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Violencia sexual en la infancia. Un trauma que se reedita.

Ana Gutiérrez López. Centro Psicoanalítico de Ma

Dedico este trabajo a todas mis pacientes, niñas y mujeres, que fueron, de una u otra forma, objeto de abuso sexual en su infancia, con el deseo de que esta exposición sirva para aumentar el grado de comprensión y eficacia en la resolución de las secuelas del trauma sufrido.


 


"La historia de la humanidad se funda en el ultraje infantil".

Así comienza Lloyd De Mause un artículo con ese mismo título, y prosigue: "En el pasado, todas las familias practicaron el infanticidio.

Todos los estados remontan sus orígenes hasta el sacrificio de niños.

Todas las religiones comenzaron con la mutilación y el asesinato de niños.

Todas las naciones sancionan la matanza, la mutilación y la hambruna de los niños en las guerras y las depresiones económicas." Sin pasar a considerar como ciertas cada una de las aseveraciones del autor, escalofriantes con sólo leerlas, si podemos afirmar que la historia del abuso sobre la infancia es un hecho más que demostrable.

El maltrato infantil está presente en todas las culturas, y esto incluye, en muchos casos, el sacrificio infantil.

En los ritos de muchas religiones forma parte del ceremonial el sacrificio de una víctima, que es elegida preferentemente entre los niños; en algunos casos esta preferencia se hace mayor al escoger una víctima niña y virgen, como condición de idoneidad.

En las mitologías de diferentes culturas está presente la ofrenda de niños como víctimas propiciatorias, y los cuentos, incluso la Biblia, nos ofrecen ejemplos de filicidio (Recordamos a Abraham a punto de sacrificar a Isaac cuando es detenido por Jehová).


 


            Entre las muchas formas de maltrato en la infancia podemos incluir el abuso sexual.

Entre las diversas variantes del mismo están el ataque sexual, la violación, la prostitución de niños, la pornografía infantil, los juegos sexuales, rituales satánicos, masturbación delante de él o con el niño, etc.

El abuso sexual se refiere a cualquier conducta sexual mantenida entre dos personas (al menos, una de ellas, menor), entre las que existe una situación de desigualdad, y en la que el menor es utilizado para la estimulación sexual de la otra persona.

En cualquier caso hay que definirlo a partir de dos conceptos, el de coerción y el de asimetría de edad.

Según  Cortes (2002) la coerción (mediante fuerza física, presión o engaño) debe considerarse por sí misma como criterio suficiente para etiquetar una conducta de abuso sexual a un menor.

Por otra parte, la asimetría de edad impide la verdadera libertad de decisión y hace imposible una actividad sexual común, ya que los participantes tienen experiencia, grado de madurez biológica y expectativas muy diferentes.


            Según Sanmartín (2002) no es fácil determinar la incidencia real de este problema en la población,  porque ocurre habitualmente en un entorno privado ?la familia- y los menores pueden sentirse impotentes para revelar el abuso.

Según el informe de Finkelhor, (1990) ?primera encuesta nacional de Estados Unidos llevada a cabo en adultos, sobre la historia de abuso sexual-, un 27 por ciento de las mujeres y un 16 por ciento de los hombres reconocían retrospectivamente haber sido víctimas de abusos sexuales en la infancia.

En los estudios realizados en España, la frecuencia de los abusos puede afectar al 20 por ciento de la población (23 por ciento de chicas y 15 por ciento de chicos).

Además de esta tasa de prevalencia, en el  44 por ciento de los casos el abuso no se ha limitado a un acto aislado.

Varía la proporción en los diferentes estudios realizados en todo el ámbito del Estado, por comunidades y que oscila entre un 58,9% a un 78,8% de víctimas niñas, frente a un 40,1% de varones.

La prevalencia del abuso infantil presentes en los estudios comunitarios indican que una de cada cuatro niñas y uno de cada diez niños son objeto de abusos sexuales (Finkelhor, 1993).

Hay un mayor número de niñas en el abuso intrafamiliar  (incesto) con una edad de inicio anterior (7- 8 años) y un mayor número de niños en el abuso extrafamiliar (pedofilia) con una edad de inicio posterior (11-12 años) (Váquez Mezquita y Calle, 1997).

Las agresores  son, generalmente, varones de mediana edad, y con frecuencia resultan ser familiares o conocidos del niño (Madonsky, 1996).

En casi todos estos casos (del 65 al 85% del total), que son las situaciones más duraderas, no suelen darse conductas violentas.

La violencia es menos frecuente que en el caso de las relaciones no consentidas entre adultos.

Los niños habitualmente no ofrecen resistencia y tienen dificultades, tanto mayores cuanto más pequeños son, para identificar a los agresores..


 


            De los casos denunciados de incesto, no más del 20 por ciento hace referencia a los contactos padre-hija.

El incesto entre padrastro e hija da cuenta del 15-20 por ciento de los casos, además de comprender las formas más serias de abuso sexual (que incluía penetración).

