Hipererotismo y puritanismo 
No existen, ni pueden existir, manuales de éxito amoroso o conyugal.
En este ensayo se sostiene que una sexualidad humana normal no basta con la natural polarización instintiva de la apetencia; se requiere, además, de una psicología concordante con su género.
La sexualidad humana no es sólo un impulso genésico ni una búsqueda instintiva de placer, como en los animales, sino una conducta compleja de hondo significado anímico y emocional.
Podría decirse, en este sentido, que el sexo del hombre bascula entre dos mundos, el biológico y el personal, ya que supone -más allá de los reflejos corporales- una actitud de la conciencia y un compromiso radical y decisivo en el proyecto de cada existencia individual.
La sexualidad humana, desde luego, no es una función más del organismo -como la digestión o la actividad respiratoria-, sino que constituye un comportamiento esencialmente ético, porque toca -en su raíz- tanto el misterio del amor como el misterio de la vida.
Actividad sexual
La actividad sexual del hombre, en realidad, es un modo de encuentro y una forma sutil de conocimiento erótico.
Sólo la especie humana, en todas las culturas, copula cara a cara, y este gesto ancestral ya prefigura -simbólicamente- su carácter comunicativo.
Incluso, desde un punto de vista zoológico, la sexualidad del hombre es la más compleja y desarrollada.
Aparentemente, sólo la hembra humana experimenta orgasmo y -como es sabido- es la única receptiva de un modo permanente al goce sexual, con independencia de la ovulación y del climaterio.
La sexualidad humana no sólo desborda el instinto, sino también la conducta.
Es un modo de ser del individuo, donde la erótica -como una especie de columna vertebral- sostiene y da forma al desarrollo del psiquismo y a la estructuración de los rasgos más sutiles de la personalidad.
En efecto, lo masculino y lo femenino no sólo constituyen un problema anatómico o fisiológico, sino la dicotomía más primaria y original de la existencia, ya que se es hombre o se es mujer en cada acto y en cada gesto de la vida.
Por lo mismo, para hablar de una sexualidad humana normal no basta con la natural polarización instintiva de la apetencia ni con la indemnidad del comportamiento coital, lo que sería suficiente para una sexualidad animal.
En el hombre se requiere, además, de una psicología concordante con su género y, sobre todo, de una vida sexual responsable que -en su completa madurez- debe incorporar necesariamente el sexo en el amor, que es la vocación superior de la erótica humana.
Desde esta perspectiva, puede decirse que instinto, erótica y amor son los tres escalones progresivos en que se manifiesta la sexualidad del hombre, reflejando -cada cual en su nivel- las tres dimensiones básicas de su composición vital: el cuerpo, la mente y el espíritu.
Sin duda, lo humano existe y funciona como una totalidad y estos planos de estratificación íntima no corresponden a entidades separadas, sino sólo a momentos en continua interacción de su unidad psicofísica.
No obstante, en el estudio de la sexualidad del hombre es imprescindible su diferenciación, ya que -en un proceso madurativo normal- debe elevarse desde el instinto a la conciencia erótica y desde ésta a la experiencia del amor.
Madurez
Referente al concepto de lo normal, existe bastante ambigüedad y confusión, debido a que se utiliza el término para designar indistintamente a lo que es frecuente y habitual (criterio estadístico) y a lo que es de acuerdo a su propia naturaleza (criterio normativo).
Sólo este último tiene valor en clínica y es, además, el único que le otorga al concepto su intrínseca dignidad.
Lo normal entonces, en el hondo sentido antropológico del término, no se refiere a lo que es corriente o a lo que es vulgar, sino a lo que es como debe ser; aquello que ha logrado manifestarse en su plenitud, tanto en lo físico como en lo mental.
La normalidad, por lo mismo, desborda el concepto de salud -propio de la medicina- entendido como el silencio de los órganos.
Para ser normal, no basta con la mera ausencia de padecimientos somáticos o psíquicos, y se requiere de un armónico equilibrio de la totalidad del existir.
Es por eso que bien puede decirse que la normalidad constituye algo así como la ética de la vida.
Por otra parte -y aunque resulte una paradoja- lo normal también pertenece a la medicina.
No sólo desde un punto de vista teórico, como el marco desde el cual es posible definir lo patológico, sino por una razón práctica, ya que el médico, además de ser un terapeuta, es un educador; y muchas veces es consultado -particularmente en el área de la sexualidad- por personas normales que, debido a ignorancia o a mala información, creen padecer trastornos inexistentes.
