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Psiquiatría en el mundo actual

JULIO VALLEJO RUILOBA. https://www.gacetacrl.com/noticias

AHORA SE VIVE en un estado de mayor tensión y esto conlleva un incremento de trastornos psiquiátricos.


LA SITUACIÓN:


La historia de la psiquiatría ha transcurrido paralela a la de la sociedad en la que se integra.

La aproximación positiva de los griegos (Hipócrates en el siglo IV a.C.) a la psiquiatría, al reconocer el origen natural de las enfermedades mentales, comienza a oscurecerse tras Galeno (siglo II d.C.) y se sume en un largo periodo de oscurantismo que, con excepciones, duró hasta la Revolución Francesa.


La concepción extranatural, e incluso diabólica, de estas enfermedades se instauró durante la edad media y la edad moderna, durante las cuales muchos pacientes psiquiátricos perecieron bajo el yugo de la Inquisición.

El siglo XIX dio paso a una psiquiatría de base médica y basada en presupuestos científicos, pero todavía con grandes lagunas en el conocimiento de estas enfermedades.


Con Sigmund Freud, a finales del siglo XIX, se introduce la valoración de los aspectos psicológicos conscientes e inconscientes, especialmente de los trastornos menos graves, como la neurosis.

A lo largo del siglo XX se consolida el psicoanálisis y, en otro plano, la psiquiatría de base médica, así como nuevas corrientes psicológicas como por ejemplo el conductismo, con una orientación más pragmática que el psicoanálisis.

Asimismo, tras la Segunda Guerra Mundial irrumpe la psiquiatría social, que cristaliza en los últimos años en la psiquiatría comunitaria con una serie de cambios fundamentales: se evita la hospitalización de los pacientes graves (psicosis) y, en cualquier caso, se intenta que el paciente conviva en la comunidad, reservándose los internamientos prolongados para los casos más dramáticos (el 5% de las esquizofrenias).

Asimismo, se han incrementado notablemente los centros de salud mental, que atienden pacientes ambulatorios, y los dispositivos intermedios (hospitales y centros de día, pisos protegidos, etcétera).

En síntesis, la psiquiatría se ha acercado a la comunidad y ésta tiene ahora un mayor conocimiento de los problemas psiquiátricos.


Otra cuestión es si en el mundo actual se generan nuevas patologías o se incrementa la prevalencia de las ya conocidas.

En relación con las enfermedades más graves (esquizofrenia, trastorno bipolar, trastorno obsesivo, melancolía, etcétera) la frecuencia en población general se mantiene estable a través de los tiempos y de las diferentes culturas.

El resto de las patologías, sobre todo los cuadros depresivos y ansiosos, se han incrementado, especialmente en los medios urbanos.

Se trata de trastornos, en general leves, ligados frecuentemente a las circunstancias de la vida (problemas laborales o profesionales, conflictos de pareja, etcétera), que enlazan con las conductas emocionales normales que cualquier persona tiene delante de acontecimientos o situaciones difíciles.

En cualquier caso, se traduce la mayor tensión y conflictividad del hombre actual respecto a la de sus antepasados, cuya existencia, aunque sin los beneficios de los grandes avances técnicos, transcurrió más sosegada.


En este sentido, no puede decirse estrictamente que la sociedad actual haya creado nuevos trastornos o enfermedades.

Sin embargo, existen las circunstancias idóneas para que el ser humano viva en un estado de mayor tensión y esto conlleva un incremento de trastornos psiquiátricos.

La cuestión de las drogas acecha a la juventud y provoca dos tipos de problemas.


Por una parte, la problemática de la toxicomanía en sí misma, con todas las repercusiones sociolaborales y económicas que acarrea, y, por otra parte, la capacidad que tienen las drogas de desencadenar patologías psiquiátricas graves (esquizofrenia), en personas predispuestas que, quizás, no desarrollarían la enfermedad si no fuera por el estímulo desencadenante del tóxico.


Asimismo, en la sociedad actual existen situaciones que conllevan un elevado grado de estrés.

Los jóvenes se encuentran con un mundo más competitivo, tienen dificultades en encontrar trabajo y éste es más inestable que antes.