El 65 por ciento restante implica a hermanos, tíos, hermanastros, abuelos y novios  que viven en el mismo hogar (McCarthey, 1992).

Sin embargo, el incesto madre-hijo es mucho menos frecuente y se limita a aquellos casos en que la madre carece de una relación de pareja, presenta una adicción al alcohol o a las drogas y cuenta con una historia de abusos sexuales en la infancia.

Según otros autores este tipo de abuso sexual es realmente raro (Lawson, 1991).


Bolton, Morris y MacEachron (1989) distinguieron en el incesto madre-hijo cuatro tipos: los abusos sutiles, conductas que aunque no tengan una intencionalidad conscientemente sexual sirven para satisfacer las necesidades emocionales y/o sexuales de los padres a costa de las del niño (estas conductas pueden ser apropiadas en una etapa de la vida pero impropias en otra).

Abuso seductor que implica conciencia e intencionalidad de activar o estimular sexualmente el niño (exhibicionismo, exposición de material pornográfico, etc).

Abuso perverso en el que las conductas de la madre pueden tener como objetivo mutilar o humillar la sexualidad del niño (forzar al niño a vestirse como niña, p.j.) Abuso sexual manifiesto, como contacto abiertamente sexualizado entre madre e hijo y abuso sádico que incluye conductas sexuales de la madre con la intención de dañar al niño y que forma parte de un patrón general de abusos físicos y emocionales graves.


 


            En los estudios epidemiológicos no se han encontrado diferencias en las tasas de prevalencia en función de la clase social o del nivel educativo de las familias de las víctimas.


 


            Según la mayoría de las investigaciones sólo en el 50 por ciento de los casos los niños revelan el abuso: Únicamente el 15 por ciento se denuncia a las autoridades, y tan sólo el cinco por ciento se encuentran envueltos en procesos judiciales.


 


            Las conductas incestuosas suelen mantenerse en secreto.

Según otros estudios (Sanmartín, 1999), solo un dos por ciento de los casos de abuso sexual familiar se conocen al tiempo en que ocurren.

Las explicaciones que los autores de las investigaciones dan a esta ocultación son, por parte de la víctima, el hecho de obtener ciertas ventajas adicionales (regalos, más paga) o el temor a no ser creída o a ser acusada de seducción, junto con el miedo a destrozar la familia o a las represalias del agresor; y por parte del abusador, la pérdida de una actividad sexual que resulta ya adictiva, así como la posible ruptura del matrimonio y de la familia y el rechazo social,  acompañado de posibles sanciones legales.


 


            A veces la madre tiene conocimiento de lo sucedido, pero lo mantiene en silencio por pánico al marido, por miedo a perderlo o a desestructurar la familia.

También influyen el estigma social negativo o el temor a no ser capaz de sacar adelante por sí sola a la familia.  Por esto es frecuente que salga a la luz de una forma accidental o que el descubrimiento tenga lugar bastante tiempo después de los primeros incidentes.


           


            Según los autores consultados, referente a las situaciones de alto riesgo para ser víctima de abuso sexual en la infancia (Finkelhor y Asdigian, 1996) el hecho de ser niña (mujer) es una de las circunstancias que tradicionalmente se ha considerado como de alto riesgo, especialmente en los casos de abuso sexual intrafamiliar.

Esta asociación puede deberse principalmente al hecho de que la mayoría de los agresores son varones predominantemente heterosexuales.


 


            El hecho de que la mujer sea tan vulnerable a los ataques sexuales por parte de los hombres, incluidos los del entorno familiar más próximo, nos invita a que reflexionemos sobre las peculiaridades de la estructuración de su sexualidad, en tanto objeto de seducción sexual, a la vez que diferenciamos en la medida de lo posible entre abuso sexual propiamente dicho y fantasía de seducción.


 


            Salvo en los casos con consecuencias físicas determinantes, como es un embarazo, contagio de enfermedad venérea (recordemos las noticias que hace unos días nos han inundado, con el aborto de una menor de 9 años, producto de una violación en Nicaragua y que ha saltado a la prensa por la dificultad que las jerarquías religiosas ponían para la realización del mismo), desgarros o heridas importantes en la zona ano-genital, el testimonio de la víctima no es prueba suficiente para que un juez, la familia, o el psicólogo que atienden a la menor den por supuesto la veracidad de los hechos.

Hay en primer lugar que diferenciar entre presunción de abuso sexual, que implica duda, aunque no certeza, y que indica la necesidad de continuar con la búsqueda, ya que en la mayoría de los casos no hay consecuencias físicas visibles y los actos se han limitado a tocamientos,  conductas exhibicionistas, etc.


 


Hay que diferenciar también entre abuso sexual y violación.

Este último suele ser un hecho único, abrupto, realizado por alguien ajeno a la familia y que  normalmente se denuncia.

No así el abuso sexual, que generalmente es un hecho reiterado y que compromete a la patología familiar.


            La complejidad aumenta cuando el abuso sexual infantil no es exogámico, sino endogámico.