Volviendo al concepto de la normalidad sexual, ya señalamos que en el hombre ésta no puede reducirse exclusivamente a la calidad del comportamiento instintivo, sino que implica una actitud madura y responsable en el modo de vivir la erótica.
Así, por ejemplo, el incesto o la violación pueden ser actos biológicamente perfectos y, sin embargo, corresponden a profundas anormalidades de la conducta sexual.
Ahora, la madurez psicosexual del hombre no surge de modo natural y espontáneo, sino que requiere de un crecimiento íntimo y de un esfuerzo ético de la voluntad.
Además, la sexualidad plena del hombre tampoco se consigue de un modo inmediato, sino a través de un desarrollo que se desenvuelve en etapas sucesivas que -si bien tienen un fundamento genético- están también condicionadas por el aprendizaje y las influencias culturales.
Existen fases típicas y definidas de progresiva madurez psicosexual, que pueden esquematizarse en dos niveles fundamentales:
-Nivel prepuberal, donde la sexualidad es indiferenciada y el interés o la curiosidad erótica se experimentan normalmente hacia ambos sexos.
-Nivel puberal, donde la actividad de las hormonas despierta el deseo natural por el sexo opuesto.
Pero la madurez sexual del hombre no termina, sino que más bien comienza a partir de esta etapa de polarización erótica.
Así, paulatinamente, el instinto se enriquece y se desplaza desde una primera fase genérica ("cualquier pareja") a una fase selectiva ("la pareja que gusta") y, finalmente, en la completa madurez sexual sólo se desea a "la persona amada" (López-Ibor, 1968).
Esta sexualidad plena, que es fácil y casi instintiva en las mujeres, no lo logra del mismo modo el varón que -con demasiada frecuencia- tiende a detenerse en la fase selectiva o donjuanesca de afán por la conquista y seducción de múltiples parejas.
Pero el hombre que alcanza su plena madurez sexual también incorpora el sexo en el amor, ya que la fase selectiva es sólo una etapa de transición, caracterizada por una virilidad aún indecisa y rudimentaria.
No deben confundirse estas etapas descriptivas de la conducta sexual con las clásicas fases postuladas por el psicoanálisis (oral, anal, fálica, narcisista, etc.) que, en rigor, corresponden a estadios madurativos de la personalidad y del psiquismo infantil y no constituyen, ni biológica ni clínicamente, fases del desarrollo del instinto sexual.
En todo caso, unas y otras tienen un fundamento genético y se encuentran prefiguradas desde el nacimiento.
En efecto, si bien se requiere de condiciones convenientes para su normal actualización, no son sólo un producto del aprendizaje ni una respuesta frente a los influjos del medio exterior.
Uno de los grandes misterios de la biología humana, al margen de los mecanismos reales o supuestos de la evolución, es que en el huevo fecundado, una célula, está el hombre y en cierta medida su carácter y las inclinaciones básicas de su vida.
Este enigma de la naturaleza, como tantos otros, no tiene explicación científica convincente, y sólo es posible intuirlo desde el "pensamiento" de la mística.
Dice Meister Eckhart que Dios, a diferencia de la naturaleza, comienza su obra por lo más perfecto y no hace salir al hombre del niño ni al pollo del huevo, sino que "hace al hombre antes que al niño y a la gallina antes que al huevo" (Eckhart, 1980).
Diferencias
Es importante, por otra parte, tener claro que la sexualidad del hombre y de la mujer, si bien son complementarias, no son equivalentes, y que existen entre ambas diferencias profundas y significativas, que no obedecen a prejuicios culturales, sino que tienen un fundamento psicobiológico.
Desde luego, y como respuesta instintiva, la sexualidad del hombre es esencialmente imaginativa y óptica y la de la mujer, sensorial y táctil.
La sexualidad masculina, además, es inmediata y en cierto modo refleja; despierta con la fantasía o la visión estimulante del cuerpo de la mujer.
La sexualidad femenina, en cambio, es más mediata e indirecta y requiere de una previa estimulación erótica (actitud, lenguaje, caricias corporales, etc.).
Estas diferencias son importantes y su desconocimiento es con frecuencia el origen de graves desajustes eróticos en parejas en que ambos son sexualmente sanos.
Así, algunas veces, el origen de una aparente frigidez en la mujer normal está en la exigencia sexual desmedida del esposo y, especialmente, en la deficiente estimulación previa y en la mala técnica coital.
