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Las razones detrás del matón del curso

Pamela Elgueda. El Mercurio

Paciente frecuente de la consulta sicológica, este niño o adolescente suele esconder una historia de violencia familiar.


Todo curso tiene al menos uno.

Ese compañero que inicia las burlas contra el que es diferente, que le saca la colación al más tímido, que le pega chicle en el pelo a las niñas o reparte empujones para ser el primero en la fila del casino.

Es ese niño que en la enseñanza básica se gana el mote de ser "el pesado del curso" y que en la adolescencia puede ser el tan temido "matón" del aula.


Un estudiante que no pasa inadvertido y que se puede encontrar en ese 21% de escolares que reconoció haber participado más de tres veces en algún acto de violencia en su colegio, según datos del reciente estudio de Unicef "Convivencia en el Ámbito Escolar".


Cultura y familia


"El matonaje es más normal de lo que suponemos", advierte la sicóloga Ana María Arón, directora del Programa de Educación para la No Violencia de la Escuela de Sicología de la Universidad Católica.

"Pero suele quedar escondido en una especie de "pacto de silencio" que se da entre los adolescentes, desconfiados del uso que los adultos dan a esos datos y de las consecuencias que eso trae para ellos".


Esa agresividad tiene causas y explicaciones que pasan por el contexto social, escolar, familiar e, incluso, individual de ese niño, quien, necesariamente, debe sacarse el cartel de "pesado o matón" para cambiar su conducta.


Ana María Arón pone foco en el contexto sociocultural en el cual estamos viviendo, y en el que la violencia aparece validada y sus consecuencias en las otras personas son minimizadas.

"Vemos en las noticias un niño de 9 años que participó en un robo.

"¡Semilla de maldad!", dicen algunos, porque se tiende a focalizar el problema en el niño y eso lleva a que los adultos evadan su responsabilidad en el tema".


En ese contexto, el ambiente familiar puede ser un protector o un validador de la agresión como forma de resolver los conflictos.

"Los niños agresivos, en general, tienen una historia de violencia en su casa, ya sea como víctimas o testigos.

Incluso un estudio hecho en Inglaterra con los "hooligans" mostró que muchos de ellos fueron niños maltratados".


La sicóloga y académica de la Universidad Andrés Bello (Unab) María Teresa Von Furstenberg agrega que estas actitudes matonescas también pueden ser una manifestación inconsciente de rasgos de inseguridad debido a que en el período de socialización temprana (0 a 5 años) sus padres no les dieron una atención incondicional y constante en el tiempo.


Además, hay estudios que hablan de una predisposición genética a manifestar actitudes agresivas, la que -sin embargo- puede ser controlada y moldeada por un ambiente familiar pacífico.


Más allá de las explicaciones, lo claro es que el niño "pesado o matón" no lo pasa bien en ese papel.

"Él va a sentir el rechazo de sus compañeros y eso inevitablemente hará que se vaya aislando, resintiendo y creando una relación confrontacional y desafiante con sus pares y los adultos", expone Patricia Condemarín, sicóloga infantojuvenil.


Castigo inútil


A muchos papás les cuesta reconocer en su retoño al "matón del curso".

Incluso, cuenta Patricia Condemarín, asumen una actitud sobreprotectora para alejarlo de "ese mundo hostil" que lo ataca.

"Con esa reacción dificultan lo que más se necesita: que ese niño pueda reflexionar o sentirse perturbado por esa sensación de rechazo de su grupo".


También lo alejan de un paso fundamental para mejorar la relación con sus pares: sacarse el estigma de pesado.


El castigo tampoco ayuda.

"No lo estoy justificando, pero hay que tener en cuenta que cuando un niño le pega a otro es porque se siente víctima de una injusticia y quiere desahogarse.

Entonces, una medida represiva no va a servir para que cambie de conducta", afirma Ana María Arón.


La sanción, agrega, debe ir acompañada de un espacio de reflexión.

"Hay que darse el tiempo para averiguar qué le está pasando a ese niño y entender qué siente y lo hace reaccionar así".

Cuando ese espacio de contención se da y se le presenta una forma distinta de expresión, el niño aprende a controlar la rabia o a expresarla de otra forma.


Otro aspecto importante es que el escolar logre sacarse el cartel de "pesado" y hacer amigos.

Si eso no se cumple, lo más probable es que "termine juntándose con otros que tienen las mismas carencias y actitudes", complementa Verónica Garcés, directora de la carrera de Sicopedagogía de la Unab.


"Así se va conformando una unión indisoluble, porque se respaldan unos a otros y en la medida en que se unen forman grupos de alto riesgo social".


Patricia Condemarín afirma que los jóvenes que llegan a conductas más antisociales son los menos.

"Son niños con trastornos disociales, que llegan a la consulta sicológica después de que rompieron todas las ampolletas de la cuadra, desinflaron los neumáticos de los autos del barrio, o participaron en una riña en la que intervino Carabineros".


Se trata de adolescentes con sicopatologías que, si se hubieran detectado a tiempo, podrían haber sido tratadas y controladas.

"Antes se pensaba que estos trastornos sólo aparecían en la adultez.

Ahora sabemos que se construyen a lo largo del desarrollo de la persona y que se pueden pesquisar precozmente", concluye la sicóloga.


Por qué los siguen


Resulta curioso que siendo rechazados por su entorno, los niños o adolescentes más agresivos sean secundados en sus acciones por otros.

Las razones, dicen las especialistas, son diversas y tienen mucho que ver con la etapa que estos escolares están viviendo.


"En la pubertad y la adolescencia, el grupo de pares es un referente muy importante.

Es atractivo sentirse incluido en un grupo, y eso es parte del desarrollo", explica la sicóloga Ana María Arón.


Dentro de esa misma lógica, para el adolescente más agresivo el que no está con él es su enemigo.

Y, obvio, nadie quiere serlo.


Además, esa "invitación" a ser más agresivo se da en un contexto en que "la choreza" y la capacidad de aceptar los desafíos son parte de la autoafirmación.

"Sin embargo, la mayoría pronto se da cuenta de que asumir determinadas conductas no los hace mejores", concluye la sicóloga Patricia Condemarín.


MOTIVOS


Ser diferente, ser más débil o por provocar son las razones más importantes por las que los escolares creen que uno de ellos maltrata a otro, según el estudio de Unicef, "Convivencia en el Ámbito Escolar".


EN INTERNET


Estudio de Unicef www.unicef.cl