Las personas implicadas son miembros directos de la familia, se mantienen en secreto, y el hecho sólo es desvelado a edades más tardías, en muchos casos en la consulta psicoterapéutica, con lo que los recuerdos y los afectos vinculados a los mismos pueden hacernos dudar sobre la veracidad del mismo y su semejanza con la fantasía de seducción.


 


            Las primeras aportaciones de Freud en la "Etiología de la histeria" (1895) indican una dirección: "El acontecimiento del cual el sujeto ha guardado el recuerdo inconsciente es una experiencia precoz de relaciones sexuales con irritación afectiva de las partes genitales, resultante de un abuso sexual practicado por otra persona, y el periodo de vida que encierra este acontecimiento funesto es la niñez temprana, hasta los 8 ó 10 años, antes que el niño llegue a la madurez sexual".

"En el fondo de todo caso de histeria se ocultaba uno o varios sucesos de precoz experiencia sexual pertenecientes a la más temprana infancia".

Sin embargo, en nota a pie de página, de 1924 dice "Todo esto es exacto, pero me hace pensar que en la época en que he escrito esto no me había libertado aún de una estimación exagerada de la realidad, e insuficiente de la fantasía".


 


            De una fecha a otra está el tránsito de la teoría de la seducción real al fantasma traumático, la creencia en el hecho abusivo, el descrédito de las neuróticas, y en 1897, en la conocida carta a Flies corrige su teoría de la seducción  "ya no creo más en mi neurótica".

De la realidad física a la realidad psíquica, a la existencia del fantasma.

De todas formas, aun en 1916 (Conferencia de introducción al psicoanálisis) Freud escribe: "No creas, por lo demás, que el abuso del niño por parte de pacientes próximos de sexo masculino pertenezca totalmente al reino de la fantasía.

La mayor parte de los analistas ha tratado casos en los cuales tales relaciones eran reales y podían demostrarse sin discusión, pero también es cierto que, incluso en estos casos, las relaciones correspondían a la infancia tardía y habían sido trasladadas a un periodo precedente".

En cualquier caso, la neurótica se equivoca, se engaña, o se miente y miente, bien por cuestión cronológica o de localización del sujeto.


 


            Cosimo Schinaia no piensa que Freud, como sostiene J.

Masson, abandonase demasiado pronto la primera teoría debido a un pusilánime y pasivo sometimiento al conformismo de su tiempo y por miedo al rechazo social que habría generado.

Cree más bien en la idea de que Freud no quería correr el riesgo de que el psicoanalista se transformase en un inspector de policía a la búsqueda, a toda costa, del trauma olvidado y piensa que no obstante, continuó otorgando relevancia al ambiente como factor etiológico.


 


            Sin embargo poca es la atención que Freud dedica a aquel que ejecuta el acto abusivo.

En "Tres ensayos" se refiere a la pedofilia más como un acto ocasional que como una auténtica perversión.

Según Schinaia en el único escrito freudiano sobre pedofilia trata de poner en evidencia que frecuentemente el género y el valor del objeto sexual desempeñan un papel secundario y que constituyen un elemento no esencial en la pulsión sexual.

De manera que  la escasa relevancia que adquiere la pedofilia en el discurso freudiano puede ser entendido por la mínima atención que Freud dedicó al niño real respecto del niño presente en el adulto, al niño analítico.

Esta falta de atención histórica puede ser uno de los motivos por los cuales modificó el valor y el sentido atribuidos a los trastornos sexuales reales padecidos por los niños.

Schinaia prosigue diciendo cómo el tratamiento y la argumentación del caso de Dora ponen en evidencia hasta que punto se puede considerar a esta joven como objeto de cura, mientras que no existe ningún indicio patológico que pueda ligarse a las atenciones sexuales que el Sr.

K dirige a una adolescente.


 


 En esta misma línea, Abraham, en un escrito de 1907 señala que "en gran número de casos el trauma es deseado por el inconsciente del niño, y parece atribuir a éste, y a su sexualidad infantil, la responsabilidad del abuso del que es víctima, a través de la seducción.


¿Seductora o seducida?


 


            Jeny, 14 años, me relata así un fragmento de su experiencia.

"A los 4 años nos cambiamos de casa, y como el colegio cogía más cerca de la casa de mis tíos y yo era muy pequeña, me dejaban a dormir en su casa.

Por las mañanas mi tía se iba a trabajar y mis primas al colegio.

Mi tío me llevaba a su cama y me hacía cosas, abusaba de mí y eso.

No era de seguido, pero sí muchas veces? No puedo olvidarme, creo que no lo olvidaré nunca, ¿se puede? Yo me acuerdo de la habitación, de las figuritas que había, si hacía calor o no, de la luz.

Así hasta que tuve como 12 años, luego ya fui más lista, y si se acercaba me ponía a cantar o decía algo para que me escuchara mi tía o alguien? Tenía miedo de decirlo porque mi padre era muy? y le hubiera matado y se hubiera liado.