La mujer, mucho más que el hombre, requiere para su funcionamiento sexual normal de una atmósfera cálida de afecto y de ternura y necesita, para su plena satisfacción, de una entrega absoluta y de un vínculo amoroso que comprometa lo personal.
Por este motivo, muchas mujeres sexualmente normales se inhiben por falta de privacidad, por la presencia de niños en el dormitorio o la percepción de ruidos en habitaciones próximas.
La mujer habitualmente necesita, para alcanzar el orgasmo, poder desconectarse de lo ambiental y, algunas veces, sólo lo logra en un estado momentáneo de oscurecimiento de la conciencia y de total olvido de sí misma.
Pero si bien las diferencias y etapas sexuales que señalamos tienen un fundamento genético, también pueden ser influidas por la cultura.
Así, el actual hipererotismo publicitario y cinematográfico de nuestra época entorpece la plena madurez sexual tanto del hombre como de la mujer; y tiende a detener su desarrollo en las etapas juveniles de culto por la belleza física y de búsqueda primaria de excitación y de placer.
Esta sexualidad inmadura es ética y psicológicamente imperfecta y daña especialmente a los adolescentes, cuya erótica natural es romántica e idealista.
Curiosamente, el hipererotismo -al igual que la pornografía- no estimula, sino que más bien inhibe, el vigor de la sexualidad, particularmente en personas moralmente maduras, por una especie de saturación y de fatiga sexual.
Sexolatría
El hipererotismo desmedido de nuestra cultura -en los límites de la sexolatría-, del mismo modo que el puritanismo, aunque por un camino diferente, desvincula al sexo del amor, disminuyendo de este modo su vigor original, abriendo la puerta al fracaso, a la frustración y al desencanto.
El puritanismo de épocas pasadas separó al sexo de amor por considerarlo sucio y animal.
El hipererotismo actual también lo separa, pero por considerarlo un bien en sí mismo, habiéndose llegado a plantear que entre los derechos del hombre debiera incluirse el derecho al orgasmo (Lewinsohn, 1963).
Lo asombroso y paradójico de esta especie de inversión de los valores éticos frente al sexo es que ha generado un nuevo tabú sexual.
El clásico y victoriano fue el de "no ceder a los impulsos del deseo", y el hipererotismo actual, el de no "atreverse a expresar libremente la libido", lo que constituiría un nuevo complejo erótico; la conducta "inmoral" y "patológica" de la "represión sexual".
Curiosamente, el puritanismo buscaba el amor "sin caer en lo erótico" y el hipererotismo busca el sexo "sin caer en el amor".
El sexo así desnaturalizado es cada día más obsesivo, pero más banal.
Es esta superficialidad erótica de nuestro tiempo la que explica la verdadera epidemia de "amores fugaces" y de "matrimonios desechables".
Es la pureza primaria del propio sexo y el hondo compromiso personal que conlleva lo que obliga a respetarlo, devolviéndole su pleno sentido humano y su íntima nobleza.
Existe en la actualidad un verdadero "boom" de sexologías y una abundancia sospechosa de libros y de publicaciones sobre erótica y sexualidad.
Este interés contemporáneo por el tema, verdadera contrapartida del tabú puritano y sexofóbico de otras épocas, coincide con el auge publicitario de la llamada sexualidad de consumo, en el marco de una cultura que incita, obstinadamente, al placer fácil y al goce inmediato de los sentidos.El hipererotismo actual se vincula intrínsecamente con valores que exaltan el éxito, el prestigio y la fascinación personal, y que intentan, tal vez, compensar el vacío, la soledad y la amenaza en que vive el hombre moderno.
Por desgracia, la mayor parte de esta literatura, por parcial o excesiva, conlleva un grave riesgo de desorientación, cuando no deriva en una fisiología decepcionante de laboratorio o en un enciclopedismo de técnica coital.
No cabe duda de que la sexualidad humana, al igual que la de los animales, tiene una raíz biológica y que la mayoría de sus trastornos se actualizan a través de perturbaciones funcionales de sus mecanismos reflejos.
Pero la vida sexual del hombre no es sólo una función instintiva, y tanto su experiencia normal como su patología, tanto su educación como su terapéutica, requieren de algo más que un adecuado funcionamiento de los mecanismos coitales o de una "maestría" de estimulación erótica.
No existen, ni pueden existir, manuales de éxito amoroso o de felicidad conyugal, y es sólo a través del desarrollo interior de cada individuo y de la madurez y nobleza del vínculo personal que la pareja humana alcanza -más allá de los placeres del cuerpo- una plena y superior realización de su experiencia erótica.