editado por El Mercurio-Aguilar, pretende ser una experiencia y una guía para enfrentar uno de los males de nuestra época.
Dr.
RICARDO CAPPONI M.
Psiquiatra-Psicoanalista APCH
Nuestra existencia como seres humanos no está ni puede estar siempre libre de dolor mental.
Las ansiedades, las tristezas y angustias forman parte del costo de llevar una vida consciente y reflexiva.
Pero como la tendencia instintiva nos mueve al placer, recurrimos a un curioso mecanismo para evitar el dolor: ingerimos una sustancia externa al organismo, que al entrar al torrente sanguíneo genera un estado tal que elimina el dolor mental, lo anestesia y, al mismo tiempo, produce placer.
Así podemos entender ese mecanismo que desde sentimientos de malestar psíquico nos lleva a las drogas, dando inicio a un círculo destructivo, pues ellas a su vez perturban nuestra vida emocional en una espiral que nos lleva a requerirlas cada vez más en mayor cantidad o con mayor intensidad.
Esta tendencia, que llamamos adictiva y cuyo manejo adecuado depende de la calidad de nuestra vida afectiva, está inscrita en nuestra filogenia, y en un sentido general podríamos decir que todos los seres humanos buscamos la forma de alivio que ella comporta.
Impacto emocional
La adicción, con todas sus invariantes, no es sino la expresión del morbo de nuestro tiempo: la tendencia fácil a eliminar el dolor.
Hemos perdido el sentido trascendente en nuestras vidas, no sólo religioso, también social y político; y desde el crepúsculo de las ideologías, vivimos en el mundo de la inmediatez, en la búsqueda del confort, de la entretención, de la acumulación de bienes materiales y de la búsqueda del poder para dominar.
En este clima, resulta absolutamente comprensible el uso indiscriminado de agentes exógenos para obtener en forma eficiente, inmediata y con un mínimo de costo emocional, esos estados de bienestar que la cultura propone e incentiva.
En esta sociedad adicta al trabajo, al sexo, a la farándula, a los psicofármacos, a algunas solapadas de violencia, se nos instala una forma de adicción destructiva para el sujeto, para el grupo familiar y para la sociedad: la adicción a las drogas y al alcohol.
La sociedad moderna se ha ido complejizando y, por lo mismo, los problemas a los que nos vemos enfrentados son más graves y más difíciles.
Pero, al mismo tiempo, la modernidad nos ha otorgado una herramienta valiosísima: la ciencia.
En este sentido, para enfrentar el problema grave y complejo que significa la dependencia del alcohol y las drogas, debemos hacer uso del recurso científico.
Aquí se emplaza el valor del libro publicado por Raúl Schilkrut y Maite Armendáriz, construido desde la mirada clínica objetiva y desde una observación rigurosa de la realidad.
El doctor Schilkrut, a su llegada de la formación de posgrado en Alemania y como jefe del Departamento de Psiquiatría y Psicofarmacología de la U.
de Chile en el Hospital El Peral, formó generaciones -entre las que me incluyo- de psiquiatras en el método fenomenológico descriptivo, que valoriza por sobre todo la observación objetiva de la realidad clínica antes de lanzarse a precipitadas conjeturas hipotéticas acerca de la causalidad de los fenómenos.
Al rigor de ese método se suma en este caso la experiencia que por años ha desarrollado Raúl Schilkrut en el Centro de Adicciones, institución de la cual es director, y que lo ha ido llevando a aquilatar la importancia fundamental de los afectos en esta patología, tanto en su génesis como en su persistencia y también en su resolución.
De allí que los autores titulen el libro como "Enfermedad de los sentimientos".
Para abordar este vértice, se hacen necesarias la pluma y la destreza periodística de Maite Armendáriz.
Cada uno de los capítulos está precedido por la narración del testimonio de un paciente.
Allí se despliegan, por ejemplo, la historia de Pedro y de Rodrigo, como una crónica de su autodestrucción; la ardua prueba por la que pasó Paloma; la lástima y la rabia que despertaba Juan, entre varios otros.
Los impactantes relatos crean un clima emocional que despierta la curiosidad y el deseo de comprender la forma de encontrar una salida a sufrimientos tan desgarradores.
El primer capítulo, sobre el poder del alcohol y las drogas, está escrito de manera directa, sin minimizar los riesgos ni tampoco caer en exageraciones que, a la larga, terminan siendo poco creíbles.
Las afirmaciones están basadas en datos de trabajos científicos publicados por revistas de reconocida calidad, que permiten al lector confiar en que está recibiendo una puesta al día y un conocimiento actualizado.
Destaco en esta sección del libro importantes afirmaciones apoyadas en estudios concluyentes, que nos ponen ante la evidencia de que el problema de las drogas es más grave de lo que a primera vista pensamos.
