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El Robo en la Infancia

Ps. Cecilia Taborga

Articulo Tercero


Una de las transgresiones que más disgustan a los padres es el robo, y lo más preocupante, es la idea que al ser mayor, sea un ladrón.

Por ellos, los padres suelen reaccionar de un modo más proporcional con su ansiedad ante el futuro que con la falta propiamente tal.

A ojos del niño, que no tiene intención de convertirse en delincuente cuando toma algún objeto, esta respuesta drástica es totalmente impropia, y le duele que sus padres le tengan ahora por un criminal en potencia.

El niño sabe que ha hecho mal, y está dispuesto a aceptar el descontento de sus padres, pero sólo por lo que ha hecho aquí y ahora.

El futuro no le preocupa mucho, porque le cuesta imaginárselo y, porque en su pensamiento sólo caben las presiones urgentes.


Las reacciones positivas o negativas de los padres influyen poderosamente en la formación de la personalidad del niño.

Una trasgresión seria exige una respuesta apropiada, para que el episodio le sirva de lección al niño.

Si no se hace caso de un robo, o se toma a la ligera, el pequeño puede sentirse alentado a repetirlo, quizá a mayor escala.

Es importante que los padres sean concientes de lo que hace el niño y que su reacción para ser eficaz, debe ser la que más se ajuste a la falta y no a los temores que ésta les inspire a futuro.


No hay que permitirle que disfrute de lo que ha obtenido por medios ilícitos.

El objeto robado debe devolverse inmediatamente a su dueño, con las disculpas del caso y, si se han causado desperfectos, hay que compensar al propietario.

No hay que considerar que lo ocurrido es un crimen.

Enviarle a él solo a devolver lo que ha sustraído quizá no sea la mejor idea.

Si los padres no están presentes, no pueden estar seguros de cómo se efectúa la devolución.

Si le acompañan el niño podrá observar directamente el gran embarazo que ha causado su acto.

Para el niño que quiere a sus padres, ver que los ha avergonzado a ojos de un extraño es una de las peores experiencias que puede vivir.


Si además los padres le castigan, puede debilitar considerablemente los efectos de esta culpa.

En general, el castigo borra la culpa y más bien, hace que se rechace la idea de que se lo merece.

Que la víctima del robo sea un comercio o sean los propios padres quizá dé lo mismo, pues lo que preocupa es el futuro del niño, pero para éste una cosa es coger algo que pertenece a un miembro de la familia y otra totalmente distinta es robar a un extraño.

Si los padres no hacen la distinción apropiada entre estas dos situaciones, se arriesgan a boicotear sus propios esfuerzos por arreglar las cosas.


La mayoría de los niños han estado tentados de coger un monedero, por ejemplo.

Las razones posibles son muchas.

Puede que el niño quiera comprar algo que anhela; o quizá desee comprobar hasta qué punto sus padres vigilan sus propios bienes o los suyos; tal vez quiera indicar a sus padres lo desesperadamente que desea una cosa.

También es posible que sienta la necesidad de estar a la altura de los niños de su edad, o de comprar su amistad, o quizá desee castigar a la persona a quien roba.

Estas son sólo algunas de las numerosas y variadas causas conscientes por las cuales un niño se apropia de algo que no es suyo.

Por otro lado, su acción puede obedecer a muchas razones inconscientes.

Por ejemplo, puede pensar que toma dinero sólo para adquirir algún objeto deseado, pero su acto es sobredeterminado; la causa inconsciente del robo ha sido el deseo de causar problema o castigar a un padre o a una madre que no le quiere.

Algunos niños roban por la excitación que sienten al hacerlo, aunque son del todo inconscientes de que esto es lo que les empuja a cometer el robo.

Puede darse el caso de que un niño esté convencido de que roba sólo para obtener algún objeto al mismo tiempo que le empuja la necesidad inconsciente de demostrarse su propia osadía, o su astucia; o tal vez quiera tentar la suerte para asegurarse de que está a su favor.


Cuando un hijo toma algo de dinero a sus padres, éstos debieran preguntarse ?incluso antes de hablar con él- si han sido demasiado descuidados y le han puesto la tentación al alcance de la mano.

"¿Hicimos algo para protegerle de la tentación?" Quizá el hijo habría podido resistirla si le hubieran advertido de lo fácil que a todos nos resulta estar tentados a hacer algo indebido y de lo difícil y digno de alabanza, que es evitarlo.

De haberle avisado, tal vez habría elegido la virtud en lugar del pecado.

Sus controles morales son débiles y pueden debilitarse más, si observa que sus padres se satisfacen comprando todo lo que quieren.

Si no quieren que su hijo no caiga en la tentación, deben cuidar mucho de no dejar a su alcance las cosas que no quieren que tome.


Los padres no deberían darse por satisfechos con la idea de que su hijo ha robado algo sin otro propósito que darse algún gusto.

Sería un grave error sacar una conclusión tan simplista.

Cuando un niño se apropia de algo de la casa, su relación con la persona propietaria del objeto desempeña siempre un papel muy importante en el acto cometido por el niño.

Es necesario que la falta del niño se interprete también como parte de su relación con dicha persona.


Por ejemplo, puede que tome algo que es propiedad de un hermano o de una hermana, porque piensa que aquél o ésta reciben más que él de sus padres.

Le parece que lo que hace es corregir una situación injusta.

Es posible que quiera llamar la atención de los padres sobre una necesidad que, a su juicio, ellos no quieren satisfacer o son incapaces de percibir.

Estas son algunas posibilidades, ya que un niño puede robar por múltiples motivos.


El niño que desea vengarse o castigar a un miembro de la familia también busca algo para sí: satisfacción, pero casi nunca se trata sólo de la satisfacción de conseguir algo con el dinero que haya cogido.

Preguntar por qué ha robado a una persona en vez de a otra puede resultar muy instructivo, pero esa información sólo se obtiene si los padres no se muestran de forma demasiado visible y exagerada, y sólo si le demuestran que son imparciales.

Un niño no podrá descubrir o revelar sus motivos más íntimos cuando le interrogue alguien que esté muy furioso con él, o que dé la impresión de que ya ha decidido que sus motivos son irrazonables.


Si los padres no se esfuerzan sinceramente por comprender todas las razones, las manifiestas además de las ocultas, el niño se convencerá de que sólo les importa el dinero, que él no les importa nada.

Lo que le preocupa a la mayoría de los padres es su hijo, así como el futuro desarrollo del mismo, y no su pérdida material, que casi siempre es relativamente pequeña.

Pero a los niños les cuesta darse cuenta de esto a menos que sus padres se tomen la molestia de dejar claro que lo que más les preocupa no es el robo, sino comprender la necesidad que ha motivado su acto.

Solo si está seguro de que les importa menos su acto, o su incomodidad, él mismo se sentirá impulsado a ganarse y conservar la buena voluntad y a mantener la buena opinión que los padres tienen de él.


Los padres no dudan en dictarle al hijo lo que ha de hacer con sus bienes, cuándo ha de permitir que los usen otras personas, cómo debe cuidarlos, cómo ha de guardarlos, incluso cuándo tiene que tirarlos, por no mencionar las veces que los padres se las toman por el motivo que sea.

¿Por qué no habría de pensar él que tiene derecho a hacer lo mismo con las propiedades de los padres? Si piensa así, pero no se le reconoce francamente esa igualdad, puede que trate de implantarla de forma subrepticia.

Es demasiado pequeño para explicarse todo esto con razones, más éstos son sus sentimientos, y los sentimientos intensos que no pueden articularse plenamente a menudo empujan a actuar con mayor fuerza que los pensamientos explícitos.