El presente trabajo ha sido preparado especialmente para psikis.cl por el médico psiquiatra, Dr.
Walter Brokering Alacid.
La siguiente es una contribución de psykis.cl a nuestros lectores interesados en el candente y actual debate, respecto del proyecto de reforma a la Ley de Matrimonio Civil, que se discute, por estos días, en el Congreso de la República.
Se trata de un resumen y selección, de las entrevistas realizadas por la periodista española Carla Fibla García-Sala a diversas personalidades chilenas, de distintos ámbitos del quehacer profesional, durante su estadía en el país el año 2000, que refleja las variadas posiciones existentes hoy en la sociedad nacional, respecto del divorcio.
Se ha intentado ordenar los conceptos vertidos por cada entrevistado, de tal manera que el lector pueda seguir el hilo argumental de cada posición y llegar a sus propias conclusiones.
Al final de cada artículo, se ha agregado un comentario de quien realizó este trabajo, que no representa, necesariamente, la opinión de psykis.cl Para aquellos interesados en profundizar en el tema, el libro que contiene las mencionadas entrevistas se titula "Debate sobre el divorcio", de editorial Planeta (254 págs.)
Fernanda Otero
Periodista por la Universidad Católica de Chile, militante de Renovación Nacional, ha ejercido diversos cargos dentro de la estructura partidaria, además de la docencia universitaria.
Comienza su análisis a partir de la doble dimensión que, a su juicio, constituye al ser humano: la individual y la social.
Plantea que para entender el tema del matrimonio, la familia y el divorcio, debe aceptarse que, al mismo tiempo, que cada persona es un ser individual, libre y con voluntad de discernimiento, también es un ser social que necesita de otros semejantes para sobrevivir y desarrollarse.
Esta doble dimensión se expresaría también en el matrimonio.
Aunque, efectivamente, se trata de una decisión individual, adoptada libremente, contraer matrimonio también implica un compromiso con otro, el cónyuge y con terceros, los hijos que vendrán, los que requieren de una familia estable para un óptimo desarrollo.
De ahí que, el matrimonio tenga un evidente impacto social y, a su juicio, debiera ser una prioridad gubernamental y de toda la sociedad, generar políticas públicas que le den estabilidad.
Lamenta que en la sociedad actual predomine un individualismo extremo que, exaltando las libertades individuales, termina, paradojalmente, coartando la de los más débiles, en el caso del divorcio, las mujeres y los hijos.
Por eso, considera un importante desafío encontrar un equilibrio en esta doble condición de lo individual y lo social, de lo privado y lo público en el matrimonio.
Se manifiesta partidaria de garantizar los máximos espacios posibles de libertad individual, pero dentro de un marco de reglas claras, en que las personas, efectivamente, se hagan responsables de sus actos y compromisos asumidos libre y voluntariamente.
Ante la evidencia de que las encuestas de opinión muestran que la mayor parte de la población es partidaria del matrimonio para toda la vida, pero simultáneamente, también lo es del divorcio, Fernanda Otero plantea que los fracasos matrimoniales son una realidad innegable, para la que hay que buscar una solución.
Desgraciadamente, le parece difícil encontrar un mecanismo justo y eficaz, porque o se consagra un matrimonio duradero o se consagra un matrimonio desechable y transitorio, a través del divorcio.
Estima que el divorcio debilita el compromiso de las personas con el matrimonio, al eliminar su indisolubilidad, transformándolo en una convivencia legalizada y lo convierte en una relación "mientras las cosas vayan bien", olvidándose de "en las buenas y en las malas".
Reconoce que una ley de divorcio no es el único factor que incide en el incremento de los fracasos matrimoniales, pero cree que puede ejercer un efecto muy negativo sobre toda la población al modificar la percepción general respecto del compromiso que implica el matrimonio.
Considera que, por la debilidad e imperfección consustancial e inherente al ser humano, éste necesita de leyes que le señalen lo que es conveniente.
A su juicio, una ley de divorcio cambia las costumbres y si cada vez se encuentra más natural romper el vínculo, las personas se casarán con menor disposición a comprometerse y las posibilidades de fracasar aumentarán.
En cuanto al rol de la Iglesia Católica y su aporte al debate respecto del divorcio, señala que en la discusión política y en la construcción de políticas públicas, no deben usarse argumentos religiosos o de Fe, sino que de carácter social, económico y político.
Sin embargo, estima que la Iglesia Católica, la misma que se jugó tenazmente por los Derechos Humanos en tiempos del gobierno militar, tiene la obligación de orientar a sus seguidores y de proteger a los más débiles, oponiéndose a una ley de divorcio, que estima inconveniente y dañina para la institución familiar.