Ahora los chicos me dan asco, me parecen unos cerdos que siempre están pensando en lo mismo, por eso no salgo ni nada, sólo con una amiga.

No se si esto se me podrá pasar.

Ahora me siento? no sé? como podrida.

No lo había contando nunca a nadie, sólo a mi tutora y ahora a ti, me daba mucha vergüenza."


 


            E.

Dio Bleichmar denuncia la mítica creencia en la mujer como seductora.

"La niña, dice, se autodefine y es definida como provocadora, se siente perseguida por el descubrimiento adulto de su sexualidad, asustada de la reacción del adulto que no controla, asustada de la suya propia que controla menos todavía porque le surge sin haberla  convocado.

No se trata de un impulso que es posible dominar o reprimir, sino que se trata de una identidad ?provocadora/seductora- que se sostiene en el solo hecho de la posesión de un cuerpo cuyos caracteres secundarios de sexualidad despiertan el voyeurismo del hombre."


 


            Encuentra el antecedente de la creencia compartida del carácter provocador de la niña en los primeros trabajos de Freud, en la "Proton Pseudos" histérica del Proyecto.

Esta es una particular forma de defensa que sólo es posible en el campo de la sexualidad y que sólo puede producirse cuando hay varios acontecimientos encadenados.

Entre las dos escenas se instala una mentira que no es otra cosa que una atribución de significado.

Freud relata el caso de Emma, que durante su psicoanálisis recuerda que a la edad de 12 años, cuando compraba algo en una tienda, dos empleados se habían reído, ante lo cual la joven sale corriendo con temor.

Ella recuerda que le había gustado sexualmente uno de los empleados.

En análisis se descubre un recuerdo anterior, de los ocho años, cuando fue a comprar golosinas a una pastelería y el pastelero le pellizcó los genitales a través del vestido.

No obstante, ella  fue una vez y luego ya no volvió.

Enma  se reprochaba haber ido por segunda vez,  como si de este modo hubiese querido provocar el atentado.

Freud dice que "cabe reconducir a esta vivencia un estado de mala conciencia oprimente".

Esta mala conciencia se considerará motivo de autoreproche, sentimiento de culpa y violencia, tanto de la represión como de los derivados de la misma en forma de psicopatología femenina.

Dio Bleichmar añade "lo que queda invisibilizado del ejemplo ? por otra parte, experiencia frecuente en la infancia de cualquier mujer- es el hecho de que "efectivamente" el pellizco por parte del pastelero tuvo lugar.

La legitimidad que tiene el adulto para la caricia sexual de la niña es extensiva a su práctica sexual de toda clase, y el delito sexual no es un aspecto que le genera ?al hombre- ni vergüenza, ni culpa".


 


            La vergüenza y la culpa son asumidas por la mujer-niña mediante el proceso de identificación con el agresor.

Con este mecanismo, ampliamente descrito por Ferenczi, el niño hace una introyección del agresor,  desapareciendo éste de la realidad externa y se hace intrapsíquico.

Y el hecho de que la agresión desaparezca como rígida realidad externa permite que en el trance traumático el niño consiga mantener viva la situación precedente, con su carácter de ternura.

Pero introyecta el sentimiento de culpa del adulto y esto convierte en acción culpable un juego considerado inocente hasta ese momento.

El niño, que en su inicio reaccionó con odio o desagrado, tiene miedo, se diente indefenso y no puede protestar.

Luego se obliga a someterse a la voluntad del agresor, a adivinar su menor deseo, a obedecer olvidándose de sí, y posteriormente absorbiendo la culpa del agresor, se siente avergonzado y culpable, incluso duda de sus propios sentidos.

El adulto, por otro lado, desposeído de su culpa, se comporta como si nada ocurriera y el seductor puede parecer incluso como moralista o religioso.


Las declaraciones de sujetos delincuentes sexuales, siempre presentan este mismo grado de distorsión y justificación de la realidad: "A ella ?una niña de 6 años- le gustaba y me lo pedía"; "es mejor hacerlo con mi propia hija, que ser infiel a mi mujer con otra ", "la niña me trató más como un marido de lo que lo hizo su propia madre",  son fragmentos recogidos de las  declaraciones de agresores intrafamiliares de menores (Santiago Redondo, 1999).


 


            Y ésta parece haber sido también la perspectiva que han adoptado muchos psicoanalistas con respecto a la sexualidad femenina.

Helen Deutsch afirma que la niña cambia el deseo masculino narcisista de tener pene por el deseo de ser castrada por el padre, "deseo realizado en una violación".

Para ella, la vida de la mujer está dominada por la triada masoquista: castración, violación y parto", y continúa: "La niña  llega a ser madre y mujer al mismo tiempo, en el mismo momento en el que aparecen sus tendencias masoquistas, desea a la vez ser castrada y violada y recibir un hijo de padre."


 


            Lilliam Rother, en una conferencia dada en Budapest en 1932 repite el concepto de la niña como incitadora de la sexualidad del varón.

Ella es la incitadora y el hombre el ejecutor.

