
GUILLERMO RENDUELES, PSIQUIATRA
El autor de "Las esquizofrenias", presentó ayer su último libro, "Egolatría", una crítica a la corriente individualista de nuestra época
SATISFECHO.
Guillermo Rendueles, ayer, en Gijón.
/ LUIS SEVILLA
APUNTES
Nacimiento: Oviedo, 1948
Profesión: ejerce la psiquiatría en un centro de salud de Gijón y es docente de la UNED.
También fue profesor de psicopatología de la Universidad de Oviedo durante diez años.
Obra: "El manuscrito encontrado en Ciempozuelos", "Las esquizofrenias", "Las psicosis afectivas", "Las neurosis", "La locura compartida"...
Continúa el psiquiatra Guillermo Rendueles Olmedo (Oviedo, 1948) su metódica exploración -bien que desde una perspectiva donde se discuten los paisajes convencionales- en el campo profesional que ahora desarrolla en un Centro de Salud Mental de Gijón y también como profesor de la UNED.
Tras "Las esquizofrenias", "Las psicosis afectivas", "Las neurosis" y "La locura compartida", ahora nos entrega el volumen editado por KRK, "Egolatría", que es casi la definición de una época, la que nos toca vivir.
Al menos, esa es su tesis.
Un libro entre la reflexión psiquiátrica, la filosófica y la política, si es que no es todo lo mismo.
Y de lectura tan ilustrativa como fácil de seguir.
-Si en la antigüedad, la literatura era anónima y colectiva, ¿en qué momento histórico comenzamos a privilegiar la idea del "yo", la identidad individual, nuestro ego?
-Quizás en el momento que Aquiles (protagonista de "La Iliada") optó porque hablaran bien de él después de muerto.
Ahí dio comienzo también, según se dice, la moral individual y la ética.
-Siendo la egolatría un amor desmedido por uno mismo, o sea, una patología, ¿cómo hacerla compatible con la recomendación que asegura que el amor bien entendido empieza por uno mismo?
-Llegando a un equilibrio entre la negación masoquista de uno mismo y sin excederse en el narcisismo, el cual es el más propio de nuestra época.
-¿El "yo" postmoderno se define por su narcisismo?
-Es un "yo" sucesivo, egoísta, que se adapta a cada momento, a los juegos de cama o a la junta de accionistas, sin ninguna herencia recibida ni que transmitir...
Y hay quien sostiene que esa es una conducta racional, que ha de vivirse con júbilo...
La consecuencia es que se ha roto el modelo de vida buena que se presentaba en el pasado como ejemplar.
Ya no hay vidas ejemplares.
-En el prólogo de "Egolatría", su colega Castilla del Pino sugiere la alternativa de un "yo" versátil.
-Es ese mismo que se acomoda a cada circunstancia.
Pero, en el fondo, tiene que haber una identidad concreta bajo las máscaras.
Lo que yo propongo no es menos Prozac y más Platón, sino menos Prozac y más Aristóteles, que es en quien estaban las viejas virtudes que se realizaban en grupos colectivos naturales.
-¿Su gran antagonista es Anthony Giddens, al que acusa, junto a Tony Blair, de engañarnos escandalosamente al afirmar que vivimos en el mejor de los mundos posibles?
-Giddens es el gran teórico de la libertad y tiene un optimismo propio del doctor Pangloss, aquel personaje de Voltaire que creía vivir en el mejor de los mundos posibles, justificando todas las desgracias.
-En alguna ocasión, usted ha hablado de una ciudad -la suya de adopción, Gijón- en la que la gente se conocía y establecía comunicación, lo que se fue perdiendo al paso de los años derivando hacia el individualismo.
¿Hay en "Egolatría" una reivindicación de la vieja ciudad?
-Sí, sí.
Hemos sustituido las historias comunes por las imágenes.
Recientemente, he vivido el horror -en el café Dindurra- de que nadie conociera al director de la OSPA, que allí estaba; mientras que toda la parroquia se alborotó al ver entrar a quien parece ser un personaje de un programa de televisión, "Gran Hermano", o sea, una imagen.
Además, las ciudades se han hecho todas iguales, Gijón, Zaragoza o Amsterdam.
-Uno de los capítulos lleva en el epígrafe la crítica a los psicoterapeutas de un modo contundente: «Una falsa promesa de consuelo».
¿Es tan falsa?
-En el gremio hay mucha pretenciosidad.
Se dice que se sabe más de lo que se sabe.
Y se promete dar mucho más de lo que se da.
Desde los años 40 o 50, no son tantos los progresos y se ha extendido la inmoralidad.
Si fueran tan fáciles las curaciones, no habría una oferta psicoterapéutica tan plural y heterogénea.
-¿Tampoco ha habido progresos notables en la farmacopea?
-Se han conseguido reducir los efectos secundarios.
Pero en lo que se refiere a los síntomas negativos, ya sean antidepresivos o neurolépticos, la potencia es semejante a la de los años 60.
-Sabiendo que los neurolépticos se demuestran eficaces en el tratamiento de las esquizofrenias, ¿no se debería legislar la obligatoriedad de que los pacientes siguieran ese recurso, máxime teniendo en cuenta que cuando abandonan la medicación se producen algunos casos particularmente dramáticos?
-Es posible que lo conveniente sea la obligatoriedad, aunque también es difícil, porque se puede abrir la caja de Pandora para otras patologías, como ya hemos visto en la sedación de enfermos terminales.
Lo cierto es que los neurolépticos limitan la conducta desadaptativa del esquizofrénico.
En mi caso, negociaba en el hospital las altas a cambio de esa obligatoriedad en seguir el tratamiento, asumida por los pacientes.
Creo que es preferible esa vía que la judicial.
-Otro tema de actualidad que aborda en el libro es el del "mobbing", o acoso laboral; pero establece discrepancias.
¿Por qué?
-¿Es que alguien se imagina a un esclavo diciendo que lo trata muy mal su jefe, aunque hubiera otros esclavos que estuvieran mejor tratados, que sin duda también había? Sea bueno o malo el jefe, lo que se impone es una lógica empresarial que repercute en las espaldas del asalariado.
Por lo que la respuesta no puede ser individual, de carácter psicologista, sino colectiva, o sea, sindical.ffdfd