Supone que el aspecto religioso ayuda a las personas a ser más generosas y a tener menos fracasos matrimoniales, porque se establece un compromiso con un Ser superior que va a recompensar los sacrificios asumidos en esta vida terrenal, en una vida eterna.
Presume que entre los agnósticos el apoyo al divorcio es mayor porque, al no creer en una vida trascendente, carecen del estímulo para el sacrificio que implica el matrimonio.
Teme que una sociedad sin Dios de lugar a una creciente deshumanización, dejando de lado lo espiritual y lo social, considerando exclusivamente lo material y propio.
Como el ser humano es espíritu y materia, aquellas soluciones que no contemplen ambos aspectos estarían condenadas al fracaso.
Dentro de los argumentos que esgrime para sustentar su oposición a una ley de divorcio, Fernanda Otero cita diversos estudios que demostrarían que los hijos de padres divorciados tendrían peores rendimientos académicos, conductas más conflictivas, más problemas psicológicos y mayor riesgo de caer en la delincuencia y drogadicción.
Acepta que los hijos de familias mal avenidas pero no divorciadas, también presentan peores indicadores de salud mental que los hijos de familias estables, pero no tan malos como los hijos de parejas separadas.
Por ello, estima que se equivocan quienes piensan que el divorcio es una buena solución para las parejas incompatibles y sus hijos.
Sostiene que el divorcio no resuelve los problemas o conflictos matrimoniales, los que muchas veces perduran a lo largo de los años y no siempre constituye una segunda oportunidad para una nueva y mejor relación.
Por el contrario, los hijos de padres divorciados pierden seguridad, confianza, estabilidad y afecto, resultando los grandes perjudicados del divorcio.
Por último, como alternativa de solución, Fernanda Otero propone introducir, en la actual Ley de Matrimonio Civil, vigente desde 1884, nuevas causales de nulidad, tal como lo ha hecho la misma Iglesia Católica, para garantizar que, dada la indisolubilidad del matrimonio, éste se haya contraído libremente.
Aunque está de acuerdo en que el actual sistema de separación, que recurre a las nulidades, es una mala solución, le parece menos mala que el divorcio, pues al menos aquél obliga al acuerdo de los cónyuges, lo que impide el actuar unilateral contemplado en el divorcio.
Comentario.
Si bien es cierto, el hilo argumental expresado por Fernanda Otero comienza constatando la doble dimensión individual y social que constituye a cada persona, a propósito de lo cual, enfatiza que la decisión de contraer matrimonio debe ser adoptada libre y voluntariamente por cada individuo, no le reconoce la misma libertad para terminar con dicho vínculo.
Resulta contradictorio que, reconociendo la naturaleza falible e imperfecta del ser humano, no plantee una solución concreta para el problema real de las separaciones matrimoniales.
Sólo sugiere ampliar las causales de nulidad matrimonial, para garantizar, al menos, que al momento de contraerse el vínculo, no hubiesen existido factores que coartaran la libertad individual y el discernimiento para hacerlo.
Al respecto, deja entender que, si no fuera por los vicios fraudulentos que presenta el actual sistema de nulidades, le parece una mejor alternativa que el divorcio, al que estigmatiza como el causante principal, aunque reconoce que no único, de muchos problemas emocionales, psicológicos, académicos y conductuales que presentarían, en mayor proporción, los hijos de padres divorciados.
Se echa de menos, una mayor disposición para abrirse a considerar la posibilidad de que tales efectos sobre los hijos no surjan del divorcio, en cuanto éste es sólo una regulación legal de una ruptura conyugal ya producida, sino que de la conflictividad sostenida que lleva a la separación.
Aunque en su argumentación apela a conceptos antropológicos, sociales y políticos, se nota la ausencia de fundamentos psicológicos para intentar comprender la complejidad de las relaciones humanas, particularmente las de pareja.
En otro ámbito, al suponer, que sólo lo religioso permite una verdadera humanización de la civilización y el rescate de lo social y espiritual, desconoce la legitimidad que, en la construcción de una sociedad más fraterna y justa, tienen posturas librepensadoras, humanistas laicas o agnósticas, tendiendo a concebir al mundo y a las personas de una manera dicotómica.
Finalmente, parece traslucirse una velada desconfianza en las capacidades de los individuos para adoptar soberanamente sus decisiones y de tolerar que éstas no concuerden con sus planteamientos.
Sin embargo, cabe destacar la preocupación de Fernanda Otero por estimular la existencia de políticas públicas orientadas a fortalecer la institución familiar y a dar protección a las mujeres e hijos, a quienes concibe como las víctimas inocentes de las rupturas matrimoniales.
Ignacio Walker
Abogado y Cientista Político.