"El temor de los hombres ante las mujeres se debe a que en el coito se sienten amenazados; aun cuando no tienen que morir (como algunos animales) tienen que sacrificar su esperma, su dinero, su libertad.

En contraposición, la mujer en su vida sexual genital satisface al mismo tiempo sus deseos narcisistas: consigue el pene, el esperma, el hijo y vive por tanto realmente el engrandecimiento de su cuerpo y su círculo de influencia".


 


            La mujer seductora, incitadora, señuelo para el deseo del hombre.

Ella está ahí, desde niña, "en medio de la compleja problemática que acarrea la prolongada relación de intimidad y proximidad de ella con la madre, y en plena dependencia, la niña en vías de ser mujer ha consolidado su habilidad y tolerancia para investirse como señuelo".

R.

Zak Goldstein dice así: "La mujer, en su condición de señuelo adquirida a través de la identificación-madre, es arquetipo y "encarna" en el más completo y enigmático sentido posible de la palabra, la seductividad del pecho nutricio y amado, como primer objeto de amor, la cual le otorgó su poder de atracción sobre el varón".

Y termina diciendo: "Así como los pescados, los humanos se habitúan al señuelo.

El pescador y la mujer deben renovarlos para evitar este acostumbramiento.

Se justifica el permanente ejercicio de la diversidad y el cultivo de la atracción, actitud propia de la feminidad en busca de garantizar el eterno juego del señuelo, dimensión erótica del deseo".


 


            Desde la consideración de la niña/mujer como incitadora seductora de la sexualidad del hombre, es fácil entonces encontrar que las presentaciones de casos  clínicos de pacientes que han sido víctimas de abusos sexuales, bien en su infancia, adolescencia o adultez, están teñidos de veladas acusaciones sobre la autoría del mismo ataque, por el comportamiento deseante de la mujer.

No importa que ésta sea amenazada con un revolver (Waisbluz, 1990), sean varios los atacantes (Kulish y Holtzman, 1998) o que la sujeto tenga 6 años y el agresor 40.

Siempre persiste el deseo inconsciente de ser seducida y esto es lo que repetida y reiteradamente es interpretado y señalizado.


 


            En ocasiones se aduce la pasividad del sujeto como confirmación de su asentimiento, cuando la pasividad del niño y su inermidad bien podemos remitirlo a su desamparo primordial, a la necesidad de los cuidados  maternos y a la significación que  los mismos toman como inductores de su sentido sexual.

Es esto lo que retoma Laplanche en su teoría de la seducción generalizada.

Es el pecho el que trasmite al niño un mensaje y este mensaje es sexual porque el pecho de la madre forma parte de su vida sexual.

Es el adulto el que hace una señal al niño, y esa señal es sexual porque remite a su propio inconsciente.

La seducción es una hecho universal  porque la intervención del adulto desde su inconsciente es enigmática, los mensajes adultos son enigmáticos y sexuales en la medida que no son transparentes por sí mismos, sino comprometidos por la relación del adulto con su propio inconsciente, por las fantasías sexuales inconscientes movilizadas  en éste por su relación con el niño.

El niño es pasivo respecto de los mensajes del adulto, que a su vez serán origen del deseo inconsciente del niño en la trama relacional que se entrecruza.


 


            No nos equivoquemos, es la mirada del adulto la que transforma los juegos eróticos de los niños, ambiguos e inocentes, en juegos prohibidos, la que corrompe la manifestación de ambigua curiosidad, los deseos de ternura y sensualidad, la necesidad de afecto y protección, en juegos de degradación y muerte (Schinaia 2000).


 


            Para un niño, una cosa es soñar dedicándose a juegos sexuales consigo mismo o con sus iguales, y otra enfrentarse a la realidad del orgasmo del adulto (Bonnetand, 1998).


 


            Y repito, no nos equivoquemos.

Es la mirada del adulto la que, navegando por Internet, busca afanosamente en los muchos portales dedicados a la pornografía infantil, y en esa misma mirada, la que le lleva a algunos de esos países donde, por lo que cuesta un bocadillo, podrá disfrutar y corromper un cuerpo donde aún ni siquiera se ha insinuado la pubertad.

En un mercado cuyos beneficios sólo son superados por los de las drogas y las armas, una industria, que genera ingresos estimados en más de 7.000 millones de dólares, y donde más de 500.000 niños son víctimas de esclavitud sexual.


 


            Suscribimos las ideas de Ferenczi: no hay que confundir las lenguas.

El lenguaje infantil no es el del adulto, no es el de la pasión sexualizada.

En el erotismo del adulto hay odio, hay ambivalencia, y es el odio del adulto en la expresión de su sexualidad lo que espanta y traumatiza al niño.

Por eso como dice Janine Chasseguet Smirguel, lo que impacta de la perversión no es sólo su carácter sexual, sino el odio.

"Es una fantasía de venganza que se disimula en las acciones que constituyen la perversión y que pretenden transformar el trauma infantil en un triunfo adulto".