Las mujeres, en lucha por un plano más igualitario con los hombres, se enfrentan frecuentemente a la doble situación de trabajadoras y amas de casa.

En algunos casos esta situación puede crear algún problema de desatención de los hijos.

La inestabilidad laboral tampoco es tranquilizadora para los varones.


En general, han cambiado los valores en relación con temas importantes (religión, familia) y esto genera más libertad pero también un mayor grado de incertidumbre existencial.

La vida media de la población se alarga afortunadamente, pero esto no cabalga paralelamente a un incremento de la calidad de vida, sino que muchas veces conlleva problemas de atención y cuidados, difíciles de ser cubiertos por la familia, tanto por cuestiones de espacio, económicas y de tiempo.


Todos estos factores, consustánciales al mundo actual, generan dos tipos de trastornos, que, ciertamente, se han incrementado.

Nos referimos a los estados de ansiedad y a las depresiones.

Esto se refleja en un aumento considerable de los ansiolíticos y los antidepresivos, que son consumidos, a veces indiscriminadamente, por una parte importante de población.

Las tensiones, el estrés, el insomnio o la desmoralización son atajados, no siempre satisfactoriamente, con psicofármacos, sin tratar muchas veces el problema de fondo que genera tales estados.


Determinadas conductas han dejado de ser enfermedades para la psiquiatría, como la homosexualidad, considerada una perversión hasta hace escasas décadas y hoy contemplada como una opción personal, que ha desaparecido de las clasificaciones psiquiátricas.

Por el contrario, ciertos comportamientos antes catalogados como vicios (juego patológico, voyeurismo), como productos de la maldad humana (piromanía, cleptomanía, pedofilia) o como comportamientos normales (trastornos del deseo sexual, inhibición del orgasmo femenino, eyaculación precoz) ocupan un lugar en las clasificaciones y textos de la psiquiatría actual.

Finalmente, algunas enfermedades, conocidas ya desde hace muchas décadas, han experimentado un impresionante crecimiento y son objeto de especial atención.

Este es el caso de los trastornos de la conducta alimentaria (anorexia, bulimia) y del estrés postraumático que hasta época reciente no constituían un problema sanitario y en la actualidad, especialmente la anorexia y la bulimia, son motivo casi de alarma social entre la población adolescente.


Esta psiquiatría actual que se expande e incorpora comportamientos que antes no se consideraban patológicos conlleva ventajas e inconvenientes.

Ventajas, porque abre expectativas de investigación y tratamiento respecto a determinadas conductas anómalas.


Los problemas, sin embargo, son de dos tipos.

En primer lugar es que, quizás, el ciudadano albergue expectativas de curación o cambio cuando la realidad es que en algunos trastornos diagnosticados, la psiquiatría y la psicología clínica pueden ofrecer un tratamiento exitoso (trastornos de la sexualidad), pero en otros los resultados no son tan espectaculares (trastornos de la conducta alimentaria, juego patológico) o son muy pobres (exhibicionismo, pedofilia, etcétera).

Hay que reconocer que, hoy por hoy, la psiquiatría ha incrementado sustancialmente sus posibilidades terapéuticas pero no es desgraciadamente la panacea que puede resolver cualquier problema humano.


El segundo problema al que se enfrenta la expansión de la psiquiatría actual es casi filosófico.

En este caso plantea la delimitación de lo enfermo frente a conductas humanas raras, dramáticas o peculiares pero que no deben ser consideradas enfermas.

La tentación es acoger en el seno de la enfermedad cualquier comportamiento aparentemente anormal o cualquier estado emocional doloroso.

Sin embargo, no todos los conflictos y conductas humanas son patológicas por el hecho de entrañar dolor, sufrimiento o maldad.

La incorporación de todo el plantel de anomalías, desgracias o conductas desviadas entraña problemas legales (atenuación de penas en ciertos delitos), personales (expectativas de curación exageradas) y sanitarios (obligación de responder desde el sistema sanitario a cualquier problema).


En definitiva, consideramos muy positiva la situación de la actual psiquiatría pero hay que observar con cautela una expansión ilimitada y sin presupuestos científicos.


JULIO RUILOBA, catedrático de la UB y jefe del servicio de Psiquiatría del hospital de Bellvitge