Ex Profesor de Ciencia Política en la Universidad Católica de Chile.
Ex Diputado por la Democracia Cristiana.
Fue uno de los patrocinadores del Proyecto de Ley de Matrimonio Civil, aprobado en la Cámara de Diputados y que se discute actualmente en el Senado.
Convencido de que la obligación de los legisladores es buscar el mejor bien posible, frente a la realidad de las rupturas matrimoniales, Ignacio Walker cree que se debe actualizar la legislación relativa al matrimonio civil, vigente desde 1884, para sintonizarla con los profundos cambios que ha experimentado la familia en Chile, durante el último siglo.
Conciente de que el divorcio es un mal que afecta a la familia, piensa que éste es un mal menor frente a las rupturas matrimoniales irremediables.
Sabe que no hay alternativas óptimas ni mucho menos, ideales, pero si no se regulan legalmente las separaciones conyugales, hay opciones peores que el divorcio.
Estima que el actual proyecto de ley de Matrimonio Civil, que se discute en el Congreso, es "pro familia", por cuanto adopta una serie de resguardos que la ley vigente no contempla y porque exige mayores requisitos para llegar al divorcio, que los requeridos en el actual sistema de nulidades, que considera hipócrita y fraudulento.
Propone elevar la edad necesaria para contraer matrimonio y en caso de ruptura matrimonial plantea un tratamiento delicado del tema, con reglas y plazos de separación, instancias de mediación y unidad de competencias en un sólo Juez, para resolver los casos, en los Tribunales de Familia.
Partidario del matrimonio, está conciente de que éste requiere mucha dedicación, entrega y generosidad.
Asimismo, cree que en su evolución histórica, nunca antes el matrimonio había estado tan exigido como en la actualidad y eso lleva a que sea una institución frágil, que debe ser protegida, pero que también puede romperse.
Y como esto es lo que ocurre en la realidad, es partidario de una legislación que de una respuesta integral al tema, perfeccionando el estatuto jurídico del matrimonio y creando uno para los hijos, a quienes debe protegerse.
Se exigirá, a quienes opten por divorciarse, que lleguen a un completo acuerdo respecto de la tuición, las visitas, las pensiones alimenticias, etc.
Además, se unificarán todas las competencias para estas materias, en un mismo juez.
La situación actual le parece muy perjudicial, porque frente a una ruptura matrimonial establecida, los hijos tienden a quedar en la indefensión y suelen ser usados por los cónyuges como instrumento de chantaje y presión para conseguir mejores condiciones económicas o patrimoniales, pues el actual sistema de nulidades, al disolver el matrimonio, no establece exigencia alguna para los cónyuges, en estos temas.
Entendiendo que la familia subsiste después de la ruptura matrimonial, estima que el divorcio es una forma de regular el efecto de ésta, para tratar de que dicha situación sea lo menos dolorosa posible.
No está de acuerdo con quienes plantean que el divorcio debilita a la familia, porque no es éste el que produce las rupturas matrimoniales, sino que son ellas las que obligan a legislar, reconociéndolas y regulándolas.
Le parece equivocado también suponer que los principales problemas sociales de nuestros días se produzcan a raíz del divorcio.
Piensa más bien que aquello es consecuencia de la separación de la familia, luego de una ruptura irremediable.
Por eso, concluye, cree que el divorcio, como una regulación legal, permite una salida menos traumática, protegiendo a los hijos, cuando los esfuerzos de mediación y conciliación no han conseguido revertir la decisión de separarse.
Comentario.
Amparado en el reconocimiento de la innegable realidad de las rupturas conyugales y de los perniciosos efectos que ellas pueden tener, particularmente sobre los hijos, si no se establecen regulaciones que permitan protegerlos, Ignacio Walker plantea, coherentemente, un conjunto de medidas legales que estima perfeccionarán la Ley de Matrimonio Civil y fortalecerán a la familia, al tiempo que ofrecerán una alternativa razonable para aquellas parejas que hayan decidido terminar el vínculo, permitiendo su disolución, contemplando plazos e instancias mediadoras que busquen una posibilidad de salvar el matrimonio.
Parece una postura tolerante y equilibrada, capaz de comprender la complejidad y fragilidad de las relaciones conyugales y de reconocer que el divorcio, como regulación de una ruptura irremediable y no como su origen, puede ser una alternativa menos mala que otras, tanto para los cónyuges, como para los hijos.
No hace juicios morales respecto de las personas que han fracasado en su matrimonio, proponiendo una posición realista que, frente a la separación matrimonial irremediable, exige a los cónyuges llegar a acuerdos que protejan a los hijos y que se mantengan los lazos familiares entre éstos y los progenitores.