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EL rechazo que sufren las lesbianas

Carmen Gloria Mejías. 27 de enero de 2004

VIVIR CONTRA EL MUNDO:     


 


 


Temor, inseguridad, rabia, impotencia, es lo que sienten muchas lesbianas todos los días de su vida.

Porque las miran feo en la calle, las insultan e, incluso, a veces las golpean.

Por esto es que algunas optan por llevar una doble vida y no divulgar su orientación sexual.

Otras, en cambio, se atreven a dar la cara, conociendo las posibles consecuencias.

Como hicieron hace días las dos jóvenes que aparecieron besándose en la portada de Las Últimas Noticias y como hacen en estas páginas otras cinco mujeres.


 



Hace dos semanas estaba con unos amigos en la Plaza Brasil, cuando un grupo de jóvenes se les acercó con una pistola.

Pero no a robarles.

A un amigo le pegaron una patada en la cara y a Karen Castillo (20) en la cabeza.

"Todo pasó porque se dieron cuenta de que en el grupo había homosexuales", dice Karen todavía un poco choqueada.

Usa una polera rosada y jeans ajustados.

El pelo ondulado, oscuro y largo cae sobre sus hombros.

Estudia Filosofía en la Universidad de Chile y es miembro de la Coordinadora Universitaria por la Diversidad Sexual. Es una mujer de apariencia seria y calmada.

Karen Castillo es lesbiana y éste no es el único ataque que ha recibido.


 


El año pasado estaba con su pareja en un restaurante de Plaza Italia, en una actitud cariñosa, "nada inmoral".

Se estaban mirando, seguramente tomadas de la mano, cuando se acercó la encargada y les dijo que se tenían que ir, que estaban haciendo un escándalo, que la gente que estaba ahí no quería ver ese espectáculo.


 


Ella se sintió vulnerable, le preguntó por qué no podían estar allí y le respondieron que en ese local no entraban homosexuales ni lesbianas.

Karen reclamó, pero finalmente tuvieron que salir del local.

A los pocos días interpuso una demanda, que aún está en tribunales, e incluso salió en la televisión hablando sobre su caso.


 


"Yo he sentido más lesbofobia - rechazo hacia las lesbianas- en el ámbito público que en mi familia.

Antes no me daba miedo andar de la mano con mi pareja, pero ahora lo pienso dos veces".


 


Alejandra Aravena (25), prefiere que le digan lesbiana a homosexual, porque la identifica más como mujer.

Muy flaca y pálida, dice que no odia a los hombres, y aspira a un lugar donde todos puedan vivir bien, sin importar la condición sexual.

Le da rabia cuando la gente piensa que lo único que les importa como lesbianas es el sexo: "En la prensa nos presentan como agresivas y obsesivas, pero no es así.

Las parejas heterosexuales también tienen problemas y obsesiones, pero no aparecen en los diarios".


 


Alejandra, además de trabajar como sonidista, está a cargo de una ONG de trabajos y estudios lésbicos.

Con sus propias vivencias y los testimonios que ha recibido, afirma que ser lesbiana tiene consecuencias más graves y profundas que ser insultadas en la calle: "Por ejemplo, todo el mundo sabe que no es bueno que un niño no se críe con su mamá.

Sin embargo, si se sabe que una madre es lesbiana, lo más probable es que le quiten a su hijo.

Aquí en Chile hay que mentir, jamás hay que reconocer en el juzgado que eres lesbiana, o si no te lo quitan".


 


Un beso en los medios


 


Sobre la portada que apareció en el diario Las Últimas Noticias, con las jóvenes besándose y las repercusiones que tuvo, Karen Castillo dice que por una parte muestran una realidad que existe, pero no por un interés colectivo de respetar a las lesbianas, sino por vender: "Además, no es para todo el público, es para los hombres que les gusta ver a dos chicas besándose".


 


Alejandra Aravena cree que está bien que ellas hayan podido besarse.

Pero le parece mal que los periodistas usen el morbo de la gente para vender más diarios.

"No soy partidaria de que ni heterosexuales ni homosexuales ni bisexuales anden poco menos que haciendo el amor en la calle.

Hay espacios para cosas privadas y para cosas públicas.

Un beso, andar tomados de la mano, está bien para cualquier persona; ir más allá, me parece desubicado".


 


Por lo mismo le parece mal que los travestis anden a veces medio desnudos en las marchas que realizan, porque considera que no es la manera de expresar la condición sexual.

"Por eso mismo los ven como anormales", dice.


 


Scarlett Muñoz (25) y Mónica Gómez (30) viven juntas, en Maipú.

Ellas han sufrido las consecuencias de lo que habla Alejandra Aravena, en el sentido de que la gente las ve como seres raros, morbosos.


 


Scarlett, quien estudia Trabajo Social, cuenta que han tenido problemas con sus vecinos.

Que las ven como personas extrañas.