Es el odio y la culpa que confiere a los ojos del niño el aspecto de una lucha terrible que acaba en orgasmo.

No hay odio en el juego erótico infantil, y sí en las relaciones sexuales del adulto.


 


            Las consecuencias del abuso sexual en la infancia, con la cohorte de violencia y maltrato, es de todos conocida.

Los trabajos publicados con más datos objetivables, procedentes de encuestas y seguimientos de cientos de casos están recogidos en muchos informes.

En España, el Centro Reina Sofía para el estudio de la Violencia ha publicado diferentes libros y reúne a profesionales de diversos ámbitos (psicólogos, biólogos, sociólogos, etc.) en las Reuniones que organiza, cuyas conclusiones son publicadas.

El niño que sufre algún tipo de maltrato es traumatizado, a veces de una manera funesta porque muere, otras con secuelas que perduran toda la vida.


 


Pero aún corre otro riesgo más, cuando superando los obstáculos que el secreto le obliga a guardar, es capaz de denunciar y comunicar los hechos, y ésta es la incredulidad de aquellos que le rodean.

A veces hay alianzas generacionales para gestar, mantener y ahondar en los secretos, y uno de ellos es el del violador violado o seducido, que se incorpora por identificación en ese modelo de vinculación que traspasa generaciones.

No existe ningún interés en creer al niño, y sí muchos intereses en ocultar los hechos, y el pequeño es de nuevo traumatizado y excluido de la comunicación familiar.

Lo no desvelado, el secreto, será producto de transmisión y repetición, esperando ser pensado.

Esto es lo que hace que el abuso sea repetido por generaciones.


 


            Y cuando esos niños y niñas, convertidos en adultos vienen a nuestra consulta, y a veces, por vez primera, se atreven a desvelar tímida y culposamente sus historias de secretos inconfesables, de manos palpando su cuerpo, de espasmos desconocidos, de apretones dañinos, de miradas incestuosas, el fantasma de la mentira, el fantasma de la seducción hondamente aprehendido, nos sirve de escudo y freno.

Entonces el trauma se reedita, en nuestra incredulidad sabiamente esgrimida para rechazar lo que el horror nos provoca.


 


            Luisa tiene 27 años cuando acude a consultar.

Su aspecto es agradable, tiene una cara bonita, sin maquillaje y el pelo liso sujeto con una coleta, viste un traje sastre, escueto, sin ningún adorno, y sus movimientos son rápidos, poco gráciles, casi de corte militar.

Cree que necesita ayuda por su gran timidez e inseguridad, ya que por este motivo, hasta situaciones sencillas y cotidianas le suponen un gran esfuerzo.

Para ejemplificar cuenta que la última Nochevieja se quedó toda la noche sentada en una silla, y sólo se levantó una vez ante la urgencia de ir al baño.

Elude salir y cualquier reunión o situación social o familiar.

Tiene fama de antipática e insociable, pero es solo timidez.

Sufre tanto que no sabe si le compensa vivir


así.


Cree que ha sido así desde niña, pero ahora ha ido a más.

Ha tenido una vida familiar un poco peculiar.

Cuando ella tenía ocho años sus padres se separaron y el padre se fue a vivir a otra ciudad.

La madre se emparejó rápidamente con otro hombre con el que presumiblemente ya mantenía relaciones, y los hijos se fueron a vivir con ella.

Debido a su mal carácter la enviaron a vivir con su padre, pero por el trabajo de él, con múltiples salidas, y sus actividades amatorias, con múltiples amantes, le resultó complicado hacerse cargo de su educación, así que la enviaron a Inglaterra donde permaneció uno o dos cursos.

A la vuelta, cuando tenía 13 años, el esposo de la madre le insistió mucho en que se quedara a vivir con ellos.

Era un hombre muy bueno, muy pendiente de los tres hermanos, se portaba como un padre, no, mejor que mi padre.

Fue una época que recuerda muy feliz, estudiaba, tenía amigos?  Pero cuando tenía 19 años, el marido de su madre le dijo que sentía por ella algo más y le hizo proposiciones y acoso continuo.

Pretextaba cualquier cosa y se metía en una habitación por la noche, cuando al otro lado del tabique estaba su madre dormida.

No pudo contárselo a nadie, así que decidió irse de casa, alegando que quería más independencia.

Dejó los estudios y preparó unas oposiciones para poder  mantenerse.

Luego conoció a un hombre, con él vivió tres años.

No estaba enamorada de él, pero era muy bueno y le tenía mucho cariño.


 


            No le fue muy bien con él, porque tenía problemas en las relaciones sexuales, ella presentaba vaginismo y despareunia, por lo que cada contacto le era sumamente doloroso.

Se separaron en buenos términos, y se vino a vivir a Madrid, donde reside actualmente con su padre, la nueva esposa de este, una mujer cinco años mayor que ella y a la que considera una buena amiga y los dos hijos habidos de este nuevo matrimonio.


 


            Ella siempre ha querido mucho a su padre aunque le define por su mal carácter, a veces muy violento, sobre todo con la hermana que le sigue, a la que daba grandes palizas cuando eran pequeños.

