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El alérgico y la relación con la madre

Inés Barrio. Médico psicoanalista. https://www.extensionu

                                                                                                                                                         


               


 


La alergia es una disfunción del sistema inmunológico, que fabrica anticuerpos contra elementos que no amenazan verdaderamente la integridad del organismo.

Una alfombra de pelo, el polen de las flores en primavera, un lápiz labial, las bellotas, las frutillas, el chocolate, el viento norte, pueden representar enemigos temibles para un alérgico.


Solemos escuchar entre sus quejas habituales:«Es que los cambios me matan?», aludiendo desde lo manifiesto a las modificaciones del clima, a la llegada de las estaciones.

Pero en verdad, al alérgico «lo mata» lo nuevo, lo ajeno, lo diferente.

Los síntomas pueden afectar distintos aparatos o sistemas, pero prefieren en general el aparato respiratorio o la piel para manifestarse.

Estas manifestaciones pueden ser ocasionales, como respuesta a situaciones extremas, o constantes, como una forma de relación con el mundo.


 


El psicoanálisis sostiene que en la alergia, el mundo exterior y el cuerpo tienen una relación tan estrecha, que todo lo que sucede en el cuerpo.

No hay distancia entre cerca y lejos, entre uno mismo y el prójimo o lo próximo.

Los fenómenos alérgicos se encuadran dentro de la psicosomática, y entonces, para comprender sus mecanismos debemos remitirnos al clima de la primera relación madre-hijo.

Antes de la experiencia del espejo, la madre le da al niño la ilusión de tener el mismo rostro que ve: el rostro de ella.

Alrededor del 8º mes de vida, el niño se ve enfrentado al rostro de un extraño, surgiendo entonces la angustia característica de este período, que se instala a partir de la captación de esta diferencia.

Una falla en este pasaje hará siempre que la experiencia del rostro sea siempre la del rostro original.                                                


En las relaciones con el mundo también habrá siempre una tendencia a anular las diferencias.


Esta es la apuesta del alérgico: estará protegido de las crisis mientras se mantenga lo idéntico.

Cuando el otro revela su alteridad, su diferencia, se precipita la crisis, por ejemplo con los cambios climáticos.


En cuanto a sus límites, hay una impresión de no reconocerse en el espejo, pero no se acompaña de angustia porque al mismo tiempo está perdido en el otro.


Es posible hacer un diagnóstico correcto de alergia fundamentándose únicamente en la relación con el objeto.


 


En la histeria, el objeto es mantenido a distancia mediante el mecanismo esencial de la evitación.

El obsesivo neutraliza su relación con el objeto utilizando rituales.

El alérgico, en cambio, existe en función de algo: lo característico es su tentativa permanente de acercarse al objeto.

Su deseo primordial es aproximarse de tal manera al objeto hasta confundirse con él.


La captación del objeto es inmediata y total, se trata de una manifestación de las más arcaicas, una identificación profunda y sin límites entre sujeto y objeto, una confusión sin matices.


El sujeto habita en el objeto y es habitado por éste.

Se identifica con cada objeto que se le presenta y no puede desprenderse de él salvo identificándose con un nuevo objeto.

A través de todas estas relaciones, lo que el alérgico busca es la fusión con su madre.                                                                                         El ejemplo patognomónico es el del sujeto asmático, en cuya historia clínica se establece en la mayoría de los casos una intensa relación con la madre, accesos de cólera e irritabilidad infantiles y un intenso temor a perder su amor.


El ataque de asma es un equivalente de la angustia, una reacción ante la pérdida, un grito de auxilio dirigido a la madre, con el fin de conseguir la protección de quien en adelante habitará su árbol bronquial.

Para el asmático, la madre es el aire.


Nacer es separarse de la madre y morir, pero nacer también es vivir, ya que no nacer también es la muerte.

No nacer es continuar unido a la madre, ésta será la elección del asmático.

Esta elección puede modificarse bajo tratamiento psicoanalítico.