"Dicen que salimos y entramos mucho de la casa, que a veces no llegamos a dormir.

Les molestó una vez que jugamos con agua en el patio, que seamos alegres".

Al principio les hacían comentarios, hasta que un día les apedrearon la casa.

Ellas les preguntaron y dijeron que habían sido los niños.

Pero eran piedras grandes y pesadas.

Era imposible que unos niños pequeños las hubiesen


tirado.


 


Mónica, ingeniera comercial, añade: "Esto que nos pasa demuestra la ignorancia que hay en el medio.

Otras parejas han tenido que cambiarse de casa, pero nosotras tenemos y queremos una vida normal.

La gente tiene que aprender a respetarnos".


 


Scarlett asegura que lo sucedido no ha afectado su forma de vivir, pero sí la ha hecho reflexionar: "Ojalá que nuestros vecinos no tuvieran mala onda con nosotras, porque nuestra idea no es pelear con nadie, ni provocarlos.

Ojalá todos pudiésemos vivir tranquilos".


 


Mónica le dijo a sus padres hace quince años que era lesbiana, "pero mi caso fue un poco distinto, porque vivíamos en Francia".

Entiende que los padres tienen que saberlo, "pero si es mucho problema, a veces es más sano cortar los vínculos, porque tener una relación enfermiza con la familia es terrible".


 


Cuando Scarlett dijo en su casa que era lesbiana no fue la mejor noticia para su familia.

"Mis papás ahora no están muertos de la risa, ni cuando se juntan con amigos les dicen: ¿Saben la última?, Mi hija es lesbiana.

Pero no hubo un rechazo, al principio estaban asustados, por ignorancia, pero estoy bien orgullosa de ellos".


 


Señala - igual que los demás testimonios- , que en general para la gente es súper top tener un amigo gay, pero no así una amiga lesbiana.

"Tú vas a una fiesta y te presentan a Juan que es ingeniero, a Pedro, que es doctor y a Mónica, que es lesbiana.

O sea, tu profesión es ser lesbiana, y luego te preguntan qué haces".


 


La maternidad


 


Freya Schneider (46) es diseñadora gráfica.

Hace diez años trabajaba en un medio de comunicación de izquierda "donde se luchaba por las minorías, pero no sexuales".

Ella tenía una compañera de trabajo que, además de amiga, era la coordinadora del proyecto.

Pero cuando se enteró de su lesbianismo, la despidió.

Eran como hermanas, pero se sintió atacada por Freya e hizo lo imposible para que se fuera.

Al final, tuvo que pelear para que le pagaran los casi ocho años que trabajó allí.

"Fue súper triste para mí, la gente me perdió el respeto, ya no me veían como diseñadora, sino sólo como lesbiana".


 


Freya trabaja ahora en el Mums (Movimiento Unificado de Minorías Sexuales), donde dice que no hay lesbofobia, pero asegura que en otros movimientos sí está presente: "Los homosexuales también son machistas, a las lesbianas no se las toma mucho en cuenta, el poder está en los hombres, no puede estar en las mujeres".


 


Tiene una hija de diez años, pero no le ha dicho que es lesbiana: "Ella percibe que su madre es especial, pero conmigo tiene mucho amor.

Yo no ando gritando a los cuatro vientos que soy lesbiana, porque ella no va a tener respuesta todavía hacia muchas cosas, pero más adelante ella lo va a entender todo".


 


Freya cree que en la sociedad actual el tema se está tocando, a diferencia de lo que ocurría hace diez años.

Aun así, la lesbofobia existe: "Hay cosas que no se pueden cambiar tan fácilmente, y el lesbianismo hoy es un recurso de ventas y sensacionalismo que ocupa los diarios.


 


El homosexualismo es más aceptado que el lesbianismo, de todas maneras, porque en la sociedad está arraigada la idea de que nosotras tenemos que procrear y ser madres.

Entonces es fuerte ver a dos mujeres besándose.

No es aceptado".


 


A Freya no le gustaría que su hija fuera lesbiana: "Justamente por todo lo que he vivido y sufrido.

Si lo es, sería su opción y la apoyaría, pero no me gustaría que ella pasara por todas las cosas malas que he pasado yo".


 


Homofobias


 


El estadounidense Warren Blumenfeld ha distinguido cuatro niveles de homo y lesbofobia:


 


Personal La persona tiene la creencia de que gays y lesbianas están sicológicamente perturbados, que son genéticamente defectuosos, inmorales, inferiores a los heterosexuales y merecen ser compadecidos por no poder controlar sus deseos.


 


Interpersonal El prejuicio personal afecta la relación entre las personas y transforma esta creencia en discriminación.

Se manifiesta a través de abuso verbal y físico.


 


Institucional La homo o lesbofobia se establece como política de un gobierno, empresa, institución religiosa o educativa.


 


Cultural Alcanza a las capas ideológicas de la sociedad y el prejuicio es justificado por los integrantes de ella.