También pegó a su actual esposa, motivo por el cual estuvieron separados por un tiempo.

Pero además le admira, porque es un talento para los negocios y tiene un corazón de oro, aunque es muy celoso.


 


            De la madre dice que es muy alegre, casi nunca se enfada, y va a lo más cómodo, no le gustan las discusiones.

Está muy preocupada por su físico y es muy provocativa con los hombres.

Era muy guapa, sus hijas, dice, no le llegamos ni a la punta de los talones.

Nunca le gustaron los niños y nos tuvo muy joven.


 


            Son tres hermanos, ella la mayor, del primer matrimonio, y dos más del segundo matrimonio del padre.


 


            Como sueños repetidos refiere que "Algo o alguien, un animal o una persona me persigue, cuando me van a coger  me despierto".

Un mes antes de consultar soñó que "unos tres o cuatro hombres me perseguían y al final me cogieron, y sabía que era lo que me iban a hacer, pegarme, violarme? Eran muy corpulentos los cuatro".


            Como sueño significativo anterior.

"Que mi padre iba a mi habitación y me pegaba hasta casi matarme.

Esto no lo había soñado antes.

Me pegaba fuerte, con un bate de beisbol".


 


            En ningún momento, cuando empezó el tratamiento, tuvo Luisa una palabra de reproche ni de queja hacia el padrastro.

Hablaba de él con admiración, era un hombre culto, inteligente, le había enseñado muchas cosas de arte, cultura, educación.

El la había animado a que estudiara Derecho, igual que él, y aunque había interrumpido los estudios en una ocasión al instalarse en Madrid los había reanudado.

Quería ser abogado como él.


 


            Por todo el material que presentaba se iba interpretando a Luisa su conflictiva edípica, sus deseos edípicos hacia su padre y el desplazamiento a su padrastro, el triunfo sobre su madre y la culpa por el mismo.

Luisa entendía, asentía, y se culpaba.

Se hacía reproches y acusaciones con un talante persecutorio.

Se sentía mala, indigna, sucia, pero ante cualquier acontecimiento de su vida diaria.

Ella era un desastre, torpe, no se permitía la menor licencia, ni reposo.

Se acusaba y excusaba a los demás, ya fuera su padre, con el que colaboraba los fines de semana en el negocio familiar, su madre, que le reprochaba que se hubiera ido de su ciudad natal, el padrastro que la urgía a que volviera.

Tenía accesos de ansiedad que calmada comiendo, por lo que después se enfurecía, y se llamaba gorda, sucia.


Poco a poco, a retazos fue relatando su vida desde que volvió a vivir con su madre y el marido de ésta a los 13 años.

Como él se ocupaba de ella como una madre, fue quien le dio la información sexual cuando tuvo la menarquia, quien le enseñaba como vestirse de una manera adecuada, le pedía a la vez que ella le mostrara sus cambios corporales.

Su hermana y ella veían por sus ojos.

El se enorgullecía de esa relación tan sin fisuras, tan perfecta.

Como parte de la educación la quiso enseñar a besar, a masturbarse.

Era algo natural, ellos se entendían tan bien.

Él le pedía inspeccionar a los muchachos de la pandilla con los que salía, y si alguno mostraba más interés por ella, él le sacaba defectos "tú te mereces algo más" y le interrogaba sobre si había tenido contactos físicos con ellos, para concluir que ella debería tener un mejor instructor, con más experiencia, para las primeras veces.


 


            Era tal el grado de unión que había, que se entendían sin palabras.

Llegó un momento en el que a él le parecía algo normal tener relaciones sexuales con ella.

Aprovechaba cualquier descuido o la vuelta de una salida  para esperarla.

Él,  cuando le rechazaba o cerraba la puerta, le decía que ella era "frígida y cobarde por no querer cerrar los eslabones de una comunicación perfecta".


 


            Él le pedía que no se lo contara a nadie, porque nadie iba a entender esta relación tan especial y menos su madre.

Y ella no se lo contaba a nadie, pero sufría por que cada vez que ella le rechazaba él estaba días y días sin hablarle, castigándola, y reprochándole su intenso sufrimiento.


 


             En este tiempo  Luisa preparó unas oposiciones, y al cumplir 19 años, decidió marcharse de casa e independizarse.

A su madre le dijo que la relación con él era difícil por que ella tenía sentimientos impropios hacia su padrastro.

La madre la tachó de loca, como siempre y no quiso saber más.

Para ella fue muy duro porque le quería mucho, pero le asqueaban sus proposiciones que cada vez eran más insistentes y amenazantes.


 


            Hace mucho tiempo tuvo una situación propicia a las confidencias con su hermana, que también se fue de casa al poco de trasladarse  ella a Madrid para casarse con un muchacho muy conflictivo.

En esa ocasión la hermana le cuenta que lo mismo ocurrió con ella y el padrastro desde niña.