Nos alertan sobre el alcohol como una droga legal, los tranquilizantes y la adicción silenciosa que van instalando, la marihuana como la droga del engaño, y la cocaína como la última estación de este proceso autodestructivo.
El apartado sobre el cerebro adicto y su circuito del placer, nos pone en guardia respecto de que "no se puede jugar con fuego".
El capítulo segundo toca de lleno el problema esencial de la adicción, que define el título del libro: los sentimientos.
Parte mostrando cómo las predisposiciones de la personalidad, la autoestima y la calidad de la comunicación con el otro, influyen en la tendencia adictiva.
Una vez en la adicción, viene para el individuo un deterioro progresivo de las relaciones emocionales, que alcanza luego a comprometer su conducta ética, hasta finalmente hacerlo presa de la vergüenza, la angustia y la culpa.
El libro hace patente cómo en este camino el enfermo echa a andar mecanismos defensivos cada vez más primitivos y, por lo tanto, más endeudadores de la vida mental, para terminar en cuadros psiquiátricos graves de depresión, paranoia y suicidio.
Los capítulos tercero y cuarto desarrollan un aspecto fundamental en el mundo del adicto: la familia.
Muestra las consecuencias desestructuradoras que tiene para el grupo familiar la adicción de uno de sus miembros, como también el rol fundamental que va a jugar en el bienestar del grupo la recuperación del paciente.
La lectura de estos capítulos ayuda a tomar conciencia de la necesidad de un tratamiento integral del enfermo, y contribuye a desterrar el malentendido de que un drogadicto puede ser sanado por un médico aislado en su consulta.
Al contrario, se trata de una condición de la cual se tienen que hacer cargo la sociedad, las instituciones, el grupo familiar, y un equipo de trabajo médico, psiquiátrico y psicológico.
Sólo por esa vía se puede llegar a desactivar el circuito infernal en el que está atrapado el adicto.
Los capítulos quinto y sexto relatan el camino de curación del paciente adicto, y lo hacen a partir de una rica experiencia clínica sedimentada en años de ejercicio de esta especialidad por parte del autor.
Vuelve a rescatarse la importancia de los sentimientos.
De hecho, este capítulo está planteado como camino para recuperar los sentimientos, reparar la autoimagen, rescatar las capacidades intelectuales y emocionales y aprender a enfrentar los conflictos, que es otra forma de decir aprender a lidiar con la angustia.
Quisiera terminar realzando un subcapítulo del texto, dedicado a la prevención y la importancia de los padres en este tema.
Hasta la década de los cincuenta, la crianza y la educación de los hijos estaba basada en la enseñanza de la norma y en la preocupación por su cumplimiento.
El padre, gran representante del mundo externo y administrador de lo permitido y lo sancionado, era una figura lejana que enseñaba a través de la aprobación y el castigo.
La psicología demostró que el crecimiento mental debe darse en un clima dialogado, no impositivo ni represor, y alertó sobre la importancia de abrir mayores márgenes de libertad para que el hijo encontrara sus caminos con mayor autenticidad.
Padres presentes
Ocurre, sin embargo, que este nuevo horizonte que nos ha abierto la psicología implica un desafío que aún no ha sido asumido por los padres.
Éstos, tras abandonar el régimen de custodia normativa, no han implementado el nuevo estilo dialogado, el cual exige una gran dedicación en torno a cada uno de los hijos, con mucho trabajo emocional y tiempo compartido.
El gráfico mostrado en la última parte del libro habla por sí solo: una evaluación enfocada en el consumo de marihuana y otras drogas en relación con los diversos grados de cercanía entre padres e hijos, señala cómo aquellos que tuvieron padres cercanos prácticamente no consumen drogas, mientras cerca del 50 por ciento de quienes tuvieron padres más lejanos sí lo hacen o lo han hecho.
Esta cercanía a la que me refiero requiere diálogo, contención, reclama de nosotros, los padres, respuestas interesantes que tengan que ver con lo que son las verdaderas preguntas de nuestros hijos, alimentadas con los datos que la ciencia va ofreciendo.
De allí que "buenos padres" sea sinónimo de "padres informados".
Las instituciones educadoras precisan manejar buena información, convincente, para dar las respuestas elaboradas y bien fundamentadas que los jóvenes demandan.
Éste es un libro que ayuda en ese sentido, que trata un tema difícil y serio en forma amena y ordenada, yendo a lo esencial y sin perderse en divagaciones.
Al terminar su lectura, uno queda con la sensación de haber conocido el drama de esta enfermedad, de haber aumentado el arsenal de información necesaria para dar respuestas sólidas y, por último, se siente más preparado para ayudar a tantos que padecen esta condición.