Las mismas palabras, las mismas sugerencias, y que además culminó en coito en alguna ocasión, ante la insistencia del padrastro.

Por este motivo ella acudió también a terapia durante algún tiempo.


 


            Esto le preocupó y se angustió aun más, pensando en la responsabilidad que ella, como hermana mayor había tenido al no advertir a su hermana, y vigilar para que esto no ocurriera.

De nuevo ella era responsable y se sentía culpable.

"En cualquier caso, le dije, este hombre está muy perturbado, tiene unas conductas perversas inapropiadas y la responsabilidad real le pertenece, tanto como adulto frente a una niña, como padrastro que ejerce funciones de padre.

Su conducta era incluso delictiva y eso más que nadie debía de saberlo él como abogado y perteneciente a un estamento que cuida de la ley y el orden." Creo que fue la primera vez que lo debí de decir en términos tan taxativos que no admitían la menor duda, al menos por mi parte.

Ella se volvió a mirarme, asombrada y sorprendida, como si nunca se le hubiera ocurrido plantearlo en esos términos, incluso protestó tímidamente.

Entonces yo fui tajante.

Desde un plano de realidad externa, la persona adulta, responsable, que había infringido las normas sobre las que se basan la cultura y la convivencia familiar era él.

Él era el perverso, pedofílico y abusador de menores.

Después, en otro terreno, desde la perspectiva de su realidad interna, de sus deseos incestuosos, de su rivalidad con la madre y hermana, del desplazamiento sobre la figura del padrastro íbamos y estábamos trabajando en las sesiones, pero fuera de toda duda, el que se suponía que era garante de la ley y el orden, la había transgredido.

Y suya era la responsabilidad a nivel real.


 


            El análisis de Luisa cambió de un modo significativo.

Pudimos profundizar en los sentimientos y fantasías que, desde la infancia, había tenido con su padre, su triunfo frente a la madre cuando se separaron y su culpa frente a su hermana por las palizas recibidas.

También sus sentimientos de culpa y de abandono  frente a una madre, infantil y descuidada, que nunca puso freno a los avances de sus maridos, tanto agresivos, como sexuales respecto de sus hijas.

También analizamos su relación homosexual con su madrastra, con la que tuvo oportunidad de reeditar una relación triangular más saludable.

Durante casi cuatro años completamos su tratamiento.

En este tiempo se marchó a vivir sola, inició una relación 


 


afectiva con un hombre con el que pudo mantener relaciones sexuales satisfactorias, y luego de abandonar definitivamente sus estudios de derecho (y la identificación con el agresor, su padrastro) se matriculó en otra carrera, que ha concluido recientemente.

Tras analizar y poder romper un estrecho vínculo de transferencia idealizadora conmigo, y el proceso de duelo consiguiente, concluyó su análisis.

Luisa se siente más suelta, su aire austero y masculino se difuminó, es una bonita muchacha que se siente cómoda consigo misma, y que puede reír.

En ocasiones volvió a ver a su padrastro con motivo de alguna reunión familiar y su trato con él fue escueto y frío.

No se sintió acobardada, ni asustada, si acaso con un punto de desprecio pero también sabiendo discriminar la parte afectiva y los apoyos que recibió en su día.

He realizado un seguimiento de ella y ahora, varios años después mantiene sus logros.


 


            Lo que quiero poner se manifiesto es que mi actitud clara y determinante, la explicitación de un juicio condenatorio hacia el abusador sin el mínimo asomo de duda acerca de la autoría de la transgresión a nivel real, eliminando cualquier duda sobre la responsabilidad, y menos culpabilidad a nivel real, de los hechos acaecidos entre una menor y un adulto, fueron claramente decisorios para la posterior labor con esta paciente.

Por supuesto que esto no elude la imprescindible tarea  de analizar su realidad psíquica, en la que si pudo ser seductora, desear el incesto, desear los golpes, desear la muerte.

Pero para poder devolver a esta mujer la dignidad de su cuerpo y su mente ultrajada era imprescindible, así lo consideré y lo considero, hacer esta discriminación e incluso verbalizar la condena.


 


            El padre define la resolución del Edipo femenino, jamás será el padre un puerto de llegada, sino más bien un puerto de partida.

El define con su propia fantasmática la erotización de su hija en otro nivel que la madre, y siempre desde dentro de una interdicción (L.

Matinto de Paschero, 1996).


 


            Termino con unas palabras de André Green: "Más allá de la diversidad de culturas y de la variabilidad de las normas, la sexualidad reclama en todas las sociedades una regulación y otorga su importancia al concepto Lacaninao de ley.

La prohibición del incesto ha podido ser considerada como la línea divisoria entre naturaleza y cultura."


 


            Es bueno para el destino de la hija que ella sea tan deseable como prohibida, tan valiosa como imposible.

El padre además de ser un objeto en sí mismo, es una función, opera como un puente en el devenir de la hija, la habilita para el amor a otros hombres.

La prohibición del incesto no existe en ella, sino en el padre, garante y transmisor de la ley.


 


 


 


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